| Jn 11, 3-7.17. 20-27. 33b-45 |
Aquel día Rogelio estaba triste. Su amigo no tenía buen aspecto y, según las últimas noticias, padecía una enfermedad grave. El último parte médico aventuraba menos de una semana de vida.
No podía dejar de pensar en él, y su corazón conmovido sufría por su amigo. Sentía deseos de hacer algo, pero, «¿qué podía hacer él ante aquello?», se dijo.
Mientras pensaba en alguna solución que pudiera dar esperanza, se fue a la iglesia más próxima a rezar.
Es lo primero que se nos ocurre cuando estamos en apuros, tenemos algún dolor que nos abruma o en los momentos, como este que vivía Rogelio, en los que toda esperanza parece perdida.
Sin embargo, también nos ocurre lo contrario, derramamos quejas y protestas: ¿Por qué tiene que ocurrirme eso a mí? ¿Si no hubiese hecho esto? Lamentos que de alguna manera hacen culpable al Señor.
Muchos te abandonan, Señor, al experimentar estas vivencias. Tal vez creían en un Dios que debía solucionar todos los problemas… y descubren que no es así.
Al salir de la iglesia se encontró con su amigo Manuel, y este, al notar que su saludo mostraba preocupación, le dijo:
—¿Qué te sucede?
Rogelio, mirándole muy preocupado, respondió:
—Mi amigo Paco está gravemente enfermo. El médico ha dicho que durará menos de una semana.
Manuel, emocionado, le puso la mano sobre el hombro y añadió:
—Siempre hay esperanza. La muerte no tiene la última palabra. Tengamos confianza en Aquel que tiene poder sobre la muerte.
Y tomando la Biblia, proclamó el evangelio según San Juan, 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45: En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»…
Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, dijo:
En la vida, el dolor a veces nos abruma, la desdicha nos atrapa y la pena parece colorear cada momento. Son instantes en los que anhelamos ternura y cercanía.
Entonces buscamos, creamos o no, la persona de Jesús. Él es nuestra esperanza y resurrección de vida eterna.
Rogelio había encontrado una esperanza a la que aferrarse.
“Porque creer no es entenderlo todo, sino confiar en Aquel que no nos abandona.”
Se acordó de sus oraciones en la iglesia y, levantando la cabeza hacia el cielo, dio gracias a Dios.
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