| Jn 10, 31-42 |
La desconfianza era total. Juan no entendía lo que allí se estaba diciendo. Estaba dispuesto a la confrontación, a la hostilidad y al rechazo. Sin embargo, había indicios que invitaban a pensar de otra manera, a aceptar que lo escrito tenía sentido y era razonable.
«¿Por qué la gente es tan testaruda e incrédula?», pensó.
Y, mirando a los tertulianos que estaban a su lado, dijo:
—El mal siempre está presente. Muchas veces se disfraza de verdad para confundirnos y, bajo esa apariencia, sufrimos ataques y nos convertimos en blanco de quienes se oponen a la verdad y a la justicia.
Manuel lo miró con ojos de benevolencia y, con ternura, le respondió:
—Así es, la vida es un camino de lucha: camino de verdad y camino de mentira.
Y, levantándose con los brazos abiertos, se dirigió a todos los presentes:
—Hay quienes viven centrados únicamente en su propio interés. Su lucha consiste en alcanzar lo que desean, incluso a costa de quien se interponga en su camino.
Hizo una pausa, tomó la Biblia entre sus manos y, con serenidad, leyó:
—Del santo Evangelio según san Juan (10, 31-42): «En aquel tiempo, los judíos tomaron de nuevo piedras para apedrearlo…».
Al terminar el pasaje, levantó la cabeza y, mirándolos fijamente, añadió:
—Jesús también afronta, a lo largo de su vida, la hostilidad, la confrontación y el rechazo. Y nos invita a ir más allá de las apariencias.
El Señor, al citar las Escrituras, nos recuerda que somos portadores de una chispa divina, incluso cuando nuestros actos se alejan de Dios.
Reconoce nuestra dignidad como hijos del Padre y como receptores de su Palabra. Nuestra naturaleza es contradictoria: deseamos acogerle, pero también le damos la espalda; le buscamos y, a veces, le evitamos.
Sin embargo, Él, incansable, no deja de atraernos:
«Crean en las obras de mi Padre; miren a su alrededor y descubran motivos para la esperanza».
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