| Jn 12, 1-11 |
Siempre me ha llamado la atención la reacción de quienes presenciaron la resurrección de Lázaro:
¿Creyeron o no?
Porque prueba mayor no hay. Devolver la vida a un muerto es la evidencia más grande de poder: Señor de la vida y de la muerte.
El reto que busca el mundo —y no logra—, vencer a la muerte y dar la vida, lo realizó Jesús con su amigo Lázaro.
El evangelio de Juan dice que muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en Él. Pero eso mismo deja entrever que otros muchos no creyeron.
«¿Acaso hay algo más grande?», me pregunté con asombro.
El amigo querido se convierte en motivo de discusión: ¿cómo es posible que haya vuelto a la vida, si ya olía mal?
Quizás porque lo que hace y dice el Nazareno es verdad…
Ojalá la curiosidad no se quede en la superficie, sino que nos lleve a lo hondo.
La suerte de Lázaro queda unida a la de Jesús: ambos están señalados. Conviene hacerlos desaparecer; no puede quedar rastro de lo ocurrido.
Y hoy, después de veintiún siglos, todo sigue igual.
Muchos creen sin ver; otros exigen ver… y aun viendo, cierran el corazón.
Entramos en una semana decisiva. Para muchos será tiempo de vacaciones; para otros, descanso o jolgorio. Para el creyente, en cambio, es una oportunidad para fortalecer la fe y crecer en conversión.
Mientras algunos se enredan en discusiones estériles —intereses, ideologías, dobles intenciones—, lo esencial sigue siendo lo mismo: estar.
“Hoy, Señor, no quiero quedarme en la curiosidad. Quiero creer… y estar.”
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