Cuando miraba una esquela y se fijaba en la edad, se contaba entre los próximos.
Sebastián no sentía miedo a la llegada de su muerte. Sabía que estaba cerca; sus ochenta años se lo anunciaban a cada instante. Era algo natural e irremediable.
«Todos tenemos que pasar por ese momento», se dijo con tranquilidad.
Lo que realmente le preocupaba era: ¿qué pasaría después?
«¿Sería merecedor del premio de la vida eterna?», pensó. Era ahí donde estaba escondido su miedo, su santo miedo: ¿Alcanzaría la felicidad y la vida eterna?
Mientras caminaba escudriñando esos pensamientos, llegó a la entrada de una iglesia. Se paró y, observándola, decidió entrar. Le pareció importante desde el punto de vista artístico: era un templo majestuoso y, aparentemente, de cierta relevancia artística. Se celebraba en esos momentos una misa.
Precisamente, entraba Sebastián cuando se disponía a proclamar el evangelio (Jn 20, 1-9) el sacerdote.
—La vida —decía el sacerdote— es el regalo que Dios nos da para que, a través de ella, alcancemos la felicidad eterna que todos buscamos.
Hizo una pausa mirando a los fieles, y añadió:
—Buscamos la felicidad, pero muchos no la buscan donde realmente está. Otros dudan o no se atreven a indagar.
Confiemos y atrevámonos a quitar las lápidas de la desilusión y de la desconfianza.
Guardó un breve silencio y concluyó:
—Seamos de aquellos que miran la misma realidad —la Resurrección— con otros ojos: Jesús es el Señor, el Cristo, vive la vida del Padre.
Sentado y con la mirada fija en el Sagrario, Sebastián había encontrado la paz y la esperanza de una nueva vida que aguardaba después de la de este mundo.
Confiado, se dijo: «La última palabra la tiene el Señor.
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