| Jn 6, 30-35 |
Pero esas seguridades nacen muchas veces de nuestro propio discurso, de lo que pensamos y proyectamos.
Queremos un dios a nuestra medida
No les interesan promesas ni futuro; buscan el presente: el pan y la seguridad de hoy, no la de mañana.
Aunque quieren creer, solo les convence lo inmediato. Lo de fiarse les cuesta.
Todos escuchaban perplejos las palabras de Pedro. Hablaba con convicción y reconocía que la gente, en su mayoría, busca su conveniencia.
—¿Qué dicen a esto que comparto? ¿Alguien tiene otra opinión?
Todos callaban, hasta que alguien, levantando la mano, dijo:
—No estoy del todo de acuerdo. Cargar la cruz de la incertidumbre, del riesgo o de la esperanza se hace pesado…
Dejó pasar unos segundos y, con talante reflexivo, dijo:
—… pero algunos esperan y soportan las dudas y confían —concluyó Agustín.
Fue en ese momento cuando Manuel intervino y, tomando la palabra, añadió:
—El hombre es limitado y débil. Necesita pedir que sus sueños y anhelos permanezcan vivos.
Hizo una pausa, tomó la Biblia en la mano, la abrió por el evangelio de Jn 6, 30-35 y continuó:
—En este evangelio, Jesús se nos revela como el pan de la vida…
Miró a todos con decisión y ternura y siguió:
—… El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…
Dejó pasar unos segundos. Guardó silencio y concluyó:
—Olvídense de signos y las seguridades del maná; lo que el Señor nos ofrece es Pan de Vida Eterna.
En el ambiente flotaba el sentimiento de que solo así se encuentra el verdadero sentido de la vida: la tan anhelada trascendencia.
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