martes, 19 de mayo de 2026

UN DIOS QUE NOS CUIDA COMO PADRE Y MADRE

Jn 17, 1-11a

Sabía que, a pesar de que muchos no respetan las leyes establecidas, el mundo guardaba un equilibrio asombroso.

Todo seguía un orden y la vida parecía estar regulada de forma inteligente.

Ambrosio se admiraba de la maravilla con la que todo funcionaba y cómo tanto las leyes gravitatorias como las civiles eran cumplidas.

«¿Qué pasaría si algo dejase de ser cumplido? ¿Se vendría todo abajo?», pensó.

El hombre es débil y, sometido a sus propios pecados, incumple las leyes y delinque. Pero, así y todo, el mundo guarda un orden que no llego a entender.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado dormido.

¡Era un sueño!, se dijo. ¡Y qué bonito sueño!

Cuando se percató de dónde estaba, sintió algo de vergüenza. Santiago, el camarero, se le acercó y lo tranquilizó.

—Observé que se había dormido y le dejé el café para cuando se despertara. Aquí lo tiene, recién hecho.

—Muchas gracias. No sé lo que me ha sucedido, pero he quedado sumido en un profundo y hermoso sueño.

Manuel, que hacía rato que había llegado a la terraza, al verlo despierto, le dijo:

—Dormía placenteramente y su cara dibujaba una agradable sonrisa. Coincidí con Santiago en dejarlo gozar de ese buen sueño.

—Gracias —respondió Ambrosio. Un sueño revelador.

Manuel le miró, y algo extrañado no pudo evitar preguntarle:

—¿Cómo que revelador? ¿Podría explicarse?

Ambrosio se frotó los ojos y, complacido por la pregunta, dijo:

—Veía cómo el mundo, a pesar del pecado del hombre, está protegido por su Creador…

Guardó unos segundos de silencio y con gran gozo añadió:

—Reza por nosotros al Padre, y en Él nos sentimos protegidos y eternos.

Entonces, Manuel comprendió de qué hablaba y añadió:

—Hablas de lo que dijo Jesús en el Evangelio de Juan 17, 1-11ª, cuando pide al Padre para que dé la vida eterna a todos los que creen en Él.

El asombro de Ambrosio era manifiesto.

«¿Le habría mostrado el Señor en sueños aquella promesa? 

Jesús cumplió su misión: manifestarnos el nombre de Dios. Y a quienes vivimos en medio del mundo, ayer y hoy, se nos sigue pidiendo guardar su palabra.

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