domingo, 28 de septiembre de 2025

INCLUIDOS Y DESCARTADOS

Lc 16, 19-31

      La miseria relucía por todas partes. Nadie, al menos eso parecía, daba muestra de preocuparse. Cada cual iba a lo suyo, más preocupado por sus propios intereses que por lo que ocurría a su alrededor.

    Mientras tanto, muchos excluidos sufrían el azote de la pobreza. A nadie importaban sus carencias ni sus sufrimientos. Yacían a la espera de que alguna alma generosa se apiadara de ellos.

    Aquel barrio —y, sobre todo, aquella calle— era conocido como la calle de la miseria. Pasear por ella era como dar un paseo por un lugar muy parecido a lo que imaginamos como infierno.

    Juan Fernando, un viajante que solía pasar por la tertulia de vez en cuando, compartía con sus amigos lo que había visto en muchos de sus viajes.
    —¿Y qué piensas —preguntó Pedro— de todo eso, después de vivirlo tan de cerca?
   —Que la vida es, para muchos, profundamente injusta —respondió Fernando con gesto exaltado.
  —Pero… ¿no nos mueve esa realidad a tratar de hacer algo? —propuso Manuel, que escuchaba atentamente.
   —Sentimos deseos —respondió Fernando—, pero, pasado el temporal, volvemos a la rutina de cada día. Nos olvidamos del sufrimiento de los demás.
   —Creo que hacemos mal —intervino Manuel—. El granero se llena grano a grano, y la miseria se evita si cada uno aporta su granito.
    —Evidentemente —dijo Pedro—, pero la cuestión es cómo hacerlo.
   —Hay asociaciones, comunidades, grupos y, sobre todo, Cáritas —explicó Manuel— que trabajan para erradicar el hambre. Ahí entramos todos, y a todos nos toca colaborar en la medida de nuestras posibilidades.
   —Tienes mucha razón —asintió Fernando—. Creo que muchas veces nos evadimos del problema mirando hacia otro lado.
   —Jesús nos lo deja muy claro en la parábola del rico epulón (Lc 16, 19-31) —añadió Manuel—: un rico, como tantos incluidos de hoy, que se dedica a disfrutar de la vida sin tener en cuenta a los excluidos, carentes de lo más necesario para vivir. Luego, esta vida termina, y la siguiente reclamará lo que hemos hecho con nuestro tiempo. Conviene mirarlo con calma y reflexionar.
 
    Se hizo un silencio denso, que reflejaba la necesidad de compromiso que flotaba en el ambiente.

    La parábola parecía una descripción exacta de nuestro tiempo, pues también hoy un abismo separa a los incluidos —que disfrutan de todos los bienes posibles— de los descartados, que apenas logran rescatar las migajas que caen de la mesa de los primeros.

    Y esa realidad nos invita a una seria reflexión: la parábola del rico epulón no es un relato antiguo, es el espejo de nuestra historia presente. Cada vez que un Lázaro yace a nuestra puerta y pasamos de largo, estamos escribiendo nuestro propio final.

sábado, 27 de septiembre de 2025

TRAGEDIA INMINENTE

Lc 9, 43b-45

    Estaba alegre, disfrutando del momento, cuando, en un abrir y cerrar de ojos, todo cambió. Su rostro quedó helado, petrificado como piedra. La tragedia había llegado sin previo aviso. Ya era demasiado tarde: aquel querido amigo había cerrado los ojos a este mundo.

    El dolor era tan grande que apenas podía mantenerse en pie. Le sostuvieron entre varios, porque, como un pesado fardo, se desplomaba al suelo. Pedro, que estaba allí, lo conocía muy bien. Era uno de los tertulianos más habituales de la terraza, siempre con una palabra que animaba la conversación.
    —Su ausencia —dijo Pedro, con el rostro lleno de congoja— la vamos a extrañar mucho.
    —Sí… —asintieron muchos, con pesar.
En ese momento llegó Manuel. Pronto percibió que algo no iba bien: el ambiente alegre de siempre se había transformado en un silencio triste.
    —¿Qué sucede? —preguntó a Santiago.
  —Una tragedia inesperada —respondió él—. Fernando se desplomó de repente. Creemos que ha sido un infarto. Nadie levantaba cabeza.
 
    Fernando… Ese era su nombre. Minutos antes reía y compartía con todos; ahora yacía inmóvil. La ambulancia había llegado, pero el presentimiento no era bueno.
    —La tragedia nunca avisa —dijo Manuel con serenidad—. Sin embargo, suceda lo que suceda, la esperanza siempre está presente.
    —¿Por qué dices eso, Manuel? —preguntó Pedro.
   —Porque, aunque el dolor nos golpee con fuerza, la muerte no tiene la última palabra. Puede llenarnos de lágrimas, pero nunca será una derrota. Nuestra esperanza está en la resurrección.
    —¿Qué resurrección? —preguntaron algunos con cierta ironía.
   —La resurrección de la que nos habla Jesús en Lc 9, 43b-45. Él prepara a sus discípulos para afrontar la tragedia, anunciando su pasión y su resurrección. No evita el sufrimiento, pero les muestra que más allá del dolor hay vida.
 
    Se hizo un profundo silencio. Pedro bajó la cabeza y, en su interior, comenzó a comprender que, en verdad, la muerte no tiene la última palabra.
    En el seguimiento de Jesús, el fracaso aparente no es una derrota definitiva, sino un paso necesario para que la luz de Dios brille con más fuerza. La cruz no es el final: es el camino hacia la Vida.

viernes, 26 de septiembre de 2025

¿Y TÚ QUIÉN DICES QUE ES JESÚS… Y QUÉ ESPERAS DE ÉL?

Lc 9, 18-22

    Preguntas como: ¿a dónde voy?, ¿qué busco?, o simplemente, ¿de quién me fío?, salen a relucir en algún momento de la vida. A veces lo hacen por circunstancias concretas, y otras, porque algún acontecimiento nos descoloca y nos obliga a mirar dentro de nosotros mismos.

    En esa tesitura andaba Pedro cuando advirtió la llegada de Manuel.

   —Hola —le dijo—. Estaba dándole vueltas a la cuestión del destino. Pienso que todos tenemos uno y que, tarde o temprano, nos preguntaremos a dónde vamos. ¿Te lo has preguntado tú, Manuel?
   —Es inevitable —respondió Manuel con serenidad—. Desde que tomas conciencia de tu propia fragilidad, necesitas respuestas que den sentido a esos interrogantes. Saber que caminas hacia la muerte no llena tu vida ni satisface tus aspiraciones.
   —¡Es verdad! —suspiró Pedro, dejando ver en su rostro un destello de esperanza.
   —¡Claro que sí! —continuó Manuel—. Has nacido para vivir, y la muerte no es el final, sino un paso. Te das cuenta de eso desde el momento en que conoces a Jesús. Él es precisamente el Camino, la Verdad y la Vida que estabas —muchas veces sin saberlo— buscando.
   —Sí… camino, verdad y vida… lo que todos anhelamos —murmuró Pedro pensativo.
  —Pero qué pocos lo encuentran —añadió Manuel—, porque no miran para Quién es realmente ese Camino, Verdad y Vida.
Manuel hizo entonces una pausa y, con voz firme, recordó unas palabras del Evangelio:
  —Mira, en (Lc 9, 18-22) Jesús pregunta a sus discípulos si saben quién es Él, por qué le siguen, qué esperan de Él. Esas mismas preguntas siguen resonando hoy.
La tertulia se quedó en silencio. Algunos, y especialmente Pedro, no terminaban de comprender del todo lo que significaban esas palabras. Hasta que uno de ellos levantó la mano:
  —¿Y cómo encontramos ese camino, esa verdad y esa vida?
  —En Jesús, el Hijo de Dios —respondió Manuel con convicción—. Así lo reconoció Pedro, iluminado por el Espíritu. En Él están todas las respuestas a los interrogantes que llevamos dentro.

    Esa pregunta —«¿quién dices que soy yo?»— no se quedó en el pasado. Hoy también nos la dirige el Señor a cada uno de nosotros. Y espera que respondamos no solo con palabras, como quien recita de memoria el catecismo, sino con nuestra vida, dejando que el seguimiento transforme lo que somos y lo que hacemos.
  Pedro permaneció en silencio. Pero en su mirada había cambiado algo. Ya no buscaba respuestas en el aire: había descubierto que todas estaban en Él. 

jueves, 25 de septiembre de 2025

CUANDO MOLESTA LA PALABRA

Lc 9, 7-9

     «Muerto el perro, se acabó la rabia». Esta frase resume bien lo que suele suceder a aquellos que molestan con su presencia, pero, sobre todo, con su palabra. Muchas personas han sido borradas del mapa por sus actuaciones.
    
    Tenemos muy fresquito el caso de Charlie Kirk, una víctima, recientemente asesinada, pues su palabra, apoyada en la verdad, molestaba a los que quieren imponer la suya.
 
    —Pero esto no es cosa de ahora, ha ocurrido a lo largo de la historia —dijo Pedro. Muchos han sido asesinados porque sus palabras estorbaban los intereses de otros.
    —Y es el gran obstáculo que impides a muchas personas honestas a salir a la palestra. El miedo a que los maten.
 
    Ese era el tema de la tertulia de esta mañana. Todavía no había llegado Manuel y los compañeros tertulianos debatían los acontecimientos que habían sucedido en estos últimos días.
    —¡Bienvenido, amigo Manuel, llegas en un momento oportuno! Hablamos del miedo a decir la verdad, y de lo que sucede a quien se atreve a proclamarla. —¿Estás de acuerdo?
    —Podíamos recordar a muchos mártires de la verdad. Algunos famosos y otros no tanto. Es más, diría que cada día mueren muchos anónimos por defender la verdad.
    —¿Y cuál es esa verdad? —preguntó uno de la tertulia muy interesado.
    —La verdad está siempre del lado de los pobres, de los indefensos, de los excluidos, de los que son sometidos y privados de libertad.
    —Pero … es que …
    —Algunos —respondió Manuel— ante el balbuceo de uno que quiso intervenir, buscan el poder de su propio interés sometiendo a los demás, como le ocurrió a Juan el Bautista, decapitado por Herodes. En —Lc 9, 7-9— se narra esa vorágine del poderoso por acallar la boca de los que proclaman la verdad. Sin embargo, la verdad puede ser acallada un instante, pero nunca destruida.
 
    Sin embargo, los signos del Evangelio son siempre frágiles, como las vidas de los quienes lo anuncian, la de Juan o la de Jesús. Aparentemente, basta la violencia selectiva para acabarlos. Pero son más fuertes que todo eso, reverdecen a cada rato, al viento del Espíritu que sigue iluminando conciencias y movilizando corazones que lo de Dios, un mundo de justicia y dignidad, encuentre nuevos caminos y avance. No hay Herodes que pueda con ellos.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

APOYADOS EN LA MISERICORDIA

Lc 9, 1-8

    La experiencia nos dice que para persuadir, muchas veces, se buscan métodos, artilugios y formas de llamar la atención, incluso recurriendo a la demagogia y a argumentos llenos de fantasías. Pero todo eso no se apoya en la realidad. El objetivo, en tales casos, no es la verdad, sino la seducción y el proselitismo.

   La tertulia discurría por estos derroteros. Se discutía si lo importante era convencer a toda costa, usando cualquier recurso, o ser cauto y verdadero, presentando la realidad tal como es. Unos defendían el convencer “sea como sea”; otros, en cambio, preferían optar por la verdad, sin engaños ni espejismos.

    —¿Y cuál es tu opinión, Manuel? ¿Nos puedes decir algo?
   —En primer lugar —respondió—, diré que lo único y verdaderamente importante es hablar con verdad y justicia. Todo lo demás, aunque al principio parezca dar resultados satisfactorios, será vano. La verdad siempre, tarde o temprano, saldrá a flote.
    —Pero —replicó Pedro—, hay muchos que viven de la mentira.
    —Sí, pero, ¿te has fijado cómo terminan? Eso es lo importante: no el principio, sino el final. Jesús instruye a sus discípulos —Lc 9, 1-6— cuando los envía a proclamar el reino de Dios. No se apoyan en la autoridad dada, ni en bienes materiales, ni en apariencias. Simplemente, su fragilidad habrá de convocar a los que les reciban.
    —Tienes razón —intervino uno de la tertulia—: quienes mal andan, mal acaban. Esa es la lección que nos da la propia experiencia de la vida.
    —Solo de esa manera —continuó Manuel— podrán desplegar la obra de Dios, no como imposición, sino como invitación que suscita una respuesta.
 
    De este modo, los discípulos habrán de ejercitar su confianza en el Señor que los acompaña. Son verdaderamente sus mensajeros, porque no van vestidos de grandezas, sino revestidos de la misericordia de Dios, que por su medio anuncia la buena nueva y cura enfermos y endemoniados.

martes, 23 de septiembre de 2025

Lazos de Fraternidad

Lc 8, 19-21

    No terminaba de sorprenderse. ¡Cuánta gente abandonada, sin recursos y familia! Pedro no entendía cómo podía suceder eso en tantos lugares. Él, que había nacido en una familia de bien, había sido educado con todo lo necesario, y vivido en ambientes donde todos tenían una familia que les protegiera.

     «¿Cómo puede suceder eso?», se preguntaba Pedro. No daba crédito a lo que leía.

  —Buenos días, Pedro, ¿cómo estás?
  —¡Sorprendido! Estoy leyendo y no creo lo que leo. Ingente cantidad de personas desvinculadas, sin familias ni recursos. ¡Es un desorden familiar! ¿Dónde están los vínculos de sangre de estas personas?
   —Hay lugares —dijo Manuel— donde reina el caos organizativo. No hay registro ni relación de vínculos, ni siquiera saben de responsabilidades. Cada cual anda a su libre albedrío y actúa según le convenga y piense. De esta forma sucede lo que estás leyendo.
   —Pero, ¿y qué pasa con esas personas —dijo Pedro con cierto enfado—? Sobre todo los niños.
  —Pues, sufren, mueren o, algunos, tienen la suerte de ser recogidos por familias generosas. Verdaderamente es una tragedia.
   —¡Y de las grandes! —replicó Pedro consternado.
   —Hay algo muy importante. Jesús ha venido para solucionar toda esa desvinculación entre los seres humanos. Para eso tomó nuestra propia naturaleza, y nos anunció el vínculo del amor, dejando el de la sangre en segundo plano. Lo puedes leer en Lc 8, 19-21. Para Jesús, «su madre y sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen».

    La comunidad cristiana trata de llevar a la vida, en el presente, lo que solo será una realidad definitiva mañana: una familia humana reconciliada, en la que todos se reconocen como hermanos y hermanas y en la que solo Dios ejerce de Padre y Madre de misericordia.

lunes, 22 de septiembre de 2025

LÁMPARAS ENCENDIDAS

Lc 8, 16-18

    El día estaba encapotado y amenazaba lluvia. Fernando, aunque preveía que podía llover en cualquier momento, no tomó un paraguas. Confiaba en la providencia. Sin embargo, sus cálculos fallaron. A medio camino apareció impetuosa la amenazante lluvia y, sin pensarlo, se refugió bajo la pérgola de una terraza.
   —Ha tenido usted suerte —dijo Pedro con voz complaciente y agradable.
   —Sí —respondió Fernando con un gesto de agradecimiento.
  —La tempestad no avisa —intervino Manuel— y es una imprudencia no estar preparado.

    Ambos amigos llevaban un tiempo en su terraza favorita deleitando su buen café. Se habían refugiado intuyendo que el cielo derramaría pronto cataratas de agua, que, por otra parte, agradecería el campo.

   —Confieso —dijo Fernando— que he pecado de imprudente. Preveía que podía llover, la oscuridad del día lo revelaba, pero no le di la importancia debida. Y, menos mal, que he tenido esta oportunidad de refugio a mano.
    —Sí, se ha librado de un buen chaparrón —apuntó Pedro.
  —De cada ocasión que vivimos en esta vida —comentó Manuel— podemos sacar hermosas y positivas lecciones. Sobre todo si leemos donde podamos encontrar luz. En Lc 8, 19-21 se nos dice que la luz es para ponerla en lugar que alumbre y que todos la vean. Tratar de ocultarla sería cerrarnos los ojos y quedar a merced de la tempestad.
   —Tiene usted mucha razón —respondió Fernando—. Precisamente eso me acaba de suceder. Cerré los ojos a la realidad, algo así como no dejarme alumbrar, y… ya ven, he sido sorprendido.
   —El mal abunda en los callejones oscuros y se oculta en la negrura de la noche, donde se labran tramas y se conciben corrupciones. El Evangelio proyecta la luz de la alegría y la verdad sobre las nieblas de la realidad. Todo queda descubierto ante la atenta mirada de amor y misericordia de Dios. Esa es la luz que nos corresponde poner en lo alto, para que ilumine las situaciones humanas, desenmascarando tretas y trampas, y poniendo concordia y paz.