jueves, 5 de febrero de 2026

COHERENCIA

Mc 6, 7-13
  Se tenía por buena persona y buen cristiano. Cumplía todo lo establecido por la Iglesia, pero de puertas para afuera nadie intuía su pertenencia católica.

Un día, que andaba atareado en sus asuntos personales, pasó por un lugar donde había una persona algo descuidada, tumbada en un banco de aquel parque y con un semblante enfermo. Nadie se paraba a ver qué le ocurría. Todos, eso sí, miraban, pero seguían su camino.

Antonio se detuvo y, apartándose a un lado, observaba a aquella persona. No daba señales de vida y, por un momento, pensó que podía estar muerto. Sin embargo, no se atrevía a moverse ni a hacer nada.

Pasaron unos minutos y no parecía suceder nada hasta que acertó a pasar por allí una persona de aspecto humilde y algo desaliñado. Vio a la persona tendida en el banco y se acercó con mucho cuidado. Notando que no se movía, la tocó y, viendo que no respondía, la zarandeó un poco.

Fue entonces cuando la persona abrió sus ojos y dijo:

—Me siento mal, ¿puede ayudarme?

La persona que se había acercado quedó sorprendida y respondió:

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Llame a alguien que pueda socorrerme, me siento muy débil y sin fuerzas.

Juan, que así se llamaba la persona que se había acercado, miró para todas partes y acertó a ver a Antonio. Con un gesto y grito, le llamó:

—Oiga, usted, venga, por favor. Si tiene a mano un móvil, llame a una ambulancia, por favor; esta persona está muy mal.

Antonio se acercó tímidamente y sin mucho interés por ayudar, pero al llegar, la persona tumbada en el banco se incorporó con naturalidad. Ambos se quedaron asombrados.

—Pero, ¿qué le ha pasado? —dijo el desaliñado—, ¿se encuentra ya bien?

Mirando a ambos, sobre todo de manera más tierna y directa a Antonio, dijo:

—No tengo nada. Simplemente se me ocurrió ver cómo responde la gente ante un caso de necesidad o de auxilio. Y la prueba ha sido reveladora. Son muy pocos los que viven su fe coherentemente.

Y mirando para Antonio, le susurró de forma indiscreta:

—Una fe sin obras es una fe muerta.

En ese momento, Antonio comprendió que su comportamiento dejaba mucho que desear. Sintió vergüenza y que estaba muy lejos de lo que él pensaba. Desde ese momento se prometió ir mejorando y tratar de que su fe fuese más acorde y coherente con su vida.

miércoles, 4 de febrero de 2026

FE Y CUMPLIMIENTO

Mc 6, 1-6

Santiago era un hombre cumplidor. Hombre recto y de palabra que se ajustaba a todo lo prescrito por la ley. No entendía la vida sin una ley que la regulara y todo lo discernía en torno a ella.

Un día se encontró con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Se saludaron y decidieron tomarse un café mientras se contaban cómo les iba.

Dionisio, que era el nombre de su amigo, habló largo y tendido de su historia personal. Contaba con entusiasmo a Santiago cómo vivía su fe, que había encontrado en un grupo donde se dialogaba en torno a la Palabra de Dios.

Por otra parte, Santiago también compartió parte de su vida. Se confesó religioso y muy cumplidor. Para él —decía— las prácticas eran el centro y la prioridad en su vida. No soportaba a quienes no las cumplieran.

En ese momento, Dionisio se quedó algo confuso. No le parecía bien lo que dijo Santiago. Y frunciendo el ceño, se atrevió a preguntarle.

—¿A qué te refieres cuando dices que las prácticas son el centro de tu vida?

—A que cumplir con lo establecido y prescrito por la ley, tanto civil como religiosa, es lo importante, y lo que hay que hacer.

Dionisio arrugó su frente y se quedó perplejo. Guardó silencio unos segundos, pero pronto un impulso interior le movió a responderle.

—¿Cómo dices que las prácticas son lo fundamental? No es así, lo relevante es nuestra adhesión a la persona de Jesús y su Palabra.

Santiago le miró extrañado sin entender lo que decía Dionisio. Pero no se atrevió a replicarle. Entonces, Dionisio, muy seguro de sí mismo y de lo que decía, como si fuese alumbrado por el Espíritu Santo, dijo:

—Cada cristiano está llamado a profundizar en esta pertenencia fundamental, tratando de testimoniarla con una conducta coherente de vida, cuyo hilo conductor será la caridad.

—Pero…

—No hay peros que valgan —respondió al instante Dionisio interrumpiéndole—, las prácticas son consecuencias de esa fe y obediencia a Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y nuestra referencia a seguir e imitar.

Se hizo un largo silencio. Todo parecía derrumbarse en la cabeza de Santiago. Hundió su cabeza entre sus brazos y permaneció unos segundos inmóvil. Mientras tanto, Dionisio le miraba pacientemente y con ternura.

Después de unos minutos, Santiago levantó su cabeza y, con su mirada firme en Dionisio, le dijo:

—Creo que tienes razón. Sin amor, todo lo que haga tiene poco o ningún valor. Las prácticas nos ayudan a eso: a que, por la Gracia del Señor, seamos capaces de amar, pero lo fundamental es el amor.

La familiaridad y los prejuicios nos juegan malas pasadas, impidiéndonos ver más allá de lo obvio. Por creer que ya sabemos quién está ante nosotros, nos perdemos grandes cosas.

martes, 3 de febrero de 2026

LA FE MUEVE AL CONTACTO

Mc 5, 21-43

Estaba desesperado y casi a punto de hacer una locura. Caminaba sin rumbo y no encontraba consuelo. Buscaba un lugar alejado de todo bullicio; deseaba encontrarse consigo mismo y librar su propia batalla.

Sabía que el tiempo corría en su contra. Su enfermedad lo controlaba y se veía impotente para detenerla. Acomodado debajo de un frondoso árbol, reflexionaba sobre su situación.

«Si me quedo quieto, ella avanzará hasta destruirme», pensó. «Necesito moverme, hacer algo que pueda darme, al menos, esperanza».

Se sobrepuso y emprendió el camino. De regreso a su espacio, se le ocurrió dar un rodeo que, sin saber cómo, le llevó a pasar por la terraza. Ese lugar mágico para algunos, donde se daban debates y charlas que hacían mucho bien y de los que se hablaba hasta de milagros.

Atraído por la cantidad de gente congregada, se paró y acertó a escuchar a alguien que decía:

—Muchos acudían a Él para que los curara —hablaba Manuel en una de sus acostumbradas charlas con los tertulianos—; en este caso es un jefe de sinagoga, llamado Jairo, quien se le acerca y, echado a sus pies, le pide que imponga sus manos sobre su hija, que está en las últimas, para que se cure y viva.

«Y casi sin darse cuenta, Tomás estaba escuchando.

Manuel hizo una pausa, miró a su alrededor, pues se había congregado bastante gente, y, seguro de sí mismo, continuó.

—Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años y se había gastado toda su fortuna en manos de médicos, sin ningún resultado, se atrevió, aprovechando aquel apretujamiento, a tocarle el manto, y quedó inmediatamente curada.

Dejó de hablar, haciendo un breve silencio. Tomó un poco de aire y, abriendo sus manos, dijo:

—¿Por qué digo esto? Porque Jesús es la respuesta a todos nuestros problemas. En Él están todas nuestras esperanzas y a Él acudimos cuando necesitamos que nos cure de todas nuestras enfermedades, físicas y espirituales.

Volvió a hacer un breve silencio e, invitando a que lo comprobasen, les indicó el evangelio de Marcos 5, 21-43, donde podían leer esos milagros que hizo Jesús.

Y con una voz que derramaba esperanza y entusiasmo, concluyó:

—Hoy también, para los que lo buscan y piden con fe, Jesús cura y sana.

En aquel momento, Tomás, con las mejillas bañadas por sus lágrimas, continuó su camino hacia su casa. Su llanto se fue transformando en alegría y su rostro quedó transformado por una paz que transparentaba esperanza. Él también había, con su corazón, tocado con su fe el manto del Señor.

lunes, 2 de febrero de 2026

NUEVA GENERACIÓN

Lc 2, 22-32

Aquel día le costó levantarse. Hacía ya algún tiempo que lo venía notando: se sentía cansado de tanta rutina y su esperanza iba declinando, hasta el punto de plantearse el abandono. Sin embargo, en esa lucha por ponerse en pie, experimentó algo distinto; su esperanza parecía despertar, invitarle a perseverar. Algo le llamaba la atención.

Después de asearse y desayunar, salió a dar un paseo, sin tenerlo muy claro. No sabía bien a dónde iba, pero algo, muy dentro, le impulsaba a caminar.

Ernesto —ese era su nombre— se dejó llevar por ese impulso interior. Presentía algo extraño e intuía que algo podía suceder.

Tras un largo paseo, al pasar cerca, decidió acercarse a la capilla. Qué mejor oportunidad que hablar con el Señor cara a cara —pues en la custodia está presente en la sagrada forma—. Y hacia allí se dirigió.

—Señor, Dios mío, estoy pasando una mala racha. Me cuesta vencerme al comenzar el día, y la holgazanería me tienta a quedarme y abandonarme. Sé que puede parecer una tontería, pero los grandes males empiezan por tonterías.

Silenció su interior y trató de escuchar. Permaneció unos minutos en atenta espera y, sin haber interpretado nada, se atrevió a continuar:

—Creo que lo que debo hacer es perseverar, permanecer en espera y confiar en tu presencia. Sé que me escuchas y, aunque no descubro con claridad tu respuesta, intuyo que me pides confianza; que llegará el momento de entenderlo y verlo claro.

Hizo una pausa, tomó su Biblia y, al abrirla, se encontró con el pasaje evangélico de Lc 2, 22-32. Al comenzar a leer, comprendió —con rostro de asombro— que el Señor le había respondido con claridad. Decía así:

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo prescrito en la Ley del Señor.

Y había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel…

Al terminar la lectura, se identificó con el anciano Simeón y comprendió que el Señor le pedía perseverancia, paciencia y confianza en su Palabra.

La capacidad de maravillarnos ante lo que nos rodea favorece la experiencia religiosa y hace fecundo el encuentro con el Señor.

domingo, 1 de febrero de 2026

¡BIENAVENTURADOS!

Mt 5, 1-12a

Había un silencio que invitaba a pensar, a mirar para sí mismo o, incluso, para sorprenderse. No era eso lo habitual en la terraza de Santiago, siempre bulliciosa y llena de ruidos, de diálogos y de ajetreo. Era algo extraño e inusual.

Manuel, un asiduo cliente de las tertulias que solían formarse en la terraza, no se explicaba aquel ambiente tan frío. No había visto nunca la terraza de esa forma.

«¿Qué extraño?», se preguntó. Esto parece más un santuario que una cafetería. Hay poca gente, pero demasiado silencio, y es muy raro ver esto aquí.

En ese preciso momento entraba un señor muy serio, con el rostro fruncido. Parecía con problemas. Se sentó y, haciendo gestos al camarero, pidió un café.

Después de unos minutos, ocultó su rostro entre sus brazos apoyados en la mesa. Un suave susurro, parecido a quejas, despertó la curiosidad de Manuel. Levantó su cabeza y se fijó atentamente en esa persona desconocida. Parecía lamentarse.

Sin pensarlo se acercó a su mesa y le dijo:

—¿Le sucede algo, señor?

Descubrió su cara y, mirándole con cara desconsolada, dijo:

—En realidad, no debería tener ningún problema. Gozo de salud, de trabajo, de dinero y satisfago todos mis deseos, pero siento una gran tristeza y un vacío en mi vida que hay días, como el de hoy, que me siento muy mal.

—¿Qué le falta o qué busca? —dijo Manuel tratando de encontrar alguna causa de esa tristeza.

—¡Oh, si lo supiera, lo solucionaría enseguida! Ese es precisamente mi problema. Tengo lo suficiente, incluso me sobra, para ser feliz, y no lo soy.

Volvió de nuevo a apoyar sus brazos en la mesa y a esconder su cabeza entre ellos.

Manuel sintió compasión y entendió cuál era su problema. Arrimó su silla a la de la mesa del señor y, pacientemente, abriendo su Biblia, donde siempre encontraba el verdadero sentido de la vida, le dijo:

—Todos buscamos ser felices, pero no todos buscamos donde realmente está. Dependerá de que busquemos en el lugar donde realmente se encuentra.

Hizo una pausa y se cercioró de que le estaba escuchando. Entonces continuó:

—Muchos la buscan en una vida de familia bien fundamentada; otros en tener salud y trabajo; otros, en gozar de la amistad y del ocio…

Dejó de hablar y se fijó en que el señor empezaba a abrir sus brazos y a descubrir su rostro. Entonces siguió diciendo:

—Y los más influidos, quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

Entonces, al verle reaccionar y dándole tiempo para ello, guardó silencio y se dispuso a leer la Biblia con suavidad y delicadeza; dejó que la Palabra de Jesús hablara:

Evangelio (Mt 5,1-12): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los…

Su cara, ahora más normal, desenfadada y, no solo más alegre, sino en paz, miraba a Manuel con ojos de agradecimiento y casi a punto de abrazarle. Se había dado cuenta de que la felicidad no estaba donde él la buscaba, sino dentro de sí mismo.

sábado, 31 de enero de 2026

LAS TEMPESTADES

Mc 4, 35-41

La noche se avecinaba. «¿Cómo le había ocurrido aquello?», se preguntó.

No supo responderse y, algo desesperado y temeroso, emprendió el camino de regreso. Su corazón comenzó a latir con más fuerza, mientras pensaba que la oscuridad acabaría por ganarle.

En poco tiempo se vio envuelto en tinieblas que le impedían orientarse y avanzar con seguridad. Se detuvo y, alzando los ojos al cielo, no encontró nada que iluminara su camino.

Apenas dio unos pasos más y perdió por completo la noción de dónde se encontraba. Los latidos de su corazón eran ahora intensos y constantes. El miedo y la oscuridad lo paralizaban; no se atrevía a dar un solo paso. Apenas alcanzaba a ver unos pocos metros.

De pronto, el silencio de la noche se quebró con ruidos que parecían venir de todas partes. Unos aullidos le encogieron el corazón. «¡Dios mío! ¿Serán lobos?», se dijo con voz temblorosa, a punto de llorar.

Tropezó con algo sólido y lanzó un alarido de terror. Tras un instante, logró distinguir que se trataba de un árbol robusto. Casi sin fuerzas y vencido por el miedo, se acurrucó apoyando la espalda en el tronco. Pero enseguida, al oír chasquidos semejantes a pisadas sobre hojas secas, le asaltó otro pensamiento: «¿Será una serpiente?»

Se levantó sobresaltado y se alejó unos pasos del árbol, intentando no ser sorprendido por aquella posible amenaza. No sabía qué hacer ni hacia dónde ir. No veía nada. Lleno de pánico y desesperación, se arrodilló. Juntó las manos y se encomendó al Señor:

—Dios mío, sácame de esta situación. Alúmbrame el camino de vuelta y líbrame de todo peligro. Tengo miedo, Señor.

Derrotado por el cansancio y la tensión, quedó profundamente dormido.

El canto suave de unos pájaros lo despertó con la luz del alba. Abrió los ojos y tuvo la sensación de encontrarse en un lugar maravilloso. ¿Le habría ocurrido algo? ¿Estaba en otro mundo?

De un salto se incorporó. ¿Qué era aquello? ¡Estaba en su cama! Miró hacia la ventana; de allí procedía aquel canto tan dulce y agradable. «¡Dios mío!», cayó entonces en la cuenta. ¡Había sido un sueño!

Después de asearse y antes de sentarse a desayunar, guardó unos minutos de silencio. Dio gracias a Dios por aquel despertar tan sereno y, al leer el evangelio del día, su rostro se iluminó con una grata sonrisa:

(Mc 4,35-41): Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despidieron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba; y otras barcas lo acompañaban. De pronto se levantó una fuerte borrasca, y las olas irrumpían en la barca…

Al terminar la lectura, quedó profundamente conmovido. Alzó los ojos y dio gracias al Espíritu Santo.

Había comprendido que las tempestades desenmascaran nuestra vulnerabilidad y dejan al descubierto esas seguridades falsas y superfluas sobre las que tantas veces construimos la vida. Dios es nuestra fortaleza; sin Él, quedamos a merced de las tempestades que nos rodean.

viernes, 30 de enero de 2026

EL MISTERIO DE LA SEMILLA

Mc 4, 26-34

Cada vez que Antonio salía a dar un paseo por el campo, se quedaba admirado de cómo, apenas caían unas gotas de agua, la tierra se engalanaba con un manto verde que la hacía más bella y hermosa.

¿Quién ha sembrado esas semillas para que, con el contacto con el agua, despierten, germinen y crezcan hasta dar frutos?

Precisamente, Antonio se veía interpelado por ese cambio tan hermoso que se producía cuando el agua refrescaba la árida tierra. Y eso le llevaba a buscar razones que le pudieran justificar tan prodigioso cambio.

Un día, tomando un café con su amigo Manuel y otros compañeros en la terraza de Santiago, hizo esa pregunta que tanto le inquietaba.

—¿No se han sorprendido ustedes, amigos, cómo se transforma la tierra apenas le caen unas gotas de agua? ¿Y se han preguntado por qué sucede eso?

—La ciencia explica el porqué de ese cambio: la activación biológica, pero la realidad, al menos para mí, es un misterio —respondió Leopoldo, uno de los tertulianos.

No hubo uniformidad con la explicación que dio Leopoldo. Unos estaban de acuerdo, pero otros disentían de su respuesta.

En esa confusión y diversidad de interpretación, Manuel tomó la palabra y dijo:

—Antes de la explicación de la ciencia, en el evangelio de Mc 4, 26-34, Jesús compara el reino de Dios con un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va…

Cerrando la Biblia y mirando a todos, dijo:

Detrás de la ciencia está el poder de Dios, creador de todo lo visible e invisible. Ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de manera misteriosa y sorprendente, mostrando el poder escondido en la pequeña semilla y la vida que de ella brota.