| Jn 17, 11b-19 |
«Añoro, pensaba Ernesto, cuando la palabra tenía valor y cumplimiento».
Aquellos tiempos, recordaba, donde bastaba un apretón de manos para dejar sellado el trato acordado.
Parecían sueños lejanos o épocas que ya no volverían a verse.
Manuel, al observar que Ernesto tenía la mirada perdida y un estado pensativo, le dijo:
—¿En qué piensas?, querido amigo. ¿Tienes algún problema que no te deja dormir?
Ernesto, interesado en desentrañar la evolución de cómo la verdad se había convertido en algo ficticio y a lo que no se le daba ningún valor, expresó:
—El valor de la palabra dada parece algo desfasado en un contexto en el que los acuerdos a menudo vienen cargados de letra pequeña y trampas…
Se detuvo unos momentos y añadió:
—¿No te parece? —preguntó a Manuel.
Sospechando a lo que se refería Ernesto, Manuel respondió:
—Frente a la ingeniería legal y al miedo de que «nos la cuelen», nos vemos obligados a leer y releer, a estar siempre alerta antes de firmar…
Hizo una pausa, miró para Ernesto y, sonriendo, agregó:
—Jesús, en Juan 17, 11b-19, nos propone una forma distinta de compromiso: Él mismo es la Palabra entregada, la Alianza y el Pacto del lavatorio y la acción de gracias.
Guardó unos segundos de silencio y, fijando los ojos en Ernesto, agregó:
—Nos invita a transformar nuestra manera de relacionarnos: menos sospecha, más compasión…
Y levantando los brazos, concluyó:
—«Yo les he dado tu Palabra, Padre», nos dice el Señor, y nos desafía a recuperar el valor de una palabra auténtica y transformadora, que apuesta por el compromiso y la verdad.
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