miércoles, 5 de noviembre de 2025

UN CAMINO DE DIFICULTADES

Lc 14, 25-33

   Nadaba en la abundancia y gozaba de buena salud. Lo tenía todo, tal y como dice la canción: “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor; y el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios.”

    Sin embargo, Osvaldo no se sentía como deseaba, ni como rezaba la canción. Experimentaba que le faltaba algo. No llegaba a saber qué era, pero estaba inquieto y, a pesar de tener de todo, buscaba algo que le diera esa alegría y paz que anhelaba.

    Mientras dilucidaba qué podía pasarle, se acordó de aquella tertulia donde había estado una vez. Recordaba aquella tarde cuando, caminando algo extraviado y pensativo, se sentó en una amplia terraza a tomar un café. Hizo una parada y, con cierta nostalgia, pensó:

   «Fue hermoso y moralizante aquel diálogo entre los tertulianos. Me llenó de paz y de ternura, y me levantó el ánimo».

      Siguió su camino, pero volvió a pararse.

    «¿Por qué no paso por allí? Quizás tenga la suerte de presenciar otro de aquellos hermosos diálogos».

     Y sin dudarlo, encaminó sus pasos hacia la tertulia.

    Era la hora del mediodía; la tertulia, casualmente, estaba pletórica y en plena ebullición. Pedro se había convertido en el fiscal acusador. Se hablaba de la apariencia y de las mentiras.

   —Hay muchos que, quizás sin darnos cuenta, aparentamos lo que no somos —dijo uno de los tertulianos levantándose—. Muchos golpes de pecho en la Iglesia, pero en sus casas les tienen miedo.

     En esos precisos momentos llegaba Osvaldo. Silenciosamente, y con una señal, reclamó la presencia de Santiago para pedir un café. No perdía detalle del diálogo entre los tertulianos.

    —Eso suele suceder —comentó Pedro—. Y muchos puede que se den cuenta, pero no solo no cambian, sino que ni siquiera hacen el esfuerzo por cambiar.
    —Esa es la clave —intervino Manuel—, la intención que sale del corazón. De ahí nacen las buenas intenciones, pero también las malas.

     En ese momento, Osvaldo, que escuchaba atentamente, notó cierto escalofrío.

    —Y cuando se busca la felicidad —continuó Manuel— en el poder, en la riqueza, en la salud, y se pospone todo lo demás, incluso de manera injusta, aparece el vacío y el sinsentido. Jesús, anticipándose a esos roles, lo deja muy claro cuando dice (Lc 14, 25-33): “Todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.

     Una vez más, la tertulia había servido a Osvaldo para salir de la tribulación y angustia por las que estaba pasando. La solución no era tener, sino despojarse.

martes, 4 de noviembre de 2025

INVITADOS AL BANQUETE

Lc 14, 15-24

   Francisco se sentía a gusto. Su situación era buena y se consideraba agraciado. Estaba satisfecho con sus posesiones y medios de vida. Se gustaba y despreciaba toda invitación a mirar cómo estaban otros y qué se podía hacer para ayudarles.

    Solo pensaba en su propio bienestar y en los pequeños lujos que se concedía, mientras excusa su participación en la comunidad humana.
    —¡Allá cada cual con su problema! —se decía.
 
    Se te hace difícil convocar a muchos satisfechos con el objetivo de hacer algo bueno por los marginados, excluidos y carentes de lo más imprescindible para vivir dignamente. Te dan la espalda con excusas demagógicas y se escabullen del compromiso de amar a los pobres.
 
    Ese era el tema de la tertulia. Hablaban sobre la solidaridad y la participación social para crear posibilidades de que todos tuvieran oportunidad de labrarse un porvenir.
    —Pero muchos no quieren. Se aprovechan de los que arriman el hombro y no dan golpe.
    —Cada cual será responsable de sus actos. La verdad saldrá a relucir, pero lo seguro es que los que lo rechazan se quedarán fuera del verdadero y único Banquete: el Reino de Dios.
    —¿Y dónde está escrito eso? —preguntó Florián, uno de los tertulianos.
    —Lo dice Jesús —respondió Manuel— en el Evangelio de Lucas (14, 15-24).
Y termina con estas palabras: “El Reino se construye en la solidaridad y la apertura, generando alegría y plenitud humanas entre los últimos.”
 
    Será difícil que un satisfecho pueda ver las necesidades de otros. Le gusta la vida —su vida—, pero ignora la de los que lo pasan mal. No quiere darse cuenta de que, quiera o no, un día tendrá que rendir cuenta de su vida. Y entonces su bienestar no contará, sino el amor que haya generado y ofrecido.
 
    No podremos cambiar sus mentes ni sus pensamientos, pero sí podemos rezar para que descubran la luz que les haga salir de sus propios egoísmos.

lunes, 3 de noviembre de 2025

LA SALVACIÓN NO SE COMPRA

Lc 14, 12-14

     La comida fue suculenta y dejó satisfechos a todos los invitados. El anfitrión estaba complacido: todo había salido como quería.

    Aquel banquete representaba mucho para él, pues le abría puertas a futuros negocios, compras y nuevas relaciones económicas.
«Indudablemente, ha sido un acierto», se dijo a sí mismo.

    Octavio era un personaje bien considerado. Además, su fortuna —ya sustanciosa— crecía con cada uno de estos encuentros. Se rodeaba de grandes inversores y destacados comerciantes, y eso le abría nuevas oportunidades. Su rostro reflejaba una euforia incontenible. La vida le sonreía.

    Llegó la hora final. Todos se habían marchado y, desbordado de alegría, decidió dar un paseo. La tarde, con su plácido anochecer, invitaba a caminar y aligerar el cuerpo después de tan abundante banquete.
    Además —pensó—: «Ahora no puedo conciliar el sueño. Necesito reflexionar, y un paseo me ayudará a poner mis ideas en orden».

    Octavio estaba pletórico. Sus comidas daban buen resultado, y sus negocios marchaban bien. Todo salía según lo planeado. Sus invitados eran de postín, cuidadosamente elegidos para sacarles algún rendimiento.
    Iba tan contento que, al pasar junto a una terraza, le apeteció tomar un café. Eran las siete de la tarde. La terraza estaba animada: un buen ambiente para observar, relajarse y, tal vez, encontrar nuevas ideas.
    «¡Y hasta negocio, por qué no!», pensó.

    —Tengan mucho cuidado —decía Manuel a sus compañeros tertulianos—. No busquen relaciones con el fin de obtener resultados de ellas. Cuando hagan algo por los demás, háganlo sin interés ni recompensa.
   —Pero —replicó Roberto, uno de los tertulianos— siempre te van a ofrecer algo como agradecimiento por lo que haces.
    —Sí, posiblemente —respondió Manuel—. Por eso, lo mejor y más seguro es hacerlo por quienes no pueden pagarte. Jesús lo dice claramente en el evangelio (Lc 14, 12-14), cuando aconseja a uno de los principales fariseos que lo había invitado: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos”. Así tu invitación tendrá la recompensa eterna.

    Aquellas palabras llegaron a los oídos de Octavio. No era lo que buscaba ni deseaba oír, pero lo sorprendieron.
    Se dijo: «Yo ya he recibido mi recompensa en esta vida, pero, ¿y en la otra? ¿Qué recibiré? ¿Acaso me pagarán de nuevo mis invitados?».
    Levantó la cabeza, miró hacia el cielo y murmuró:
    «De aquí en adelante invitaré a aquellos que no me puedan pagar».

domingo, 2 de noviembre de 2025

JUICIO FINAL

Mt 25, 31-46

     —A veces tratamos de distorsionar la realidad pensando que somos hombres de bien —decía Manuel—. Pero, ¿en qué sentido?

    Miró a todos los que le escuchaban y, tras una pausa y tomar agua, continuó:
    —Solemos justificarnos diciendo que no hacemos el mal, que estamos abiertos a la solidaridad y que, simplemente, lo que hacemos es pasarlo bien sin molestar ni perjudicar a nadie. ¡Y menos engañar! —dijo con tono vehemente.
    —Pero, ¿es eso suficiente? —preguntó con los ojos fijos en los tertulianos.

    Nadie respondió ni trató de darse por aludido. Después de unos breves segundos, Pedro levantó la mano y dijo:
    —Creo —y yo el primero— que no somos solidarios. Nos importa poco el sufrimiento de otros. No es que podamos solucionar los problemas, pero, ¿estamos verdaderamente preocupados por el dolor que sufren los demás, sobre todo los más vulnerables y pobres?

    Algunos de los presentes, frunciendo el ceño y levantando sus manos, confesaron que estaban de acuerdo con Pedro.
    —Nos hacemos los locos —dijo uno—. Pensamos que nos compadecemos, pero enseguida seguimos con lo nuestro, como si nada pasara.
    —Es verdad que en muchos casos poco podemos hacer —intervino Manuel—. Pero una cosa sí podemos: rezar y rezar. Y colaborar en todo aquello que, a través de las asociaciones misioneras, está asistiendo y ayudando a quienes más lo necesitan.
    —Reconozco que nos creemos buenas personas limitándonos solamente a portarnos bien y cumplir con nuestras obligaciones familiares y ciudadanas, pero pienso que eso no basta.
    —Evidentemente, no basta —repitió Manuel—. Hagamos el simple ejercicio de ponernos en su lugar, y enseguida comprenderemos nuestra actitud.
    —Pero… —trató uno de justificarse.
    —No hay justificación —se adelantó Manuel—. Tú o yo podíamos estar en Kinshasa (R.D. del Congo), en Gaza, en Nicaragua o en cualquiera de esos lugares donde vivir es un reto a cada instante. Y desearíamos que alguien nos echara una mano. En el evangelio de Mateo 25, 31-46, Jesús nos recuerda que cuando hacemos algo bueno por alguien, se lo hacemos a Él.

    Las cabezas de los tertulianos estaban inclinadas. Sus ojos, quizás algunos cerrados y otros fijos mirando al suelo.
    La tertulia había comprendido que ser buena persona no consiste solo en cumplir con las obligaciones, sino en amar con obras a quienes más lo necesitan.

sábado, 1 de noviembre de 2025

¡BIENAVENTURADOS!

Mt 5, 1-12a

     Era un día triste y poco apacible. Propicio para que reinara la melancolía e hiciera presencia la apatía y el tedio.

   Sus pasos descubrían decaimiento y pesadumbre. No podía evitarlo, menos aún ocultarlo. Su presencia llamaba la atención y despertaba cierta compasión.

    Llevaba varias horas caminando, como perdido y desorientado. Se sintió cansado y, viendo una terraza cercana, se encaminó hacia ella con la idea de descansar.

    —Buenos días, señor —saludó Santiago, acercándose—. ¿Desea tomar algo?
    —Buenos días… aunque yo los llevo pésimo —respondió Aurelio—. Sí, un poco de agua, por favor.
    —Enseguida —replicó Santiago.

    En pocos segundos volvió con el agua solicitada.
    —Aquí tiene su agua. Si me permite… ¿por qué considera usted pésimo este día?
   —Todo se ha vuelto contra mí —respondió Eusebio, malhumorado y con un rostro de amargura.
   —Hay días torcidos, en los que parece que nada sale bien —dijo Santiago—, pero todo acaba volviendo a su sitio. Tenga paciencia y confianza.
    —Me he enfadado con mis hijos. No tuve la paciencia ni la mansedumbre para escucharlos, y… les he recriminado. Y me pesa. He llegado a soltar alguna lágrima.
    —No se desespere —dijo Santiago, algo preocupado.
  —Trato de no hacerlo, pero quiero arreglarlo. Siento que he sido injusto y falto de misericordia. Pienso que he jugado sucio.
 
    Santiago no sabía qué decir ni qué hacer. Llegó a pensar que el desesperado era él, pues se sentía incapaz de consolar al cliente.
    De repente, vio los cielos abiertos: Manuel llegaba a la tertulia. Le hizo señas para que se acercara.

    —Buenos días. Un día de aspecto grisáceo y feo, ¿no les parece?
    —Para mí —respondió Eusebio, aparte, con tristeza—, es pésimo.
    —No es para tanto —dijo Manuel—. La vida, a pesar de las tormentas, siempre vale la pena saborearla. Incluso en medio de las tempestades.
    —No lo veo así —replicó Eusebio, bastante convencido.
    —Es verdad que siempre hay motivos para entristecerse, enfadarse o desesperarse, pero por encima de todo está la Palabra de Dios. Precisamente, en el evangelio de hoy (Mt 5, 1-12a), Jesús nos habla de las bienaventuranzas. Y llama bienaventurados a los mansos, a los que lloran porque buscan la justicia, a los misericordiosos…
    —Todo eso es lo que me sucede a mí en estos momentos —dijo Eusebio, emocionado.
 
    Santiago, viendo su reacción, puso a Manuel al corriente de lo sucedido.
 —Tenga fe y confianza —le dijo Manuel—. Considérese bienaventurado y acepte pacientemente lo sucedido. Confiando en la Palabra del Señor, intente solucionarlo con misericordia. Verá cómo encuentra la fuerza para hacerlo.
 
    Eusebio, secándose las lágrimas, miró a Manuel. Le parecía un ángel bajado del cielo. Se sentía más tranquilo; el malestar y la desesperación parecían desvanecerse.
    —¿Por qué no? —dijo, dejando escapar una sonrisa—. Muchas gracias, señor. No sé su nombre, pero ha sido un acierto sentarme aquí y esperar a que usted apareciera.
    —Dele las gracias a ese Señor Jesús que habla de los bienaventurados.
 
  Santiago, mediador involuntario, experimentó un gozo inenarrable. Aquello quedaría grabado en su corazón.

  «No hay nada tan grande como transmitir el amor y la misericordia de Dios», pensó. Se lo había oído decir a Manuel alguna vez.

viernes, 31 de octubre de 2025

UN CORAZÓN COMPASIVO

Lc 14, 1-6

    La sala se había quedado vacía. Adolfo, el médico que daba la consulta, se despojaba de su bata blanca y se disponía a abandonar el lugar.

    Momentos antes, la auxiliar había despedido a una persona que esperaba pacientemente su turno.
    —Váyase, por favor. Le he llamado a su nombre y nadie ha respondido. Ya es tarde. La consulta ha terminado.
    —Pero… tengo un malestar que no soporto. No he podido llegar antes por culpa de un atasco. Por favor, tenga compasión de mí. Vivo lejos de aquí y no podría soportar este dolor toda la noche. Además…

    La enfermera —interrumpiéndole, con el ceño fruncido y gesto de impaciencia— le señaló con el pulgar la puerta de salida.
    —¡Además, el doctor ya se ha ido! ¡No hay nada que hacer!
 
    En ese instante se oyó el repiqueo de la puerta. Tras el ruido, apareció el doctor, con paso firme hacia la salida. En principio, no se fijó en la escena que tenía delante, pero, tras dar unos pasos, algo en su interior le hizo detenerse.
Más tarde diría que no supo explicar qué impulso le llevó a volver la mirada.

    —¿Qué sucede, Fernanda? —preguntó.—Nada de importancia, doctor —replicó la auxiliar—. Un inoportuno paciente que insiste en ser recibido.

    Adolfo miró a aquella persona. Percibió sus gestos de dolor y, poniéndose en su lugar, se compadeció.
    —Hágale pasar —dijo con serenidad—. Trataré de calmar su dolor.
 
    Fernanda puso cara de sorpresa y, al mismo tiempo, de resignación. No acogió bien la decisión del doctor. Con un tono entre enfado y fastidio, dijo:
    —Pase usted. Siéntese ahí.
 
    En pocos instantes apareció Adolfo. Su aspecto era agradable y su voz, cálida y cercana. Todo en él inspiraba confianza.

    Después de examinarlo con atención, no solo le prescribió unas pastillas, sino que, abriendo una gaveta, se las puso en las manos.
    —Tómese una al acostarse —le indicó—. Si el dolor persiste, vuelva a tomarse otra a las seis horas. Si se alivia y duerme toda la noche, tranquilo. Al desayunar, repita la dosis. Espero que con eso desaparezca su malestar.
 
    Higinio, el paciente, se quedó con la boca abierta. No sabía qué decir. Solo pudo, con una expresión de agradecimiento, murmurar:
    —Gracias, Señor. Que Dios se lo pague.
 
    Adolfo, el médico, sabía lo que hacía. Aquella misma mañana, antes de dirigirse a su trabajo, había leído el Evangelio del día (Lc 14, 1-6), cuando Jesús dijo a los fariseos con los que comía:
    «¿Es lícito curar en sábado o no?».
    Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
 
    La lección que Adolfo le dio a Fernanda iluminó toda la consulta.
    La despedida que ofreció a Higinio fue el signo de que había comprendido que las personas están antes que los horarios

jueves, 30 de octubre de 2025

UN HOMBRE AMENAZADO

Lc 13, 31-35

    Sebastián era un hombre bueno. En muchas ocasiones había dado la cara por sus compañeros, y en el trabajo estaba siempre disponible para ayudar. En esta ocasión escuchaba atentamente a otro amigo sus desconsoladas palabras. Había tenido un grave percance y se dolía amargamente.

    Sin embargo, había otros a los que les molestaba la forma de actuar de Sebastián. No soportaban su bondad ni su generosidad con los demás. Mientras él era considerado una buena persona, los otros cargaban con la fama de ser malos y desconsiderados. Y eso los llenaba de envidia.

     Sí, la envidia corroe el corazón, lo endurece y acaba queriendo borrar todo lo que refleja el bien que uno mismo no tiene. Esa era la reacción que, poco a poco, se iba fraguando en el corazón de aquella mala gente, endurecido por el buen actuar de Sebastián.

     Antonio era el que más influía en el grupo, y propuso darle un escarmiento. La envidia —ese sentimiento de pesar ante las buenas acciones de Sebastián— lo entristecía hasta el punto de querer humillarlo.

    Era un día espléndido. Brillaba el sol y la temperatura otoñal refrescaba como si de un abanico se tratara. A eso del mediodía, la terraza estaba animada. Se hablaba con pasión y buenos deseos. El ambiente desprendía una atmósfera constructiva. Hacía breves segundos que Sebastián, frecuente tertuliano, se había incorporado.

    —Buenos días, Sebastián —dijeron muchos al verlo llegar.
    —Buenos días —saludó Sebastián levantando las manos—. Buen día y mejor ocasión para tomar un buen café acompañado de tan agradable tertulia.
    —¿Qué es de tu vida? —dijo Manuel mirándole con dulzura a los ojos. Hacía algún tiempo que no aparecías por aquí.
    —Sí, hay etapas en que el trabajo te lo impide. Otras veces se añaden tareas imprevistas, relaciones, compromisos, favores, amigos… y se pasa el tiempo sin poder visitar otros ambientes, acaso tan agradables como la tertulia.
    —Gracias por el cumplido, amigo —respondió Manuel.
    —Bueno —dijo Pedro, que también estaba entre los tertulianos—. ¿Tienes alguna noticia o algo que contarnos?
   —La vida siempre te pone piedras en el camino, y hay que sortearlas con paciencia y esperanza.
    —¿Te refieres a algo concreto? —preguntó Manuel.
   —Sospecho de cierto grupo que maquina alguna maldad contra mi persona. No sé qué pretenden, pero supongo que tratan de apartarme e impedir mi forma de proceder y ver las cosas.
    —¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Manuel.
   —Hay algunas señales revestidas de amenazas que me alumbran esa intención. Pero lo tengo claro: pase lo que pase, y sea lo que sea, seguiré adelante con mi forma de ser y actuar. Me asiste mi fe y mi esperanza en el Señor.
  —Sabias palabras —irrumpió Manuel exultante—. Parece una repetición de lo que dijo Jesús (Lc 13, 31-35), cuando le aconsejaron que abandonara Jerusalén porque Herodes le quería matar. Creo que te asiste el Espíritu Santo.
 
    Toda la tertulia escuchaba extasiada y expectante. La persona y actitud de Sebastián gustaban y edificaban. Y hubo hasta aplausos cuando reveló que estaba dispuesto a seguir.

    Jesús, según ese pasaje evangélico que citó Manuel, no es un hombre que se arredre ante amenazas. Él está centrado en su misión de sanar y liberar, y no permitirá que nadie le desvíe de su tarea, menos aún Herodes, un hombre sanguinario.
    
    Como Jesús, también Sebastián decidió mantenerse fiel a su misión, confiado en que el bien nunca se deja vencer por la amenaza.