| Jn 21, 20-25 |
Tomás tenía un ideal: ser feliz. Y todos sus esfuerzos iban encaminados a conseguir dinero. Buscaba la manera de encontrar un medio o un trabajo con el que pudiera hacerse rico.
«El dinero da poder con el que puedes conseguir muchas cosas. Y con esas cosas que deseas alcanzarás la felicidad, pensaba».
—¿No te parece, Leonardo, que el dinero se necesita para ser feliz? —preguntó Tomás, convencido de lo que decía.
—No lo sé —dijo Leonardo—, encogiéndose de hombros…
Titubeó unos momentos y, decidido, añadió:
—Pero es verdad que se necesita para obtener muchas cosas.
—Perdonen mi atrevimiento —intervino Armando. He oído de lo que hablaban y puedo decir que conozco a algunas personas ricas que no son felices.
La cara de Tomás cambió de color. No sabía dónde mirar. Entonces, poniendo los ojos en Armando, exclamó:
—¿Está usted seguro de lo que dice?
—¡Hombre, son amigos míos desde la juventud! Conozco sus trayectorias y sus orígenes y también sus ideales.
Hizo una pausa y añadió:
—Desde jóvenes perseguían hacerse con dinero. Pensaban, como usted, que el dinero les haría felices, pero la realidad de la vida es otra.
Guardó silencio, los miró con ternura y añadió:
—Ahora que lo han conseguido, se dan cuenta de su equivocación. El dinero no da la felicidad…
Se detuvo unos breves momentos y agregó:
—Es verdad que ayuda, pero simplemente eso, ayuda nada más. La felicidad está en otra parte.
Tomás y Leonardo se habían quedado asombrados. ¿Cómo era posible que el dinero, que ellos tanto deseaban, no diera la felicidad?
«¿Sería eso verdad?», se preguntaban.
Somos especialistas en distraernos del propio camino, ponemos el foco en el camino ajeno, dando cabida a esas palabras y pensamientos que nos perturban, que nos comparan, que nos hacen sentir de menos… «¿Por qué yo no?», o de más… «Mira a ese pobre desgraciado».
¿No deberíamos vivir pendientes de lo que pasa con el otro? Tenemos nuestro propio destino y ese es al que debemos atender y el que nos debe importar.
Jesús, el Señor, es tajante, pero no se trata de una reprimenda, sino de una invitación a vivir desde la confianza; a acallar los ecos de nuestras propias inseguridades para centrarnos en lo importante…
Él tiene un camino para mí. «¿A ti qué? Tú sígueme».
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