| Mt 26, 36-42 |
Es evidente que anhelamos el bien y la perfección. Todos queremos ser buenas personas y deseamos quedar bien ante los demás, pero…
—¿Qué “peros” son los que surgen? —preguntó Teodoro.
—Los que nacen de nuestra tendencia a dejarnos embaucar por nuestras ambiciones —respondió Manuel.
Hizo una pausa, miró con ternura a Teodoro y añadió:
—Nuestra carne es débil y pronta a dejarse seducir por los privilegios, las apariencias, el poder, la comodidad, la pereza o los placeres…
Teodoro había comprendido. Agachó la cabeza y reconoció esas debilidades que tantas veces nos alejan de la verdad.
—La vida es una lucha —continuó Manuel— en la que nos enfrentamos constantemente a nosotros mismos…
Clavando la mirada en Teodoro, agregó:
—El mal está presente y, aprovechando nuestra fragilidad, trata de arrastrarnos con astucia hacia el pecado…
Hizo un breve silencio y dijo:
—Si nos encuentra solos e indefensos, nos tumba e intenta alejarnos del Señor.
Aquello hizo recordar a Teodoro los momentos en los que experimentó la lejanía y la desidia respecto al Señor, sintiéndose débil y sin voluntad para mantenerse firme y fiel.
Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, nos pone en nuestro sitio y nos señala caminos y horizontes.
Todos somos sacerdotes por el bautismo; todos estamos llamados a ser mediadores al estilo de Jesús. Un modo de hacer, de estar y de relacionarnos que poco tiene que ver con nuestros egoísmos y apetencias.
Jesús, encarnado en nuestra naturaleza humana, también sufrió la debilidad corporal y, en la oración del huerto de Getsemaní (Mt 26, 36-42), pidió al Padre: «Si es posible, que pase de mí este cáliz». Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú.
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