| Jn 3, 16-18 |
—No entiendo cómo hay tantos enfrentamientos entre los hombres —comentaba Rogelio. Familias enteras divididas hasta el extremo de matarse.
—Y no solo familias, sino pueblos que luchan por ser más grandes y tener más poder —agregó Aparicio.
—Sí, esa es la constante de este mundo. Prevalece el ser más fuerte y el tener más —intervino Manuel. La fuerza parece hoy ser lo más valorado y el gasto en armamento crece continuamente.
La tertulia de esta mañana giraba en torno a los conflictos en los que la humanidad se ve envuelta por el egoísmo, la ambición y la envidia del propio hombre. Todos quieren tener más y dominar más, y eso les mueve a enfrentarse unos con otros.
Tras un breve silencio, Manuel, dando un giro con la mirada a toda la tertulia, dijo:
—Sin embargo, hay una solución que está puesta en manos del hombre: el amor. Un amor que Alguien nos ha mostrado y regalado.
Sacó la Biblia de su bolso y, poniéndola sobre la mesa, la abrió por Juan 3, 16-18, y dijo:
—La prueba de amor de Dios al mundo es evidente: entregó a su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Dio unos pasos hacia delante, clavó sus ojos en los tertulianos y, elevando la voz, añadió:
—Porque Dios, nos dice el Evangelio, no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por Él.
Hizo una breve pausa y, con suavidad, agregó:
—Si el mundo tomara el arma del amor, todo conflicto quedaría apaciguado; en todas las familias se haría la paz; los pueblos serían lugares de convivencia pacífica y el mundo viviría en paz.
Todos estaban de acuerdo. ¡Claro!, con amor todo tendría solución… pero, ¿por qué no hay amor?
La pregunta estaba en el ambiente. ¿Por qué nos falta el amor?
¿Es que acaso no nos lo han dicho? ¿Es que no creemos en Aquel que ha venido a enseñarnos a amar, amándonos hasta el extremo?
Posiblemente, la avaricia y el egoísmo, alimentados por la envidia, dan calor y vida a esa inclinación al poder que enciende el mal en el corazón del hombre y da lugar a la lucha.
Pero siempre seguiremos agarrados a la esperanza de que el amor venza al poder del mal y reine la paz entre los hombres.
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