domingo, 23 de junio de 2019

EL PAN Y EL VINO QUE NOS ALIMENTA

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Lc 9,11b-17
El Evangelio de hoy nos presenta un adelanto de la institución más tarde de la Eucaristía en la última cena. Hoy Jesús nos asiste al vernos hambrientos y cansados. Y es que seguir al Señor presupone caminos de dificultades y obstáculos. Seguir al Señor nos exige negarnos y remar contra corriente y eso produce un desgaste que nos fatiga y nos cansa. Necesitamos, pues, alimentarnos, pero no de un alimento cualquiera y perecedero, sino de un alimento que nos sostenga y nos dé esperanza y fortaleza para avanzar.

Jesús multiplica aquellos cinco panes y dos peces y sacia el hambre de todas aquellas personas. Es comida abundante hasta el punto que con lo sobrante llenan doce canastos. Jesús sabe de nuestras fatigas y de lo duro y arduo que es el camino y nos transmite su Fuerza, su Espíritu en ese alimento espiritual de su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y vino.

Necesitamos alimentarnos con frecuencia. Como mínimo una vez a la semana, pero, si puedes, todas las veces que puedas. Si puedes a diario y tienes esa posibilidad, pues diario. En ese alimento, que es el mismo que se nos da, recibimos la fortaleza para seguir el camino de nuestro peregrinar de cada día. No es fácil superar todas las adversidades que surgen dentro de nosotros y también las que nos vienen de afuera, pero con Él podemos enfrentarnos y salir victoriosos. 

Y lo tenemos siempre a mano. El Señor esta real y presente en la Eucaristía. Jesús se ha quedado para siempre con nosotros y lo podemos ver y tocar cada día. Está en el Sagrario y es una maravilla que, muchas veces por rutina o distracción, no nos damos cuenta de apreciar ese regalo de su presencia. Tratemos de reflexionar y tomar conciencia de que el Señor está real y presente en nuestra vida y que podemos estar con Él en cada momento. Él es nuestro alimento y nuestra fuerza.

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