| Mt 10, 26-33 |
Carlos andaba temeroso de no encontrar un buen ambiente donde la libertad y los valores fuesen respetados. Había oído que tenía que andar con cuidado y mantener la boca cerrada.
No sabía dónde meterse ni a qué atenerse. Decidió entrar en una terraza que, aparentemente, le pareció tranquila y de confianza.
—Buenas tardes, ¿me puede servir un café, por favor? —dijo con voz suave y algo tímida.
—Buenas tardes, señor —respondió inmediatamente Santiago con una sonrisa amable y acogedora.
Manuel, que permanecía sentado en la mesa contigua, le llamó la atención oír el saludo cohibido de Carlos. Levantó la cabeza y lo miró con compasión.
«Es verdad que el miedo se ha convertido en principio rector de la vida y de la convivencia», pensó.
«Vivir, se dijo, con esa mirada angustiada, huyendo hacia un futuro incierto, dibuja el mañana como un sinfín de presagios nefastos».
«Así no es posible vivir; la desconfianza se adueña de nuestra existencia, o nos defraudan las confianzas que habíamos depositado en realidades vanas». Fueron pensamientos que rápidamente pasaron por la cabeza de Manuel.
Mirándole con ternura, se volvió hacia él y, levantando la mano, le saludó:
—Buenos días, amigo, ¿disfrutando del buen café de la terraza de Santiago?
Carlos, algo extrañado y dejando al descubierto su timidez, respondió:
—Sí, he pasado por aquí y me ha parecido bien tomar un café… Y creo —dijo con cierta duda— que he acertado. Un muy buen café.
Manuel, afirmando su vacilación, añadió:
—La terraza de Santiago tiene fama de servir el mejor café del lugar.
Carlos comenzó a relajarse. Le pareció que había acertado al entrar en aquella terraza.
Manuel, observando los movimientos de Carlos y viendo la inseguridad con la que se movía, se atrevió a preguntarle.
—¿Es usted de aquí o viene de otro lugar?
Algo tembloroso, respondió:
—Sí, soy de aquí, de la parte extrema, al norte…
Miró alrededor como si alguien le estuviese vigilando, y agregó:
—Hoy he decidido dar un paseo y, al llegar a este sitio, pensé hacer un descanso.
Guardó unos segundos y, con cierta timidez, añadió:
—Me pareció un buen lugar para pasar un rato y degustar un café.
Manuel había notado la inseguridad que reflejaban las palabras de Carlos. Imaginaba que aquel miedo tenía su origen en haber puesto la esperanza donde no podía encontrarla.
Decidido a ayudarle, tomó la palabra y le dijo:
—En la vida nos topamos con muchas decepciones que nos invaden de miedo y nos hacen perder la confianza.
Abrió la Biblia y leyó brevemente en Mt 10, 26-33:
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengan miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo les digo en la oscuridad…
Al terminar de leer, lo miró con gran ternura y concluyó:
—Nuestra esperanza con mayúscula es la esperanza que se apoya en el Resucitado, que ha sido Crucificado, pero que ha dado sentido a nuestra vida con su Resurrección.
Le miró intensamente y con pasión y fe, agregó:
—Y en el que esperamos también nosotros, por su Gracia, resucitar y encontrar fortaleza para generar vida.
Se habían acercado varias personas atraídas por las palabras de Manuel. En el ambiente flotaba una certeza: cuando la esperanza se apoya en Jesús, el Señor crucificado y resucitado, los miedos pierden fuerza y el corazón encuentra la paz.
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