| Jn 6, 44-51 |
No
sabía qué decir ni cómo explicarlo. No entendía cómo la gente podía vivir de
manera tan superficial. Todo aquello le dejaba desconcertado.
Mientras
tomaba su café, seguía dándole vueltas. Observaba a la gente pasar, como si
nada, sin plantearse lo esencial… sobre todo lo que tiene que ver con la
trascendencia.
«¿Es
que no queremos salvarnos?», pensó.
«¿No
nos damos cuenta de que nuestra vida está marcada por el tiempo?»
«¿Y
nadie se pregunta qué hay después?», se dijo, levantando la cabeza justo cuando
llegaba Manuel.
Lo miró con
agrado, pero con cierta vehemencia le dijo:
—Manuel,
¿entiendes cómo es posible que la gente no se plantee nada?
Algo extrañado,
Manuel guardó silencio unos segundos. Tomó asiento y, señalando a Santiago,
pidió su café.
Después, fijando
la mirada en Florencio, respondió con una suave sonrisa:
—Recuerda que somos libres… y que en nuestras respuestas
siempre existe la opción de resistirnos.
—De acuerdo —dijo Florencio—, pero todos queremos vivir
felices… y para siempre. ¿O me equivoco?
—No te equivocas —respondió Manuel—. Pero nuestra elección
necesita un conocimiento más íntimo del Señor. Solo así podemos fiarnos de su
Palabra.
Hizo una breve pausa y añadió:
—Por eso, después de unos ejercicios o un cursillo espiritual,
muchas personas cambian de manera sorprendente. Su vida se transforma.
Y, acompañando sus palabras con un gesto de las manos,
concluyó:
—Cuando se conoce de verdad a Jesús, la vida cambia… y eso se
nota, sobre todo, en el entorno más cercano.
El rostro de Florencio reflejaba ahora serenidad.
«Claro», pensaba, «el Señor no nos obliga; nos
llama, nos habla al corazón y nos muestra el amor del Padre…».
Y comprendía que, en el fondo, todos tenemos hambre… y solo Él puede saciarnos.
Ahora, ¿dónde estamos nosotros?
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