| Mt 8, 5-17 |
En un mundo donde la palabra a menudo pierde su valor, es grato encontrarnos con personas que honran su palabra viviendo desde la integridad.
Raúl era una de esas personas. Gozaba de la confianza de todos aquellos con los que se relacionaba. Su palabra tenía cumplimiento y todos los que le conocían confiaban en él.
—¿Qué te parece? —dijo Pedro—, mirando a Manuel. ¿Piensas que la palabra está en crisis?
Manuel se encogió de hombros, y suavemente comentó:
—Depende de cada persona. Las hay, como Raúl, en las que se puede confiar, y las hay en las que no…
Le miró detenidamente y, con cara de júbilo y alegría, añadió:
—Sin embargo, hay uno en el que ponemos toda nuestra confianza sin ningún temor. Él nunca falla y siempre está pendiente de nosotros.
Mientras hablaba, abrió la Biblia y señalando el evangelio de Mateo 8, 5-17, leyó:
—En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos».
Hizo una pausa, levantó la mirada y, con cierta parsimonia, continuó leyendo:
—Le contestó Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque…
Cuando terminó de leer, con firme decisión y seguridad, agregó:
—Realmente, como demostró aquel centurión, podemos poner plena confianza en la Palabra del Señor …
Guardó un breve silencio y, lleno de esperanza, concluyó:
—Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades, como acabamos de escuchar.
Cuando nos abrimos al Señor y le dejamos entrar, quedamos renovados por su presencia.
La fe confiada nos permite abandonarnos en sus manos, seguros de que Él actúa siempre para nuestro bien.
Esto es lo que significa, como dice el Papa Francisco, que venga Cristo: rehacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino.
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