| Mt 19, 27-29 |
La realidad es que nos cuesta darnos gratuitamente a los demás. Casi siempre esperamos que detrás de nuestra generosidad haya alguna recompensa o beneficio. Ese deseo está profundamente arraigado en nuestro corazón.
Sin embargo, el hombre tiene capacidad para oponerse a eso y ofrecerse gratuitamente sin búsqueda de interés. Y eso, contrariamente a dejarnos tristes, nos llena de gozo.
Al escuchar estas palabras, Pedro no pudo quedarse callado. Levantando la cabeza y mirando fijamente a Manuel, le dijo.
—¿Piensas que el hombre es capaz de ir contra sus propios intereses?…
Hizo un breve silencio y, sin dejar de mirarle, añadió.
—¿Acaso crees que puede vencerse a sí mismo y darse a los demás sin pedir nada a cambio?
Manuel, sin apenas inmutarse, le miró complacido y respondió.
—Si lo intenta desde su propia naturaleza y sin contar con el Señor, seguramente quedará atrapado por el egoísmo y la codicia con la que nos seduce este mundo…
Fijándose en su reacción y, con ternura, agregó.
—Pero, si se pone en manos de Dios y, con perseverancia, le pide que le ayude a despojarse de toda vanidad mundana, lo conseguirá con el tiempo…
Observando sus caras con el ceño fruncido, comentó.
—Jesús nos dice en Mateo 19, 27-29: Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna…
Y sin dar tiempo a réplica, concluyó.
—A nosotros nos toca ahora, tal como dice san Benito: «orar y trabajar»; la vida eterna se recibirá más adelante.
Ahora se entendía todo. No se trata de esperar resultados aquí abajo.
Nuestro paso por esta vida es la oportunidad para demostrar cuánto somos capaces de amar, de dar y de darnos.
Y sobre la base de eso…
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