| Jn 20, 1-2. 11-18 |
Hay personas a las que todo les viene regalado y su vida camina sin ningún obstáculo. Mientras para uno todo son dificultades, otros encuentran el camino despejado.
El dolor complica la vida; sin embargo, tiene algo bueno, aunque no lo veamos así de entrada. Nos fortalece para afrontar las inclemencias de la vida, los obstáculos y la adversidad. Despierta nuestra conciencia y nos ayuda a mirar la vida con más profundidad.
A veces no nos damos cuenta de muchas cosas porque lo consideramos normal y que tiene que ser así, pero cuando las circunstancias son adversas, surgen las preguntas.
Las dificultades y las lágrimas nos ayudan a sobreponernos, a pensar y a hacernos preguntas que avivarán nuestra conciencia y nos motivarán a buscar la salida que nos alivie y nos dé paz.
Necesitamos experiencia de encuentro, de escuchar nuestro nombre, de vivir la cercanía de la salvación y de sabernos queridos y salvados por amor.
No se trata simplemente de conocer, sino de experimentar que Alguien ha entregado su vida por mí y ha vencido la muerte. Y está a nuestro lado, nos llama, camina con nosotros y nos invita a proclamar que vive y ha resucitado.
Sabemos que la muerte forma parte de nuestra condición humana, pero no pensamos en ello. Sin embargo, queramos o no, llegará. Pues bien, conviene vivir preparado, que no estar preocupado ni triste.
Todo lo contrario, alegres y gozosos de que, cuando llegue ese momento, que llegará, saber que estamos con y en Él. Y eso nos basta, porque sabemos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
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