miércoles, 23 de marzo de 2011

SER SERVIDOR Y NO SER SERVIDO (Mt 20, 17-28)


Ese es el fin que persigue nuestro camino: "Ser servidor y no ser servido". De alguna manera todos queremos ser servido. Trabajamos para ser estimados, bien conceptuados, tener prestigio, también dinero y una posición bien considerada. Cuando sentimos que eso no es así nos molestamos y buscamos recuperar el aparente prestigio perdido.

No nos debe preocupar mucho esa inclinación porque es lo natural y a lo que estamos sometidos, pero si nos debe preocupar esforzarnos en salir de esta situación injertándonos en Aquel con el que podemos salir y vencernos. Porque el no hacerlo es admitir nuestro fracaso y aceptar nuestra propia muerte eternamente. Morir es permanecer eternamente en la angustia y desesperación de querer alcanzar el gozo y la paz y no poder hacerlo.

Sólo en JESÚS y con JESÚS podemos salir de nosotros mismos, de nuestra propia cárcel y alcanzar la paz y felicidad deseada, porque en ÉL está nuestro gozo y dicha. Y la propuesta de JESÚS es, olvidándonos de nosotros mismos, servir y servir a los demás. Y eso implica abajarse hasta el punto de considerarse esclavo por amor a los demás. Servir no es hacer, sino dejarse hacer y permanecer disponible para estar entregado a la acción de lo que es bueno para el otro. Servir es estar dispuesto a perderme por el bien del otro.

Y esto no solo es difícil sino imposible acometerlo individualmente. Solo en, por y con CRISTO podemos lograrlo. Por lo tanto, la oración y la obediencia apoyada en la fe es la medicina que nos permite salir de nosotros para entregarnos a los otros.

Dame la sabiduría, la paz y la fortaleza
de encontrar en TI, SEÑOR, el camino
del servicio desinteresado porque
TÚ lo dices, SEÑOR, para el bien
de mis hermanos.

Dame la fuerza de no apartarme de tu
amistad (Piedad) y de estar en constante
búsqueda de conocerte mejor (formación),
para servir (Acción) a mis hermanos
los hombres. Amén.

martes, 22 de marzo de 2011

NUESTRAS FELICIDAD ESTÁ EN NUESTRA CAPACIDAD DE AMAR (Mt 5, 20-26; Mt 1. 16. 18-21. 24a; Mt 17, 1-9; Lc 6, 36-38; Mt 23, 1-12)


Después de unos días hermosos en la presencia del SEÑOR y junto a los hermanos que, como yo, hemos participado en el 44 Cursillo mixto de Lanzarote, vuelvo de nuevo al camino de mi peregrinar para continuar el combate de mi vida injertado en el SEÑOR.

Un combate ganado pero no por eso excento de lucha y sacrificios. Porque todo combate implica lucha, esfuerzo, sacrificio y renuncia, pero que con, por y en el SEÑOR se hace suave y ligero.

En estos últimos días el SEÑOR nos ha hablado de perdón y misericordia. Nos ha indicado que si no somos mejores que los escribas y fariseos no venceremos y, por lo tanto, no alcanzaremos la dicha de ser felices eternamente. Porque no se trata de aparentar sino de ser. Ambas cosas van unidas e inseparables: "Ser y parecer".

Si algo anda mal en mi vida, debo arreglarlos  antes de aparentar ser y en la realidad no serlo. Eso ocurrió, continua la Palabra de DIOS, con san José, esposo de María. Tuvo duda, no entendía lo que ocurría con María, y trató de ser coherente con su pensamiento. Pero avisado en sueños decidió dar verdadera respuesta a sus dudas y aceptar y obedecer lo que el SEÑOR le señaló. Porque TÚ lo mandas, ¡DIOS mío!, seguiré tu camino.

Consciente de nuestras limitaciones y pobreza, JESÚS nos anticipa la Gloria de su Divinidad y nos sorprende con la Transfiguración. Pedro ya no quería otro lugar ni nada más. La sola presencia de la Gloria del SEÑOR le bastaba. Sólo el SEÑOR basta, y todo lo demás son añadiduras que, mientras caminamos por este mundo, nos sirven para cumplir nuestra misión.

Y la medida de nuestro amor será el veredicto de nuestro juicio. En la medida que perdones, que comprenda, que sirva, que disculpe, que sea misericordioso, que ame, seré así, y no de otra forma, perdonado y glorificado para la eternidad.

Y hoy, 22 de marzo, JESÚS nos llama a la pobreza y humildad. No nos dejémonos llamar maestro, ni consejero, porque Uno solo es nuestro PADRE, el del Cielo. Uno solo es nuestro Consejero, CRISTO. El primero entre nosotros será nuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla sera enaltecido.

¡DIOS mío!, no dejes que me
engríe, que me sienta más
importante que otros. 
Que siempre tenga claro que
solo TÚ eres el importante y
SEÑOR del Cielo y la Tierra.

Que entienda, mi SEÑOR, que todo
me viene de TI. Que sepa darme
cuenta que lo que tengo es don 
y regalo de tu amor. Amén.

jueves, 17 de marzo de 2011

¡SABEMOS PEDIR? (Mt 7, 7-12)


No llega del todo a convencernos eso de la oración. Tampoco está muy claro que el SEÑOR nos escuche o que podamos relacionarnos con ÉL. Eso parece a primera vista por los resultados que apreciamos y vemos. Nos pasamos la vida pidiendo por nuestros problemas y no vemos que todos se solucionan y tampoco, en el mejor de los casos, como a nosotros nos gustaría.

Entonces, ¿qué ocurre con esto de la oración, realmente el SEÑOR nos escucha y atiende? Desde mi experiencia puedo afirmar rotundamente que si, lo que ocurre que una cosa es lo que yo creo que necesito y otra lo que verdaderamente necesito. Una cosa es lo que a mí me gustaría y como me gustaría resolver mis problemas y asuntos, y otra muy diferente como me conviene que se solucionen y resuelvan.

Tendré que admitir que yo me equivoco siempre, y el SEÑOR nunca. Tendré que admitir que yo no sé lo que me conviene y el SEÑOR sí. Tendré que aceptar que muchas cosas que son para mi bien no las puedo llegar a entender, pero el SEÑOR sabe que eso es lo que necesito para mejorar y alcanzar mi perfección.

Por eso, a la hora de pedir hay que empezar por demandar luz para ver y entender que es lo mejor para mi vida. Lo experimentamos cuando, en el papel de padre o madre, respondemos a nuestros hijos con un "no" o un "sí" dependiendo de lo que nos diga nuestro entendimiento y razón, porque buscamos darle lo mejor. Y nosotros lo hacemos con un margen muy grande de duda, de posibilidades de equivocarnos. Mientras que el SEÑOR, Nuestro PADRE sabe ciertamente y seguro que es lo que nos viene bien.

Por todo ello, sepamos que el SEÑOR siempre está pendiente de nuestros ruegos y peticiones. Nos espera como al hijo prodigo, siempre atento al horizonte y a nuestro regreso. Y nos recibe con lo mejor, lo que necesitamos y anhelamos. Nuestro PADRE DIOS siempre nos da lo que verdadermante es para nuestro bien.

Enseñanos, SEÑOR, a pedir, 
a pedir según tu Voluntad y
no la nuestra.

Enseñanos a querer y desear
lo que TÚ quieres darnos
porque eso es lo mejor
para nuestra vida.
no la nuestra.

Muestranos la eficacia de
la oración y la luz de 
sabernos escuchados
y atendidos. Amén.

miércoles, 16 de marzo de 2011

ESTÁ DELANTE DE NOSOTROS (Lc 11, 29-32)


Y si nos diera otra señal pediríamos muchas más. No se trata de buscar lo que quieres encontrar, sino de buscar la verdad. Me ha costado tiempo en entender esto. Creo que lo he entendido cuando el ESPÍRITU SANTO lo ha creído conveniente y necesario. Antes me he fiado, y ahora me ha sido dado el entenderlo.

Porque cuando buscas estamos inclinado a buscar lo que antes hemos pensado querer encontrar, y claro, si encuentras otra cosa que no es tú verdad aparece la contradicción y el rechazo. Buscar la verdad es estar dispuesto al lanzarse al vacío y recibirla pese no se me abra el paracaídas. Es necesario luchar interiormente contra mis seguridades, mis apetencias, mis perezas y desidias y dejarme llenar de la Verdad no de mi limitada y pequeña verdad confundida por las luces del mundo.

Y cuando buscas en verdad, encuentras la Verdad. Se hace necesario limpiar primero tus lámparas y tus luces para, iluminado, encontrar lo que realmente, sin saberlo ni quererlo conscientemente, deseamos encontrar porque todos buscamos la eterna felicidad. Pero no sabemos dónde , cómo y en quien o qué.

Por eso,el Evangelio de hoy nos dice que no se nos dará otra señal porque ya la tenemos delante de nosotros ojos: JESÚS de Nazaret.

Creer es fiarse y yo quiero fiarme
 de TI, SEÑOR. Fiarme de TI porque
TÚ tienes Palabra de Vida Eterna.

Todo se ha cumplido en TI, SEÑOR,
y TÚ nunca has fallado. Tu Palabra
dice Verdad y esa Verdad tu la
testimonias.

Pero soy débil y desconfiado, SEÑOR.
Dame la sabiduría y la fuerza para
no desfallecer ni dudar, para
mantenerme firme y fiel en 
tu presencia. Amén.

martes, 15 de marzo de 2011

TÚ, DIOS MÍO, SABES LO QUE NECESITO (Mt 6, 7-15)

Cuando oren, no hablen mucho, ...

No sabemos lo que realmente necesitamos ni donde está lo verdaderamente importante, pues si fuera así otro gallo cantaría en el mundo y sus aconteceres. De inmediato cesarían las guerras, las luchas por el poder, las envidias y muchas cosas más.

Y cuando pedimos, pedimos cosas que creyendo que nos van a dar la felicidad no hacen sino alargar nuestra ansiedad y carrera en la búsqueda de la misma. Nuestra experiencia nos dice que siempre estamos detrás del elixir de la felicidad. No encontramos nada que nos satisfaga eternamente, porque eso es lo que queremos.

Sí, encontramos cositas que nos alegran la vida, pero que igual que aparecen, desaparecen y nos dejan igual o peor. Necesitamos a Alguien Superior que nos indique el camino de pedir lo que realmente necesitamos. Por eso, JESÚS, nos dice hoy en el Evangelio que no nos esforcemos en hablar y rebuscar con palabras y formas porque nuestro PADRE sabe lo que necesitamos. Simplemente digamos: PADRE Nuestro que estás en el Cielo...

PADRE Bueno del Cielo, enseñáme
a llamarte PADRE y a confiar en TI.
Enseñame a escucharte y a dejarme
llevar por tus consejos y señales.

PADRE Bueno, enseñame a aceptar
lo que TÚ sabes que necesito y
es para mi bien. No dejes que
me guíe por mis apetencias, por 
lo que yo creo que necesito, pues
sólo TÚ  tienes Palabra de
Vida Eterna. Amén.

lunes, 14 de marzo de 2011

ERES LIBRES (Mt 25, 31-46)

Tuve hambre, y no me disteis de comer.

Muchas veces pensamos que un DIOS Misericordioso no puede condenar a ninguno de sus hijos, pues entonces no resultaría tan Misericordioso hasta el punto de enviar a su HIJO Predilecto a morir por cada uno de nosotros. Se desprende de su Amor y Misericordia que nadie de sus hijos será castigado.

Sin embargo, DIOS en su Omnipotencia nos ha creado libres, libres para reponder de nuestros actos de forma responsable y voluntaria. Y en su Omnipotencia, DIOS, se ata las manos para cumplir su promesa de darnos libertad para decidir por nuestra propia cuenta. Somos el único ser libre que puede negarle a DIOS su sonrisa, su elección y su amor. 

Y en ese sentido, el Evangelio de hoy nos previene de posibles sorpresas en referencia a nuestra respuesta LIBRE Y VOLUNTARIA al SEÑOR. Al ser libre soy responsable de mis actos y seré yo quien escogeré mi salvación o condenación. La cosa es muy seria y mientras estemos en este mundo tenemos la oportunidad de elegir donde queremos estar:  a la derecha o a la izquierda.

DIOS, Nuestro PADRE nos quiere mucho y sufre por nuestro desamor, pero nos ha hecho libres para que nosotros elijamos si queremos responderle o no. Luego, tenemos en nuestras propias manos nuestra salvación o condenación.

SEÑOR, yo quiero responderte de
forma afirmativa. Quiero seguirte
y decirte que sí a tu Amor 
desinteresado.

Quiero tomar mi cruz, la que
TÚ has escogido par mí, 
porque esa es la 
que podré 
llevar. Amén.

domingo, 13 de marzo de 2011

PARA ALCANZAR LA GLORIA ES NECESARIO SER TENTADO (Mt 4, 1-11)


Cuando todo transcurre como nos gusta el camino se hace fácil y cómodo, pero cuando aparecen los obstáculos y las dificultades todo se ve de otra forma y el camino se hace duro y difícil. Es entonces cuando probamos nuestra resistencia, nuestra voluntad y nuestra firmeza. Sin esas pruebas no nos mostramos a nosotros mismos nuestras capacidades y fortalezas.

Por eso, para merecer algo es necesario sufrir las pruebas que nos capacitan y nos revelan que somos merecedores de tal premio. Para eso somos libres, para poder decidir y elegir el camino que queremos tomar. Podemos escoger la puerta ancha o la estrecha y según escojamos tendremos felicidad o tristeza eterna.

JESÚS nos muestra el camino que tendremos que recorrer en el desierto de nuestra vida. Tres son los peligros que nos amenazan: el mundo y sus maravillas, sus cosas, sus bienes y posesiones. Son los panes de nuestra hambre material. Tener y poseer.

El poder de ser adorado, de ser el centro de atención, de todas las miradas, de mandar y dirigir mis proyectos, mis caprichos, mis deseos... El poder de que el mundo se postre ante ti y te adore.

Y en tercer lugar, la carne, el culto al cuerpo, el gozo del deleite, el centro de nuestro mundo y adoración. Vivimos para cuidar de él y cuando nos hacemos viejos se desmorona toda nuestra vida. El culto a lo caduco y finito. Nuestra ceguera mortal.Todo ello lo expresa mejor santo Tomas de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».

SEÑOR, no dejes que mi vida se
pierda en las cosas de la vida.
No permitas que mi vida
se gaste en lo caduco
y finito.

Dame la fortaleza y sabiduría
para saber discernir donde
está la verdadera vida y por 
donde debo empeñar e
invertir mis esfuerzos. Amén.

Pongo a continuación esta reflexión que me parece bastante completa y nos puede ayudar mucho:

¿Cómo nos tienta el demonio?
Mateo 4, 1-11. 1er. Domingo de Cuaresma. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que Cristo venció la tentación?
Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net
Mateo 4, 1-11

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios». Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.


Reflexión:


“Dos amores quisieron construir dos ciudades -escribe san Agustín en su famosa obra teológica ´De Civitate Dei´-: el amor de Dios hasta el desprecio del mundo y de sí mismo, y el amor del mundo y de sí mismo hasta llegar al desprecio de Dios”. Ésta es la historia de cada ser humano, de cada uno de nosotros: o escogemos a Dios y renunciamos a todo lo demás -al pecado, al egoísmo, a los vicios del mundo-, o nos preferimos a nosotros mismos hasta negar y rechazar a Dios. Como aquellos hombres que quisieron construir la torre de Babel para escalar al cielo y destronar a Dios.

Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy, con el que iniciamos este período litúrgico de la Cuaresma: las tentaciones de Jesús en el desierto.
En los ejercicios espirituales se presenta esta meditación como “las dos banderas”: la bandera de Cristo está representada en las bienaventuranzas y en el Sermón de la montaña, que acabamos de meditar hace apenas dos domingos; y la bandera de Satanás, cuyo programa de vida se resume en las tentaciones.

Jesucristo nuestro Señor, a pesar de ser Dios, no quiso verse libre de las tentaciones porque quiso experimentar en su ser todas las debilidades de nuestra naturaleza humana y poder, así, redimirnos: “Se hizo semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado -nos dice la carta a los hebreos (Hb 4, 15)- para poder expiar los pecados del mundo”. Pero no sólo. Además, padeciendo la tentación, quiso darnos ejemplo de cómo afrontarlas y vencerlas. Nos consiguió la gracia que necesitábamos y nos marcó las huellas que nosotros debemos seguir para derrotar a Satanás, como Él, cuando se presente en nuestra vida.

San Agustín, en efecto, nos dice: “El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto y en Él eras tú también tentado. Cristo tenía de ti la condición humana para sí, y de sí la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí y de sí la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí, y de sí honores para ti. Y también tenía de ti la tentación para sí, y de sí la victoria para ti. Si en Él fuimos tentados, en Él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que Cristo venció la tentación? Reconócete, pues, a ti mismo tentado en Él, y reconócete también a ti mismo victorioso en Él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de Él a vencerla”.

¿Y cuál ese ejemplo que Cristo nos dejó para que nosotros aprendamos de Él? El Evangelio de hoy es sumamente elocuente y pedagógico en este sentido. Veámoslo.

Ante todo, el demonio es un hábil oportunista que sabe sacar el mejor partido de las ocasiones peligrosas y de nuestras debilidades. Después de que nuestro Señor había ayunado cuarenta días y cuarenta noches -en la Biblia el número cuarenta es simbólico, y quiere decir “bastante tiempo”, un tiempo de plenitud y perfección- el demonio lo tienta por el lado débil: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.

Siempre juega con premeditación, alevosía y ventaja. Y, además, quiere que Jesús use sus poderes divinos para satisfacer sus propias necesidades personales; o sea, quiere que cambie e invierta el plan de Dios para poner a Dios a su servicio y comodidad.

Pero nuestro Señor no se deja vencer. Él no dialoga ni un instante con el tentador ni se pone a considerar si esa propuesta es buena o interesante... No. Jesús rompe enseguida, y usa como único argumento la Palabra de Dios: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

El segundo asalto de Satanás: la vanagloria, la ostentación, la búsqueda de triunfos fáciles y rápidos. El demonio quiere que Jesús use ahora su poder para impresionar y “apantallar” a toda la gente. Si se tira del pináculo del templo y los ángeles de Dios lo recogen en sus manos, todo el mundo sabrá que de verdad Él es el Hijo de Dios y quedará conquistado en un instante.

Pero Jesús vuelve a ser tajante con el tentador y de nuevo usa como arma la Palabra de Dios: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Está claro que Dios puede hacer lo que quiera, porque es Omnipotente, pero Cristo sabe que no debe “obligarle” a actuar de determinada manera haciéndole peticiones inoportunas que no están dentro de su plan de salvación.

Tercer asalto: la ambición del poder, la apostasía, el tratar que Jesús renuncie a la total dependencia de Dios. El demonio lo lleva ahora a una montaña altísima y le muestra todos los reinos del mundo y su esplendor, y le dice: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. ¡Esta tentación era mucho más terrible, insolente y descarada que las dos anteriores!
Así es siempre Satanás. Primero se insinúa y provoca con una hábil y sutil estratagema; luego es un poco más atrevido; y después, cuando ve que Jesús ha resistido los primeros intentos, se vuelve tremendamente avasallador y descarado.

Diríamos que esta vez “va por todas” con tal de vencer. Es su última oportunidad y va a poner todas sus baterías para hacer caer a Jesús. Ahora pretende que Jesús se postre a sus pies y lo adore. Tal cual. ¡Tamaña desfachatez! Si algo no podía hacer Jesucristo era precisamente eso: ir en contra de Dios, sucumbir al pecado de idolatría. Eso fue lo que hizo Luzbell cuando cedió a la tentación de rebeldía contra Yahvé: “¡No lo serviré!”. Y ahora quiere que Jesús haga otro tanto...

Pero nuestro Señor tampoco va a ceder esta vez. Si ahora es más descarado y frontal el ataque del enemigo, Jesús también se vuelve ahora mucho más enérgico y radical con el tentador: “¡Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto!”. Nuestro Señor pone por tercera vez el argumento de la Palabra de Dios y no se hace sofismas ni fáciles razonamientos para engañar su conciencia. Dios no se equivoca.

Fijémonos en un detalle más: el demonio siempre usa la mentira y el engaño para tratar de seducirnos, y desafía nuestro orgullo y amor propio para que nos rebelemos. Las tres veces comienza la tentación con esta provocación: “Si eres Hijo de Dios...” y promete unos reinos que no son suyos ni le pertenecen.

Ésta es siempre la táctica de Satanás. Fue lo que hizo con nuestros primeros padres en el paraíso. Y ésta es la “psicología” de la tentación y de la caída. Aprendamos muy bien la lección y no permitamos jamás que el demonio nos aparte de Dios. Vigilemos y oremos para no caer en la tentación. No juguemos con el tentador. Seamos tajantes. Y con el arma segura de la Palabra de Dios -o sea, con la Sagrada Escritura, el Evangelio, la enseñanza autorizada de la Iglesia y la voz de nuestros pastores y de nuestro director espiritual- no nos engañaremos y venceremos al enemigo. Permanezcamos al lado de Cristo y aprendamos de Él para ser buenos discípulos suyos.