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domingo, 21 de septiembre de 2025

COMPARTIR BIENES Y CONDONAR DEUDAS

Lc 16, 10-13

    Se había equivocado. No entendía qué había sucedido. ¿Cómo había sido capaz de hacer eso? «¿Estaba ciego?» —se preguntó Julián, algo desesperado. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. Aceleró sus pasos y, como desbocado, andaba sin rumbo.

   Su jefe lo había descubierto. Llevaba algún tiempo mal administrando el dinero de la empresa, y esos rumores habían llegado al administrador general. Le habían llamado y despedido.

   Hacía rato que caminaba como un sonámbulo. De repente, se sentó en una terraza y pensó: «Debo calmarme y estudiar serenamente mi situación».
Se le acercó Santiago, el camarero, que al verle inquieto le preguntó:

    —¿Le pasa algo, señor?
   —No, nada. Gracias. ¡Por favor! ¿Me puede servir una manzanilla? Estoy algo nervioso y necesito tranquilizarme.
    —Enseguida —respondió Santiago—, tranquilícese.
A todo esto, Pedro, que había observado la escena, empezó a interesarse por aquel señor. Le preocupaba su estado de nerviosismo. Parecía desesperado. Sin más, decidió acercarse:
   —Perdone mi intromisión, señor. Le noto alterado, ¿puedo ayudarle en algo?
Julián le miró. En principio sintió el impulso de resistirse, pero su desesperación le indujo a aceptar la ayuda.
   —Acabo de perder el empleo y me encuentro desamparado. ¿Qué va a ser de mí ahora?
Pedro hizo una señal a Manuel, que había llegado hacía unos minutos, y le puso en antecedentes. Ambos trataron de tranquilizarle y, tras acompañarle con la manzanilla, Manuel le dijo:
   —En la vida cometemos muchos errores, pero siempre hay ocasión, mientras vivimos, de enderezar el camino.
   —Pero —dijo Julián, con desesperación—, ¿qué voy a hacer yo ahora?
  —Siempre hay cosas que hacer —replicó Manuel—. En el Evangelio (Lc 16, 10-13) encontramos caminos que nos descubren nuestros errores; y, descubiertos, podemos reconducirlos para nuestro bien y el de todos.
   —Pero… ahora no hay…
  —No hay peros que valgan si quieres salir del atolladero —replicó Manuel, sin dejarle hablar—. Se trata de corregirse y ser fiel en las cosas pequeñas, para que puedan confiar en nosotros también en las grandes. Porque no podemos servir a dos señores a la vez: dejaremos a uno para servir al otro.
 
   Nuestra vocación no es de propietarios, sino de hermanos y hermanas que se hacen cargo unos de otros. Es una invitación a vivir compartiendo y a comprender que el único tesoro es el de hacer familia humana y no el de acumular fortunas injustas.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA VERDAD DESCUBRE LA MENTIRA

Si andas con la mentira, pronto tu aparente verdad será descubierta. Y te descubres en las pequeñas cosas, en lo parece insignificante y que nadie lo tiene en cuenta. Porque, quien no es fiel en lo pequeño, tampoco será en lo grande. Por los detalles se conoce la verdad de las personas o la mentira que esconde en sus falsas apariencias.

Nadie se fiará de ti cuando observa que no eres fiel en lo pequeño. ¿Cómo así te va a confiar lo grande? Nadie pondrá su confianza en ti cuando ve que el valor importante en tu vida es el poder y el dinero. Porque, si tu dios es el dinero, te olvidaras del pobre y de la pobreza y, en consecuencia, detestarás al pobre, al que nada tiene y al débil. Y es que nunca podrás servir a dos señores. O estás con Dios y pones el acento de tu vida en el amor y la misericordia, o te sometes al dinero y eres infiel con Dios y al amor a los demás. Sobre todo a los pobres.

Por lo tanto, si piensas en escalar, en subir, en las riquezas y el poder, has escogido un camino opuesto al que te señala el Señor. El amor es el camino propuesto por Jesús, y lo propone no solo con su Palabra, sino también con su Vida. Seguirle y serle fiel supone, por tanto, el esfuerzo de imitarle. Y sin estar injertado en Él y alimentado de su Cuerpo y Sangre no podrás imitarle.

De modo que, la primera cosa que hay que dejar, para seguir a Jesús, es la arrogancia. Luego, despojado de esa dificultad, abajarse humildemente y limpio de todo aquello que te pueda hacer pensar que te basta por ti mismo, ponerte en sus Manos y dejarte amar inmensamente por su Infinita Misericordia. Él hará el milagro en cada uno de nosotros si nos abrimos a su Gracia.