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domingo, 7 de junio de 2026

¿NOS CONSIDERAMOS TAMBIÉN NOSOTROS IGLESIA?

Jn 6, 51-58

 Después de un fuerte ejercicio, una buena comida nos ayuda a recuperar la energía perdida.

El alimento es la gasolina que pone a tu cuerpo en movimiento y, sin él, la vida se paraliza.

—Tienes mucha razón —dijo Manuel— cuando hablas de la necesidad que tenemos de estar bien alimentados. ¿Qué sería de nosotros sin alimentos?

Al oír a Manuel, Pedro, mirándole con firmeza, comentó:

—Eso ya está pasando en muchos lugares. Hay pueblos que pasan hambre y muchos mueren al no estar bien alimentados.

—Sí —respondió Manuel—, es algo que no se entiende. Mientras unos tienen gran abundancia, otros lugares padecen todo tipo de necesidades…

Hizo una pausa y, alzando los brazos en alto, añadió:

—Se hace necesario tomar conciencia de ese problema y tratar de ponerle solución entre todos.

Pedro miró a Manuel y, frunciendo el ceño, dijo:

—¿Y por qué no se hace eso? ¿No se dan cuenta de que hay mucha gente en peligro de muerte?

Manuel, mirándole con benevolencia y ternura, le puso la mano en el hombro y, pacientemente, respondió:

—Se dan cuenta, perola ambición, el egoísmo y los intereses de sus dirigentes lo impiden.

Entonces, elevando la voz con decisión, agregó:

—Sus mismos gobiernos los oprimen, los explotan y, enriqueciéndose ellos, no les importa que sus gobernados pasen miserias.

—Pero… —comenzó a decir Pedro con gesto de asombro, antes de que Manuel lo interrumpiera.

—Hay un alimento que sacia plenamente y nos da vida eterna. Un alimento que nos mueve a compartir con otros nuestras necesidades tanto materiales como espirituales.

Hizo una breve pausa, tomó la Biblia en la mano y señalando el evangelio de Juan 6, 51-58, leyó:

—En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Así como sucede con cualquier alimento que le demos a nuestro cuerpo —para que nos sea de utilidad—, tiene que ser asimilado; así también el Cuerpo del Señor será fuente de fortaleza y vida tanto cuanto le permitamos ser parte de nosotros mismos.

Como recuerda León XIV, «la participación en la liturgia no termina en el templo, sino que transforma la vida cotidiana».

Pedro había comprendido que nuestra comunión con el Señor no termina al recibir la Sagrada Eucaristía. El Corpus Christi será verdaderamente eficaz en nosotros en la medida en que nuestra vida se convierta en signo creíble para los demás. 

Entonces también ellos descubrirán a Cristo y aprenderán a compartir con quienes más lo necesitan.

domingo, 18 de agosto de 2024

UN AMOR, HECHO COMIDA, QUE DA VIDA ETERNA

No hemos sido creados para morir un tiempo después. Estamos invitados a vivir eternamente, y así será, quieras o no quieras. Ahora, la verdadera invitación es a vivir eternamente de forma plena de gozo y felicidad junto a nuestro Padre Dios. Porque, vivir eternamente sufriendo sería insoportable.

Y esa fortaleza, comida y sustento para alcanzar la vida eterna es Jesús, el Hijo de Dios, que encarnado en Naturaleza Humana, se ha hecho Hombre para entregar su Vida por todos los hombres. Y, transformado en Pan y Vino, se hace alimento y fortaleza de nuestro espíritu para que podamos soportar, superar y vencer las seducciones del mal y hacer el bien, Voluntad del Padre Dios.

Y no se trata de inventar nada, son palabras de Jesús que hoy nos las ofrece el Evangelio de este día: (Jn 6,51-58): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en …

Consecuencia: tratemos de vivir en la Voluntad de nuestro Padre Dios y, para ello, alimentémonos de ese Pan Vivo bajado del Cielo que nos da la fortaleza, nos llena de esperanza y enciende nuestro corazón para que vivamos, mientras hacemos el camino por este mundo, en la Voluntad de nuestro Padre Dios.

lunes, 6 de febrero de 2023

JESÚS, LO TENGO MUY CERCA DE MÍ

Tocar a Jesús es experimentarte curado. Su presencia y su cercanía nos levanta, nos alegra y nos sana. Su fama se ha extendido por toda la región galilea y todos le buscan confiados en ser curados de sus dolencias y enfermedades.

Enterados donde se encuentra Jesús corren y les llevan los enfermos y endemoniados. Están convencidos de su poder de sanación y tratan de tocarle sus vestidos en la creencia de que serán sanados. Y con esa intención acuden a Él. Por otro lado, Jesús no huye y deja que se le acerquen e incluso ser tocado. Es evidente que su fe les sana.

¿Y nosotros? ¿Creemos también en el poder sanador y liberador del Señor? Le buscamos con esa intención convencidos de que en Jesús seremos liberados no solo de la enfermedad sino del pecado. ¿Nos acordamos de lo que hizo con aquel paralítico – Mt 9, 1-8 – que le pusieron delante? ¿Pensamos que hará lo mismo con nosotros si se lo pedimos con fe?

Tenemos esa oportunidad mucho más fácil que aquellos enfermos del tiempo de Jesús. Tenemos, al menos yo, la facilidad de tocar al Señor cada día. Tocarlo realmente bajo la especie del Pan Eucarístico en cada Eucaristía. Y de recibir sacramentalmente su Cuerpo. Me doy cuenta de esta gran oportunidad. ¡Puedo tocar al Señor y alimentarme de su Espíritu cada día! Por lo tanto, debo pensar y creer que estoy sanado y salvado porque, el Señor, ha venido para eso. Simplemente tengo que creérmelo y, al menos eso intento, y en ello me esfuerzo, de creerlo. Y le pido al Señor fuertemente que aumente mi fe.

sábado, 12 de febrero de 2022

COMPADECIDO, JESÚS DA DE COMER AL GENTÍO

 

Jesús siente compasión por nosotros. Lo hizo durante su vida pública en este mundo y también lo hace ahora a cada instante de nuestra vida. Se compadece de nuestras debilidades y, por su Infinita Paciencia y Misericordia, somos perdonados e invitados a compartir su Gloria para toda la eternidad. ¡Estamos salvados! Posiblemente, no lo advirtamos ni nos demos cuenta de esa realidad, porque, de ser así cambiaría toda nuestra vida y la forma de vivirla.

Eso no nos va a eximir de cargar con nuestras cruces. La muerte es el final de esta vida y tendremos que sufrirla. También, la eternidad en plenitud y a la derecha del Padre tiene una propuesta, el amor. Y no podemos abstraernos ni desviarnos de ese camino. Él nos lo señala con su Camino, su Verdad y su Vida. Sin embargo, como se nos dice hoy en el Evangelio, Jesús se preocupa por el gentío. Sabe que muchos están fatigados, llevan varios días con Él y no quiere despedirlos con el estomago vacío y que puedan desmayar. Preguntan por la comida disponible. Le dicen que hay siete panes y algunos peces. Y Jesús multiplica esa comida para abastecer abundantemente a todos hasta saciarse. Deja bien claro que es el Hijo de Dios; su Amor es incondicional y misericordioso y nada hay imposible para Él.

El Evangelio de Marcos termina así: … Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Y hoy, como si fuera una continuación de esa multiplicación del pan, seguimos alimentándonos del Pan Eucarístico para fortalecernos y no desmayar en el camino de nuestra vida hacia la Casa del Padre. Un camino que se hace duro, que va contra corriente en un mundo que vive de espaldas al mensaje del Señor. Nada ha cambiado. Hoy hay muchos que siguen rechazando el Anuncio de la Buena Noticia o mostrándose indiferente a su Palabra. Las seducciones del mundo debilitan y fatigan tu peregrinar hacia el encuentro con el Señor. Necesitamos ese alimento espiritual – Pan Eucarístico – que nos fortalece y nos da ánimo y aliento para soportar y vencer las dificultades que nos salen en el camino.

viernes, 1 de mayo de 2020

COMER Y DIGERIR

Pin de MARCA LA DIFERENCIA en IMÁGENES CATOLICAS PARA NIÑOS ...
Jn 6,52-59
Una vez que hayamos terminado de comer, el cuerpo humano, sobre todo los órganos digestivos, necesitan reposo y un tiempo de cierto estado de tranquilidad para hacer bien la digestión, donde los alimentos ingeridos son transformados en las sustancias y proteínas necesarias para el buen funcionamiento del cuerpo humano.

De la misma forma, el alma necesita también su alimento espiritual para poder encontrar su estado de paz y de bienestar espiritual. Un estado donde la conciencia busca y pide ese estado de paz que le procure gozo y serenidad. Pero, hay más, el hombre busca algo más que su bienestar material, es decir, su salud física, y aspira a la eternidad. Es verdad que muchos no se atreven ni a hablar del tema, porque, aunque lo sienten en lo más profundo de su ser, no llegar a creérselo. Sin embargo, si rascan en su interior, mantienen sus esperanzas.

Jesús, que nos conoce muy bien, nos habla de esa aspiración dormida, y casi enterrada con la que aspiramos a la vida eterna. Se identifica con el Padre y nos anuncia que Él es ese Pan bajado del cielo con el que el Padre nos quiere dar la Vida Eterna. Tenemos la oportunidad, cada día, de alimentar nuestra alma con el alimento espiritual que se nos da en la Eucaristía. Es Jesús mismo que se entrega plenamente para que, en Él, tengamos la fortaleza para perseverar y alcanzar la Vida Eterna que deseamos y buscamos.

En y con el alimento empieza la digestión. Esa digestión de asimilar la Gracia, que nos llega del Pan de Vida, que se nos da a través de la Eucaristía y que nos viene enviada del Cielo por el Padre en el Hijo. El Hijo es el Pan que el Padre nos da para que, por medio de Él, lleguemos a alcanzar la Gloria de la Vida Eterna. Estas son sus Palabras: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.

jueves, 30 de abril de 2020

VIVIR, POR LA GRACIA DE DIOS, EN LA LUZ

Comentario Palabra de Dios: “Se sentarán a la mesa…” ( Lc 13,22-30 ...
Jn 6,44-51
Muchas veces me asalta la idea de, ¿por qué mi acercamiento a Dios? Concretamente, ayer, me vino esa pregunta a mi mente y pensaba que, de mi familia, soy el único que de manera comprometida participo en mi parroquia y, salvo en esta época del covid19, participo y celebro la Eucaristía todos los días. Y hoy aparece este Evangelio que dice: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae.

Y, como deben de suponer, conecté enseguida con esos pensamientos que me asaltaron ayer. ¿Dios me ha atraído a su Hijo? ¿Por qué a mí de toda mi familia? Porque, ni mis padres ni hermanos han sido y son religiosos o creyentes en un sentido peyorativo de la palabra. 

Reconozco que me he quedado sorprendido, pero, al mismo tiempo, tranquilo y, en lo más profundo de mi corazón, un cierto regusto de bondad, de dicha y de felicidad. Sí, recuerdo que desde muy pequeño me he sentido atraído por la Verdad, la justicia y el amor de Dios. He sentido atracción por su Palabra siempre verdadera, amable, buscando el bien y la justicia y, sobre todo, por su anuncia de la Resurrección y la plena felicidad. Y en la medida que he ido creciendo esa idea nunca me ha abandonado.

El mundo en que vivo no responde a esos sentimientos y deseos que anhela mi pobre corazón. Sin embargo, la Palabra de Jesús, sí. Es lo que siempre he buscado y sigo buscando. Y hoy me encuentro muy feliz y contento porque recibo la noticia de que Dios, nuestro Padre, es quien me ha llevado a su Hijo. Él ha sido quien me ha elegido y quien me ha puesto en el camino de su Hijo.

Ese maná que Dios Padre dio a su pueblo en el desierto por medio de Moisés, hoy Dios nos lo da a nosotros, por medio de su Hijo, Pan de Vida Eterna, para que nunca más tengamos hambre y sed. Igual que aquellos en el desierto, hoy, también nosotros, tenemos que dar un paso hacia adelante y acercarnos a la Eucaristía para comer de ese Pan de Vida Eterna. Dios envía a su Hijo para que, en y por Él tengamos la Vida Eterna.

martes, 28 de abril de 2020

YO SOY EL PAN DEL CIELO

Catholic.net -
Jn 6,30-35
Todo alimento material es perecedero y, caducado, nos deja en el mismo estado o, quizás, peor. Tenemos que buscar un alimento imperecedero que nos sostenga eternamente y dichosos. Y en este mundo todo lo que existe perece, porque pertenece al mundo y el mundo tiene su fin. El Antiguo Testamento es figura del Nuevo y todas las profecías que en él se hacen tienen su cumplimiento en el Nuevo Testamento.

Moisés, por la Gracia de Dios, alimentó al pueblo por el desierto con el mana bajado del cielo. Pero, ese pan no sirvió sino para un tiempo determinado. Lo mismo ocurre ahora con la multiplicación de los panes. Aquellos hombres y mujeres fueron alimentados hasta saciar su hambre. Pero, ¿y cuando el hambre vuelva otra vez? Esa hambre y esa sed nunca quedarán saciadas y siempre estaremos hambrientos y sedientos.

El hombre busca un pan que le sacie plenamente y eternamente, y ese Pan es el Señor: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

No hay otra alternativa ni otro mensaje. La Buena Noticia es siempre la misma, la única que hay: El Señor es tu único Dios y a Él sólo adorarás con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser y con todo tu corazón. Y Él es el verdadero y único Pan del Cielo, que te alimenta hasta darte la plenitud de la Vida Eterna. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y sólo a través de Él encontraremos la manera de saciar nuestra hambre y sed de manera eterna. Busquemos sin cesar al Señor Jesús.

viernes, 24 de abril de 2020

MULTIPLICAR NUESTROS RECURSOS

Palabra de Dios diaria.: LECTURAS DEL LUNES III DE PASCUA 11 DE ...
Jn 6,1-15
Creo y supongo que todos los hombres quieren acabar con el hambre en el mundo. Incluso los más despiadados y egoístas. Es una aspiración humana que nace en lo más profundo de nuestro corazón. Y, posiblemente, algunos que así no piensen, se debe a que sus corazones han sido pervertidos por el Maligno. Porque, toda persona de bien quiere socorrer y abastecer al mundo de la abundancia de pan. 

Hoy, en el Evangelio se dibuja esa estampa, donde se sacia al hombe con panes y peces y se colma el hambre del mundo. Esa es la imagen que podemos simbolizar en esa multiplicación de panes y peces. Jesús se preocupa por el hombre por amor. La Voluntad del Padre, que lo ama con locura, es conocida por el Hijo que, al hacer la Voluntad de su Padre, ama también al hombre hasta el extremo de dar su vida.

Ahora nos corresponde a nosotros ser multiplicadores de panes y peces y proveer al mundo de la abundancia para que satisfaga su hambre. Pero, un hambre no solamente de pan, sino también de amor. De un amor que nace de la unión con Xto. Jesús y del alimento que nos da con su Cuerpo y su Sangre. Porque, para dar, primero tenemos que llenarnos de ese Pan Eucarístico que nos dé la fortaleza y la sabiduría para darnos luego a los demás.

Se trata de descubrir dónde está mi pan y mi pez que yo puedo aportar al mundo y, comprometido por amor, compartirlo. Es la única hoja de ruta para luchar y erradicar el hambre del mundo y de avivar la sed y el hambre de amar y compartir fraternalmente con los demás.