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lunes, 21 de septiembre de 2020

¿LIBERTAD O ESCLAVITUD'

(Mt 9,9-13

En el fondo, aunque sabemos que no somos libres, seguimos pensando que los somos, porque podemos elegir y hacer lo que, aparentemente, nos venga en ganas. Sin embargo, la experiencia nos dice que esa no es la realidad y que no hacemos lo que pensamos que debemos hacer y de la manera que debemos actuar. En el fondo conocemos lo que está bien y lo que no lo está. Es decir, sabemos cuando estamos en pecado porque nuestra conciencia nos lo descubre.

En muchos momentos hemos experimentados situaciones que nos descubren lo débil de nuestra voluntad y, reconociendo que debemos actuar en verdad y justicia, actuamos de forma diferente y bajo la mentira y la injusticia. Es decir, miramos por nuestro propio interés y egoísmo. Nos viene al corazón una pregunta: ¿En realidad somos libres o esclavos? Porque, nos damos cuenta que, no queriendo, experimentamos que no podemos resistirnos a nuestras propias apetencias y egoísmos.

Y, abundando en esta experiencia concluimos que solo la Verdad nos hará libres. Libres para decidir hacer el bien, vivir en la verdad y ser generosos, honrados y misericordiosos, resistiéndonos a la maldad, la mentira y las injusticias que buscan y persiguen someternos y alejarnos del Señor.

lunes, 30 de septiembre de 2019

RIQUEZAS Y TENTACIONES

Resultado de imagen de Lc 9,46-50
Sólo Dios puede librarnos de nuestra esclavitud, nuestra condición humana, que nos esclaviza y nos somete y nos empuja a buscar los puestos de mayor relevancia, de mayor rango y mando y, por supuesto, los más importante. Eso nos hace más fuerte, más poderosos y nos permite estar por encima de los demás. Es condición humana y ya los apóstoles lo sufrieron en sus propias carnes cuando se disputaron, los hijos de Zebedeo - Mc 10, 35-45 - los primeros puestos.

La consecuencia son los enfrentamientos y las luchas entre los hombres, familias, grupos y comunidades. Nacen los odios, las venganzas y luchas internas por acaparar el poder y mandar sobre los demás. Todo lo contrario a lo que Jesús nos ha propuesto, el amor. Un amor que nos invita a servir, a ser humildes y a no considerarnos mayores que nadie. Y esto nos exige una constante lucha contra nosotros mismos, contra nuestro propio orgullo, contra nuestra propia ambición y nuestro deseo de ser más y poder sobre los demás.

La cuestión está en mirarnos a nosotros mismos y el tratar de descubrir nuestros deseos de ambición y de poder. La clave está en la humildad y en sostener una actitud de servicio, de no sentirnos más que el otro y de no ambicionar los primeros puestos. Jesús nos lo describe y nos lo expone muy sencillamente: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».

Todo queda muy claro. Se trata de limpiar nuestro corazón de toda inmundicia, de toda mala intención y de todo deseo de poder y riqueza. Se trata de abrirnos a una actitud de compartir, de disponibilidad de todas nuestra riquezas, tanto espirituales como materiales, al servicio de quienes más lo necesitan y sufren carencias de todo tipo y a las que nosotros podemos aliviar.

jueves, 7 de febrero de 2013

SOLOS EN EL ESPÍRITU

 https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgX7seEYf3FfPhK8rH5ptd19H8gfI28JNz1ZYJWBBQ2Wyaf-GpMjCVi9Huvn-A3YafqFpvL_GdfZn2bASDFh0XvuopNwp-52XMABo5MEWVEUPMREsJX0M7fpVeHvaXgTo8U0F4I9vJqQNE/s1600/Marcos+6+7+13_2.jpg

Esa es la forma de vivir el Evangelio, enviados por Jesús y en el Espíritu Santo. Solo el Espíritu de Dios basta y lo imprescindible para mantenernos expectante y en activa escucha a la Palabra. Jesús nos habla en el Evangelio de un bastón, calzados y túnica.

Posiblemente llevamos muchas más cosas que pareciéndonos necesarias sólo una lo es, la Palabra, la escucha y el deseo de responder, porque en ella nos va la vida. Es verdad que necesitamos comer, vestir y algunas cosas más, pero lo fundamental es la Palabra y el alimento del alma, la Eucaristía, que nos proveerá de todo lo demás.

Y es que en nuestro camino, perdemos el horizonte y la meta porque nos encadenamos y esclavizamos a muchas cosas que incluso llegamos a considerar necesarias, y hasta imprescindibles. Incluso medios como Internet u otros que tanto ayudan hoy, pueden convertirse en cadenas de esclavitud si no sabemos utilizarlos como medios y no como fin. Sólo el Señor es la meta y el fin. En sus Manos iremos provisto de todo aquello que necesitamos para vivir en Él, el amor que nos hará libre y nos salvará.