martes, 15 de diciembre de 2009

NAVIDAD ES COMPROMISO


Son tiempos de espera, de esperanza y de inquietud porque llegue lo esperado. Siempre se espera porque lo esperado nos es necesario y nos va a ayudar a cambiar para bien y mejor. La espera implica compromiso, pues todo cambio de rumbo lleva añadido un compromiso en cumplir y llevar a cabo el rumbo elegido.

DIOS, nuestro PADRE, ha querido hacerse hombre en el HIJO para que desde nuestra propia humanidad pudieramos comprenderle. Siendo hombre como nosotros no podemos verle lejos, ni tampoco parecernos incomprensible la vivencia de su vida y actitudes. Siendo hombre no podemos negarle la posibilidad de que podemos, como ÉL, imitarle y hacer su mismo recorrido.

Se hizo hombre como nosotros con todas nuestras mismas limitaciones, menos en el pecado, y sufriendo y padeciendo como nosotros, recorrió nuestro camino hasta el extremo de compartir nuestra muerte en la Cruz. Una muerte, la Suya, aceptada voluntaria desde el compromiso y el amor como rescate, ante el PADRE, por todas nuestras ofensas y rechazos al amor del PADRE.

Ese padecer y sufrir como cualquier hombre da sentido a nuestra vida en el dolor y las tristezas. Explica nuestra esperanza, desde una perspectiva diferente, frente al dolor y al sin sentido de muchas cosas que nos sobrecogen y nos sorprenden hasta el punto de no entenderlas ni explicarlas. Nos iluminan en el silencio del niño que no entiende los consejos de su padre, pero que intuye que es lo mejor para él.

Y esto nos lleva a entender que no puede haber amor si no hay compromiso. Navidad es la invitación a abrirnos desde el amor al compromiso de transformar nuestro corazón en este mundo que nos ha tocado vivir. Porque si nos quedamos sólo en el amor, en la intimidad con JESÚS, algo falla. Amor, decimos, son buenas obras y no sólo buenas razones. El amor no puede existir desencarnado del compromiso.

Por eso, JESÚS, nos enseñó a amar desde el compromiso del bien obrar. Y sólo cuando nos comprometemos en la vida, estamos en el camino de empezar y saborear el verdadero amor. Todo lo que sea amar desencarnado del compromiso es, no amor, sino egoísmo. Porque cuando el amor no sale hacia fuera se queda dentro y dentro sólo puede amarse a sí mismo. Y eso es puro egoísmo.

Eso fue lo que le ocurrió al joven rico, amaba el cumplimiento directo con DIOS, pero ignoró el cumplimiento con el hermano. Por eso estaba insatisfecho, triste, inquieto. Y pregunta, ¿hay algo más que hacer? La respuesta, venida de los labios del SEÑOR no puede ser otra que la de: "deja todo lo que tienes y sigueme". Es decir, renuncia a ti mismo y comprometete en servir y ayudar a los demás. Es decir, demuestra tu amor amando y amas cuando sirves.

Nuestra amor se torna verdadero y auténtico cuando somos capaces de amar a nuestros enemigos; cuando estamos en la onda de morir a nosotros mismos por el servicio al que nos ha perjudicado y nos ofende. Amamos de verdad a JESÚS cuando estamos dispuesto a amar también a los hombres. De no existir esa dicotomía algo está fallando en nuestro amor. Posiblemente estaremos más cerca del joven rico que de la Voluntad del PADRE.

Cuando nuestra libertad no se orienta hacia el amor se vuelve egoísmo y en ese momento dejamos de ser libres para abrazar la esclavitud de vernos sometidos a nuestras propias apetencias y egoísmos. El amor es un compromiso serio, claro y contundente, y cuando no me comprometo es que no estoy amando. Fue lo que hizo el joven rico: "Agachó la cabeza y se fue triste".

Sólo hay dos caminos: "Libertad o egoísmo", y cuando no optamos por la libertad quedamos en manos del egoísmo. Y el egoísmo nos hace esclavos y nos quita la vida. La perdemos y nos convertimos en seres que deambulamos sin vida por el mundo. Sin esperanza, sin sentido todo lo que tenemos lo perdemos, hasta nuestro tesoro más preciado: la dignidad de ser hijos de DIOS y estar llamado a una vida gozosa en plenitud eterna.

Por todo ello, Belén significa dejar entrar la libertad en nuestro corazón que nos empuja a morir a nuestros egoísmos y nos hace libres para amar y desapegarnos de todos aquellos vicios y apetencias que nos impiden ser más solidario, capaces de entregarnos a una vida de servicio y amor, en JESÚS, por los hombres.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

EN LA ESPERA DE SU LLEGADA.



Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí
Adviento. Cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros.
Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

Adviento, quiere decir: “venida”, en latín adventus, de donde viene el término Adviento.


Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que puede traducirse como “presencia”, “llegada”, “venida”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su ocultación para manifestarse con poder, o que es celebrada presente en el culto.

Los cristianos adoptaron la palabra “adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” llamada tierra para visitarnos a todos; hace participar en la fiesta de su adviento a cuantos creen en Él, a cuantos creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.

El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente "visita"; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”.

¿Acaso no es cierto que a menudo la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención?

¿Acaso no es cierto que dedicamos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas no “atrapan”.

El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como "visita", como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?

Otro elemento fundamental del Adviento es la espera, espera que es al mismo tiempo esperanza. El Adviento nos empuja a entender el sentido del tiempo y de la historia como "kairós", como ocasión favorable para nuestra salvación. Jesús ilustró esta realidad misteriosa en muchas parábolas: en la narración de los siervos invitados a esperar la vuelta del amo; en la parábola de las vírgenes que esperan al esposo; o en aquellas de la siembre y de la cosecha. El hombre, en su vida, está en constante espera: cuando es niño quiere crecer, de adulto tiende a la realización y al éxito, avanzando en la edad, aspira al merecido descanso. Pero llega el tiempo en el que descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de la profesión o de la posición social, no le queda nada más que esperar.

La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente en el transcurso de nuestra vida, nos acompaña y un día secará también nuestras lágrimas. Un día no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el Reino de Dios, Reino de justicia y de paz.

Pero hay formas muy distintas de esperar. Si el tiempo no está lleno por un presente dotado de sentido, la espera corre el riesgo de convertirse en insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente queda vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grave, porque el futuro es totalmente incierto. Cuando en cambio el tiempo está dotado de sentido y percibimos en cada instante algo específico y valioso, entonces la alegría de la espera hace el presente más precioso. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente donde ya nos alcanzan los dones del Señor, vivamoslo proyectados hacia el futuro, un futuro lleno de esperanza. El Adviento cristiano se convierte de esta forma en ocasión para volver a despertar en nosotros el verdadero sentido de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado por largos siglos y nacido en la pobreza de Belén.

Viniendo entre nosotros, nos ha traído y continua ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de múltiples modos: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto según si detrás de ella está Él o si está ofuscada por la niebla de un origen incierto y de un incierto futuro.

A nuestra vez, podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos afligen, la impaciencia, las preguntas que nos brotan del corazón. ¡Estamos seguros de que nos escucha siempre! Y si Jesús está presente, no existe ningún tiempo privado de sentido y vacío. Si Él está presente, podemos seguir esperando también cuando los demás no pueden asegurarnos más apoyo, aún cuando el presente es agotador.

Queridos amigos, el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo particular, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede borrar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño. Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos anima a caminar confiados. Modelo y sostén de este íntimo gozo es la Virgen María, por medio de la cual nos ha sido dado el Niño Jesús. Que Ella, fiel discípula de su Hijo, nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y diligentes en la espera. Amén.



Fragmento de la Homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI el sábado 29 de noviembre 2009 durante la celebración de las Primeras Vísperas del I Domingo de Adviento

martes, 8 de diciembre de 2009

MARÍA, ESPEJO DONDE MIRARNOS.


María es la Madre que, no sólo nos cuida y protege, sino que nos señala las actitudes donde debemos hurgar y profundizar para, imitándola, acoger y vivir las buenas y verdaderas actitudes que brotan del corazón de su HIJO.

María, turbada y sorprendida, sin comprender bien lo que le pasaba, acepta y confía en las palabras de ángel Gabriel y da un "SÍ" rotundo a la Voluntad de DIOS. Ella tiene sus planes, sus proyectos y su camino, pero el SEÑOR la llama, la elige y quiere su "SÍ" para confiarle la misión de ser la Madre de su HIJO. María confía en su SEÑOR y exclama: "Hagase tu Voluntad".

Cuantas veces rechazamos las llamadas del SEÑOR porque tenemos otros planes, porque tenemos miedos y respeto humano al que dirán... María dejó todo lo que tenía pensado y, ante el temor y miedo que suponía mostrarse al mundo en gestación de su hijo sin conocer varón, da un "SÍ" firme, confiado y abandonado en las manos de DIOS.

María, no sólo acepta y responde afirmativamente, sino reconoce la grandeza de DIOS y se siente gozosa y alegre de ser elegida por su SEÑOR. Se sabe pequeña, poca cosa, pero reconoce el poder de DIOS y las maravillas que hace en su humilde esclava. ¿Estamos nosotros en esa actitud? ¿Nos reconocemos pequeños, humildes, criaturas del SEÑOR?

Por eso, María, confiada y esperanzada en el SEÑOR, sabe también estar. Afronta la situación de su papel de mujer, marcada por su época, marginada y sin ninguna credibilidad. Espera con confianza que el ESPÍRITU la conduzca y la dirija y la situe en el camino de cumplir la promesa prometida. Sabe esperar pacientemente su papel y lo cumple en cada momento.

Asume sus riesgos, padece y sufre las miradas, las murmuraciones, las incomprensiones y todo lo que supone un cambio de proyectos. Y, abandonada en sus MANOS corre presta a presenciar las maravillas del SEÑOR en su prima Isabel y prestarle sus servicios. Es el primer testigo y testimonio del cumplimiento de la promesa: "Su primo Juan exulta de gozo al sentir la presencia del Mesías en el seno de su Madre". El poder del SEÑOR se pone de manifiesto.

María camina y cumple sus etapas. Está en el nacimiento y la huida. Aparece en el extravío del niño JESÚS y en su muerte en la Cruz. Espera con los Apóstoles su Resurrección, e inicia en Pentecostés la andadura de la Iglesia. María aparece y desaparece cuando su misión lo demanda. Ha sabido cumplir a la perfección la Voluntad de DIOS.

Y María sabe que todo le viene dado y regalado por el SEÑOR. Ella se sabe incapaz de obrar así y de entender la grandeza del SEÑOR. Por eso proclama desde su alma la Grandeza del SEÑOR, y se alegra su espíritu en DIOS, su SEÑOR y Salvador, porque todo su obrar y hacer son maravillas que hace el SEÑOR en su humilde persona. ¿Estamos nosotros en esa actitud? ¿Nos reconocemos instrumentos en manos del SEÑOR? ¿Nos sabemos manos del SEÑOR que obra maravillas en nosotros?

Pensemos que el SEÑOR hizo maravillas en María porque ella dijo "SÍ", y abrió su corazón para que el ESPÍRITU obrara en ella. ¿Estamos nosotros dispuesto a dejar que el ESPÍRITU haga lo mismo en nosotros? ¿Creemos que puede hacerlo? Esforcémonos en intentarlo y veremos las maravillas que el SEÑOR hará también en nosotros.

domingo, 6 de diciembre de 2009

BAUTISMO DE CONVERSIÓN.


Lo sorprendente y milagroso, lo único y evidente que testimonia como prueba de que el Plan de DIOS estaba escrito en ÉL desde siempre es lo profetizado en el tiempo muchos siglos antes del acontecimiento realizado en la historia. Lo que iba a hacer Juan el Bautista está profetizado por Isaías centenares de años antes.

Una voz clama: "
En el desierto abrid camino a YAHVÉ, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro DIOS. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la Gloria de YAHVÉ, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de YAHVÉ ha hablado" (Is 40, 3-5).

A través del Antiguo Testamento se va profetizando y construyendo el Plan que DIOS ha establecido para el hombre, su criatura amada. Todo lo que va a suceder después tiene su proclamación en el pueblo de Israel que espera el cumplimiento de las promesas profetizadas por los Profetas.

Y DIOS, en la figura de Juan el Bautista proclama la llamada a la conversión y arrepentimiento del hombre. Una voz grita y proclama que toda criatura vuelva su mirada al SEÑOR; que todo hombre se pregunte que bulle en su interior y que busca en lo más profundo de su corazón. Es una llamada a dar la vuelta a nuestro corazón corrompido, a nuestro corazón desproporcionado, a nuestro egoísmo desmesurado...

Por eso clama que todo sendero se allane, que todo valle se eleve y los montes y colinas desciendan; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Y todos verán entonces la salvación de DIOS.

¿Y no es eso verdad? Si cada uno quitara todos los baches y agujeros que tiene en el camino de su vida; si cada uno ayudará a elevar lo que está aplanado y hundido en el otro, como a abajar y enderezar todo lo que está en mí, por mi engreimiento, tan elevado, torcido y escabroso ante los demás, todo se vería de otra forma y todo tendría fácil solución desde la verdad y la justicia.


JESÚS quiso, por lo tanto, recibir su Bautizo de manos de Juan porque era necesario, según la Voluntad del PADRE, salvar a los hombres desde los hombres. DIOS quiso hacerse hombre y padecer como el hombre para desde su misma realidad e historia entenderlo y guiarlo hacia la salvación. Por eso le dice a Juan que haga lo que está escrito que haga, y se somete al Bautizo de Juan.

Un Bautizo, que no procede, porque ÉL está libre de todo pecado, pero libremente dispuesto a cumplir la VOLUNTAD del PADRE, y se hace necesario que se haga así. JESÚS nos enseña el Camino, la Verdad y la Vida dando, ÉL, el primer paso y proclamando el comienzo de la hora del SEÑOR. Es el punto de partida para que todo se iguale y los hombres se desnuden de todo egoísmo y se hagan el hermanos.

Y todo empieza con el primer "SÍ", que corresponde a una mujer que es llamada y elegida para ser madre del HIJO que se entrega para redimirnos y salvarnos. Un "SÍ" que nos señala la actitud y disponibilidad que debemos seguir. Un "SÍ" que nos indica la respuesta que nos pide el SEÑOR y que espera de cada uno de nosotros.

UN "SÍ, que nos implica en responder con y por nuestro Bautismo, a convertirnos cada día en dejarnos asistir y guiar por el ESPÍRITU, para "Cumplir su Voluntad". María, figura del Adviento, es el Icono a mirar, junto a José, en esta celebración del nacimiento de JESÚS que vuelve a llamarnos para despojarnos de todo lo que nos desiguala, nos diferencia, nos desnivela, nos separa, nos distancia, nos incomunica, nos impide ser justos, rectos, iguales y capaces de vivir en la justicia, la paz y el amor.

Para abrirle un camino a DIOS es necesario descender al fondo de nuestro corazón. Quien no busca a DIOS en su interior es difícil que lo encuentre fuera. Probablemente, dentro de nosotros encontraremos miedos, preguntas, deseos, vacío... No importa, no tengamos miedo, porque DIOS, nuestro PADRE, está ahí. ÉL nos ha creado con un corazón que no descansará, como decía muchos años después San Agustín, si no es en ÉL.


Con un corazón sincero y sencillo, miremos a María. No ha de preocuparnos el pecado o la mediocridad. Lo que más nos acerca al misterio de DIOS es vivir en la "verdad", no engañarnos a nosotros mismos, reconocer nuestros errores. El encuentro con DIOS acontece cuando a uno le nace desde dentro, tenemos que nacer de nuevo como le dijo JESÚS a Nicodemo, esta oración: "Oh DIOS, ten compasión de mí, que soy pecador". Este es el mejor camino para recuperar la paz y la alegría interior.

En actitud confiada. Es el miedo el que cierra a no pocos el camino hacia DIOS. Tienen miedo a encontrarse con ÉL, sólo piensan en su juicio y en sus posibles castigos. No terminan de creerse que DIOS sólo es Amor y que, incluso cuando juzga al ser humano, lo hace con amor infinito, recuerden la parábola del hijo prodigo. Despertar la confianza total en este amor (DIOS es nuestro PADRE) puede ser comenzar a vivir de una manera nueva y gozosa con DIOS.

Caminos diferentes. Cada uno ha de hacer su propio recorrido. DIOS nos acompaña a todos. No abandona a nadie y menos cuando se encuentra en apuros y perdido (la oveja perdida). Lo importante es confiar en ÉL, porque es nuestro PADRE, y no perder el deseo humilde de DIOS. Quien sigue confiando, quien de alguna manera desea creer es ya "creyente" ante ese DIOS que conoce hasta el fondo el corazón de cada persona.

sábado, 5 de diciembre de 2009

ADVIENTO


Adviento es una palabra latina formada por la preposición ad, que significa hacia, y el verbo ventus que significa venida, (adventus), venida del Redentor. Es la preparación hacia la venida de Alguien en el que esperamos la salvación, la liberación de la esclavitud, no sólo material sino espiritual. Es la esperanza de alcanzar la libertad plena y gozosa eternamente.

Por todo ello, es tiempo de prepararnos, esperanzarnos, confiarnos y sentirnos gozosos ante tanta oscuridad, desvío, confusión y desconcierto. Es la llegada del Mesías que nos salva, y que hace salir de nuestros corazones HIMNOS de esperanza y alabanza.

De luz nueva se viste la tierra,
porque el sol que del cielo ha venido
en el seno feliz de la Virgen
de su carne se ha revestido.

El amor hizo nuevas las cosas,
El ESPÍRITU ha descendido
y la sombra del que es poderoso
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto
y de bodas se anuncia alegría,
el SEÑOR que en los cielos moraba
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a DIOS, el SEÑOR poderoso,
a su HIJO y ESPÍRITU SANTO,
que en su Gracia y su amor nos bendijo
y a a su reino nos ha destinado. Amén

Himno de Laudes del tiempo de Adviento.

jueves, 3 de diciembre de 2009

¡ULTREYA!


La palabra ultreya es una antigua palabra española que usaban los peregrinos de Compostela cuando se encontraban para saludarse y animarse a lo largo del camino. Esta palabra, probablemente derivada del latín ultra, significaba "¡Adelante!"

Los cursillistas utilizan esa palabra para designar un tipo de encuentro que tiene lugar después del Cursillo. Es la reunión de los cursillistas de una o algunas parroquias.

En donde las Reuniones de Grupos se hacen, la Ultreya congrega los grupos de una misma región, contribuyendo a mantenerlos en el espíritu del MCC y a sensibilizarlos a la realidad de la Iglesia.

En un clima de amistad, se intercambia sobre lo vivido, sea a base del trípode (piedad, estudio, acción), sea a partir de un texto del Evangelio.

Ahí se escucha unos testimonios referentes a la vida interior y unas experiencias apostólicas. Este hecho de compartir lo vivencial llega a ser un "modelo" apostólico, un ejemplo práctico, un reto del Señor que parece invitarnos: "Vayan y hagan igual".

Como "Ultreya" lo indica, este encuentro (semanal usualmente) es un aliento para ir adelante. Es el mejor medio para alimentar la llama del Cursillo.

Se hace necesario apoyarnos, juntarnos y vernos en la medida de nuestras posibilidades porque necesitamos del aliento, del empuje, de la palmadita del compañero o compañera que nos anima, que nos da ejemplo de su constancia, de su perseverancia, de su levantarse a pesar de las caídas, de su esperanza y de su fe.

La Reunión de Grupo es algo en lo que debemos poner mucho empeño, porque en ella fortalecemos nuestra fe al darnos y recibir. Es la vivencia de nuestras inquietudes, fatigas, sufrimientos, alegrías, trabajo, apóstolado, piedad, formación...etc en un clima de amistad, tranquilidad, entrega, sinceridad y a la hora que mejor les convenga a los que la forman.

Es el espacio donde aprendemos a perdonar, a aceptar, a colaborar, a realizar nuestra acción apostólica, a sensibilizarnos de los problemas y necesidades de los demás, a llorar juntos, a sufrir y compartir las penas, los problemas, las dificultades; también las alegrías, los momentos buenos, los éxitos tanto nuestro como los de los demás.

No importa el tiempo que tardemos en conseguirlo, pero nunca dejemos de esforzarnos en conseguirla. Mi experiencia es positiva y aunque he tenido algunas que se han perdido, sigo insistiendo en conseguirla. Me ofrezco a tratar de formar una. El intento vale la pena, porque los frutos serán muy valiosos. No olvidemos que estamos hechos en racimos y sólo en racimos encontraremos el camino para llegar a la Casa del PADRE.

sábado, 28 de noviembre de 2009

DOMINGO I TIEMPO DE ADVIENTO CICLO C. Estad siempre despiertos Lc 21, 25-28. 34-36


El testimonio hace pensar cuando lo testimoniado es algo que sale del corazón. Muchas veces he oído decir a alguien: "tú sí que vives lo que dices, pues se transparenta y se ve". Y la realidad es que de la abundancia del corazón habla la boca. No haría falta hablar mucho, sino hacer realidad lo que se dice, es decir, obras, para transmitir lo que se habla. Obras son amores y no buenas razones, predica el refrán que certifica lo que trato de decir.

Pienso que mucha culpa de que JESÚS no sea mostrado tan deseado y transparente como irresistiblemente a los hombres es porque los que creen en ÉL, o al menos eso dicen, no le siguen como exige el llamarse discípulo de ÉL. Muchos cristiano andamos y nos movemos entre dos aguas, una la de una fe con condiciones, y otra nuestra vida social en la que aceptamos y admitimos muchas cosas que no serían aceptadas por JESÚS. Es la disyuntiva de dos vidas paralelas que se contradicen, y que, por consiguiente, no dejan pasar la luz y menos la descomponen en sus colores.

Así las cosas, el mensaje de JESÚS queda adulterado, empobrecido y descafeinado. No se corresponde la palabra con la vida y nada anima ni sugiere seguirlo y menos vivirlo. Muchos seremos tachados de haber contribuido desde dentro a no dejar salir la Palabra pura, verdadera y salvadora tal y como es. Y llegará ese día en que lo corrupto, lo injusto, lo falso y perverso será destruido, y emergerá la Verdad, lo bueno, lo justo, y habrá paz y armonía entre los hombre.

A continuación expongo esta homilía que me envío mi amigo y sacerdote Manuel Merchán que refleja, mejor que yo lo pueda hacer, todo lo que pienso y quisiera decir. Quizás no pueda servir para la reflexión en este tiempo de Adviento Les dejo con ella.

Estad siempre despiertos Lc 21, 25-28. 34-36

MATAR LA ESPERANZA

Tened cuidado: no se os embote la mente...

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser.

Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero».

Las palabras de Jesús no han perdido actualidad pues los hombres seguimos matando la esperanza y «embotando» nuestra existencia de muchas maneras.

Y no pensemos sólo en aquellos que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos, podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana vendrá el mesías».

Cuando en una sociedad los hombres tienen como objetivo casi único de su vida la satisfacción ciega de sus apetencias y se encierran cada uno en su propio disfrute, allí muere la esperanza.

Los hombres satisfechos no desean nada realmente nuevo. No quieren cambiar el mundo. No les interesa esperar una vida futura mejor. El presente les satisface y les basta.

No se rebelan frente a las injusticias, sufrimientos y absurdos del mundo presente. En realidad, este mundo es para ellos «el cielo» al que se apuntarían para siempre. Pueden permitirse el lujo de no esperar nada mejor.

Qué tentador resulta siempre adaptarnos a la situación, instalarnos confortablemente en nuestro pequeño mundo y vivir tranquilos y cómodos, sin mayores aspiraciones.

Casi inconscientemente anida en bastantes la ilusión de poder conseguir la propia felicidad sin cambiar para nada el mundo. Pero no lo olvidemos. «Solamente aquellos que cierran sus ojos y sus oídos, solamente aquellos que se han insensibilizado, pueden sentirse a gusto en un mundo como éste».

Quien ama de verdad la vida y se siente solidario de todo hombre, sufre el desasosiego y la intranquilidad de comprobar que todavía no podemos disfrutar de la felicidad a que estamos llamados.

Este sufrimiento alcanza su verdadero sentido cuando nace de la esperanza y nos impulsa a actuar de manera creadora. Es signo de que afín seguimos vivos, de que todavía somos conscientes de que algo no está bien en este orden de cosas y de que nuestro corazón sigue anhelando algo más.

    LA ESPERANZA, ¿UNA ILUSIÓN?

La primera acusación al hombre que trata de dar sentido a su vida desde una actitud de esperanza cristiana, ha sido la de falta de realismo.

Hay que ser realistas. Si vivimos de recuerdos, nos estamos remontando a un pasado que ya no existe. Si nos dejamos llevar por la esperanza, empezamos a soñar en un futuro que todavía tampoco existe. Seamos realistas y aprendamos a enfrentarnos con lucidez y valentía al momento presente, única realidad que tenemos ante nosotros.

Esta acusación ha adquirido un acento más científico desde la crítica a la religión operada por Karl Marx. La esperanza desplaza nuestra atención de los problemas de esta vida a un más allá ficticio y alienante. La religión invita a los hombres a esperar en una vida ultraterrena la solución de todas sus opresiones. Y, mientras tanto, los incapacita para lucha con eficacia y lucidez por la transformación real de la sociedad.

Un creyente honrado no puede menos que escuchar con inquietud la interpelación de la crítica marxista. ¿No hemos justificado muchas veces los cristianos con nuestra actitud falsamente conformista y «resignada», la acusación de vivir adormecidos por «el opio de la religión?». ¿No tendremos que escuchar hoy, de manera nueva, el grito de Jesús que nos llama a vivir despiertos en medio de nuestra sociedad contemporánea?

Para el verdadero creyente, la esperanza no es una ilusión engañosa. Al contrario, si vive con esperanza, es porque quiere tomar en serio la vida en su totalidad, y porque quiere descubrir todas las posibilidades que en ella se encierran para el futuro del hombre.

Precisamente, porque quiere ser realista hasta el final, no se aferra a la realidad tal como es hoy, ni se instala en esta vida como algo definitivo. Al contrario, se acerca a la vida como algo inacabado, algo que es necesario construir con esperanza.

Por eso, la verdadera esperanza no tranquiliza. La esperanza nos inquieta, nos desinstala, nos pone en contradicción con una realidad tan lejana todavía de esta liberación final que esperamos para el hombre.

Cuando se espera de verdad la liberación, comienzan a doler más las cadenas. El que espera una verdadera justicia para el hombre, no aguanta ya esta sociedad tan injusta. El que cree de verdad en el cielo, siente necesidad de luchar para cambiar la tierra.