miércoles, 8 de septiembre de 2021

EL CAMINO DE LA FE PLANTEA DUDAS, SIN EMBARGO, EXIGE DISPONIBILIDAD

 

No es cosa sencilla caminar en la fe porque creer significa caminar sin estar seguro, ni firme y llenos de miedos e inseguridades. Es, simplemente, un reto que se te presenta cada día y al que tienes que enfrentarte - valga la redundancia -  con fe y esperanza. Creer es estar abierto a la acción del Espíritu Santo y a la disponibilidad de irte fiando de la Palabra de quien no puede equivocarse, del que es veraz y su Palabra es Palabra de Vida Eterna.

Creer es avanzar y crecer en la fe en la medida que tu vida entra en relación con ese Dios encarnado, Jesús, que te anuncia esa Buena Noticia que, enterrada en tu corazón, va despertando, por la Gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Creer es dejarse bendecir por la acción del Espíritu y, a pesar de tus dudas y miedos, abrirte a la obediencia de Aquel que te anuncia que esto que te sucede es obra del Espíritu de Dios.

Creer, en definitiva, es no ponerte en brazos de tu razón, limitada e impotente, y sí en los brazos de un Dios todo poderoso que te ama hasta entregar a su Hijo predilecto, por amor, a una muerte de Cruz. Así creyó María, hasta el final junto a los pies de la Cruz en la que su Hijo fue crucificado. Así creyó José, aceptando la paternidad adoptiva, quizás sin entender, pero sí  obediente a la Voluntad de Dios.

Y así se nos propone también a nosotros en estos momentos de turbulencias, de diferencias, incluso dentro de la misma Iglesia y en este mundo convulso y de espalda a Dios que nos está tocando vivir. Ese es el camino, a pesar de tus dudas; a pesar de tus tentaciones y apetencias, no pierdas la fe y sigue el camino que la Buena Noticia - Palabra de Dios - te propone.

martes, 7 de septiembre de 2021

LA ORACIÓN, ENCUENTRO CON DIOS

 

Sabemos que a Dios nadie le ha visto, sin embargo, si sabemos que, a través de la oración, podemos hablar con Dios. Jesús nos ha enseñado esa hermosa oración del Padrenuestro para hablar con Dios. Pero, también podemos relacionarnos con Él dialogando y contándole nuestros problemas, preocupaciones, inquietudes, debilidades y pecados. Es nuestro Padre y, en y por la oración, podemos intimar y pedirle todas nuestras necesidades. 

Jesús nos enseña esa necesidad de relacionarnos con el Padre. Él lo hace y, precisamente, el Evangelio de hoy empieza de esta manera: (Lc 6,12-19): En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce...

Y nos enseña también a pedirle al Señor luz para saber optar acertadamente en los momentos difíciles en los que tenemos que tomar decisiones importantes en el camino de nuestra vida. Él lo hace hoy pasando largo tiempo en diálogo directo con su Padre antes de elegir a los doce apóstoles. Y esa debe ser una de las lecciones importantes que podemos sacar hoy en conclusión de este pasaje de la Vida de Jesús, nuestro Señor.

El encuentro con Jesús se nota en nuestra vida, porque, un encuentro con Él, si llega a nuestro corazón, cambia el rumbo de nuestra vida y nos relaciona con los demás. Los síntomas claro del encuentro se reflejan en nuestra preocupación por los demás. En una palabra, enciende nuestros corazones de verdadero amor. Esa puede ser la señal indicadora de que realmente estamos encontrándonos con nuestro Padre Dios.

lunes, 6 de septiembre de 2021

CIEGO DELANTE DE LA REALIDAD

 

Hay circunstancias que no llegamos a comprender ni a ver realmente como son. Como si de espejismos se tratara, quedan distorsionadas ante nuestros ojos aunque realmente las veamos tal como son y de forma clara. Pero, nuestro entendimiento solo ve lo que tiene ya determinado por la propia ley. 

Es imposible entender y ver otra cosa. El sábado es día de descanso, donde trabajar está prohibido. Incluso, se considera trabajo realizar curaciones. Y no hay otra alternativa. De alguna manera, la ley se ha convertido en primacía ante el hombre.

Ante esta realidad de aquel tiempo, y también el de hoy, nos preguntamos: ¿Es verdad que en sábado - según la ley - no se puede curar porque, de hacerlo, se considera trabajo? Y tú, ¿estás de acuerdo con esa ley? ¿Llegas a comprenderla? ¿Tienes, pues, el hombre que someterse a esa ley y padecer enfermedad hasta que pase el tiempo prescrito? ¿Te parece lícito y justo anteponer la ley del sábado al bien del hombre?

Todos esos interrogantes estaban ahí en el tiempo de Jesús, y creo que también siguen actualmente en el nuestro. Jesús lo resolvió dejando muy claro que, primero, antes que la ley está el bien y la verdad de la persona. Sin embargo, hoy hay muchos que, a pesar de que piensen así y lo reconozcan, siguen poniendo la ley ante que el bien y la dignidad de los hombres y mujeres. Ahora, ¿qué opinas tú?

domingo, 5 de septiembre de 2021

SIN TÍ, SEÑOR, CAMINO EN LA OSCURIDAD Y EL SILENCIO

Mc 7,31-37

Nuestra vista y escucha es aparente. Creemos ver y oír, pero ni lo uno ni lo otro. Este mundo se mueve en la oscuridad más ciega y en la sordera más silenciosa si Tú, Señor, no te haces presente. Caminamos creyendo ver y oír, pero no vemos ni oímos. Todo lo que se mueve en este mundo está muerto y tiene su tiempo marcado. La realidad es que, quizás sin advertirlo, vivimos en un mundo de ciegos y sordos.

Si nos paramos un poco a pensar, observamos que todo lo que existe en este mundo es prestado durante un tiempo - el que dura nuestra vida - para que, bien usado, nos de esa posibilidad de, siguiendo el mandato del amor, alcanzar la Vida Eterna en plenitud de gozo y felicidad. De lo contrario, todo lo recibido queda sin valor como si de ciego y sordo se tratara. La aparente claridad y escucha de este mundo se volverá oscuridad y silencio infernal.

Un mundo en el que se le da la espalda a Dios, es un mundo ciego y sordo. Un mundo mudo y sin capacidad para manifestar la verdadera alegría eterna. Un mundo de egoísmo en el tener y poder y que se esconde en la más absoluta ceguera y oscuridad del absurdo y el disparate. Un mundo cuya esperanza muere en el mismo. Un mundo donde no se tenga a Dis por meta y destino es un mundo de ciegos y sordos, 

Porque, sin Él, ¿a dónde te diriges? ¿Qué gozas con disfrutar de tus pasiones y egoísmos? Es como si, condenado a muerte, te concedieran tu última voluntad. ¿Vale la pena vender tu vida por tan poca cosa y pasar la eternidad en el dolor y rechinar de dientes? Porque, si no crees en la Resurrección, ¿dónde pones tu esperanza? ¿Tiene sentido la vida? Y lo peor es que el tiempo se acaba y no hay vuelta atrás. Mientras haya vida, hay tiempo, pero el camino recorrido pasa su factura.

sábado, 4 de septiembre de 2021

LA LEY Y EL AMOR

Lc 6,1-5

Toda Ley si presume de Ley tiene que ir prendada y sustentada en el Amor. Sin amor no hay Ley, y si hay es una ley adulterada por la codicia, interés y ambición del hombre. Las leyes humanas son leyes fallidas porque nacen de un amor imperfecto, viciado por el egoísmo y la codicia. Así es la ley del sábado, una ley que mira el interés de algunos, pero no de todos. Sobre todo, excluye a los más débiles y pobres.

Jesús, al ser interpelado, les recuerda que la primacía de la Ley es el amor y, en consecuencia, el bien del hombre. Por tanto, nos preguntamos, ¿qué es primero, padecer hambre o saciarlo? Si primero es saciar el hambre del hombre, la ley no puede interponerse y obligar a que el hombre no pueda saciar su hambre por el simple hecho de ser sábado. La ley no puede ser caprichosa, al contrario, debe siempre estar orientada al bien común y beneficio del hombre.

Otra cosa es el sacrificio voluntario, nacido de la libertad de ofrecerse en penitencia por alguna causa que iría buscando un bien más grande y concreto. Pero, la ley nunca puede obligar a maltratar y abstenerse de un bien superior por simple cumplimiento de unas normas que no significan nada. Porque, todo lo que no nazca de la buena intención del corazón carece de valor. Incluso las buenas obras.

El amor es la medida y el catalizador de la validez de tus obras. De modo que, llegado el momento de tu hora y tu juicio, si tu vida está cargada de buenas obras, pero sin amor, su valor es nulo. Lo que le da valor a tus obras, no es la cantidad, la importancia o grandeza de las mismas, sino el amor con que realmente las hagas. Así, un simple vaso de agua, dado con amor y buena intención, es un tesoro en el cielo.

viernes, 3 de septiembre de 2021

CADA COSA A SU TIEMPO

Lc 5,33-39

La vida nos enseña que cada cosa tiene su tiempo. Hay tiempo para la alegría, la fiesta, el comer y beber, y, también, hay tiempo donde nos toca llorar, sufrir y ayunar. Es la experiencia que tenemos en nuestras familias y en nuestro mundo. La gran diferencia es que nosotros estaremos siempre con el Novio. En la alegría y también en el ayuno. Esa es la cuestión.

Sabemos, por la vida misma, que llegarán días de fiesta, pero, tambíén días de tristeza, dolor y sufrimiento. Sabemos que llegará nuestra hora y el momento de partir a ese otro mundo donde Jesús nos prepara una morada, porque, nos ha dicho: -Jn 14,2 - En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros.

Cuando nos toca disfrutar y vivir momentos de alegría, de regocijo y satisfacción debemos vivirlos - valga la redundancia - con entusiasmo y exultar de paz y alegría. El Señor está siempre con nosotros y, con nosotros vive nuestras alegría y también nuestras penas. Cada cosa a su tiempo.

Sabemos que nuestra vida tendrá su dolor y su propio momento de pasión. La experiencia la vivimos en carne propia dentro de nuestras propias familias. Se han ido nuestros abuelos, nuestros padres y, precisamente en esos momentos hemos soportados días de llanto, de ayuno y dolor. Han venido etapas de carencias, de sufrimientos y hemos ayunado y perseverados en la oración. Pero, a pesar de todo, también sabemos que siempre el Novio está y estará con nosotros. 

jueves, 2 de septiembre de 2021

SORPRENDIDOS DE LA RESPUESTA INCONDICIONAL DE LOS APÓSTOLES

Lc 5,1-11

Nos interpela sorprendentemente la respuesta de aquellos pescadores del lago de Galilea. No es fácil entender como aquellos hombres se desprenden de todo su quehacer de años y se disponen a seguir a Jesús. Incluso viendo su poder de llenar sus barcas - después de estar toda la noche pescando sin resultado - de abundante pescado. ¡Vaya socio y negocio!, diríamos nosotros ahora. Al menos esa tentación está a la vista, y no la daríamos por descartada que, quizás, algunos de aquellos pescadores tuvieron esa tentación.

Indudablemente, Jesús tenía algo especial y extraordinario en su Palabra, en su Mirada y en su forma de actuar. Su testimonio era tumbador y la coherencia entre su Palabra y su Vida sintonizaban de forma extraordinaria. Lo que decía se cumplía y se hacía. Su forma, imagino, de hablar encendía el corazón. Y esa es la pregunta que hoy también nosotros tenemos que hacernos: ¿Nos enciende nuestro corazón la Palabra del Señor? ¿O por el contrario nos suena a rutina que incluso llega a cansarnos?

Son preguntas que buscan respuesta en nuestro interior y a las que debemos responder con serenidad, con tranquilidad y con confianza. El Señor sigue invitándonos a dejarlo todo y a seguirle. Pero, no te desesperes, porque, igual que tú, también los apóstoles lo dudaron y necesitaron un tiempo para ir acogiendo, por la Gracia del Señor, su Palabra. El camino es - Pedro lo experimenta - el que nos presenta Pedro. Experimentarnos pequeños, pecadores y necesitados de misericordia es la esperanza que nos queda. Y en la confianza de que seremos acogidos misericordiosamente por el Señor. Precisamente ha venido para eso y eso es lo que nos Anuncia, el Amor y la Misericordia de su Padre.