miércoles, 17 de septiembre de 2025

COMO SI DE NIÑO SE TRATARA

Lc 7, 31-35

    En muchas ocasiones —se decía Pedro— nuestra maduración deja mucho que desear. Como si de niños se tratara, mostramos nuestro lado infantil y nos quejamos, cuando no tenemos razón para ello. O nos alegramos cuando la ocasión demanda silencio o moderación.
    
       —¿Cuál es tu opinión al respecto, Manuel?
   —Me parece acertado lo que dices. Hay ocasiones en que nos mostramos inmaduros y salen a relucir nuestras infantilidades. Nos quejamos cuando toca alegrarnos, o, nos alegramos cuando hay motivos para instalarnos en la queja.
   —Hay momentos —añadió Pedro— que no sabemos cómo actuar. Descubrimos nuestro lado más infantil sin saber responder a las situaciones del momento. Y llegan los líos, las revueltas y protestas.
   —Hay que saber estar, y eso lleva tiempo y maduración. Dejar de actuar como niños y acompasar nuestros sentimientos al ritmo de Dios. En (Lc 7, 31-35) Jesús nos descubre nuestro lado infantil: 
En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la …
    
    Jesús favoreció siempre celebrar la alegría del Reino, sin sustraernos de los sufrimientos que llegan, pero que vividos junto a Él, no tienen el poder de abatirnos.

martes, 16 de septiembre de 2025

COMPASIÓN SIN LÍMITES

Lc 7, 11-17
  Estaba desolado, no superaba la tristeza de aquella muerte. Había sido repentina, y eso aviva más el dolor. Sentía compasión y se dolía profundamente.
  
 Caminaba apesadumbrado, buscando un lugar donde detenerse y pensar un poco. Llevaba en su corazón la pérdida del joven, que por su juventud le parecía irreparable. No encontraba consuelo y sentía la necesidad de desahogarse.

  Casi sin darse cuenta, había llegado a la terraza. Hizo un gesto a Santiago y se sentó. En breves segundos, Santiago le servía su buen café.
   —¿Qué tal, don Pedro? —comentó Santiago—. Le veo algo abatido.
   —Sí, vengo de un duelo y todavía llevo dentro la pérdida del hijo de un gran amigo.
   —Lo siento —dijo Santiago—. Comparto su dolor.
   —Gracias. ¡Qué le vamos a hacer, así es la vida!

    En ese momento llegó Manuel. Al ver la escena de melancolía con la que hablaban Pedro y Santiago, preguntó:
    —¿Qué tristeza es esa que percibo? ¿Ha ocurrido algo?
    —Don Pedro, señor Manuel, se duele de la muerte del hijo de un amigo —explicó Santiago.
  —La muerte siempre trae dolor —respondió Manuel—. Pero también es ocasión de esperanza. Sabemos que siempre está al acecho, pero no tiene la última palabra.
    —¿Por qué dices eso? —preguntó Pedro.
   —Porque nuestra fe se fundamenta en la resurrección del Señor. Él nos da esa esperanza con su victoria sobre la muerte. ¡Mira! Hay un pasaje (Lc 7, 11-17) donde Jesús siente compasión de una pobre viuda. Llevaban a enterrar a su hijo, y Jesús, al verla, se conmueve y devuelve la vida a ese joven.
   —¡Pues sí! —exclamó Santiago con alegría—. Eso da esperanza.
   —Pienso: ¿No va a tener también nuestro Padre Dios compasión de nosotros? —concluyó Manuel.
 
  El rostro de Pedro reflejaba ahora un consuelo nuevo, cargado de esperanza. Verdaderamente, la muerte no tiene la última palabra.
 Una vez más, Jesús ve y se compadece. Eso es lo que le mueve. Su vida entera es una dinámica de compasión que rescata vidas perdidas. Él es vida, y su compasión no tiene límites. En el Resucitado reside nuestra capacidad de confiar sin reservas en el Señor.

lunes, 15 de septiembre de 2025

LA PRESENCIA DEL DOLOR

Jn 19, 25-27

 Una enfermedad, un accidente o cualquier obstáculo puede desencadenar una situación de dolor. Todos, de alguna manera, hemos vivido esa experiencia.

    A esa conclusión llegaba Pedro tras conocer la muerte de un querido amigo. Pensaba en el dolor de sus familiares, y sentía cierta nostalgia al saber que ya no volvería a encontrarse con él.

   —¿Qué piensas del dolor, Manuel?
  —Un tiempo de tristeza y amargura. Una experiencia —fuerte— que todos tendremos que vivir en algún momento de nuestra vida.
   —Y muchos —dijo Pedro, acongojado— no podrán superarla.
  —Sí, suele ocurrir. Sin embargo, las personas que tienen fe cuentan con otra manera de enfrentarse al dolor. Les sostiene la esperanza de la resurrección.
   —¿Lo crees así?
   —Es la experiencia que tengo al ver a muchas personas que conozco. Además, en Jn 19, 25-27, María, la Madre de Dios, permanece al lado de Jesús y nos enseña a acompañar a quienes sufren. La fortaleza se muestra hacia fuera para sostener, pero el dolor hiere por dentro. María expresa el amor incondicional de madre y la fidelidad plena de discípula.
   —Pero … el dolor —dijo Pedro con titubeo— sigue ahí, y por dentro te desgarra.
  —Es una situación difícil. Pero, detrás de ese dolor de cruz, se esconde la esperanza de la resurrección. Y eso fortalece.
    
   Bajo la cruz, María se convierte en madre de todos los creyentes; ella sigue acogiendo nuestras noches oscuras, nuestras heridas y sufrimientos. En ella encontramos esperanza los abatidos, los despreciados y los olvidados.

domingo, 14 de septiembre de 2025

LA CRUZ, SIGNO DE SALVACIÓN

Jn 3, 13-17

   A pesar de sus dificultades, Pedro se sentía un ser privilegiado. Tenía agua, alimentos, casa, medios de transporte, lugares de recreo y ocio, trabajo, familia y tantas cosas que endulzaban su vida frente a los obstáculos y dolores que podían presentársele.

    En muchos momentos era consciente de esas dádivas que le venían como del cielo y no se resistía a dar gracias. Realmente, se sentía un afortunado, sobre todo cuando leía en algunas revistas lo mal que lo pasaban otros en muchos lugares.

    «¿Cómo podía suceder eso?» —se preguntaba. También a él podía haberle tocado estar en esos sitios, pero la realidad —se tocaba a sí mismo— era que estaba allí, gozando de tantas bendiciones. Entonces comprendía su gran suerte.

    Preocupado por estos pensamientos, preguntó a Manuel:
    —¿Qué piensas de los que sufren en otros países?
   —Que nosotros somos unos privilegiados. Y eso debe hacernos reflexionar sobre nuestro compromiso con tantas personas inocentes que sufren las calamidades e irresponsabilidades de otros.
    —¿A qué te refieres con irresponsabilidades?
  —Mucho sufrimiento viene del egoísmo, el afán de enriquecimiento y las ambiciones de quienes gobiernan esos países. Piensan solo en ellos y no les importan los demás.
   —Estoy de acuerdo —respondió Pedro—, pero también hay quienes viven en la miseria por pura falta de recursos.
  —No lo sé —dijo Manuel—, pero la mayoría está desasistida, abandonada y mal administrada. Sus riquezas se venden al mejor postor, y el pueblo queda sumido en la escasez, el dolor y el sufrimiento.
  —De cualquier forma —suspiró Pedro— es una gran pena y da lástima.
  —Pero —replicó Manuel con voz acalorada—, con esos sentimientos no solucionamos nada.
  —¿Y qué podemos hacer?
 —Algo parecido sucedió al pueblo de Israel en el desierto —recordó Manuel—. El libro de los Números (21, 4b-9) nos cuenta que, agotados del camino, murmuraron contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?». Y Dios permitió que las serpientes los mordieran. Cuando reconocieron su pecado, el Señor mandó a Moisés hacer una serpiente de bronce y ponerla en alto: los que la miraban quedaban sanos.

    De la misma manera, Jesús dijo a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna».

sábado, 13 de septiembre de 2025

DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN, HABLA LA BOCA

Lc 6, 43-49

    Cuando llegan los contratiempos, se descubre el verdadero talento de la persona. Uno se afirma en su identidad cuando logra rebasar la tormenta que amenaza su vida. Puede ser la ruina del trabajo con el que se ganaba el pan, una muerte muy sentida en la familia o algo todavía más íntimo. La fuerza de la tormenta pone a prueba lo que somos, y todo dependerá de dónde y cómo hayamos edificado nuestra existencia para resistir cualquier tempestad.

    Hacía tiempo que Santiago había desaparecido de mi vista. En muchos momentos lo recordaba, pero su presencia, antes tan frecuente, se había diluido como una gota de agua bajo el sol. Como si hubiese muerto, nada se sabía de él.
    Absorbido en estos pensamientos, Manuel no advirtió la llegada de su amigo Pedro.
 
    —Te noto distraído, ¿te pasa algo? —preguntó Pedro con mirada atenta.
  —¡Ah!, nada. Pensaba en la ausencia de un amigo. Hace meses que no lo veo. No sé qué le ha ocurrido.
    —¿Lo veías con frecuencia?
    —¡Sí, claro, todos los domingos! Y, a veces, entre semana. Pero ahora… se ha evaporado.
    —¿Crees que le habrá sucedido algo?
   —No, me hubiese enterado. Supongo que se desorientó con el último percance que sufrió, y su vida espiritual se ha ido desmoronando poco a poco.
    —¿Por qué llegas a esa conclusión? —replicó Pedro, algo confuso.
   —Porque llevaba una vida ordenada y asistía con frecuencia a la misa dominical. Ahora, de repente, ha desaparecido.
    —Pues sí —admitió Pedro—, tu sospecha tiene fundamento.
    —Eso me temo de mi amigo Santiago —continuó Manuel—. Está muy bien explicitado por Jesús en el Evangelio de Lc 6, 43-49:
“¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo?” Todo el que venga a mí, oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién se parece: es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca..."
 
   Y el Señor lo deja muy claro: quien escucha su Palabra y no la pone en práctica, es semejante al que edifica su casa sobre arena, sin cimientos; cuando llegan los torrentes, al instante se desploma y grande es su ruina.
    Y es que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Si nuestra vida la apoyamos en las cosas de este mundo, al llegar los contratiempos, se derrumba.

viernes, 12 de septiembre de 2025

GUÍA DE CIEGOS

Lc 6 39-42

    Estaba enfadado consigo mismo. No entendía cómo podía perder tan fácilmente el control: se disparaba, se encendía y, como un caballo desbocado, terminaba en el abismo. A pesar de sus intentos, las palabras le salían sin freno: insultos, reproches, juicios precipitados. 

    Resignado y cansado de sus fracasos, reconocía su pecado mientras apuraba un sorbo de café. Fernando era uno de esos amigos que, de vez en cuando, se acercaba a la tertulia donde solían encontrarse Pedro y Manuel.
 
   —¡Fernando! —lo saludaron al unísono Pedro y Manuel—. ¡Qué alegría verte por aquí!
 —Lo mismo digo —respondió Fernando—. No esperaba encontrarlos, pero me viene bien. Precisamente estaba pensando en mi mal carácter. Tengo fama de meter la pata, de criticar, de insultar… y al final todo acaba mal.
    —¿Qué te pasa? —preguntó Pedro, preocupado.
   —Lo de siempre: me fijo en los fallos de los demás y no quiero ver los míos. Voy dando lecciones como si todo lo supiera.
    —Eso nos ocurre a casi todos —intervino Manuel—. Lo importante es querer corregirse. Justo hoy el Evangelio (Lc 6, 39-42) nos habla de eso.
    —¿Y qué dice? —preguntó Fernando con cierto desespero.
   —Que antes de fijarte en la mota que tiene tu hermano en sus ojos, mira la viga que tienes en el tuyo.     —Pedro sonrió—. Da en el clavo, ¿no?
    —Tal cual —respondió Fernando, algo aliviado—. Pero, aun sabiendo esto, me avergüenzo.
   —Es normal —añadió Manuel—. Cuando reconocemos nuestros pecados, damos un paso de gigante. La vergüenza nos hace más humildes y nos recuerda que somos barro, iguales que los demás.
    Fernando asentía. Su rostro, aunque triste, empezaba a reflejar serenidad.
    —Me consuela escucharte, Manuel. Me levanta el ánimo.
   —En el Evangelio siempre encontramos luz —concluyó Manuel—. Esa luz nos anima a levantarnos y seguir caminando.
 
    Reconocer nuestros errores, nos baja del pedestal y nos coloca al lado de nuestros hermanos. Solo así podemos caminar juntos, buscando con sencillez los senderos del Reino que Jesús abre: caminos de humanidad, compasión y comprensión mutua.

jueves, 11 de septiembre de 2025

AMAR ES LA SOLUCIÓN

Lc 6, 27-38

    Lo había pensado en otras ocasiones: «la solución del mundo es el amor». Cuando somos capaces de amar, los problemas se desvanecen y nacen la paz y la concordia.

     La cara de Pedro reflejaba gozo y alegría, en coherencia con lo que pasaba por su mente. Pero reconocía lo duro que resulta amar a quien te hace daño. No encontraba fuerzas para vivir ese amor ni lo entendía del todo.

    Viendo llegar a Manuel, su inseparable amigo, decidió consultarle la cuestión.

    —Buenos días, amigo. Estaba pensando en lo difícil que es amar al que te hiere. ¿Te parece también duro?
    —Buenos días, Pedro. ¡Claro que sí! A todos nos cuesta. Pero ahí está la clave.
    —¿De qué clave hablas? —preguntó Pedro, sorprendido.
    —De la necesidad del Espíritu Santo. Sin Él, nunca podremos amar como nos ama nuestro Señor. Incluso a los que hacen el mal.
    Pedro frunció el ceño, sin comprender del todo.
    —Mira, a mí me pasa lo mismo. Parece que va contra nuestra naturaleza. Y, sin embargo, así nos ama Dios. Esa es nuestra salvación: un amor que no se rinde ante el mal.
    —Pero, ¿cómo puedo amar al que me hace daño? —dijo Pedro, con voz furiosa.
   —Con la fuerza que el Espíritu Santo te da. En el Evangelio de Lc 6, 27-38 lo dice Jesús: «A ustedes que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen…». Si Él lo pide, es porque, con Él, es posible.
    —Pero… —Intentó replicar Pedro.
   —No hay peros que valgan. Jesús no exige lo imposible. Claro que nos pide renunciar a nosotros mismos, pero ya nos había advertido que ese era el camino.
Pedro bajó la voz, resignado y convencido.
    —Es verdad. Amar así no es fácil.
   —No lo dudes, Pedro. Amar de este modo genera resistencias interiores, pero al vencerlas se abren los corazones y nacen comunidades nuevas. Solo el perdón y el amor pueden romper las espirales de violencia que amenazan la paz y la justicia del mundo.
 
La vida, para asemejarnos más al Padre, consiste en permitir que el amor invada cada rincón de nuestro ser. Un amor que no se limita a familiares y amigos, sino que alcanza a todos, incluso a quienes nos calumnian, maldicen u odian.