Mostrando entradas con la etiqueta dolor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dolor. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de septiembre de 2025

LA PRESENCIA DEL DOLOR

Jn 19, 25-27

 Una enfermedad, un accidente o cualquier obstáculo puede desencadenar una situación de dolor. Todos, de alguna manera, hemos vivido esa experiencia.

    A esa conclusión llegaba Pedro tras conocer la muerte de un querido amigo. Pensaba en el dolor de sus familiares, y sentía cierta nostalgia al saber que ya no volvería a encontrarse con él.

   —¿Qué piensas del dolor, Manuel?
  —Un tiempo de tristeza y amargura. Una experiencia —fuerte— que todos tendremos que vivir en algún momento de nuestra vida.
   —Y muchos —dijo Pedro, acongojado— no podrán superarla.
  —Sí, suele ocurrir. Sin embargo, las personas que tienen fe cuentan con otra manera de enfrentarse al dolor. Les sostiene la esperanza de la resurrección.
   —¿Lo crees así?
   —Es la experiencia que tengo al ver a muchas personas que conozco. Además, en Jn 19, 25-27, María, la Madre de Dios, permanece al lado de Jesús y nos enseña a acompañar a quienes sufren. La fortaleza se muestra hacia fuera para sostener, pero el dolor hiere por dentro. María expresa el amor incondicional de madre y la fidelidad plena de discípula.
   —Pero … el dolor —dijo Pedro con titubeo— sigue ahí, y por dentro te desgarra.
  —Es una situación difícil. Pero, detrás de ese dolor de cruz, se esconde la esperanza de la resurrección. Y eso fortalece.
    
   Bajo la cruz, María se convierte en madre de todos los creyentes; ella sigue acogiendo nuestras noches oscuras, nuestras heridas y sufrimientos. En ella encontramos esperanza los abatidos, los despreciados y los olvidados.

jueves, 4 de julio de 2024

EL DOLOR Y LA MUERTE ESTÁN VENCIDOS

Muchas veces hemos oído que la salud es lo más importante. Pedimos siempre tener salud porque sin salud, todo lo demás pierde su sentido. Y tras la perdida de la salud nos acecha la amenaza de la muerte. Ambas cosas, salud y muerte, son los estados más importantes que queremos solucionar en nuestra vida. Traduciéndolo en otras palabras: «Nos importa ser felices y eternos».

Sin embargo, ¿quién nos ha hablado de esa eternidad? No encontramos nada al respecto sino en la Palabra de Dios. Concretamente, en la 1ª lectura del domingo, leemos: (Sab 1,13-15; 2,23-24): Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo; y los de su partido pasarán por ella.

Nos deja claro que Dios nos ha creado para ser inmortales, y eso supone que el dolor y la muerte han sido vencidos. Hemos sido creados para vivir eternamente, por tanto, la salud, el dolor, la muerte no tienen la última palabra. Eso sí, tendremos que pasar por ellos, pero como camino de cruz para llegar a la resurrección. Jesús, el Señor, nos lo ha enseñado con su Camino, Verdad y Vida. Él nos marca los pasos hacia nuestro propio calvario, pero para, si creemos en Él, la Resurrección eterna.

Lo verdaderamente importante es la Misericordia de Dios. Ella es la que nos limpia, nos perdona y nos salva del dolor y la muerte. Por ella somos perdonados y recuperamos nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestras parálisis son curadas y volvemos a nacer de nuevo bajo la acción del Espíritu Santo.

Porque, quien tiene poder para perdonar nuestros pecados, ¿no tendrá poder para darnos la vida eterna? Así quedó demostrado en ese milagro de Jesús con el paralítico. Y así nos sucederá a nosotros cuando nuestras parálisis de este mundo nos impidan caminar. Nos espera la plenitud y vida eterna por la Gracia y Misericordia de Dios.

sábado, 4 de julio de 2020

UNA FORMA DIFERENTE DE VIVIR

Mateo 9, 14-17 | Evangelio del dia, Tiempo ordinario y Decir noEstar llamado a la felicidad no significa tener que sufrir o estar obligado a sufrir. Luego, ¿qué significa, toma tu cruz y sígueme? Significa que el seguimiento por amor está dispuesto, cuando así la vida lo exige, a soportar el dolor y el sufrimiento. Porque, no se nos puede esconder ni debemos obviar que la vida tiene momentos malos, enfermedades ,tragedias, errores y pecados, y eso nos exigirá soportarlos con paciencia y sufrimiento. Porque, eso es lo que significa amar y así, de esa manera nos amó y nos ama el Señor.

Y tampoco podemos ignorar que la naturaleza humana es débil y, tentada en sus más profundas pasiones pecaminosas, está amenazad y predispuesta a caer en el pecado. Y eso sólo lo podemos combatir con amor, tal y como nos enseñó e hizo Jesús. Por tanto, no podemos recurrir ni encerrarnos en la tradición y en la ley antigua que fundamenta su valor en la disciplina, en el ascetismo y los preceptos de la Torá. Posiblemente, quizás en esos tiempos se necesitaba actuar de esa manera. Los discípulos de Juan Bautista se conducían por el ayuno y sacrificios, pero Jesús nos anuncia otra forma de actuar y de vivir.

No se trata de renunciar al ayuno, sacrificio o privaciones, sino se trata de llevar todo al terreno de la moderación y del equilibrio. Pero, sobre todo pensando y en relación con los demás. Es decir, que tú no puedes comerte un filete de solomillo, por decirlo de alguna manera, cuando eres consciente que otro no tiene ni un poco de pan para comer. Eso cambia tu vida y tu manera de actuar y te exige desde el interior de tu corazón a actuar y cambiar el rumbo de tu vida.

Jesús nos llama a todos a la felicidad, una felicidad que la ganamos por y con el amor. Y un amor que se visualiza en tu relación con los demás. Sobre todo y de manera preferente con aquellos que carecen de lo necesario e imprescindible para vivir dignamente y con todos los derechos que la persona humana tiene por el simple hecho de ser hijos/as del mismo Padre.

martes, 12 de mayo de 2020

UNA PAZ QUE SE MANIFIESTA EN EL DOLOR

Cruz Catóilca — #EvangelioDelDía Evangelio según San Juan...
Jn 14,27-31a
La experiencia nos dice que el dolor está siempre presente. Lo hemos vivido en nuestras familias con nuestros padres, hermanos, familiares y amigos. Unas veces por dolor físico, otras veces será dolor moral o simplemente espiritual. Por una u otra causa el dolor siempre hace acto de presencia y, tarde o temprano lo hará con la muerte. Esa es la realidad de nuestra vida de la cual el dolor forma parte principal.

No obstante, el hombre busca, dentro de ese dolor, la paz. Pero, se equivoca si la paz que busca la apoya el la fuerza, en el poder, en la ciencia y esfuerzo por vencer la enfermedad, adulterar la moralidad o desligarse de lo espiritual. Y digo que se equivoca porque ahí no está la paz, y si la buscas donde no está, nunca la encontrarás. Jesús nos lo dice muy claro: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.

La paz que nos trae Jesús es una paz que se basa y se apoya en el amor. Es una paz que no busca vengarse sino reconciliarse, porque, la venganza engendra conflicto, guerra y enfrentamiento. Sin embargo, la reconciliación apoyada en la misericordia y el perdón sana y cura las heridas y siembra la verdadera y única paz. Una paz que vive en el amor misericordioso que da siempre la oportunidad de empezar y de crecer en la virtud de hacer el bien y de vivir en la verdad.

Esa es realmente la paz que, no sólo nos anuncia y da Jesús, sino que la vive y nos la manifiesta con sus obras y sus actos de misericordia y amor. El príncipe de este mundo - demonio - está vencido, pero nuestro Padre Dios ha querido que seamos libres para que podamos elegir por nosotros mismos. Y, si permanecemos alejados de Jesús, el demonio lo tendrá fácil con cada uno de nosotros. Ahora, junto a Jesús y abiertos al Espíritu Santo, seremos inaccesibles e invencibles para el demonio. El mundo no nos quitará la paz.