
Pero, la realidad es que sufrimos y, nos preguntamos. ¿Por qué sufrir teniendo a un PADRE que nos promete ser felices eternamente? Mejor, nos decimos, empezar a ser felices ya y no tener que pasar por este calvario de nuestra vida que, aunque nos la prometemos maravillosa, sabemos que llegaran momentos de angustia y sufrimiento.
En nuestro intento, a la luz del Evangelio, y con la asistencia del ESPÍRITU, experimentamos que el dolor es algo innato en nuestra vida. Nacemos con dolor y sufrimientos. Muchas veces angustiados y desesperados por los problemas que puedan presentarse, incluso a pesar de tantos adelantos, pero, decimos, un parto siempre es un parto. Nadie nos quita esos momentos de angustias y desesperos, al menos, sí no físicos, sí psíquicos.
Podemos concluir que, por el pecado, por nuestra rebeldía y soberbia, nuestra vida está sometida al dolor. Y tarde o temprano tendremos que afrontarlo. Eso lo asumimos y todos lo sabemos. Nada de eso se nos ha ocultado, pues en el Salmo 90 (89), 9-10 se nos dice:
como un suspiro gastamos nuestros años.
Vivimos setenta años,
ochenta con buena salud,
más son casi todos fatiga y vanidad,
pasan prestos y nosotros volamos.
A nosotros nos toca hacer lo mismo. Aceptar nuestra condición humana pecadora (pecado original) y asumir todo dolor y sufrimiento que la vida nos depare, para glorificados en, con y por ÉL, vencer la muerte. Todos tendremos eso momentos, como ocurrió con María, Nuestra Madre, y, como Ella, mirándonos en Ella encontraremos las fuerzas, por su intercesión, transformar nuestra agua en vino.
En el camino debemos prepararnos, esforzarnos para estar prevenidos y vigilantes y, como de un atleta se tratara, debemos exigirnos sacrificios y disciplina para fortalecernos y vencer en la lucha.





