miércoles, 10 de junio de 2015

JESÚS ES LA PLENITUD DE LA REVELACIÓN

(Mt 5,17-19)


El plan de Dios se revela por los profetas. Moisés recibe el encargo de liberar y transmitir la Ley de Dios. Él conduce al pueblo, liberado de Egipto, al desierto hasta alcanzar la tierra prometida. La Ley se transmite por la escritura y a ella se somete el pueblo de Dios.

Jesús es la plenitud de la Ley. Nada se quita, sino se perfecciona. El Espíritu de Dios alumbra y trae una nueva Ley: El Amor. Todo queda encerrado en el Amor. El amor a Dios sobre todas las cosas, y el amor al prójimo tal cual nos lo enseña Jesús. En ambas actitudes queda contenida toda la Ley y los profetas, y también perfeccionada.

Todo queda dirigido y perfeccionado en el amor. Porque si amas no harás daño, ni cometerás injusticias, ni engañarás a tu hermano, ni robarás o matarás. Y, por el contrario, actuarás de forma positiva respetando, colaborando, solidarizándote, compartiendo, ayudando y siendo paciente. Tendrás paciencia y tratarás de ser comprensivo, humilde y generoso. 

El gran paso que se había dado con "el ojo por ojo y diente por diente", limitando el deseo de venganza, es perfeccionado por Jesús con el amor sin limites y a los enemigos. En el amor,que Jesús vive y pone en práctica, todo se cumple y perfecciona. No manda sólo la Ley, sino que es el Espíritu arrastrado por el amor quien regula y lleva a cabo su cumplimiento. De tal forma que, la ley está para servir al hombre y serle útil para su bien y dignidad.

Así, no está hecho el hombre para servir a la ley los sábados, sino que es el sábado quien está al servicio del hombre junto a la ley. Jesús es la plenitud, la referencia y el principio y fin de toda ley, porque en Él todo se cumple y se da para la salvación del hombre. Está pues la ley para servir al hombre, y no al revés. Y es este Reino de Dios lo que Jesús viene a instaurar y revelar. No quita nada, sino que invita al cumplimiento pero desde el amor.

Así, es necesario e importante curar al hombre en sábado, a pesar de que el cumplimiento de la ley lo prohiba, que dejarlo enfermar y sufrir en defensa de la ley. Porque es el hombre, criatura de Dios, lo más importante, y para lo que Jesús, el Hijo de Dios, ha bajado desde el Cielo, para salvarlo. La ley queda por detrás y en función de su provecho y salvación.

martes, 9 de junio de 2015

EL VIRUS DEL CONTAGIO

(Mt 5,13-16)


Se nos avisa y previene contra el contagio, porque de tratarse de un virus maligno podemos quedar infectados y amenazados de muerte. El contagio es peligroso, pero también puede ser beneficioso y necesario. Cuando es beneficioso conviene infectarse de ese virus que nos invade de bondad, de verdad, de justicia, de paz y de amor.

La Verdad que Jesús nos proclama, es la Verdad que el mundo quiere y desea. Es la Verdad que todo hombre busca, y la Justicia a la que todo hombre aspira. Y esa Verdad, Jesús nos la ha enseñado para que nosotros también la contagiemos y la demos. Por y para eso nos ha enviado la Luz del Espíritu Santo. Tenemos el compromiso de transmitirla y llenar el mundo del perfume de esa Verdad.

Advertimos enseguida cuando una comida está sosa. Nos damos cuenta que no se le ha puesto sal, y se le ha echado poca. Gustarla demanda rociarla con la sal que necesita. Ni más, pero tampoco menos, porque en un caso quedaría desalada, y en otro demasiado. El buen gusto necesita la medida suficiente. Y en ese sentido, nos vale el ejemplo, Jesús nos compara con la sal de la tierra. Debemos trabajar y esforzarnos para tener el mismo efecto que la sal, y salar de Evangelio todos los rincones por donde pasamos y vivimos.

De la misma forma, Jesús nos habla de la luz. Si la luz de nuestra vida no emerge y se queda debajo de la mesa, sus posibilidades de alumbrar serán pocas. Necesita ponerse encima de la mesa y en el lugar más apropiado para que su reflejo ilumine y llegue lo más lejos posible. La luz está para iluminar, y si no lo hace su misión y sentido queda inutilizado. Tenemos que ser también luz, luces con patas que iluminen todos los rincones por donde pasan.

De no ser sal ni luz, nuestra vida no transparenta ni refleja la vida y las enseñanzas de Jesús. Porque ser sal y luz no es sino vivir en la Palabra del Señor. Vivir, que exige oración y Eucaristía, pero sobre todo amor. Amor que se nota en las relaciones con los demás, en el trato, respeto, atención, verdad, justicia, generosidad, comprensión, humildad, servicio... 

Todas esas actitudes serán puñados de sales y luces que salarán e iluminarán la vida de todos aquellos que entren en tu vida. Bendice Señor todos los actos de mi vida, de tal forma que todos aquellos que se acerquen a mí noten tu presencia y no la mía.

lunes, 8 de junio de 2015

¿DÓNDE BUSCAMOS LA FELICIDAD?

(Mt 5,1-12)


No hay duda que el hombre busca la felicidad. Todos sus movimientos están dirigidos en esa dirección. La felicidad está escrita en su corazón, y dejaría de ser hombre si no la buscase. Jesús, que nos conoce muy bien, nos propone un plan de felicidad. Un plan que va en camino diferente al que se propone el hombre.

Porque mientras el hombre busca la felicidad en las cosas de este mundo, Jesús le propone buscarla renunciando a este mundo y entregándose a servir a los que lo pasan mal y sufren. Es decir, a los pobres, marginados y excluidos. Por eso, viendo el gentío que le rodeaba y esperaba que hablara, subió a la montaña, se sentó y empezó a enseñarles. 

Conocemos ese sermón como el sermón de la montaña o Bienaventuranzas. Son máximas que nos señalan el camino a tomar para descubrir la verdadera felicidad. Sin lugar a dudas que nos sorprende, porque da la sensación que tenemos que sufrir para ser bienaventurados. Al parecer seremos bienaventurados si lloramos, si padecemos hambre y sed de justicia, si somos misericordiosos, si trabajamos por la paz, si somos perseguidos, injuriados, insultados y padecemos toda clase de mal. 

En el fondo todo se reduce a amar, y ahí está el secreto, porque cuando amas nunca puedes ser infeliz, a pesar de los sufrimientos y males que padezcan. Todos tenemos experiencia de eso. Los padres y madres saben mucho de renuncias, de esfuerzos y sacrificios por y para que sus hijos sean felices y tenga lo suficiente para vivir holgadamente. Y no le señalan un camino de rosa, sino de esfuerzos, renuncias y trabajos con los que prepararse para la vida que les espera.

¿Cómo nuestro Padre del Cielo no nos va a indicar el verdadero camino por el cual debemos conducirnos para alcanzar esa felicidad que anhelamos y perseguimos. Porque la felicidad no se esconde por el camino fácil y cómodo, sino por el del sacrificio, la renuncia, el esfuerzo y trabajo hacia los demás. En el desprendimiento y la generosidad, aunque nos parezca que perdamos, ganamos.

La vida se gana por amor. Amor que se da y que se entrega gratuitamente y sin condiciones, pues de no ser así no sería amor. Y la felicidad no nace del tener, poder y poseer, sino del verdadero amor que no necesita nada sino simplemente amar.

domingo, 7 de junio de 2015

JESÚS SE NOS DA EN ESPÍRITU BAJO LAS ESPECIE DE PAN Y VINO

(Mc 14,12-16.22-26)


La liberación de la esclavitu consiste en la victoriosa salida de Egipto. El pueblo judio es liberado de la esclavitud a la que está sometido en Egipto, y esta liberación es festejada para conmemorar la historia de la salvación. 

Ahora, es Cristo quien nos libera de la esclavitud del pecado. Un pecado que nos somete y nos esclaviza. Un pecado que enfrenta a los hombres hambrientos de poder, de riquezas, de prestigios. Un pecado que sacia el orgullo y la soberbia del hombre suficiente que rechaza los mandatos de Dios y aspira a igualarse a Él. Un pecado que desata envidias, luchas, odios y venganza que genera pobreza y muerte.

Nuestro Señor se hace víctima propiciatoria en la Eucaristía. Víctima inmolada cuyo Cuerpo y Sangre es ofrecido para la redención de todos los hombres. La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del Cuerpo Inmolado de Cristo y de su Sangre derramada por todos nosotros. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es el alimento que nos sostiene y que nos fortalece para vivir la vivencia del amor. En la parábola del samaritano se nos descubre la actitud del creyente. No es lo primero el precepto o cumplimiento, sino el amor. El amor al Padre y el amor a los hombres. Ambos van unidos, de forma que no amas a Dios si no amas al hombre. Y no puedes amar al hombre si no estás injertado y unido al amor de Dios.

Jesús se parte para repartirse. Cada Eucaristía es la fracción del pan a la que están invitados todos los hombres. El Pan que alimenta y que se hace comida para todos los hombres. Comida de amor y de fraternidad. Porque la fiesta del Corpus es fundamentalmente la fiesta de la Caridad. Un Cuerpo de Cristo que nos reparte salvación y nos invita a hacer nosotros lo mismo. 

De tal forma que solo nos identificamos con el Señor en la medida que nos identificamos con cada hombre y le amamos repartiendo con ellos todo lo recibido del Padre que nos une y que nos hace hermanos.

sábado, 6 de junio de 2015

DAR Y COMPARTIR

(Mc 12,38-44)


El amor exige compartir, pero no aquello que te sobre o, quizás te estorba, sino de lo que tienes y te sirves para tu propia vida. No tiene nada de gracia dar, aún siendo mucho, de lo que vas sobrado. Lo significativo es dar de lo que tú utilizas y hasta necesitas.

Compartir significa que partes lo tuyo con otros, repartiéndolo a parte iguales. Es decir, no escogiendo lo mejor para ti y dejando para otros lo que tú desechas. Compartir significa abajarte y ponerte al mismo nivel que el que necesita ayuda. Compartir es comprometerte hasta el punto de dar tu vida por fidelidad y amor.

En estos momentos, Asia Bibi comparte su vida con nosotros, y lo hace desde la fidelidad a Jesús. Comparte su fe que le compromete, y al campartirla se y nos fortalece. El Espíritu de Dios le y nos conforta. Unamos en oración y, a través de los que le están ayudando, para solidarizarnos con ella. 

Asia Bibi lleva cinco años encarcelada en condiciones inhumanas por no negar su fe en nuestro Señor Jesús, hasta el punto de estar debilitándose y enfermando de muerte. Ha dado su familia, su marido, sus hijos y está a punto de dar su vida. No le queda más que quedar.

No se trata de dar las migajas que se caen de tu mesa, sino repartir y compartir la mesa que está servida. Así hizo Jesús, y así nos lo propone a nosotros. Y nos lo dice y ofrece porque sabe que esa experiencia nos daría la felicidad que andamos buscando. 

No por tener y por guardar egoístamente seremos felices, sino por darnos y compartir todo lo que hemos recibido. Esa es la propuesta de Jesús, que a diferencia de la del mundo nos da el gozo y plenitud de Vida Eterna.

El Señor nos llama a tener un corazón despegado, solícito a estar disponible y entregado a solidarizarse con las personas más pobres, excluidas y necesitadas de lo necesario para tener una vida digna.

viernes, 5 de junio de 2015

ACEPTAR LA VERDAD DEPENDE MUCHAS VECES DE NUESTROS PROPIOS INTERESE

(Mc 12,35-37)


Cuesta aceptar la divinidad de Jesús, y cuesta porque de aceptarla nos obligaría a cambiar toda mi vida. Y se hace duro reconocerte pecador y limpiar tus pecados. Es volver a nacer de nuevo, como ya nos diría Jesús en otra ocasión, y eso de empezar se hace duro, sobre todo cuando tienes tus intereses, estás acomodado y te lo pasas bien.

El problema es más serio de lo que parece y Jesús empieza a dar señales de que es el Hijo de Dios. Su autoridad y con la claridad que dice las cosas entusiasma y gusta a la gente, sobre todo a los excluidos, pobres y marginados. Todo hombre de buen gusto empieza a admirar a Jesús. Tiene algo diferente que cautiva y que llega al corazón. 

Escribas, fariseos y sumos sacerdotes advierten que el tinglado que ellos tienen armado se les cae abajo. Sospechan que Jesús es diferente y hasta descubren que puede ser el Hijo de Dios, pero les cuesta aceptarlo. Recordemos lo de aquel joven rico y como se vino atrás en el instante que advirtió la exigencia de dejar sus riquezas en segundo plano. ¿No nos ocurre a nosotros algo parecido? El compromiso y la renuncia nos mantienen a raya y no damos el do de pecho en muchos momentos.

Buscando la manera de justificar sus actitudes y confundir a la gente tratan de interpretar la escritura desde el interés y la conveniencia. Jesús no puede ser el Hijo de Dios, porque es hijo de David. Igual ocurre a los que todavía defiende que Jesús tiene hermanos. Confunden las escrituras e interpretan la costumbre de considerar a los parientes hermanos barriendo para casa y en favor de sus intereses.

Una vez más, la sabiduría de Jesús les deja en ridículo al poner de manifiesto las mismas palabras de David en el salmo 110, donde, inspirado por el Espíritu Santo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo? 

Pero nada ha cambiado. Hoy sigue todo igual, y muchos abandonan la Iglesia católica para abrazar sectas o religiones que, por el afán de protagonismo tergiversan e interpretan las escrituras como mejor les parece. 

La verdad es sólo una, y en ella está contenido el amor. Cuando realmente se ama se busca el bien de los demás y todo lo restante para a un segundo plano. Sólo interesa el bien común y no quién es este o el otro. 

Jesús es el Hijo de Dios, porque incluso antepone su fama y poder al bien de todos los hombres. Tanto es así que se ha rebajado tomando naturaleza humana y entregado su Vida a una muerte de Cruz para salvación de los hombres.

jueves, 4 de junio de 2015

TÚ, SEÑOR, ERES LO PRIMERO

(Mc 12,28-34)


Sin lugar a dudas que el Señor, nuestro Dios Padre, es lo primero. Él es el único Señor, y a Él debemos amar con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y todo nuestro ser. Porque sin su amor poco seremos y no podremos amar al prójimo, nuestro segundo mandamiento. Ambos son los primeros y mayores mandamientos y en los que están contenidos todos los demás.

Sería absurdo amar a Dios y olvidarse del prójimo. Y también lo contrario, amar al prójimo sin tener en cuenta a Dios. El uno, el primero sobre el amor a Dios es imprescindible para cumplir el segundo. Y sin el segundo es imposible demostrarle a Dios que le amamos. Porque el amor a Dios consiste en demostrárselo en el prójimo. Es decir, la única manera de decirle a Dios que le queremos es amando al prójimo. Y ahora nos emerge una nueva pregunta: ¿Cómo amar al prójimo? Porque hay prójimos que nos resulta imposible amarlos. Esa es la cuestión, que tengo que decirle a Dios que le amo, pero la única forma de besar el rostro del Señor es besando el del prójimo.

Jesús es la Referencia. Él es el modelo en el que tenemos que medirnos y fijarnos. Hay que intimar con Él para saber sus secretos de amar. Y no sólo intimar, sino dejarse llevar por su Palabra y sus consejos. Él nos ha dejado un compañero experto, sin error y perfecto en el arte de guiarnos y darnos las oportunas enseñanzas y tácticas para amar: El Espíritu Santo. En Él podemos encontrar todo lo necesario para imitar a Jesús y alcanzar la capacidad de amar como Él.

Asistidos en Él encontraremos respuestas a cada situación que la vida nos depara. Al mismo tiempo nacerá una amistad íntima de colaboración donde nosotros aportamos nuestra libertad y obediencia, y Él, el Espíritu, nos ilumina, nos infunde luz, sabiduría, valor, entendimiento y capacidad para discernir el camino que tenemos que tomar a cada instante. Claro, esto supone íntimo contacto en la oración, en ir en íntima colaboración durante todo el tiempo de nuestro camino.

Y, sobre todo, en una frecuente comunión Eucarística con el Cuerpo y la Sangre de Jesús: Nuestra fortaleza y nuestro alimento.