martes, 16 de agosto de 2016

UN DIOS LLAMADO RIQUEZA

Mt 19,23-30)

Hace unos momentos, precisamente cuando iba a la Eucaristía, observé a una persona, aproximadamente de unos ochenta y más años, junto a la ventanilla de la once. No cabe duda suponer que trataba de adquirir algún número para el sorteo millonario de este día. La atención a este hecho no es otra que la relación con el Evangelio de hoy. Dios y las riquezas.

Muchas personas, independientes de la edad, tienen el corazón ocupado por un dios diferente al Dios que nos llama y nos ofrece la salvación en su Hijo Jesús. Un dios que ofrece riquezas y desplaza al Dios verdadero que nos ama. Un corazón tomado casi al completo para el dios riqueza y apenas un pequeño rincón para el Dios del amor. Es triste e incomprensible, pero es la penosa realidad.

Porque ese dios riqueza es un dios engañoso, falso y caduco. La riqueza no garantiza la vida, ni tampoco la felicidad. No por tener mucho dinero, bienes y poder puedes aumentar un milímetro el tamaño de tu pelo, ni tampoco alargar un segundo tu vida. Todo lo que ofrece ese dios riqueza está llamado a terminar. Y un dios que tiene sus días contados es un dios que no vale ni merece la pena.

Me quedé pensativo y reflexivo ante estas actitudes de personas que, incluso en las postrimerías de sus vidas, cuando no tienen tiempo de disfrutar si quiera de la riqueza, siguen sometidos y ambicionándolas. Y es que una vez cogido y esclavizado no te liberas fácilmente. El tiempo es oro y el alejarse de la Verdad oscurece tu vida de tal forma que, despejarla y limpiarla para ver la salida se hace arduamente difícil. Y con el tiempo el corazón se endurece y oscurece más.

La consecuencia es que no se puede tener dos dioses, porque uno será falso y otro verdadero. Sólo un Dios es verdadero, y eso está claro: El Dios de la Eternidad, que nos ha revelado nuestro Señor Jesucristo, y que Él mismo con su Vida, entregada voluntariamente en una muerte de Cruz, ha dejado patente y claro que nos ama hasta la muerte, y que se ha dado para nuestra salvación. Una salvación eterna, que no acaba y que está llena de plenitud y gozo. 

lunes, 15 de agosto de 2016

TÚ TAMBIÉN ESTÁS LLAMADO AL CIELO



La Asunción de María a los Cielos marca un tiempo de esperanza y de resurrección. Ella, elegida Madre del Mesías prometido, ha sabido en todo momento responder a la Voluntad del Padre disponiéndose y entregada a cumplir lo indicado. Ella, en comunión con el Espíritu Santo, ha seguido las indicaciones, junto a José, el esposo elegido como padre adoptivo de Jesús, que el Espíritu les iba marcando.

Ellos, con el Niño, han huido a Egipto; ellos, respetando todos los tiempos del crecimiento de Jesús, guardaban todas esas cosas que les sucedían en sus corazones. También, tú y yo, como María, hemos sido elegidos para una misión: También, tú y yo, tenemos un camino que recorrer  y una misión, de acuerdo con la Voluntad de Dios, que cumplir. También, tú y yo, no entendemos muchos momentos de nuestra vida y se nos nubla el horizonte de nuestro camino. ¿Qué hacer?

Quizás, Jesús, se esconda para dejarnos en el camino con su Madre. Ella sabe guardarlo, sostenerlo y recorrerlo. Ella sabe de la presencia constante de su Hijo y de cómo pedirle que nos sostenga en su fe. Ella nos enseña a vivir en silencio, a ser dócil y a escuchar la voz del Espíritu que nos guia. Ella es reducto de pecadores y desamparados perdidos en el camino de la vida y desorientados sin saber a dónde acudir. Ella es la Madre. La Madre ascendida al Cielo que espera a sus hijos. A todos esos hijos, que su verdadero Hijo, les dio desde la Cruz en los últimos instantes de su vida.

Pidamos, por intercesión de la Virgen, Madre de Dios, que desde el Cielo, ruegue por nosotros para que, como Ella, sepamos encontrar el verdadero camino para llegar, injertados en su Hijo, Jesús, al Cielo junto a Ella.

domingo, 14 de agosto de 2016

EL BIEN Y EL MAL

(Lc 12,49-53)

El mundo es una mezcla del bien, pero también del mal. El pecado está presente en nuestra vida y nos tienta constantemente para que sepultemos la verdad. ¡Y claro!, la verdad molesta y es atacada siempre por el mal. Así hicieron con Jesús cuando defendió la justicia y la verdad, sobre todo en aquellos que la padecían y sufrían con las injusticias y mentiras de otros.

Por eso, seguir a Jesús será siempre una arriesgada situación. Y hoy, observamos que en nuestro mundo están muriendo cada día muchos creyentes por mantenerse fieles a su fe y por defender la verdad. Tanto es así que, en el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por una terrible prueba ¡y cómo he de sufrir hasta que haya terminado! ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división». 

Y es que en todas partes hay gente que esconde la verdad, mira para otro lado y sigue la corriente de este mundo que vive su propio egoísmo, su mentira y su injusticia. Y así andan las cosas: hambre, abortos, injusticias, acosos, malos tratos, corrupción, persecuciones y mentiras. Por eso, levantar la voz, denunciar las mentiras y, desde la paz y el amor, exigir vivir en la verdad y la justicia conlleva persecuciones y riesgos que ponen en peligro tu vida.

Seguir a Jesús es caminar contra corriente. Eso es lo primero que un cristiano tiene que saber. Por si acaso, Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, nos lo dice y nos lo deja claro. Pero también, no nos deja solos. Se ofrece a acompañarnos, a estar con nosotros en la lucha de cada día y a, en el Espíritu Santo, asistirnos, defendernos, fortalecernos y sostenernos firmes en la fe hasta su regreso para, en Él, gozar eternamente para siempre.

sábado, 13 de agosto de 2016

UN CORAZÓN DE NIÑO

(Mt 19,13-15)

La pureza es signo de limpieza, de inocencia y de buena intención. Un corazón puro es un corazón limpio que vive en la verdad y la justicia. Así son los corazones de los niños ingenuos, inocentes, sin malas ni segundas intenciones. Todo transparencia, sin hipocresías ni falsedades.

Son corazones nuevos, dóciles, limpios de toda impureza y entregados a ser moldeados como si de un alfarero se tratara. Un corazón de niño está fuera de toda responsabilidad y, lleno de inocencia, está preparado y dispuesto para se moldeado en la Voluntad de Dios. Parecernos a ellos es alcanzar el Reino de los Cielo, porque, Jesús, en el Evangelio de hoy nos lo dice: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos».

Y esa es la lucha interior de nuestro camino: "Transformarnos y convertir nuestro contaminado corazón, enfermo, viejo y herido, en un corazón parecido al de un niño, que, por la Gracia de Dios, sea convertido en un corazón nuevo según la Voluntad de Dios. 

Y para eso necesitamos ser dócil y sencillo. Humilde y dispuestos a dejarnos moldear como vasija de barro en manos del alfarero. Pidamos al Señor esa Gracia y abramos nuestro corazón con humildad y sencillez.

viernes, 12 de agosto de 2016

EL MATRIMONIO, UNA VOCACIÓN

(Mt 19,3-12)

Normalmente no se entiende el matrimonio y la familia como una vocación. Normalmente se va al matrimonio impulsado por el deseo sexual y no por el deseo vocacional de responder a la formación de una familia. La prueba de que eso sucede hoy es la baja natalidad en los matrimonios de hoy. Todo se pospone a la idea de la buena vida, del gozo y placer.

Y los hijos son un obstáculo y una lata. Se construyen las familias sobre arena y no sobre roca. No es extraño que suceda lo que vemos. Las familias, apoyadas en el sexo y comodidad, arena movediza, se derrumban a la menor tempestad. Y se buscan otras parejas, otras fuentes de gozo y placer. Placer efímero y de poco tiempo, porque el sexo se gasta. No es un amor puro, sino placentero y egoísta que se gasta pronto y termina.

Lo que nunca termina es el amor ágape, el amor que se entrega, que se da y que su gozo nace del servicio y de buscar el bien de la persona amada. Y de la familia, los frutos de su amor. Y desde ahí, lo lógico es permanecer en ese amor y no repudiarlo. Porque eso es lo que nos dice el sentido común, no el sentido egoísta. Los hijos padecen y sufren ese egoísmo de sus padres. Porque no consiste en llevarse bien, sino en convivir bien reflejando esa entrega, ese servirnos y amarnos.

Se trata de que los hijos encuentre en sus padres la orientación, los valores, el respeto, la fidelidad y todas aquellas actitudes que dignifican al hombre y lo hacen más perfecto, mejor y más hijo de Dios. No cabe duda que el mundo sería mejor, porque el mundo lo componen familias. Ese debería ser la primer medida y la primera regla de los gobiernos:  Una educación dirigida, basada y apoyada en las familias, porque son ellas las que construyen y edifican los pueblos, las ciudades y las naciones.

No olvidemos ni miremos para otro lado. Tu separación y la mía es consecuencia de nuestro egoísmo y satisfacciones placenteras. Nunca del sentido común ni del derecho a la verdad y la justicia. Son simples auto engaños que queremos justificarlos distorsionando la realidad y la verdad.

jueves, 11 de agosto de 2016

LA CRUZ DEL PERDÓN

(Mt 18,21—19,1)

Podemos decir que los cristianos creyentes y comprometidos estamos en desventaja. En desventaja porque, a pesar de todo lo que nos perjudiquen los otros, estamos en actitud de perdonarles. No lo hacemos por obligación, sino por amor, correspondiendo así al Amor que Dios tiene para con nosotros. De tal forma que esa cruz que perdona la tenemos que cargar cada día.

No podemos, o mejor, no debemos responder con venganza ni con odio ni represalias a aquellos que nos han ofendido y perjudicado. Nuestra arma de ataque siempre ha de ser el amor. Y aunque a simple vista parece débil y frágil, es el arma más poderosa con la que se ganan las batallas y guerras más grandes. Eso no impide que podamos enfadarnos y hasta enérgicamente defendernos, pero siempre dominando nuestros impulsos violentos. La verdad y la justicia van de la mano y, en lugar de quedarnos quieto, siempre debemos esforzarnos en defenderlas. Pero nunca con la violencia y la venganza.

El Evangelio de hoy nos enseña la necesidad de perdonar siempre, porque el perdón es el nexo del amor. Y sin perdón tampoco hay amor. Jesús nos describe la semejanza del Reino de los Cielos con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos (Mt 18,21—19,1). En esa enseñanza descubrimos como nos perdona nuestro Padre Dios, pero también como debemos nosotros corresponder a ese perdón con relación a los demás, porque de esa forma seremos también nosotros tratados y perdonados. 

No podemos esconder que el perdón representa una cruz. Una cruz difícil de cargar y de superar. Pero, tampoco es menos cierto, que, injertados en el Espíritu Santo, podemos superar esas dificultades y vivir la experiencia del perdón. Nuestra vida es un constante perdón por parte de nuestro Padre Dios, y, así como somos perdonados, también nosotros debemos perdonar. Y para ello necesitamos la Gracia del Espíritu Santo que nos acompaña y fortalece.

miércoles, 10 de agosto de 2016

EL MILAGRO DEL JARDÍN

(Jn 12,24-26)

No sé cuando ni cómo, ni nunca había pensado eso, pero desde finales del año pasado, quizás por la causalidad de la presencia del Espíritu me he visto inmerso en cuidar un poco mi jardín. Nunca lo había hecho ni creo tampoco tener condiciones. Además, me duele la espalda...jajaja. Precisamente hoy estoy haciendo una neurofisiología para ver sus consecuencias y estado. Quizás no me dejen agacharme.

Pero cuento esto porque en el jardín la vida florece de forma sencilla y milagrosa. Se planta un ramita y tras un poco de agua, en pocos días, florece. ¡Qué maravilla! La semilla da frutos, y para eso tiene primero que hundirse en la tierra, y, regada, se transforma entregando su vida para dar paso a la flor y a la vida hermosa. Todo eso me hace pensar a la hora de escribir esta reflexión. Morir para dar vida.

Eso fue lo que hizo Jesú, el Señor. Entregó su Vida para que nosotros no la perdiéramos. Porque heridos por el pecado original nuestra condenación era segura. Más, por la Misericordia de Dios, el Hijo, enviado al mundo, entregó su Vida para que la nuestra siguiera viviendo. Y con la oportunidad de Vivir para Siempre. Ese fue su trato, su condición: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna ( Jn 3, 16 ).

Y tú, también yo, necesitamos morir para vivir. Porque nuestra vida está llamada a la Vida. Sí, a la Vida con mayúscula. Creados para Vivir en el Amor. En el Amor del Señor. No hay otro destino, porque ese es precisamente nuestro destino: "Vida Eterna en el Amor y el Gozo Pleno. Vida Eterna junto a Dios".

Y morir tiene un sólo significado. Jesús lo dejó muy claro, pero que muy claro: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».