sábado, 8 de diciembre de 2018

MARÍA, LA INMACULADA

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Estaba ya profetizado por el profeta Isaías: Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel - Is 7, 14 - y en su momento oportuno se ha cumplido. ¿Acaso no es esto un milagro, o es que Isaías era un vidente que se adelantaba a muchos siglos a este acontecimiento? ¿No es esta profecía y luego el acontecimiento que lo verifica y lo hace realidad lo suficientemente testimonial que prueba lo profetizado? ¿Acaso lo que quieren pruebas no les basta ésta?

María es la elegida para tan alta misión y le responde afirmativamente a Dios. María no le falla a Dios y corresponde con su Sí decidido y entregado a su llamada. Acepta su misión y deja todo. Tenía su proyecto, quizás como todos, y lo deja por atender a lo que Dios le pide. Posiblemente le temblaron las manos por lo que le hacía a José, su futuro esposo, pero decidió seguir el Plan de Dios.

Lo deja todo y sigue la Voluntad de Dios. Responde a su llamada, que no está exenta de dificultades y riesgos. Rompe, aparentemente, en principio, su compromiso con el bueno de José, y se pone en boca de sus familiares, su entorno y todo el pueblo que conocían su compromiso de desposada. Y no tiene mucha defensa, pues de explicar su llamada la tomarían por loca, el primero José. Y es que los planes de Dios no los entienden los hombres.

Ahora, llegado a este punto tratemos de volver la mirada hacia nuestro interior. ¿Tengo yo algún proyecto? ¿Estoy acomodado, instalado en él y en mi vida? ¿Estoy disponible, receptivo y atento a escuchar la llamada de Dios? ¿Experimento su presencia en el camino de mi vida? Dar respuesta a estos posibles interrogantes con serenidad y a la luz del Espíritu Santo nos puede ayudar a vernos por dentro, a pararnos y reflexionar sobre nuestro camino y la medida de nuestra fe.

 María, la Virgen y Madre de Dios, nos puede servir de modelo y orientación para motivarnos y responder también nosotros a la llamada del Señor. Sin lugar a duda que nos habla, pues somos sus criaturas y, por nuestro bautismo hemos quedado configurados por el Espíritu Santo en sacerdote, profeta y rey, y tenemos una misión que realizar y discernir cómo llevarla a cabo. No será nada que no podamos realizar, porque Dios, nuestro Padre Bueno,  no nos pedirá más de lo que nos ha dado y podamos hacer.

viernes, 7 de diciembre de 2018

CUANDO CAMINAS Y BUSCAS DESCUBRES TU FE

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Mt 9, 27-31
La fe es el fundamento de nuestras obras y nuestra relación con el Señor. Cuando se tiene fe se camina, se le sigue y se vive de acuerdo con su Palabra. Ahora, ¿dónde se puede adquirir la fe? ¿Se puede comprar? ¿Se puede aprender, habituarnos a ella, entrenarse en ella? Nada de eso, la fe es un don de Dios y sólo Él puede dárnosla. Eso sí, hay que pedirla e insistir; hay que dar pruebas de que realmente la queremos y hay que ser perseverante y paciente en pedirla con insistencia.

Aquellos dos ciegos lo hicieron y le demostraron a Jesús que confiaban en Él y que creían que Él podía curarles. Y eso fue lo que sucedió, quedaron curados. Ahora, ¿podemos preguntarnos nosotros lo mismo? ¿Tenemos la fe suficiente para pedirle al Señor que veamos? Aquellos dos ciegos ya veían con los ojos de la fe. Sus corazones ardían en confianza de que el Señor podía curarles y, no sólo vieron con los ojos de la fe, sino también con los de la vista natural.


Muchas veces nos ocurre eso, perdemos la fe en el Señor porque las cosas no van como queremos, o porque lo que pedimos quizás no nos conviene. Nos falta confianza en que lo que nos ocurre es lo mejor. Quizás no lo comprendemos, pero aceptar nuestro camino, sobre todo el malo, nos enseña a descubrir al Señor y a experimentar la necesidad de acercarnos y pedirle que nos salve. En los momentos de bonanza nos cuesta más y fácilmente nos olvidamos de Él. Son los momentos de sufrimientos los que nos acercan a descubrir la presencia del Señor. Él siempre está pendiente de nosotros. Abramos los ojos de la fe y confiemos en Él.

jueves, 6 de diciembre de 2018

FE Y PIEDAD

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La una fortalece a la otra, pero se necesita orar para tener fe, hasta el punto que no hay cristiano o creyente sin rezar. La oración es totalmente necesaria porque es el vehículo con el conectamos y hablamos con Dios. Sin embargo, una oración desencarnada de la vida se queda en nada y pierde todo su sentido. Porque, la oración fortalece nuestra fe y la fe nos pone en Manos de Dios para hacer su Voluntad.

Y, ¿cuál es la Voluntad de Dios? Diríamos que amar como Él nos ha amado y nos ama cada día. Amar hasta el compromiso de dar la vida por anunciar a los hombres la necesidad que tienen de conocer al Señor y de ser felices. Por eso, nuestra fe debe estar apoyada en esa Roca que es nuestro Señor Jesús, que da sentido a toda nuestra vida y nos fortalece para superar todos los obstáculos que la vida nos presenta.

Creer en el Señor es dejarnos ir según su Voluntad y tener plena confianza que Él está con nosotros y nos dará lo que más nos conviene. Y, es verdad, lo experimentamos incluso en el sufrimiento y la necesidad. Sin lugar a dudas tenemos que sentirnos necesitados de su presencia, porque de no ser así nos olvidamos y hasta nos alejamos de Él. Por eso, el sufrimiento y la necesidad tienen mucho sentido para la vida del cristiano. Son los pilares que nos acercan a Él y nos sostienen en su presencia.

Es posible que nuestra vida tenga muchas tempestades, tormentas, inundaciones y terremotos, pero edificada en el Señor no hay ningún peligro, porque Él es la Roca que nos sostiene y nos salva. La prueba de nuestra fe es creer esto y experimentar que sólo Él basta. Y cuando nos adentramos en este pensamiento, seguro que dudamos, lo digo primero por mí y descubrimos que nuestra fe no está del todo apoyada en Él.

Por eso, necesitamos rezar y pedirle: Señor, aumenta nuestra fe hasta el punto de poner toda nuestra vida en tus Manos. La oración es ese cordón umbilical que nos adhiere a Él y nos fortalece.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

¿TENGO YO COMPASIÓN DE LOS QUE SUFREN?


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Mt 15,29-3
Muchas, por no decir todas, iban detrás de Jesús por lo que les podía favorecer el seguirle. Llevaban a todos aquellos enfermos: lisiados, tullidos, sordomudos, ciegos...etc, para ser curados. Y Jesús compadecido de toda aquella gente los curaba. Se descubren que les siguen por esos beneficios y no advierten el anuncio de salvación y de vida eterna.

Igual nos puede pasar a nosotros, perseguimos beneficios y de no ser así nos alejamos de su presencia. Sé de muchos que le han retirado la amistad al Señor porque sus problemas no le han sido resueltos como ellos han pedido. Y, verdaderamente, nos cuesta aceptar su Voluntad cuando la nuestra piensa de otra manera y cree que la solución es tal y como Él la piensa.

Quizás esas son las pruebas que pueden descubrir nuestra fe y que, aunque lo ignoremos y no las veamos, nos son necesaria para poner toda nuestra confianza en las Manos de nuestro Padre Dios. ¿No recordamos las rabietas y enfados que cogíamos de pequeño cuando nuestros padres no nos permitían nuestros gustos? ¿No recordamos cuando nos prohibían jugar más de la hora señalada o de regresar a casa a tal hora? ¿Y todas las cosas que nos prohibían a pesar de nuestros enfados porque entendían que nos perjudicaba?

Sin lugar a duda, hoy, después de que hemos madurado comprendemos cuánto nos querían y cuanto se sacrificaron por nosotros. Hoy comprendemos que todo aquellos que nos exigieron y prohibieron fue por nuestro bien. Pues, si eso lo entendemos, también entenderemos a su debido tiempo lo que Dios, nuestro Padre Infalible, hace por cada uno de nosotros. Dios nos ama más que nuestros padres. El Amor de nuestro Padre Dios es Infinito y no se puede comparar con el de nuestros padres. 

Por tanto, todo lo que nos pueda pasar está mirado y en presencia del cuidado y amor de nuestro Padre Dios y no permitirá que sea para perjudicarnos. Dios mirará siempre por nuestro bien y nos dará lo que necesitemos para llegar a Él. Dios es un Padre compasivo y misericordioso y se preocupa, nos cuida y se compadece de nuestras debilidades y flaquezas.

martes, 4 de diciembre de 2018

HUMILDAD Y AGRADECIMIENTO

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Lc 10,21-24
Cuando alcanzamos alguna meta nos orgullecemos de nuestro esfuerzo y nuestro éxito, pero quizás olvidamos de dar gracias a quien nos ha dotado de esa capacidad y talentos para conseguir ese éxito del que nos sentimos orgulloso y muy contento. Es lo que hace Jesús hoy cuando de forma espontánea dar gracias al Padre por todo lo que ha recibido y por la alegría de sus discípulos: 

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

La humildad es necesaria para experimentar agradecimiento. Sin sentirte pequeño, pobre y necesitado te resultará difícil ser agradecido. Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, se hace humilde, pequeño, pobre abajándose de su condición divina para hacerse hombre como tú y como yo. Y se siente agradecido y bendecido por el Padre dándole gracias por todo lo que ha recibido y transmitiéndoles ese agradecimiento a sus discípulos.

Descubramos también nosotros el ser agradecidos y corresponder al Señor por todo lo que hemos recibido de su Mano generosa. Descubramos nuestra pequeñez y nuestra pobreza y sintámonos humilde para agradecer a nuestro Padre Dios que nos haya enviado su Hijo para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

lunes, 3 de diciembre de 2018

EL AMOR Y LA FE

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Mt 8,5-11
Cuando uno ama recurre a la fe, y lo hace porque en el amor hay momentos que la fe se hace presente y es necesaria. Porque, el amor pasa también por momentos de necesidad, por momentos difíciles, por momentos de peligro y necesita implorar ayuda. Ayuda que el mundo no puede dar en algunos casos extremos y necesita recurrir al Todopoderoso Creador capaz de hacer volver la salud y la vida.

En esos momentos la fe hace el milagro por la Gracia de Dios. Y lo hace porque en medio de ella está el amor. Es el amor el catalizador de esa fe que aparece, por la Gracia de Dios, puesto que es un don y como consecuencia de ese amor entregado a otro. Es el caso del que habla el Evangelio de hoy, el centurión preocupado por su siervo que busca a Jesús para que lo cure. Eso, primero, manifiesta una fe de que Jesús puede hacerlo, pero más asombra que le confiese a Jesús que puede hacerlo desde donde se encuentra y que no hace falta ir a su casa.,

Esa confesión y proposición asombra y pone de manifiesto su gran fe y su gran humildad, pues humildemente, valga la redundancia, advierte que si él, un simple centurión, tiene siervos que obedecen sus ordenes, cuánto más Jesús con su poder puede curar a su siervo desde donde se encuentra. Esa confesión admira a Jesús  hasta el punto que llega a expresar: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. 

La fe es un don de Dios y lo único que podemos hacer es buscarla y pedirla, y dejarnos llevar por la acción del Espíritu Santo. Ser pacientes y perseverantes para estar vigilantes y preparados para la acción del Espíritu, porque esa vigilancia y preparación puede ser la prueba que el Espíritu nos está exigiendo. Así como la constancia, la búsqueda y las palabras del centurión admiraron al Señor.

domingo, 2 de diciembre de 2018

LA HORA DE LA LIBERACIÓN

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Lc 21,25-28.34-36
Todos esperamos un final. La vida se compone de principio y fin y todo lo que empieza también termina. Por lo tanto, está escrito en nuestros corazones que esta vida acabará, pero empezará otra. Esa esperanza bulle dentro de nuestro corazón. Sí, aspiramos a una vida mejor, gozosa y eterna. Y esa esperanza la fundamos en la segunda venida del Señor. La promesa está hecha - Jn 14, 2 - y la esperamos con verdadera alegría y gozo.

El mundo nos va avisando y habrán señales que nos advertirán que este mundo se acaba. Y cundirá el pánico, pero el Señor aparecerá en su Gloria para liberarnos. Así narra estos momentos futuros el Evangelio: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

Sin embargo, en lugar de verlo como un mensaje apocalíptico que no infunde terror y miedo, el creyente lo recibe como un mensaje liberador y lleno de esperanza. La esperanza de un Dios misericordioso que viene a salvarte y liberarte del pecado y la esclavitud de tu propia naturaleza humana con la que entablas una batalla cada día por resistirte al mal y a las pasiones mundanas.

Y es esa la promesa que tenemos y esperamos. La promesa de la segunda llegada del Mesías que viene a salvarnos y a llevarnos a la gloria eterna.