viernes, 17 de abril de 2015

LES SEGUÍAN INTERESADOS POR LAS CURACIONES

(Jn 6,1-15)


En principio no hay un seguimiento incondicional, sino condicionado por las señales que le veían realizar en los enfermos. La gente advertía algo extraordinario en Jesús, y admirados por su generosidad y curaciones seguían sus pasos.

Posiblemente ese sea el primer paso que nosotros también damos. Muchas veces por que nos invade alguna enfermedad seria y grave; otras porque se trata de algún familiar directo o un buen amigo, y otras porque nos desencantamos de lo que nos ofrece este mundo caduco y rutinario que siempre está dando vueltas sobre sí mismo. De ahí no sale, pues no tiene ningún horizonte que ofrecernos sino la propia muerte.

Cuando descubrimos que Jesús habla de Agua que sacia la sed. De Agua que salta hasta la Vida Eterna y nos satisface plenamente, quedamos perplejos y admirados. Porque eso es lo que también buscamos nosotros. Claro, antes hay que descubrir la necesidad de beber esa Agua eterna, porque la de aquí abajo, nos quita la sed, pero la sed de este momento, pero no la de mañana. Buscamos Agua Eterna que nos sacie plenamente y eternamente.

Desde ese momento, Jesús es nuestra Estrella;  desde ese momento, Jesús es nuestro Camino y nuestra Verdad; desde ese momento, Jesús es nuestro Alimento y nuestra Vida. Desde ese momento. Jesús es la solución a todas nuestras esperanzas, y en Él confiamos. Y ahora si le seguimos incondicionalmente y en actitud de entregarnos a servirle por amor en los hombres. Porque solo sirviendo a los hombres podemos expresarle nuestra prueba de amor.

Esa es su Voluntad. No quiere honores, ni nombramientos, ni tronos. Se escapa cuando ve que su milagros y poder despiertan admiración y deseos de nombrarle rey. Él ha venido pobre y pobre quiere seguir. Ha venido a servir, y servir es su misión. Un servicio libre, voluntario y por amor. Nos da ejemplo y nos presenta el amor como arma de unidad y de lucha. Amar es lo que nos enseña, y amar es lo que nos deja como mandato. 

Porque en el amor está contenido todo lo demás. Un amor que nos exige estar atento a las necesidades de los demás, a las injusticias y mentiras que buscan satisfacer los egoísmos de unos explotando los derechos de otros. Un amor que proclama la verdad y la justicia.

jueves, 16 de abril de 2015

SI CREES EN EL HIJO TIENES VIDA ETERNA

Juan 3, 31-36
Es así de fácil, y también así de difícil. Quién cree en el Hijo tiene Vida Eterna. Sin embargo, ¿qué difícil es creer? Y si reflexionamos un poco, comprenderemos que es lógico que así sea, pues no tendría sentido común que Jesús nos convenciera en un abrir y cerrar de ojos, porque lo puede hacer. Nos preguntaríamos: ¿Para qué entonces hacernos libres?

¡Claro, no se explica que nos haga libres, para después quitarnos esa libertad de decidir! Si somos libres tendremos que decidir por nosotros mismos, y eso implica que elijamos seguirle o rechazarle. Y también está claro que Dios tiene que quedarse al margen, y, aunque nos envía a su Hijo para que nos ayude a ver claro, la última palabra en la decisión de creer nos corresponde a nosotros.

Por eso, creer nos cuesta y se nos hace difícil. ¡Pero no estamos solos! Tenemos la promesa de Jesús que nos envía al Espíritu Santo. Y el Espíritu nos asiste y nos ilumina. Pedro y otros han sido iluminados por el Espíritu cuando en algunos momentos de su vida han hablado, y nosotros también lo somos cuando decidimos creer en Jesús. Tenemos muchas razones para hacerlo, porque dentro de nuestro corazón está sellado y escrito que nuestro destino empieza y termina en Jesús. 

Mientras nuestra vida no descanse en Él, nuestra felicidad no será completa. Pero el peligro está en que nos perdamos y nunca lleguemos a descansar en Él. Porque también nos ha dicho: Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él. El problema es serio y no tiene gracia. Nos juzgamos nuestra vida futura, porque está ya sabemos como es, y también donde termina. No es cuestión de perder el tiempo, ni tampoco de quedarnos quieto. Tendremos que tomar una decisión y asumir nuestra responsabilidad.

Mirar para otro lado no es sino echarle tierra al asunto y actuar de forma irresponsable, y pensar que ya habrá tiempo o que el Señor tendrá piedad de nosotros. Y es que la piedad y Misericordia ya la está teniendo ahora esperándonos pacientemente y llamándonos a través de muchas circunstancias y acontecimientos. Quizás estas humildes reflexiones pueden ser una de esas llamadas.

¡Señor, danos la sabiduría de no mirar para otro lado, sino escuchar tu Palabra y ponernos en camino!

miércoles, 15 de abril de 2015

SIN LA PRESENCIA DE JESÚS, EL HOMBRE ESTÁ CONDENADO

(Jn 3,16-21)


No había otro camino. El pecado había fulminado al hombre y estaba desterrado del paraíso y destinado a morir. Su fin estaba escrito. Sin embargo, la Misericordia de Dios cambió la historia del hombre: "Envió a su único Hijo, Jesús, para, no juzgar ni condenar al hombre, sino para salvarlo.

Jesús viene con esa misión. Misión asumida libremente, según la Voluntad del Padre, y por amor. Hasta el extremo de entregar la vida por cada uno de los hombres. El hombre, destinado a morir por el pecado, es rescatado y salvado por la muerte de Jesús. Muerte glorificada en la Resurrección. 

Aquellos que creen en Jesús no serán juzgados, pues quedan salvados; sin embargo, los que no creen ya están juzgados porque no han creído en el nombre del Hijo único de Dios. Todo se reduce a eso. Jesús es la Luz del mundo, y los que creen en Él buscan la Luz para que sus obras sean vistas, pues confían y en el Señor son perdonados y salvados. Sin embargo, los que no creen se refugiaran inútilmente en las tinieblas, para que sus malas obras no sean descubierta.

Jesús es la Luz del mundo, y todo el que cree en Él vivirá en la Luz y se salvará. Nuestra mayor dicha es experimentar que, a pesar de nuestra pobreza, nuestras limitaciones, nuestros pecados, Dios se nos revela en Jesús como un Padre que nos ama inmensamente y que envía a su Hijo para salvarnos.

Gracias, Dios mío, por tu amor inmerecido por todos los hombres, y, porque a pesar de eso, tu Misericordia es infinita que entregas a tu Hijo para salvarnos. Nunca lo entenderemos, porque nuestra ignorancia es tal que no podemos entenderlo. Por eso, Señor, danos la sabiduría de, al menos, perseverar en el deseo de permanecer a tu lado y creer en tu Hijo Jesús.

martes, 14 de abril de 2015

LA CLAVE ES EL ESPÍRITU SANTO

(Jn 3,7-15)


Todas mis oraciones las empiezo con el Espíritu Santo, porque la clave y el secreto de todo están en el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, y es Dios. Un Dios y tres Personas. Hoy, que me toca catequesis en la cárcel, el Espíritu Santo precederá nuestro compartir, y allí rezaremos por nuestro hermano Franklin Velásquez, hermano de nuestro querido y compañero Wilson Velásquez, de Honduras, y colaborador de Blogueros con el Papa.

Nacer de nuevo es nacer en el Espíritu de Dios. Es transformar nuestro corazón para que toda acción que nuestro corazón emprenda sea con el impulso del Espíritu de Dios. En Él vivimos y en Él moriremos para nacer a la Vida de la Gracia. Y, por Él, nos moveremos al ritmo que el mismo marque, como el viento que sopla y no sabemos de dónde viene.

Suponemos que Nicodemo cambió su vida. El Evangelio no nos cuenta que fue de él, pero de su interés y actitud de búsqueda intuimos que cambiaron su vida y transformaron su corazón. ¿Mantenemos nosotros ese mismo interés que Nicodemo? ¿Buscamos al Señor, no solo de noche, sino también de día? ¿Tratamos en esa búsqueda de experimentarlo? Porque, en la medida que lo hagamos, también lo iremos experimentando.

No se experimenta un encuentro con el Señor desde una oración descomprometida, distante y hasta lejana e infrecuente. No se puede experimentar al Señor solo en los momentos extremos de necesidad o interés. Experimentas al Señor cuando caminas y dialogas con Él, y cuando compartes las alegrías y tristezas de otros también con el Señor entre ellos. Porque Jesús ha Resucitado, y ha Resucitado para estar con los hombres, sobre todo con los más pobres.

Por eso, en la medida que te acerques a la Iglesia, a las comunidades y grupos, y empieces a compartir las inquietudes y los problemas; en la medida que te solidarices con los más pobres y necesitados; en la medida que te esfuerces en soportar y perdonar a los más incordios y egoístas y luches por ser misericordioso y justo, estarás experimentado al Jesús Resucitado.

Podrás entonces compartirlo, verlo y proclamarlo. Porque Jesús Vive, y vive en los pobres y en donde hay necesidad de Él, como ocurrió con Nicodemo. Él se aparece a los que le buscan, y a los que están tristes porque piensan que ha muerto. Él se nos hace presente cuando damos señales de acercarnos y le buscamos.

Jesús es el Señor y permaneciendo en Él no le quedará a nuestro corazón otro camino que el de ser transformado, porque en el Señor está toda nuestra alegría y nuestro gozo eterno.

lunes, 13 de abril de 2015

NACER DE NUEVO

(Jn 3,1-8)


No se trata de volver a empezar, sino de volver a nacer. Se trata de dejar la carne con la que hemos nacido en este mundo, y, limpios de pecado por el Bautismo, nacer al Espíritu de Dios, que es lo que significa nacer de nuevo y de lo alto. Se trata de morir al pecado y nacer a la Vida de la Gracia. Es lo que hacemos en el Bautismo.

Por eso, el Bautismo es un regalo de Dios. Un regalo que no puede esperar, pues cuanto antes nazcamos a la Vida Nueva de la Gracia, antes gozaremos del privilegio de ser hijos de Dios. No es cuestión de aceptarlo o no, sino de sumergirse en la muerte carnal, para resucitar, limpio y nuevo con Jesús a la Vida de la Gracia.

Hay una cosa que llama la atención a Nicodemo, pues reconoce en Jesús un poder misterioso que hace que pueda hacer prodigios extraordinarios que nadie puede hacer. Eso le hace suponer y creer que viene de parte de Dios, porque nadie que no venga enviado por Él puede hacer estas cosas. ¿Y nosotros? ¿Podemos preguntarnos la misma pregunta y considerar que Jesús es realmente el enviado y verdadero Hijo de Dios?

No nos faltan testimonios y conocimientos de la Vida de Jesús. Sabemos por la Escritura muchas cosas de Él, y conocemos sus obras, sus milagros y curaciones. Conocemos que ha pasado haciendo el bien y proclamando el Amor que el Padre, de que se proclama enviado, nos tiene a cada uno de nosotros. Y el colmo ha sido que ha entregado su Vida, libremente y voluntariamente, para salvarnos y rescatarnos.

 Lo ha hecho por Voluntad del Padre, obedeciendo por amor y libremente. Dándonos ejemplo de obediencia y de amor. Porque la obediencia está por encima de las apetencias y gusto. No se ama por sentimiento o gustos, sino por compromiso y responsabilidad. Y ese es el Misterio del Amor de Dios, que no teniendo ninguna obligación ni necesidad de amarnos, nos ha amado hasta el extremo de entregarnos a su Hijo a una muerte de Cruz para redimirnos.

No se puede entender, porque nuestra pobreza y pequeñez no alcanza a comprender tanto amor. Pero la realidad es que estamos vivos por el Amor y la Misericorida de nuestro Padre Dios. Tratemos de buscar, como Nicodemo, al único y verdadero Hijo de Dios, que ha venido al mundo, enviado por el Padre, para ofrecernos la salvación.

domingo, 12 de abril de 2015

TENIAN MIEDO

(Jn 20,19-31)


Los discípulos tenían miedo, y nosotros seguimos también con el miedo metido en el cuerpo. Ellos, fortalecidos en el Espíritu Santo, fueron venciendo esos miedos. Y nosotros, también en el Espíritu Santo, podemos vencerlo. Se trata de tener confianza y fe en la Palabra del Señor.

El Señor sabe de nuestras limitaciones y de nuestras dudas. El pecado nos limita y nos vuelve ciegos, y nos exige ver para creer. No tenemos fuerzas suficientes para vencerlo por nosotros mismos, y necesitamos la fuerza del Espíritu que Jesús nos ha prometido. Sus apariciones van encaminadas a darnos confianza, a fortalecer nuestra fe. Por eso nos enseña sus Manos y su Costado, para que veamos las huellas de los clavos y la herida de la lanza. 

Sabe que lo necesitamos, porque somos débiles e incrédulos. Qué hermosa promesa nos hace el Señor a este respecto cuando advierte la desconfianza e incredulidad de Tomás: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Dichosos nosotros que, no viendo, sino confiados en la Escritura y el testimonio de los que han visto, y en la Iglesia, que nos lo transmite, creemos. Descubrir que somos dichosos si creemos es algo muy grande. Tan grande que se escapa a nuestro entendimiento. Porque no lo ha dicho un cualquiera, sino el mismo Jesús. Por eso debemos esforzarnos y abandonarnos en el Señor y en su Palabra, porque haciéndolo así tenemos su promesa de ser dichosos.

Pero, es verdad también, que esa dicha nos compromete a ser antorcha que transmita el fuego de la fe. Hoy en el Evangelio, Jesús da poderes a los apóstoles de perdonar los pecados, y la Iglesia es portadora de esa misión. En Ella somos purificados y perdonados de nuestros fallos y debilidades, para, limpios, continuar la marcha, fortalecidos en el Espíritu Santo, proclamando con nuestras vidas el Mensaje de salvación.

No perdamos de vista esa promesa que Jesús nos hace hoy. Somos dichosos cuando, a pesar de nuestros fallos y pecados, nos levantamos, como el hijo prodigo, y regresamos a la Casa del Padre, para pedirle perdón y darle gracias por tanta Misericordia y Amor.

sábado, 11 de abril de 2015

PERDONA SEÑOR MI INCREDULIDAD Y DUREZA DE CORAZÓN

(Mc 16,9-15)


Les has echado en cara a tus discípulos que, teniendo el testimonio de María Magdalena y, también, el de los discípulos de Emaús, no les hayan creído. ¿Y yo, Señor, que tengo el de tu Iglesia, y sigo dudando, qué me vas a decir? Porque me merezco una gran reprimenda. 

Quizás más que la de los apóstoles, pues tengo más testimonios que ellos, pero sobre todo, la de tu Palabra, revelada a través de los siglos por tu Iglesia. No tengo disculpas, Señor, sino cerrazón y endurecimiento de corazón, que no quiere comprometerse para no salir de su propia casa, donde encuentra sus seguridades. Falsas seguridades, finitas y caducas.

Yo tengo más ventajas que tus contemporáneos porque conozco tu Resurrección y tu Palabra de muchos testigos que han dado la vida por proclamarte y defenderte. Pero también más responsabilidad, porque negarte con tantos testigos y pruebas no tiene, ni sentido ni disculpa. Gracias, Señor, por darme la sabiduría de reconocerlo, y la fuerza y voluntad de pedirte  la fe que necesito.

Pero, no una fe muerta y pasiva, que se adormece en una religiosidad cómoda, de prácticas y cumplimientos descomprometidos, carentes de compromisos de amor. De un amor hiriente, de dolor, de sacrificio que duele, y de pasión. Porque, ¿qué es el amor? ¿Acaso un romance que enamora y da satisfacciones? ¿O un compromiso que a veces duele y exige  renuncias, verdad, perdón, paciencia, mansedumbre, comprensión, bondad?  No tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

El amor nace cuando muere el egoísmo, y cuando tu corazón se entrega desinteresadamente, sin ánimo de recompensa y sin condiciones que le correspondan. Solo así se puede amar a los enemigos, iconos del verdadero amor. Porque así nos amó y nos ama el Señor. 

¿No somos nosotros los enemigos del Señor? Somos sus verdugos, los que lo hemos llevado a una muerte de Cruz condenándole y ofendiéndole, y que todavía continuamos haciéndolo. 

Sin embargo, Él continúa perdonándonos y amándonos, y  lo más sorprendente es que, a pesar de eso, sigue enseñándonos a amar.