sábado, 29 de enero de 2022

TÚ, SEÑOR, ESTÁS POR ENCIMA DEL VIENTO Y LA TEMPESTAD

Tu presencia está siempre, Señor, llena de paz. La paz está y viene siempre contigo, Señor, y, dónde Tú estás, está siempre la paz. Tú, Señor, eres paz, y la paz nos es dada contigo. Es tu característica principal, la paz. Al estar a tu lado nos llenamos de paz y tu envío siempre está pleno de paz. Porque, Señor, la paz rebosa de amor, justicia y verdad. Siempre te presentaste a tus apóstoles con la paz y esa paz significa y representa un signo de amor, de misericordia y de presencia de tu Persona, Señor, entre nosotros.

No es extraño, por tanto, observar que Jesús está dormido a la popa de la barca cuando atraviesan el lago de Genesaret. A pesar de que las olas se levanten amenazadoramente, Él no está preocupado. Su Poder está por encima del viento y la tempestad. Pero, nosotros, llenos de miedo no entendemos y nuestra fe se debilita. Nos preguntamos: ¿Quién es este a quien el viento y el mar obedecen? ¿Quién es Jesús? ¿Te lo has preguntado de forma seria y comprometida ante los acontecimientos de tu propia vida y de todo lo que te rodea? ¿Buscas realmente respuestas a ese impulso vital y trascendente que subyace, duerme y vive en lo más profundo de tu corazón? Es esa la pregunta que interpela nuestra vida, que le da sentido y respuesta a todos nuestros interrogantes. Realmente, ¿qué buscas tú en tu vida?

Seguramente, estás dormido por esa mecedora seducción con la que el mundo te duerme, te distrae, te seduce y engaña. Procura despertar y buscar en la popa de tu vida al Señor. Él, aunque aparentemente dormido, tiene su mirada fija en ti y te dice: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». ¿Acaso te llena plenamente lo que ves y aspiras a tener en este mundo? ¿Piensas y crees que en la riqueza, poder, fama, éxito, placer, está esa felicidad que buscas? ¿Tú experiencia que te dice?

No tenemos todo el tiempo del mundo. Se nos va rápido. Nuestra vida tiene un espacio – suficiente para dar una respuesta a nuestro Padre Dios – que no debemos desperdiciar. Nos va en ello nuestra felicidad eterna. Hay un sólo Señor y Él – nuestro Señor Jesús – es nuestra plena esperanza, nuestro Camino, Verdad y Vida,  y quien, quieras o no, lo sepas o no, o lo busques o no, da verdadera respuesta a tu vida plenamente. Tú y, también nuestra, salvación está en acudir a Él como hicieron los apóstoles al despertarle y pedirle que les salve.

viernes, 28 de enero de 2022

EL REINO DE DIOS: DON GRATUITO

 

A veces piensas que lo que tienes te lo mereces, e, incluso piensas que lo has trabajado. Es verdad que has colaborado en y con la obra de Dios, pero, todo lo que tienes lo has recibido gratuitamente de su Bondad Infinita. Todo sigue su curso según la mano de Dios. De la misma forma que, una semilla sembrada en la tierra, será un árbol mañana, el mundo gira y se mueve según el designio de su Creador, nuestro Padre Dios.

Advertir lo extraordinario y asombroso que sucede al introducir un grano en la tierra y, sin más – si no lo interrumpes – se transforma, muere, crece y da frutos por sí sólo, es algo misterioso y evidente que nos señala el Poder de nuestro Padre Dios. Porque, ¿alguien hará que eso suceda? Y, hagas lo que hagas, duermas, descanses o trabajes, el tiempo irá marcando todo lo creado – visible e invisible – de acuerdo con el Pensamiento y el Poder de Dios.

Nada ni nadie podrá parar su evolución y tiempo por el designado y sus frutos llegarán en la hora de la siega. Es verdad y de sentido común, que, Dios, le ha dejado al hombre un margen de colaboración – para eso le ha creado en libertad – y espera que colabore. Esa es nuestra responsabilidad con la casa común, de la que nos ha hablado el Papa Francisco, pero el Camino, la Verdad y la Vida la señala y la marca nuestro Padre Dios.

Y, ese Reino de Dios - establecido en y con la presencia de nuestro Señor Jesucristo – crecerá hasta límites insospechados hasta que todas las naciones se cobijarán en Él. Y no es algo abstracto, intangible. Está dentro de ti. H sido sembrado en tu corazón y, simplemente dejándolo que  germine en él, irá dando frutos hasta convertirse en ese árbol gigante – el mundo – donde todos buscaran cobijo en la verdad, justicia, amor y paz.

jueves, 27 de enero de 2022

LUZ QUE ALUMBRA A LA HUMANIDAD

Mc 4,21-25

 

Sería un contrasentido esconder la luz. Su función natural – para eso ha sido creada por Dios – es alumbrar, dar claridad. Bien, es verdad, que hay una luz, descubierta por el hombre, artificial que desnuda la oscuridad y permite ver con los ojos que Dios nos ha dado los colores, la naturaleza y todo lo que hay en el universo. Amén de la luz del sol con la que vemos y gozamos de la hermosura de los colores y de nuestros rostros.

Sin embargo, hay una luz que no necesita la luz – valga la redundancia – del sol, ni tampoco la descubierta por el hombre para ver. Par ver lo verdaderamente importante, el Amor y la Misericordia de Dios. De eso nos el Evangelio de hoy, de esa Luz que viene de Dios para alumbrar a toda la humanidad y para abrir los ojos a todo hombre que busca la única y verdadera salvación eterna: Aceptar la Misericordia Infinita de nuestro Padre Dios.

Tras la muerte y Resurrección de Jesús, su Palabra es la máxima expresión del Amor de Dios. Es Luz para toda la humanidad. Crucificado y abandonado, tras tres días de silencio y muerte, su Resurrección Gloriosa alumbra al mundo. Es, por tanto, la Luz que alumbró y alumbra, al mundo de ayer y al mundo de hoy. Y que, después de más de dos mil años continúa haciéndolo. Es el Camino, la Verdad y la Vida. Su Palabra refleja verdad y justicia. Es Luz para todos aquellos que tienen sed de verdad y justicia.

Sin embargo, hay quienes, ya lo hicieron unos en su tiempo, quieren erradicarlo también ahora. Tratan de apagar esa luz, de esconderla debajo de la mesa, de secuestrarla en las sacristías, de expulsarlas de los colegios…etc. Y, disparatadamente, niegan su Resurrección tratando de abajarlo del lugar prominente desde donde alumbra a la humanidad. Les será imposible, la Luz siempre emergerá y alumbrará. Y, de la misma manera que no escuchan, tampoco serán escuchados por Dios. Tendrán la misma medida que la que ellos han medido.

miércoles, 26 de enero de 2022

TODOS ACUDÍA A ESCUCHARLE

 

Era una nueva forma de hablar y enseñar. Todos notaban admirados esa diferencia. Jesús hablaba con una autoridad desconocida e insospechada. Sus Palabras tenían cumplimiento y verdad, llevaban esperanzas y sanación. Su coherencia entre lo que decía y hacía era extraordinaria, exacta, firme, inmediata. No se había visto nada igual. Es lógico que en ese contexto sus intervenciones eran seguidas por el gentío que se aglomeraba a su lado llegando incluso a impedirle hablar con cierta holgura.

Precisamente, el Evangelio de hoy nos habla de esa circunstancia: (Mc 4,1-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al…

Jesús nos habla de la siembra de la Palabra en el corazón del hombre – Jr 31, 33 – y le toca al hombre cultivarla y descubrirla. Claro, sólo será  seducido y vencido por el demonio. Necesitará la fortaleza y la acción del Espíritu Santo – recibido en nuestro bautismo – para no desfallecer, no dejarse seducir por Satanás ni por las dificultades ni por los afanes y ambiciones de este mundo. Necesitará el alimento del Espíritu – Cuerpo y Sangre de Cristo – y necesitará el esfuerzo de cada día para que su tierra, impura, contaminada, infectada y sometida a la esclavitud del pecado, por la Gracia de Dios sea convertida en tierra abonada, fertilizada y bien regada por la Gracia de Dios para que dé buenos y hermosos frutos por y para Gloria de Dios.

Tratemos, pues, de abrirnos a esa siembra de la Palabra de Dios acogiéndola y cultivándola para que nuestra cosecha sea buena, bien del treinta, sesenta o ciento por uno.

martes, 25 de enero de 2022

«ID AL MUNDO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO»

 

Dentro de nosotros bulle un deseo de amar. Sin amor la vida pierde su sentido. Necesitamos amar y sentirnos amado. Y ese deseo o impulso vigoroso e irrechazable dentro de nosotros nos anima a actuar con buena intención y con deseos de hacer el bien. 

Si bien, es verdad, crece junto con nosotros la semilla mal intencionada que nos inclina a actuar también de forma egoísta y con malos deseos e intenciones malignas. Indudablemente, el demonio está presente en nuestra vida.

Pero, ese deseo de amar es fuerte y, agarrado al Espíritu Santo – recibido en nuestro bautismo – podemos superar y vencer nuestras esclavitudes y malas inclinaciones a las que nos incita el pecado. De ahí el mandato imperativo de Jesús: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Necesitamos abrirnos al Espíritu Santo, y eso hace ineludible y necesario nuestro bautizo. No es lo mismo estar bautizado que no estarlo. La aceptación del bautismo lleva implícito el abrirnos a su acción, y con el Espíritu Santo no puede el demonio.

De esta manera, nuestro simple vivir, desde la cotidianidad de nuestra sencilla y simple vida y en una actitud de verdad y por amor «gratuito» nuestro obrar y sentir reflejarán la presencia del Señor en nuestros simples actos: «Quisiera ser tan bien intencionado y justo que todos aquellos que se acerquen o relacionen conmigo descubran tu presencia, Señor» Son oraciones en la medida que actuamos con una intención obediente y apoyada en la acción del Espíritu Santo. Y es que evangelizas y oras cuando cada instante de tu vida es realizada en y para Gloria de Dios y en el esfuerzo de hacer su Voluntad.

Cada día lo pedimos repetidas veces cuando rezamos el Padrenuestro. Y, posiblemente, cuando actuamos en y con esa buena e intencionada actitud, proclamamos la Buena Noticia.

lunes, 24 de enero de 2022

LA SOBERBIA TE CONDUCE A LA IRRACIONALIDAD

Mc 3,22-30

La mente se ofusca y tu razón se bloquea. Consecuencia: «asombra la cantidad de disparates – productos de la irracionalidad – y sin fundamentos, que dejamos escapar de nuestro descontrolado corazón inconscientes de lo que decimos. La soberbia se apodera de nuestra razón. Es inconcebible llegar a decir que Jesús expulsa demonios en nombre del demonio. ¿Se puede entender esto? ¿Cómo es posible que el jefe expulse a sus soldados? ¡Sería la ruina, la catástrofe y la división!

La respuesta de Jesús a ésta disparatada acusación no se hace esperar: « ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno». Es que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo».

No cabe duda que en esta respuesta de Jesús se transparente su Sabiduría. Un reino dividido está destruido. Y, ese forzudo – demonio – que trata de seducirnos y – siendo su poder más fuerte que el nuestro – intenta derrotarnos, nada podrá hacer con Jesús, cuyo Poder y Autoridad están por encima del demonio. Fue vencido en el desierto y, por supuesto, en la Cruz. 

Ahora, todos nuestros pecados quedan perdonados – Palabra del Señor – pero, el rechazo y la blasfemia contra el Espíritu Santo serán imperdonables. Y lo es, porque, precisamente es el Espíritu Santo el que nos fortalece, nos mueve y nos activa a abrirnos a la Misericordia que nuestro Padre Dios nos regala. Y sin su concurso y acción no podemos encontrar ni aceptar ese perdón misericordioso. Ese fue el caso de muchos fariseos que, endurecidos sus corazones, negaban la acción del Espíritu de Dios