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jueves, 10 de junio de 2021

UN CORAZÓN HUMILDE

 

Es peligroso acostumbrarse a quedar instalados en la rutina que nos es cómoda y que no nos exige el reto de cada día de aventurarnos en crecer y aumentar nuestra fe. Acostumbrarse a ser bueno y a quedarse establecido en esa bondad es peligroso, porque nos estanca, nos instala en la mediocridad y nos impide avanzar. De tal modo que nuestro corazón, instalado cómodamente en una rutina establecida que, incluso, como ya hemos dicho, nos resulta cómoda.

Y ese es el peligro, instalarte casi sin darte cuenta e incluso sentirte satisfecho y convencido de ser un buen cristiano. Y en realidad lo somos, pero necesitamos caminar, avanzar y crecer en la fe. Y solo se crece en la medida que nos damos, nos entregamos y arriesgamos, digamos, nuestro amor. Porque, el camino exige perfección y la perfección se consigue con el trabajo diario.

La meta y objetivo del cristiano es la santidad y ese objetivo exige lucha contra ti mismo con el fin de despojarte de todo aquello que te impide  crecer. Ese es el camino que nos saca de la comodidad, del acomodo y del instalarnos exigiéndonos una constante reflexión de nuestras actitudes, pensamientos y relación con los demás. Porque, es en esa relación donde se pone a prueba tu amor, y es tu amor el que descubrirá tu fe en el Señor.

La lucha nos pide una actitud positiva y un pensamiento puro y sin malas intenciones que nos ayude a ir más allá de las apariencias, de los actos bajo la ley y de lo que se esconde en lo más profundo del corazón humano. Por tanto, seamos prudentes, bien intencionados y no ceñirnos de manera radical a la ley, sino mirar con ojos llenos de amor y de buena intención bondadosa para ver la bondad - valga la redundancia - de cada cual.

jueves, 5 de noviembre de 2020

EL PELIGRO DE INSTALARTE COMO BUENO


Lc 15,1-1

Uno, si no el mayor, de los peligros más graves es el de considerarte que has llegado ya a instalarte como buena persona, creyente y testigo ejemplar. Y hasta considerarte un buen modelo cristiano para los demás. Y, sucede, que esas personas cuando llegan a ese punto consideran que no necesitan médico, es decir, se excluyen de la necesidad de misericordia y de perdón, pues, ellos han alcanzado la bondad suprema.

No estoy exagerando porque eso sucedió en tiempos de Jesús, y también sucede ahora. El Evangelio de hoy nos narra lo que pensaban aquellos fariseos al ver a Jesús acercarse e incluso comer con los que ellos consideraban pecadores. Es decir, ellos no lo eran. Y, sobra decir, que hoy ocurre lo mismo entre muchas personas - incluso dentro de la Iglesia - que piensan lo mismo.

A este respecto, Jesús que se da cuenta, les dice dos hermosas parábolas que dejan las cosas muy claras, pero muy claras : «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

O ésta otra: «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». 

¿En qué actitud estás tú? Supongo que todo queda muy claro.