miércoles, 15 de marzo de 2017

DESPISTADOS POR SUS PROPIAS AMBICIONES

(Mt 20,17-28)
Lo primero que me viene a la cabeza es el darme cuenta del interés de los discípulos. No se enteran de lo que les habla Jesús. Están distraidos y ensimismados en sus intereses y propósitos. Apenas le ponen atención. Y, antes de seguir, reflexionemos. ¿Nos puede ocurrir a nosotros también eso? Entretenidos por los ruidos y las ofertas del mundo no escuchamos al Señor. Y pasa nuestra pascua sin habernos detenido lo suficiente para ver donde estamos y qué hacer. Así, nuestra vida puede pasar de puntillas y sin tomar conciencia de nuestro verdadero Tesoro.

La madre de los zebedeos no se percata de nada. Sólo piensa en la situación de sus hijos y colocarlos en el mejor puesto. Nadie se da cuenta a dónde van, ni tampoco lo que Jesús les advierte y les dice. Van camino de la salvación por las Pascua de Jesús sin advertirlo. ¿No es ese nuestro vivo retrato? Vivimos preocupados por otras cosas. Cosas de este mundo, que son caducas y destinadas a convertirse en desechos y basuras. ¡Dios mío, qué ciegos estamos!

A nosotros no toca trabajar. Trabajar por el Reino de Dios. Por un lado, para aprovechar este tiempo de salvación y, por otro, aceptando la Misericordia de Dios, vivir nuestra pascua injertado en el Espíritu Santo unidos al Señor Jesús, el Hijo de Dios Vivo, que, con su Muerte y Resurrección, nos salva. Y aceptarla es vivir en y a su estilo, es decir, sirviendo y dando la vida por el rescate de muchos.

Esa es la propuesta que Jesús nos propone, y esa es la respuesta que a nosotros nos interesa discernir, es decir, la del servicio. Porque, como Jesús, nosotros, si queremos seguir a Jesús, no estamos para servirnos, sino todo lo contrario, para servir. Y eso implica disponibilidad, atención, esfuerzo, trabajo y compartir. Compartir todo lo que nos ha sido dado gratuitamente de la misma manera que lo hemos recibido. Haciéndolo por amor, es decir, desinteresadamente, tal y como el Padre lo hace con cada uno de nosotros.

martes, 14 de marzo de 2017

ESTAMOS A TIEMPO. TIEMPO DE SALVACIÓN

(Mt 23,1-12)
Ahora es el momento de la lucha, del esfuerzo de conversión. Estamos en tiempo de salvación, y es momento para aprovecharlo. Acabado este, ya todo está echado. Ahora entiendo cuando se nos dice que ha llegado la hora y el Reino de Dios con Jesús. Porque en Él hemos sido liberados y salvados. El Reino de Dios está entre nosotros. Pero tenemos que descubrirlo y trabajarlo. Para eso hemos sido dotados de la capacidad de elegir y de voluntad.

Hoy sucede, como ayer, que hay muchos sujetos de pantalla, que buscan lucirse, ser vistos y aparentar santidad. Pero, luego, se esconden en la apariencia y no resultan ser lo que se esfuerzan en parecer. Son aquellos que les gustan dar ordenes, marcar trabajos y obras, que ellos no hacen. Aquellos que buscan ser admirados y revestidos de honores, y llamados maestros. Aquellos que todo lo que hacen se oculta bajo un segunda intención para ser destacados y ocupar los primeros puestos.

Nuestro Señor Jesús nos dice: Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. No debemos caer en el error de alejarnos y maldecir, sino de esforzarnos en hacer todo lo bueno y justo que dicen, pero no imitarlo ni hacer lo que ellos hacen si no actúan en justicia y verdad. Estamos, pues, advertidos para no ser sorprendidos.

Busquemos la actitud de la humildad y la de la paciencia. No nos dejemos llamar maestro ni doctores, porque, en realidad no lo somos. Sólo uno es Maestro y Doctor, nuestro Padre del Cielo. Tratemos de imitar a nuestro Señor Jesús, que se abajo despojándose de su condición Divina para servirnos. Por lo tanto, esa es la actitud y el estilo de vida que debemos imitar, la del servicio y la humildad.

Pues como dice el Señor: «Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» Ahí tenemos nuestra meta, la de la humildad y la del servicio. Metas para las que necesitamos la Gracia del Espíritu Santo, para poder llevarlas a cabo llenos de paciencia y perseverancia. Pidamos esa Gracia para vivirla ahora, en estos momentos, momentos de salvación.

lunes, 13 de marzo de 2017

TÚ ERES TU PROPIA MEDIDA

(Lc 6,36-38)
Delante de los hombres te proclamas pecador, pues nadie se sabe perfecto. Es de sentido común reconocerse imperfecto y, por lo tanto, pecador. Luego, la medida de tu perdón será la medida con la que tú serás perdonado. Sin embargo, ese criterio, claro y determinante, lo olvidamos cuando se trata de juzgar y medir las faltas, errores o pecados de los otros.

Porque, si tú te sabes pecador necesitarás pedir perdón, y ese perdón no te será dado sino en la medida que tú también perdones. Es bueno tener este criterio presente, porque nos ayudará a perdonar.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

No agregamos nada más, pues entendemos que está muy claro. Y más que palabras necesitamos reflexión y actitud de cambiar nuestro corazón. Tenemos presente que seremos perdonados si también nosotros perdonamos. Y, para eso, primero tenemos que aceptar y descubrir nuestros propios pecados.

domingo, 12 de marzo de 2017

¿TOMAMOS NOSOTROS CONCIENCIA DE LA RESURRECCIÓN?

(Mt 17,1-9)
Sí, lo hemos oído muchas veces, ¡y tanto!, que ya nos parece algo clásico y que se tiene que decir. Hablar de la Resurrección nos suena a disco rayado y cosas que se dicen. Posiblemente, los apóstoles, aunque no lo habían oído tanto como nosotros ahora, tampoco lo entendieron. Y menos imaginarselo. También nos pasa a nosotros ahora, ni lo entendemos ni nos lo imaginamos y dudamos respecto a que sea verdad. Sobre todo, porque, de aceptarlo, nos compromete y nos exige cambios. Cambios de dirección en nuestra vida.

¿Por qué una demostración a medio camino? Quizás hiciera falta dar un toque de atención a aquellos seguidores medios desconcertados y despistados. La cosa se estaba poniendo dura y difícil, y ellos no podían imaginar que el Maestro, nuestro Señor, tuviese que pasar lo que le esperaba. Y menos entendían que, diciéndoselos, lo comprendieran. La Transfiguración viene a refrescar esa idea y a fortalecerla. 

No es algo que se saca Jesús de la chistera y por capricho, sino algo necesario para, haciendo un alto en camino, entender lo que va a suceder. Y llenarlo de esperanza, de esperanza de Resurrección. Quizás, por eso les dice: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Tan bien se sintieron los apóstoles allí que sólo pensaron en Moisés, Elías y el Señor, olvidándose de ellos mismos. Y significativo es que Jesús eligió a Pedro, Santiago y Juan, la cúpula del colegio apostólico de aquel momento. Sus seguidores, quizás más cercanos, para fortalecerles la idea de la Pasión que tenía que padecer para la liberación y perdón de los pecados de los hombres.

Tabor es signo de esperanza, de confirmación y de adelanto de Resurrección. Tabor es oasis de Gracia y de fortaleza, que nos vivifica y nos revela el misterio redentor del Resucitado. Pidamos esa sabiduría de sostenernos firmes en la fe y en la esperanza que este episodio del Tabor nos regala.

sábado, 11 de marzo de 2017

LA PERFECCIÓN COMO META

(Mt 5,43-48)
Sabemos que la meta - la perfección -  no es alcanzable, pero el camino que se nos propone la tiene fijada como prioridad y meta a alcanzar. Y, por supuesto, sabemos que no es alcanzable desde nuestra propia humanidad pecadora y limitada. Somos pecadores y nuestros pecados nos limitan y nos experimentan imperfectos. Sin embargo, impulsados por el Espíritu Santo, la proeza se hace posible y alcanzable.

Sabemos, y necio sería el ignorarlo, que el camino está lleno de dificultades insalvables para nuestra humanidad imperfecta y pecadora. La perfección es una meta inalcanzable, pero, también sabemos, que es la propuesta que el Señor nos propone. Y, el Señor, no nos puede proponer nada que nos sea imposible, pues de ser así no sería del todo bueno. 

Si Dios nos lo propone es porque también nos ha dado lo que necesitamos para alcanzarlo. Y, además, no nos deja solos. Nos acompaña en todo momento y nos auxilia y dirige. Hemos sido dotados de la capacidad para elegir, y también, de la voluntad para reforzar y fortalecer esa capacidad de elección. Por tanto, robustecidos en el Espíritu Santo podemos superar todas esas dificultades que nos salen en el camino.

El amor exige perdonar, porque los incumplimientos están dentro de nosotros. Es el amor misericordioso el que nos edifica y nos construye. Y nos hace fuertes para superar las dificultades y sobre ponernos a ellas. Y claro, el mérito no se esconde en hacerlo con los amigos, sino en vivirlo y testimoniarlo con los enemigos. El amor está en su máxima ebullición cuando es capaz de superar las dificultades frente a los enemigos. Es en esos momentos cuando todo se ilumina y las dificultades, que nos separan, tienden a unirse.

Experimentamos, entonces, que el amor se hace presente y actúa como un bálsamo de paciencia y paz, que derrumba todas aquellas barreras que tienden a separarnos, a dividirnos y a enfrentarnos, fortaleciendo la unidad y fraternidad. Y es que el amor todo lo puede.

viernes, 10 de marzo de 2017

IMPORTA LA INTENCIÓN

(Mt 5,20-26)
Las apariencias esconden las intenciones malas. Por eso son malas y falsas, porque sólo lo que respira verdad, a pesar de estar el aire contaminado huele bien. Huele a verdad, a seriedad, a confianza, a auténtico y a rectitud. Lo que está bien pensado, aun equivocado, se nota, porque se corrige y se perfecciona. Las buenas intenciones respiran pureza y verdad.

Por eso, nuestra justicia no puede reducirse al simple cumplimiento, porque la intención le sobrepasa. Hay muchos delitos que, a simple vista, no se pueden condenar jurídicamente, pero, moralmente son delitos y faltas contra el prójimo. No comete delito aquel que lo consuma. Por ejemplo, quien mata, sino también quien no matando quiere, en y con su pensamiento, matar.

Nuestra lengua y nuestro pensamiento son armas de pecado. Y, aún cuando no se pueden señalar, se descubren y confiesan en lo más profundo del corazón humano. Matamos con nuestras criticas destructivas y mal intencionadas. Matamos con nuestra lengua que señala e insulta y maldice. Y muchas veces no podemos controlarnos. Ocurre como con los sentimientos, entran y salen en nuestra mente sin pedirnos permiso. No podemos impedírselos, pero sí podemos someterlos y nos dejarlos hacer lo que desean.

De la misma forma podemos acallar nuestras lenguas y silenciarlas, y desviar nuestros pensamientos hacia espacios serenos, neutros y bien intencionados. ¡Claro!, es una lucha constante y sin tregua. Ese es el camino y la cruz. Esa es la puerta estrecha; ese es el ayuno, la penitencia, el sacrificio y la causa de estar conectado siempre al Espíritu Santo y en constante oración. La necesitamos para actuar rectamente de pensamiento, palabra y buena intención.

Por todo ello, nuestro camino tiene que ir acompañado de la oración. Es lo que no debe faltar nunca en nuestra simple y sencilla mochila. La oración que nos fortalece y nos descubre que nuestro corazón debe de ser bien intencionado y justo.

jueves, 9 de marzo de 2017

LA LEY Y LOS PROFETAS

(Mt 7,7-12)
Todo se reduce a amar. Todo el mensaje y la Obra de Jesús, el Señor, se reduce a entregarse al servicio y al amor por los más pobres y necesitados. Todo lo contenido en la Ley y los profetas va dirigido a la conversión del corazón del hombre. Un corazón duro y soberbio, para transformarse en un corazón tierno, suave y amoroso al servicio de los más pobres.

Y para eso, el hombre necesita pedir. Pedir la fe  y la capacidad de amar renunciando a sus ambiciones y apetencias, para darse y entregarse al servicio por amor. Y el amor se refleja en esa actitud de querer y desear que te traten con la misma actitud e intención que tú tratas a los demás. Ese camino nos lleva a tener una constante relación con el Señor, centro de nuestra vida, por medio de la oración. Porque la vida de un cristiano está vinculada a Cristo, y en Cristo permanecemos unidos a Él por medio de la oración.

De modo que la oración, es decir, nuestra relación con el Señor es vital. Sin él no podemos avanzar ni superar todos los obstáculos que nos salen al paso. Necesitamos pedir, buscar y llamar, pues así nos dice el Señor: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».

Y, sobre todo, confiar y creer que el Señor nos escucha y está atento a nuestras peticiones. Pues, al respecto, también nos dice: ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! 

Todo queda muy claro. Por falta de decirlo que no quede. El Señor nos habla con una claridad absoluta. Ahora, por nuestra parte, nos queda fiarnos, poner en Él toda nuestra confianza y tener paciencia, pues la Palabra del Señor se cumple siempre.