lunes, 22 de septiembre de 2025

LÁMPARAS ENCENDIDAS

Lc 8, 16-18

    El día estaba encapotado y amenazaba lluvia. Fernando, aunque preveía que podía llover en cualquier momento, no tomó un paraguas. Confiaba en la providencia. Sin embargo, sus cálculos fallaron. A medio camino apareció impetuosa la amenazante lluvia y, sin pensarlo, se refugió bajo la pérgola de una terraza.
   —Ha tenido usted suerte —dijo Pedro con voz complaciente y agradable.
   —Sí —respondió Fernando con un gesto de agradecimiento.
  —La tempestad no avisa —intervino Manuel— y es una imprudencia no estar preparado.

    Ambos amigos llevaban un tiempo en su terraza favorita deleitando su buen café. Se habían refugiado intuyendo que el cielo derramaría pronto cataratas de agua, que, por otra parte, agradecería el campo.

   —Confieso —dijo Fernando— que he pecado de imprudente. Preveía que podía llover, la oscuridad del día lo revelaba, pero no le di la importancia debida. Y, menos mal, que he tenido esta oportunidad de refugio a mano.
    —Sí, se ha librado de un buen chaparrón —apuntó Pedro.
  —De cada ocasión que vivimos en esta vida —comentó Manuel— podemos sacar hermosas y positivas lecciones. Sobre todo si leemos donde podamos encontrar luz. En Lc 8, 19-21 se nos dice que la luz es para ponerla en lugar que alumbre y que todos la vean. Tratar de ocultarla sería cerrarnos los ojos y quedar a merced de la tempestad.
   —Tiene usted mucha razón —respondió Fernando—. Precisamente eso me acaba de suceder. Cerré los ojos a la realidad, algo así como no dejarme alumbrar, y… ya ven, he sido sorprendido.
   —El mal abunda en los callejones oscuros y se oculta en la negrura de la noche, donde se labran tramas y se conciben corrupciones. El Evangelio proyecta la luz de la alegría y la verdad sobre las nieblas de la realidad. Todo queda descubierto ante la atenta mirada de amor y misericordia de Dios. Esa es la luz que nos corresponde poner en lo alto, para que ilumine las situaciones humanas, desenmascarando tretas y trampas, y poniendo concordia y paz.

domingo, 21 de septiembre de 2025

COMPARTIR BIENES Y CONDONAR DEUDAS

Lc 16, 10-13

    Se había equivocado. No entendía qué había sucedido. ¿Cómo había sido capaz de hacer eso? «¿Estaba ciego?» —se preguntó Julián, algo desesperado. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. Aceleró sus pasos y, como desbocado, andaba sin rumbo.

   Su jefe lo había descubierto. Llevaba algún tiempo mal administrando el dinero de la empresa, y esos rumores habían llegado al administrador general. Le habían llamado y despedido.

   Hacía rato que caminaba como un sonámbulo. De repente, se sentó en una terraza y pensó: «Debo calmarme y estudiar serenamente mi situación».
Se le acercó Santiago, el camarero, que al verle inquieto le preguntó:

    —¿Le pasa algo, señor?
   —No, nada. Gracias. ¡Por favor! ¿Me puede servir una manzanilla? Estoy algo nervioso y necesito tranquilizarme.
    —Enseguida —respondió Santiago—, tranquilícese.
A todo esto, Pedro, que había observado la escena, empezó a interesarse por aquel señor. Le preocupaba su estado de nerviosismo. Parecía desesperado. Sin más, decidió acercarse:
   —Perdone mi intromisión, señor. Le noto alterado, ¿puedo ayudarle en algo?
Julián le miró. En principio sintió el impulso de resistirse, pero su desesperación le indujo a aceptar la ayuda.
   —Acabo de perder el empleo y me encuentro desamparado. ¿Qué va a ser de mí ahora?
Pedro hizo una señal a Manuel, que había llegado hacía unos minutos, y le puso en antecedentes. Ambos trataron de tranquilizarle y, tras acompañarle con la manzanilla, Manuel le dijo:
   —En la vida cometemos muchos errores, pero siempre hay ocasión, mientras vivimos, de enderezar el camino.
   —Pero —dijo Julián, con desesperación—, ¿qué voy a hacer yo ahora?
  —Siempre hay cosas que hacer —replicó Manuel—. En el Evangelio (Lc 16, 10-13) encontramos caminos que nos descubren nuestros errores; y, descubiertos, podemos reconducirlos para nuestro bien y el de todos.
   —Pero… ahora no hay…
  —No hay peros que valgan si quieres salir del atolladero —replicó Manuel, sin dejarle hablar—. Se trata de corregirse y ser fiel en las cosas pequeñas, para que puedan confiar en nosotros también en las grandes. Porque no podemos servir a dos señores a la vez: dejaremos a uno para servir al otro.
 
   Nuestra vocación no es de propietarios, sino de hermanos y hermanas que se hacen cargo unos de otros. Es una invitación a vivir compartiendo y a comprender que el único tesoro es el de hacer familia humana y no el de acumular fortunas injustas.

sábado, 20 de septiembre de 2025

UNA SEMILLA CULTIVADA CON PERSEVERANCIA

Lc 8, 4-15

   Siempre me ha llamado la atención el misterio de la semilla. ¿Cómo es posible —me pregunto— que de una simple semilla, aparentemente muerta, broten frutos? ¿Dónde está la fuerza que haga germinar a esa semilla?
   
    En esos pensamientos se debatía Pedro, hasta el extremo de preguntarse: ¿dónde está ese poder, al que llamamos Dios, que obra ese milagro?
 
    —¿Te parece acertado este razonamiento, Manuel?
   —Estoy de acuerdo. Es verdad que la ciencia puede explicarte cómo la semilla muere (se pudre) y da origen a una nueva vida: raíz, tallo y hojas, que forman una planta. Pero, también, yo me pregunto: ¿Quién hace posible que la semilla reaccione, se rompa y dé una nueva vida vegetal?
   —Para mí —replicó Pedro— es un milagro que nos descubre la presencia de Dios.
  —Pero, ¡aparte!, es un ejemplo del camino que recorre nuestra vida. Jesús nos lo describe de forma admirable en la parábola del sembrador. Está en —Lc 8, 4-15—. Nos habla de la siembra, y de lo que le puede suceder a cada semilla sembrada.
   —Parece interesante ese relato —comentó Pedro—, muy interesado.
   —Es un buen retrato de lo que nos puede pasar con nuestra vida. Unos escuchan, pero se quedan en la superficie; otros, al principio, se entusiasman, sin embargo, no echan raíces, y a la menor contrariedad abandonan. Hay algunos que oyen, pero les pueden más los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
   —Entonces, ¿quiénes son los que pueden dar buenos frutos? —replicó Pedro con perplejidad
  —Aquellos donde la semilla encuentra tierra buena. Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
   Entonces, Manuel —dijo Pedro en tono afirmativo—, creo que yo mismo debo ser esa tierra buena. 
   —Sí, la semilla está en ti … no la dejes sin cuidado.

   La palabra de Dios no actúa de forma automática, cautivando y doblegando las voluntades. Cae leve sobre el interior de cada persona, esperando la acogida de una tierra mullida y fértil en la que poder crecer. Es semilla y tiene todo el potencial para brotar, desplegarse y dar fruto, pero precisa del cuidado de quien la recibe para poder hacerlo.

viernes, 19 de septiembre de 2025

EL PAPEL DE LA MUJER

Lc 8, 1-3

    Siempre he pensado —compartía Pedro— que en la familia, la mujer tiene un papel fundamental. Es la madre, y la que lleva, aunque a veces permanezca escondido, el timón de la casa. Hasta el extremo —me atrevo a decir— que si falta la mujer, la nave zozobra. No sucede lo mismo con el hombre.

    —¿Qué piensas tú, Manuel?
 —En principio estoy de acuerdo. El rol de la mujer es imprescindible. Aparte de ser la que trae a los hijos al mundo, es el cobijo de todos los hijos de la casa. Sin embargo, no podemos obviar que el hombre también tiene su función. Y muy importante
   —Supongo —comentó Pedro— que la familia se construye en aras de la unión del hombre y la mujer. Eso es evidente.
  —Eso está claro —replicó Manuel—. Pero quiero destacar el desempeño enorme que ha aportado la mujer, no solo a la familia, sino también a la sociedad en general. Sobre todo, como lo resalta el evangelio (Lc 8, 1-3), donde el papel de la mujer en la Iglesia ha sido de gran relieve desde el principio como discípulas de Jesús.
   —Me parece muy importante —dijo Pedro—, porque, a veces, da la sensación de que la mujer queda relegada a un segundo plano.
   —Sí, y es conveniente descubrirlo y ponerlo en el lugar que les corresponde. Entre ellas están María Magdalena, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que siguieron a Jesús y le servían con sus bienes.

    En el evangelio, pocas veces aparecen las mujeres mencionadas como discípulas del Señor, pero es así como sucede en este texto. Aquí se recoge el nombre de algunas de ellas. Son seguidoras de Jesús, mujeres agradecidas al Maestro, por haber sido liberadas de malos espíritus o de enfermedades.

   Volverán a aparecer junto a la cruz de Jesús, en primera línea, y serán testigos de la resurrección del Señor.

    Las mujeres jugaron un papel clave en la primera comunidad cristiana y a lo largo de los siglos.

jueves, 18 de septiembre de 2025

AMOR MUTUO

Lc 7, 36-50

    La hipocresía es un mal destructor. Destruye personas, sociedad y también a la Iglesia. Arrasa por donde pasa, sin límites, y hasta se jacta de destruir todo lo que toca.
  En esas divagaciones, Pedro discernía sobre el peligro de los hipócritas. Sabía de muchos que la habían sufrido y de lo molestosa que era; incluso había amargado la vida a más de uno.

  Llevaba un buen rato pensando en el daño que ocasiona la hipocresía, cuando advirtió la llegada de su amigo Manuel.

   —Hola, querido amigo, me vienes como anillo al dedo. Estaba pensando en el daño que hace la hipocresía. ¿Tienes alguna opinión sobre ella?
   —¡Claro! La hipocresía es un veneno. Donde se desparrama, intoxica y destruye. Sé de muchas familias, grupos y colectivos donde ha hecho estragos. Un hipócrita es una amenaza de bomba.
    —Esa es también mi experiencia —comentó Pedro.    —Además, en (Lc 7,36-50) Jesús desnuda el pensamiento hipócrita de un fariseo y, tras contar la parábola de dos deudores, deja entrever la misericordia de Dios hacia quien reconoce sus pecados y expresa un amor desmedido con un gesto desbordado.
    —Un buen ejemplo —replicó Pedro.
   —De los buenos, como todos los de Jesús. Su sabiduría es inmensa y pone al descubierto la hipocresía de Simón, haciéndole ver su propio pecado.
 
   La verdadera comunicación con el Señor solo habla el lenguaje del amor mutuo, entre Dios y la criatura. Quien no entra en este modo de relación se queda al margen, como el fariseo, mirando sin comprender.
  Sin embargo, cuando acontece esta comunicación de amor mutuo, la vida se llena de una fragancia nueva, como aquel perfume que inundó la sala.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

COMO SI DE NIÑO SE TRATARA

Lc 7, 31-35

    En muchas ocasiones —se decía Pedro— nuestra maduración deja mucho que desear. Como si de niños se tratara, mostramos nuestro lado infantil y nos quejamos, cuando no tenemos razón para ello. O nos alegramos cuando la ocasión demanda silencio o moderación.
    
       —¿Cuál es tu opinión al respecto, Manuel?
   —Me parece acertado lo que dices. Hay ocasiones en que nos mostramos inmaduros y salen a relucir nuestras infantilidades. Nos quejamos cuando toca alegrarnos, o, nos alegramos cuando hay motivos para instalarnos en la queja.
   —Hay momentos —añadió Pedro— que no sabemos cómo actuar. Descubrimos nuestro lado más infantil sin saber responder a las situaciones del momento. Y llegan los líos, las revueltas y protestas.
   —Hay que saber estar, y eso lleva tiempo y maduración. Dejar de actuar como niños y acompasar nuestros sentimientos al ritmo de Dios. En (Lc 7, 31-35) Jesús nos descubre nuestro lado infantil: 
En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la …
    
    Jesús favoreció siempre celebrar la alegría del Reino, sin sustraernos de los sufrimientos que llegan, pero que vividos junto a Él, no tienen el poder de abatirnos.

martes, 16 de septiembre de 2025

COMPASIÓN SIN LÍMITES

Lc 7, 11-17
  Estaba desolado, no superaba la tristeza de aquella muerte. Había sido repentina, y eso aviva más el dolor. Sentía compasión y se dolía profundamente.
  
 Caminaba apesadumbrado, buscando un lugar donde detenerse y pensar un poco. Llevaba en su corazón la pérdida del joven, que por su juventud le parecía irreparable. No encontraba consuelo y sentía la necesidad de desahogarse.

  Casi sin darse cuenta, había llegado a la terraza. Hizo un gesto a Santiago y se sentó. En breves segundos, Santiago le servía su buen café.
   —¿Qué tal, don Pedro? —comentó Santiago—. Le veo algo abatido.
   —Sí, vengo de un duelo y todavía llevo dentro la pérdida del hijo de un gran amigo.
   —Lo siento —dijo Santiago—. Comparto su dolor.
   —Gracias. ¡Qué le vamos a hacer, así es la vida!

    En ese momento llegó Manuel. Al ver la escena de melancolía con la que hablaban Pedro y Santiago, preguntó:
    —¿Qué tristeza es esa que percibo? ¿Ha ocurrido algo?
    —Don Pedro, señor Manuel, se duele de la muerte del hijo de un amigo —explicó Santiago.
  —La muerte siempre trae dolor —respondió Manuel—. Pero también es ocasión de esperanza. Sabemos que siempre está al acecho, pero no tiene la última palabra.
    —¿Por qué dices eso? —preguntó Pedro.
   —Porque nuestra fe se fundamenta en la resurrección del Señor. Él nos da esa esperanza con su victoria sobre la muerte. ¡Mira! Hay un pasaje (Lc 7, 11-17) donde Jesús siente compasión de una pobre viuda. Llevaban a enterrar a su hijo, y Jesús, al verla, se conmueve y devuelve la vida a ese joven.
   —¡Pues sí! —exclamó Santiago con alegría—. Eso da esperanza.
   —Pienso: ¿No va a tener también nuestro Padre Dios compasión de nosotros? —concluyó Manuel.
 
  El rostro de Pedro reflejaba ahora un consuelo nuevo, cargado de esperanza. Verdaderamente, la muerte no tiene la última palabra.
 Una vez más, Jesús ve y se compadece. Eso es lo que le mueve. Su vida entera es una dinámica de compasión que rescata vidas perdidas. Él es vida, y su compasión no tiene límites. En el Resucitado reside nuestra capacidad de confiar sin reservas en el Señor.