sábado, 26 de julio de 2008

LA PARÁBOLA DEL HIJO PRODIGO (I)












Reflexionar sobre el hijo prodigo es identificarse con ambos hijos, no sólo con el prodigo, sino con el que permanece aparentemente en casa y cumple la voluntad de su padre. Es también mirar por encima de nosotros mismos y darnos cuenta de la inmensidad de un PADRE rico, poderoso, dotado de un corazón amplio, lleno de amor generoso y franco para sus hijos, y sin duda, la imagen de DIOS, tal como nos es revelado por CRISTO.


Escuchar la parábola no es sólo oírla, sino hacerla mía y, llenándome de humildad, trascender la mirada hacia un PADRE bueno que nos ha sido dado a conocer y que nos espera, nos cuida y nos da todo lo que podamos necesitar hasta alcanzar la plena felicidad que anhelamos. Sin embargo, estando en la Casa y teniendo todo a nuestro alcance, hay algo que nos impulsa a anhelar más y a no conformarnos con los cuidados, consejos y mandatos del PADRE. ¡Queremos ser libres!


Hay mucho dónde mirar, leer, pensar, reflexionar, pero de nada vale todo eso sí no hay una experiencia profunda de encuentro con el PADRE que nos ama y no deja de mirarnos y extendernos sus manos. Una experiencia que pasa primero por el encuentro conmigo mismo donde, con la ayuda del ESPÍRITU SANTO, me esfuerce en ver lo ultimo de mis actitudes más profundas. Un encuentro con mis pecados disfrazados a veces de cierta serenidad, tranquilidad que cumple con todo lo ordenado de forma honesta y virtuosa según el hombre. Y otro confundido en un temperamento turbulento, pasional, impulsivo, inclinado al desenfreno de las pasiones, apetitos, ambiciones, atraído por lo variable, lo lejano y extranjero. Ambas actitudes están representadas en el pecado. El primero, tras la capa farisea del refinamiento y la apariencia, y el segundo, en su actitud más grosera, baja y pasional.

Se hace necesario un esfuerzo de verme retratado en esa imagen del hijo prodigo para, desde ahí, poder comprender y experimentar la vivencia de lo vivido como hijo de DIOS. Mirando todo lo que tengo: la posibilidad de felicidad prometida en la salvación eterna, lo demás, aún siendo en el presente un duro camino, no tiene ninguna relevancia ante tan grande promesa del PADRE. Si bien, es verdad que la participación de tanta riqueza, donde nada me va a faltar, me hace sentirme atraído por la ambición de no someterme al orden establecido en la Casa del PADRE.

La tentación de la manzana se hace experiencia en mi propia carne y siento la inclinación hacia la completa independencia; pienso que es mejor dirigirme por mi propia voluntad, relativismo actual, a mis apetencias y gustos, sin frenos, que por la de mi PADRE, ausencia de DIOS. Y la herencia de lo que exijo, sin pertenecerme, lo experimento como el camino hacia la libertad. De esta forma me siento más a gusto conmigo mismo, pues estaba descontento en la Casa de mi PADRE.

El largo camino de mi vida y la de tantas vidas, yo diría que todos tenemos experiencia de esto, se va a encargar de demostrarme que todos mis afanes, ilusiones y ansias de felicidad iban por camino equivocado. En primer lugar, no comprendía el Amor de mi PADRE. Encerrado en mí mismo consideraba todo lo de la Casa paterna pobre y vacío para mi corazón. Desdichado aquel que piensa que estar libre, para gozar de todas sus codicias, y de todas sus pasiones, es la verdadera libertad. Tarde o temprano todos nos daremos cuenta de que cometido el pecado, satisfecho nuestro egoísmo, seremos esclavo del pecado. La única y verdadera libertad es aquella que consiste en vivir según los pensamientos del PADRE que nos ha creado para su gloria y nos ofrece su Casa. Es en esta libertad donde únicamente hallaremos la verdadera felicidad.

Me vienen al recuerdo muchas experiencias que se quedan, no al cuidado de cerdos, pero sí instalados en la mediocridad y el sin sentido. Errantes sin rumbo y resentidos por un ansia de felicidad que no encuentran ni nunca encontraran. Experimentan la sin razón, la angustia, el desenfreno, el remordimiento, la resignación, el fin remoto que no da sentido al padecimiento, al sufrimiento, a la lucha, a la entrega, al perdón, a la solidaridad, a la fraternidad y a tantas cosas que nos explican por qué está el mundo como está. Sólo en la Casa del PADRE todo recobra sentido y orden.

Hay mucho más que comentar ante tanta profundidad del pensamiento que encierra la parábola, pero se hace prudente ir despacio y dar tiempo a que el ESPÍRITU nos adentre en nuestro propio interior, abonado primero con nuestro voluntario esfuerzo, para sembrar de luz nuestros pasos y embriagarnos de humildad. Porque necesitamos ser humildes para comprender y no caer en la actitud publicana del segundo hermano que cumpliendo todos los mandatos de su PADRE no estaba dispuesto a perdonar a su hermano, pues sentía suya toda la heredad que el PADRE poseía. Se estremece en mí el sentimiento egoísta posesivo de poseer y no compartir. Tú ya lo has dilapidado; ahora esto que hay aquí es sólo mío. Se delata la voluntad de cumplimiento, no por amor, sino por ambición y poder. Se cumple para tener más y tú eres un enemigo que amenazas quitarme lo mío.

Y las preguntas: ¿a QUIEN pertenece todo? ¿De QUIEN es la Casa donde vivimos? ¿Acaso tengo yo derecho a algo más sí todo me ha sido regalado? ¿Quien me creo que soy? ¿En quien me he transformado? ¿Quiero ser más que tú cuando no soy dueño ni de un cabello de mi cabeza? Hay tanto para dar gracias y reflexionar que termino alabando y dando gracias por el gran regalo de concedernos la asistencia y permanencia entre nosotros del ESPÍRITU SANTO.




martes, 22 de julio de 2008

EL ESPÍRITU SANTO









Una vez más, en esta tarde hemos oído la gran promesa de CRISTO, "cuando el ESPÍRITU SANTO descienda sobre vosotros, recibiréis la fuerza", y hemos escuchado su mandato: "seréis mis testigos... hasta los confines del mundo" (Hech 1, 8). Estas fueron las últimas palabras que CRISTO pronunció antes de su ascensión al cielo.

Lo que los Apóstoles sintieron al oírlas sólo podemos imaginarlo. Pero sabemos que su amor profundo por JESÚS y la confianza en su Palabra los impulsó a reunirse y esperar en la sala de arriba, pero no una espera sin un sentido, sino juntos, unidos en la oración, con las mujeres y con María (Hech 1, 14).

Esta tarde nosotros hacemos lo mismo. Reunidos en nuestro salón donde celebramos nuestras Ultreyas, fijando nuestro recuerdo en lo que hicieron los Apóstoles, junto a María y otras mujeres y esperanzados y confiados en las Palabras que nuestro SEÑOR les prometió a ellos, también para todos nosotros, nos abandonamos en tus MANOS, ¡oh Santo ESPÍRITU!, para fortalecernos y abrirnos a tu luz y sabiduría.

Dejemonos inspirar por el ejemplo de nuestros patronos. Acojamos en nuestros corazones y en nuestra mente los siete dones del ESPÍRITU SANTO: sabiduría - inteligencia - consejo - fortaleza - ciencia - piedad - temor de DIOS. Reconozcamos y creamos en el poder del ESPÍRITU SANTO en nuestra vida.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de DIOS y, mediante el gran don del Bautismo nos hemos convertido en hijos adoptivos de DIOS, nuevas criaturas. Y, precisamente como hijos de la Luz de CRISTO damos testimonio en nuestro mundo del esplendor que ninguna tiniebla podrá vencer. (Jn 1, 5).

Esta tarde ponemos nuestra atención sobre el "cómo" llegar a ser testigos. Tenemos necesidad de conocer la Persona del ESPÍRITU SANTO y su presencia vivificante en nuestra vida. No es fácil. En efecto, la diversidad de imagenes que encontramos en la escritura sobre el ESPÍRITU - viento, fuego, soplo - ponen de manifiesto lo difícil que nos resulta tener una comprensión clara de ÉL. Y, sin embargo, sabemos que el ESPÍRITU SANTO es quien dirige y define nuestro testimonio sobre JESUCRISTO, aunque de modo silencioso e invisible (Jn 14, 25-26) - les he dicho estas cosas estando con ustedes, pero el Consolador, el ESPÍRITU SANTO, el que el PADRE enviará en MÍ nombre, ÉL les enseñará todo y les recordará cuanto les he dicho -.

Nuestro testimonio cristiano es una ofrenda a un mundo que, en muchos aspectos, es frágil. La unidad de la creación de DIOS se debilita por heridas profundas cuando las relaciones sociales, o el espíritu humano se encuentra casi completamente aplastado por la explotación o el abuso de las personas. De hecho, la sociedad contemporánea sufre un proceso fragmentario por causa de un pensamiento que descuida completamente el horizonte de la verdad Absoluta, la Verdad sobre DIOS y sobre nosotros. EL hombre se aisla de DIOS y se sumerge en su propia verdad. Elige la manzana del poder y del ser tan grande como DIOS.

No podemos dejarnos tentar por la desesperación y la ilusión de construir una unidad perfecta. Nosotros solos no podemos . La unidad y la reconciliación no se pueden alcanzar sólo con nuestros esfuerzos. DIOS nos ha hecho el uno para con el otro (Gn 2, 24) y sólo en DIOS y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad "perfecta". No se trata de una tentación nueva. En la historia de la Iglesia hay muchos ejemplos de tentativas de esquivar y pasar por alto las debilidades y los fracasos humanos para crear una unidad perfecta, una utopía espiritual.

Estos intentos de construir la unidad, en realidad la debilitan. Separar al ESPÍRITU SANTO de CRISTO, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana, que es precisamente un don del ESPÍRITU. Se traicionaría la naturaleza de la Iglesia como Templo vivo del ESPÍRITU SANTO (1Co 3, 16). En efecto, es el ESPÍRITU quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad plena y la unifica en la comunión y en servicio del ministerio. Lamentablemente, la tentación de "ir por libre"continúa. Algunos hablan de su comunidad local como si se tratara de algo separado de la así llamada Iglesia institucional, describiendo a la primera como flexible y abierta al ESPÍRITU, y la segunda rígida y carente de ESPÍRITU.

La unidad pertenece a la esencia de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia católica); es un don que debemos reconocer y apreciar. Se hace necesario, dice el Santo Padre, pedir por nuestro propósito de cultivar la unidad, de contribuir a ella, de resistir a cualquier tentación de darnos media vuelta y marcharnos. Ya que lo que podemos ofrecer a nuestro mundo es precisamente la magnitud, la amplia visión de nuestra fe, sólida y abierta a la vez, consistente y dinámica, verdadera y sin embargo orientada a un conocimiento más profundo.

Queridos jóvenes, ¿acaso no es gracias a vuestra fe que amigos en dificultad o en búsqueda de sentido para sus vidas se han dirigidos a vosotros? Estad vigilantes. Escuchad, ¿sois capaces de oír, a través de las disonancias y las divisiones del mundo, la voz acorde de la humanidad? Desde el niño abandonado en un campo de Darfur a un adolescente desconcertado,a un padre angustiado en un barrio periférico cualquier, o tal vez ahora, desde lo profundo de vuestro corazón, se alza el mismo grito humano que anhela reconocimiento, pertenencia, unidad,

¿Quien puede satisfacer este deseo humano esencial de ser uno, estar inmerso en la comunión, de estar edificado y ser guiado a la verdad? El ESPÍRITU SANTO. Este es su papel: "realizar la obra de CRISTO". Enriquecidos con los dones del ESPÍRITU, tendréis la fuerza de ir más allá de vuestras visiones parciales, de vuestra utopía, de la precariedad fugaz, para ofrecer la coherencia y la certeza del testimonio cristiano.

Fragmento del discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los jóvenes en la vigilia del sábado 19 de julio en el Hipódromo de Randwick.



domingo, 13 de julio de 2008

SALMO 64, 10-14


10 TÚ, cuidas de la tierra, la riegas

y la enriquece sin medida;

la acequia de DIOS va llena de agua;

prepara los trigales:

11 riegas los surcos, igualas los terrones,

tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes;

12 coronas el año con tus bienes,

tus carriles rezuman abundancia;

13 rezuma los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría;

14 las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses

que aclaman y cantan.


Tu acequia, SEÑOR, la llenan tantas vidas de hombres y mujeres que han vivido en plenitud. Son los santos. Tu acequia se ensancha con María, la llena de Gracia. Y tu acequia queda desbordada con la vida de tu HIJO JESÚS de cuya plenitud todos hemos participado.


Una acequia maravillosa llena de fe, de esperanza, de amor. En esta acequia quiero sumergirme. Por esta corriente yo quiero ser arrastrado.


Lo mío, SEÑOR, es lo mezquino. Lo tuyo la sin medida. Yo todo lo mido, todo lo cuento, todo lo calculo. TÚ te das del todo. Eres un derrochador, un despilfarrador. ¿Cuándo, SEÑOR, me entregaré del todo? ¿Cuándo sabré y aprenderé a perder mi vida para salvarla? ¿Cuándo me fiaré plenamente de TI? Y... ¿cuándo será ese cuando?


¿Sé alabar a DIOS... darle gracias... decirle a boca llena que estoy contento y feliz con ÉL?


La oración con ese DIOS tan grande e inmenso... ¿me impide dedicarme a las cosas más pequeñas de cada día y a los detalles con mis hermanos(as)?


¿Caigo en la cuenta de que la Creación es una bonita escuela de teología? En mis grupos de apostolado, ¿les enseño a descubrir a DIOS en la naturaleza?


Recogido del libro "canten al SEÑOR un cántico nuevo" de Raúl Romero López.

sábado, 12 de julio de 2008

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR



¡Cuantas veces habré oído esta parábola! Creo que muchas, sin embargo hoy me he dado cuenta de algo en lo que no he reparado nunca hasta hoy. Fue, precisamente, en la Eucaristía cuando me di cuenta al oír en la homilía del sacerdote que la tierra somos nosotros. Puede resultar una simpleza, pues para muchos esto no es nada nuevo, pero yo, lo confieso, observé las enseñanzas de esta parábola desde este punto de vista diferente viéndome como tierra.

Supongo que la habré oído por muchos sacerdotes, en Cursillos de Cristiandad es una de las meditaciónes, y he asistido, por la Gracia de DIOS, ha muchos Cursillos. Sin embargo, hoy el ESPÍRITU quiso que la viese diferente en ese punto: "la tierra". Yo soy la tierra donde el Sembrador, el SEÑOR, ha sembrado. Y como semilla sembrada tengo todo lo necesario para dar frutos; frutos que sirvan para mitigar el hambre; frutos que sirven para sembrar la paz; frutos que sirven para dar la vida; frutos que sirven para sembrar justicia; frutos que sirven para enlazarnos en estrecha fraternidad y hacer reinar el Amor.

Ahora veo mucho más claro la necesidad de la Eucaristía, porque ella representa todo lo que la semilla necesita para crecer y dar fruto: agua para agarrarme a la vida; calor para fortalecer mi raíz; fortaleza para la lucha contra los temporales; paciencia para saber crecer sin prisas; generosidad para dar lo mejor de mí mismo y paz para asimilar toda la savia injertada.

Y todo eso lo recibo cuando como su CUERPO y bebo su SANGRE. Cuantas más veces, mejor. ÉL es el Sembrador que va, regando, calentando, fortaleciendo, suavizando, podando y haciendo de mi el árbol frondoso y útil para lo que fui plantado. Claro, eso necesita de la semilla colaboración, pues ella esta conformada en su interior, ley Natural, para recibido todo lo necesario iniciar la lucha de su sustento diario. extender sus raíces para chupar el agua regada; descubrir sus hojas para dejarse calentar por la luz del día; mover sus ramas al son del viento para fortalecer su tronco, sus criterios, afirmar sus raíces para no dejarse arrastrar y permaneces en su sitio pacientemente; ofrecer toda su riqueza frutal a la tierra que le ha dado todo lo recibido de su sembrador y esperar con alegría y paz dispuesta a la próxima cosecha hasta que su Sembrador disponga.

El camino es apasionante, temeroso, incierto, duro, sufrido en muchos momento, otros serenos y tranquilos, pero esperanzador porque voy con el Único y capaz Sembrador que me hará dar frutos en abundancia: unas veces 30%, otras 60%, otras 100%.

Sólo de esa manera la vida tiene sentido porque nuestros frutos están destinados para comerse, para servir de alimento y vida para otros. ¿Qué sí no otra misión tienen? Negarse a ser sembrado, negarse a ser tierra fértil significa que quiero crecer para mí solo. Significa, que sólo me importo yo y todo lo que me suponga un beneficio e interés, incluso mi familia. Significa, apartar al que me perjudica o da mejores frutos que yo. Significa, quitar todo lo que me estorba para mis proyectos e intereses, incluso la vida. Significa, matar todo lo que impide mi camino y mi propio egoísmo, incluso la eutanasia si se hace menester. Significa muerte y destrucción. Significa tierra descuidada, marchitada y desolación.

El camino es otro por propia naturaleza, más como dice la parábola: "el que tenga oídos que oiga". Todo queda, pues, a nuestro libre albedrío ya que somos semillas que podemos elegir la tierra donde queremos injertarnos para dar lo mejor de nosotros. Sólo que lo mejor es darse y no darnos como hace la semilla: "muere para dar vida".
SEÑOR, tu Palabra llega cada día al campo de mi vida. Y no siempre encuentra la tierra esponjosa y abonada. Mi inconstancia, los afanes de la vida, la seducción del dinero...impiden que produzca en mi los frutos de vida eterna. La semilla es excelente. El Sembrador Divino. El campo quiero que esté siempre preparado.

martes, 8 de julio de 2008

SIN SENTIDO






Repetidas veces lo hemos afirmado por activa y pasiva y, sabemos, que todos están de acuerdos, pero nadie, o al menos muy pocos, se paran a pensarlo y a hacerlo suyo para crecer y madurar en sus propias vidas. Es lo mismo de siempre: vamos sin sentido y sin rumbo por la vida. Nacemos y nos despersonalizamos en la medida que crecemos, al contrario de ir creciendo en estatura, sabiduría y conocimiento hasta alcanzar, poco a poco, una madurez propia de persona.

Sin saber como y por qué nos encontramos en una espiral sin rumbo, dónde cada uno es una cosa frente al otro. Una cosa que le obliga al enfrentamiento y a la lucha por la competencia de ser yo más que tú. Nos olvidamos de lo más esencial: nuestra propia dignidad de persona, y de que estamos hechos, creados, para amar y amarnos como personas, no como cosas.

Sin embargo, en este mundo parece todo lo contrario: estamos cocificados y desnaturalizados, hasta tal punto que se pone un artista de primera magnitud a tocar sus piezas más significativas y nadie le hace ningún caso. Luego, ¡que sorpresa!, alguien se lo puede encontrar en un concierto por el que ha pagado la friolera cantidad de 1000 libras. ¿Tiene esto sentido?

Bien, pues eso no es una mera suposición, ocurrió, promovido por el Washington Post, que un violinista se fue a tocar al metro y después de tocar un gran repertorio durante unos cuarenta y cinco segundos no tuvo la recompensa de los aplausos y el reconocimiento del público. En el vídeo se aprecia que una oyente se para casi al final y le aplaude entusiasmada y otra parece asentir muy satisfecha de la interpretación oída. "Muchos son los llamados y pocos los que acuden a esa llamada, por lo tanto, pocos que elegir.

Ese anónimo violinista era, nada más y nada menos, Joshua Bell, uno de los mejores del mundo. Tocaba con un Stradivarius valorado en unos 3 millones de dolares. Hizo una interpretación de las mejores composiciones que había tocado, unos días antes, en la Sinfónica de Boston, donde la entrada costaba la friolera cantidad de 1000.- dolares. La idea fue realizada para disparar un debate sobre el valor del arte y su contexto.

Ni que decir tiene que, una vez más, estamos viviendo una época cultural del relativismo: todo es relativo. Y nada tiene sentido, pues todo depende de que seas tú o yo quien juzgue o analice. ¡DIOS mío, que disparate! ¿Que pasaría si un juez piensa una cosa y otro otra? Puede haber diferencias interpretativas, pero en referencia a una verdad, a un código, a un derecho que nos viene dado de fuera e inspirado en la ley Natural. El hombre si se fundamente en el hombre mismo está perdido. El hombre vale en la medida en que es parte de algo, no en si mismo. Su verdad no está en él, le viene dada de fuera, del CREADOR.

Podemos alegar prisas, preocupaciones, trabajo, tiempo, pero si alguien se pone en ese momento a repartir dinero, pregunto: ¿no nos pararíamos a recogerlo? Una cosa queda clara: dime dónde tienes tu ideal y corazón y te diré a donde vas y quien eres.

Eso nos ocurre, vamos acelerados, sin pararnos a pensar, sin meditar, sin saber por qué corremos, por qué hacemos esto o lo otro. Todo se reduce a una cotidiana supervivencia desesperada, egoísta, hedonista, posesiva, suicida, intrascendente, inhumana, sin sentido, sin rumbo, instintiva, sin preguntas...etc. ¿Qué nos pasa?

Se hace obligatorio, necesario pararnos y buscar el verdadero sentido a la vida. No vamos a tener otra oportunidad para ser felices eternamente sino está que se nos ha dado. El tiempo es oro. ¡Paremonos y escuchemos tocar el violin por el mejor Maestro que nos promete la salvación.

sábado, 5 de julio de 2008

LA LECCIÓN DEL FÚTBOL








La selección española nos ha señalado el camino de la concordia, de la paz y de los frutos que se derivan de un hacer las cosas bien fundamentadas en la practica de los valores y la verdad. Se ha ganado, porque, a pesar de contar con la indispensable buena suerte, que siempre se necesita, se ha cultivado el respeto al compañero, la humildad en el trabajo, la obediencia al entrenador, la solidaridad con los compañeros y en la estrategia del equipo,la esperanza en la recompensa del esfuerzo, de la sinceridad, de la verdad... etc.

Nada de tapujos, de actitudes negativas, de libertades personales, de suficiencias, de mi verdad es la que se debe seguir, de partidismo, de insolidaridad, de individualismos, de mentiras, de no arrimar el hombro, del mínimo esfuerzo, de quitar mi hombro para que cargue el otro y de muchas cosas más.

En una serena reflexión se puede aprender mucho de lo que se esconde y subyace detrás del éxito. Es verdad que la emoción, el éxito coronado, el sentimiento aflora y da lugar a la algarabía, pero tras la tempestad festiva debe imperar la calma y el sosiego. Se impone aprovechar, no sólo el éxito deportivo, sino concluir en verdaderas lecciones moralizantes que nos pueden ser de mucho provecho par nuestra convivencia y bien hacer de nuestra España querida y amada.

El sentimiento estaba dormido, necesitado de una prueba categoríca que le despertara y que le hiciera ver que el camino de la desunión, de la anarquía del relativismo, de la soberbia y poder, del partidismo e ideologías, del sectarismo y autonomías sin sentido, de la imposición de mi lengua y al traste con la tuya, del olvido de nuestra lengua común, de la defensa de la persona, por encima de la naturaleza, subordinada al hombre, ¡de la valía del hombre!, rey de la creación, y, como tal tiene un valor inestimable, no en si mismo, sino en la medida en que es parte de algo.

Ahí están los frutos del éxito cosechado: la unión fraterna de la dignidad y de la libertad humana, junto a la confianza en la razón, ¡vamos que podemos!, permite la distinción entre el ámbito de la fe puesta en el hombre mismo y la fe puesta en DIOS , la verdad Absoluta. Es la auténtica diferencia entre lo secular y lo religioso.

Seguramente pasará inadvertido; seguramente habrá risitas e indiferencias, pero el camino es sembrar en la gente de que DIOS es amor, y el campeonato estará ganado, en términos metafóricos. El que quiera entender que entienda.

Y la última lección que, desde mi humilde reflexión hago, se dibuja en la unidad de España. Todo está desmembrado, más la idea de la unidad en una sola nación fundamentada en sus raíces más profundas, la victoria deportiva la ha sacado a flote, nos debe quitar la venda de los ojos y darnos cuenta que sólo desde nuestras raíces auténticas encontraremos nuestro propio destino.

jueves, 3 de julio de 2008

SIDNEY, LA IGLESIA SE RENUEVA




En los momentos de desánimo y de desaliento miramos hacia el cielo para encontrarnos con el SEÑOR. Es una mirada instintiva, pues se nos esconde o nos desesperamos. Cunden las tribulaciones y brotan de nuestro interior la oración de súplica y ayuda: ¡fortalece tu Iglesia, SEÑOR! ¡No dejes que la aplasten y la aniquilen!



Son los momentos de la duda, como Pedro sobre las aguas, nos percibimos hundiéndonos, asustados, inseguros. En tales circunstancias, clamamos: ¡ayudanos! ¡Y aparece la MANO del SEÑOR! A ellas nos asimos y recobramos el aliento, la esperanza y la fortaleza para continuar la marcha.


Esa es la sensación que me produce el encuentro de S.S. Benedicto XVI con la juventud en Sidney. Sabia nueva, obreros jóvenes para la mies. Esperanza de un mundo rejuvenecido y fortalecido en la fe en CRISTO el SEÑOR. ¡Hombres de poca fe!, ¿por qué dudan?


No saben que YO estoy con ustedes. Tomen, metan sus manos en mis costado y pongan sus dedos en las llagas de mis manos. ¡NO tengan miedos!, como nos decía Juan Pablo II.


Sólo recorre un sentimiento por toda mi alma al observar este próximo encuentro que se avecina: ¡es el SEÑOR, a QUIEN el viento, las aguas y todo lo que existe le obedece! ¡Es el SEÑOR que no nos abandona y llena su Iglesia de savia nueva y rejuvenecida!


Unamos todos, con una misma voz, para pedir al SEÑOR por los frutos de este encuentro, para que el mundo se llene de sal fresca y nueva que purifique los valores y busque el bien común de la persona humana. Pidamos al SEÑOR para que la fe fermente, como levadura, los ambientes de los jóvenes.