jueves, 28 de mayo de 2015

JESÚS SE QUEDA BAJO LAS ESPECIES DE PAN Y VINO

Lc 22, 14-20


Todo permanece igual, no se ha cambiado ninguna palabra. La institución de la Eucaristía permanece sin ninguna alteración. Es el centro de nuestra fe en la que permanece y reina la presencia viva de Jesús.

El Señor se hace presente entre nosotros y nos brinda su Espíritu para que en Él seamos su presencia en este mundo y la semilla que lo transforme hasta implantar su Reino. La Eucaristía es el centro de los sacramentos, porque en ella recibimos el Cuerpo y la Sangre presente de Jesús bajo las especies de pan y vino.

El encuentro con Jesús nos renueva y nos fortalece. Por eso, la Eucaristía es el sacramento frecuente, y si se puede, diario, que el creyente debe celebrar. No es la Eucaristía un acto más de piedad, sino una celebración que celebra, valga la redundancia, el encuentro con Jesús. ¿Y quién no celebra y tiene un encuentro con su mejor amigo cada día?

La Eucaristía es el instante que, lleno de Jesús, fortaleces tu alma y vigorizas tu voluntad para la lucha de cada día en este mundo en el que vives, pero al que no perteneces. Es el entreno necesario para, por la Gracia del Espíritu, encontrar luz y sabiduría en tu camino hacia la liberación de tu propia esclavitud por el pecado. Claro queda que le necesitamos, y que cada Eucaristía es un regalo inmenso que no tiene precio. 

Claro queda que debemos priorizar, siempre que podamos, acudir a la Eucaristía porque en ella fortalecemos nuestro espíritu y voluntad para vivir según el Espíritu de Jesús y cumplir su Palabra.

Jesús es el Señor que ha sellado una nueva alianza con su sangre para, derramada por todos los hombres, salvarnos de la esclavitud del pecado y darnos la Vida Eterna.

miércoles, 27 de mayo de 2015

COTAS DE PODER

Marcos 10, 32-45


Hay una tendencia a subir, y superada la cota más alta empezamos a mirar para la siguiente. Ocurre también entre los apóstoles. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, aspiran a subir y estar arriba entre los primeros y, acercándose a Jesús, le dicen: 

Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: ¿Qué queréis que os conceda? Ellos le respondieron: Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Ellos le dijeron: Sí, podemos. Jesús les dijo: La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.

No se trata de pedir, ni siquiera ser elegido, sino que se trata de servir y ser el último. Muchos elegidos no responden a la confianza que en ellos se ha depositado. Ahora en tiempos de elecciones tenemos muy fresca esa experiencia, y la corrupción, falsas promesas y mentiras están a la orden del día. Solo los que, fieles a sus promesas, se dedican a servir, serán los que sean elevados a los primeros puestos.

La ambición nos pervierte porque nos empuja a pasar por encima del otro, aun siendo injusto, con tal de conseguir nuestros propios intereses y objetivos. Advertimos que los discípulos no se enteran de lo que Jesús les dice, pues se le acercan para pedirle un lugar en su Gloria sin darse cuenta que Jesús les anuncia su Pasión y Muerte. Están distraídos y pendientes de sí mismos.

Igual nos puede y nos ocurre a nosotros ahora. Estamos más pendiente de los actos de piedad y celebraciones que de lo verdaderamente importante: el servicio por amor. 

martes, 26 de mayo de 2015

DIFÍCIL DE ENTENDER, PERO PODEMOS PEDIR LUZ PARA ENTENDERLO

(Mc 10,28-31)


Resulta difícil elegir un camino de persecución. No apetece elegirlo, y no llegas a entender y menos explicarlo que conviene elegirlo. ¿Cómo y de qué manera hacerlo entender? Levantar la mirada es lo único que se me ocurre en estos momentos. Tú dirás, Señor.

Sin embargo podríamos preguntarnos quien no sufre en esta vida. Podríamos convenir en que todos pasamos por momentos muy difíciles, y que muchos desean hasta acabar con su propia vida. El resultado es que nadie se libra de sufrir y pasarlo mal: desamores, fracasos, muertes y accidentes de seres queridos, relaciones sentimentales rotas, engaños, enfermedades...etc.

Un sin fin de circunstancias que nos hacen la vida dura y cuesta arriba. Pero lo peor no es eso, sino que perdemos la esperanza porque no tenemos ningún horizonte que nos anime en el camino. La conclusión es: ¡qué vida perra!

Por el contrario, injertados y apoyados en Jesús, el camino es diferente. Sí, es verdad que nadie te quita el sufrimiento y, sobre todo, la persecución, pero tampoco nadie te puede quitar la esperanza. La esperanza de llegar un día a Jesús y descansar en Él para siempre. Sí, seremos perseguidos como Él, ¡no faltaría más!, pero resucitaremos en Él y viviremos feliz, también cómo Él, para la eternidad.

Esa es la diferencia, y vale la pena. Sin Él no hay esperanza ni tiene sentido nuestra vida. Por muchas felicidades que persigas e intentes vivir. Llegará un final vacío y sin sentido. Un final de muerte y de perdición.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, y en Él todo tiene sentido y resultado feliz. Vale la pena, a pesar de ser perseguido como Él, recorrer el camino que nos lleva a su encuentro.

lunes, 25 de mayo de 2015

UNA OPCIÓN QUE EXIGE RENUNCIA

(Mc 10,17-27)


Privarse de algo no es fácil, sobre todo cuando ese algo interesa, da placer o te permite vivir con comodidad y cierto confort. Se está bien, al menos aparentemente, cuando se da rienda suelta a las apetencias y placeres que nos tientan y atraen.

Dejar esta situación es complicado y molesta, por lo que se hace difícil cambiar. Supongo que fue lo que le ocurrió a ese personaje, que corrió al lado de Jesús a plantearle que tenía que hacer para heredar la vida eterna. Y recibió como respuesta la de seguirle dejando todo lo demás. No pudo dar una respuesta, porque tenía su corazón en el mundo apegado a todas las cosas que le poseían.

Porque son, precisamente, las cosas las que te poseen y te esclavizan despojándote de tu propia libertad y haciéndote esclavo. A mayor poder, riqueza y bienes, mayor dependencia y esclavitud. Tanto es así que el resultado es someterte hasta el extremo de resistirte al Amor de Dios y rechazarle. Así ocurrió con aquella persona. No resistió el poder de sus riquezas y rechazó la invitación de seguir a Jesús.

¿Qué nos ocurre a nosotros? No estamos lejos de esa actitud y decisión, y nadamos en el medio. Queremos seguirle, pero también estamos en el mundo y miramos para el mundo. Y de esa forma será muy difícil servir al Señor. La sentencia que pronuncia Jesús se hace real. Las riquezas nos alejan del camino de salvación y nos pierden, porque nos esclavizan y nos esconden la verdad. Y sin verdad es imposible ser libre.

Nadie es bueno sino sólo Dios. Y si Jesús es bueno es porque es Dios. Su vida es intachable y su doctrina se instala en la Verdad y la Justicia. Verdad y Justicia que tienen que refrendarse en las obras de tu vida. Sólo así, dando testimonio de tu fe con tu vida, puedes transmitir la verdad del amor.

No estaba dispuesta aquella persona a dar el salto. Se había limitado a practicar y a cumplir, pero fuera de ahí nada más. El compromiso no llegaba tan lejos, pues se daba prioridad a los bienes, riqueza y poder, que a la del seguimiento a Jesús. Es un gran obstáculo que Jesús compara metafóricamente con que sería más fácil pasar un camello por el agujero de una aguja, que entrar un rico en el cielo.

Jesús sabe de nuestras dificultades y de la capacidad de nuestra fuerza, y nos advierte sobre lo que debemos hacer. El cumplir debe ir acompañado del vivir en la Palabra con las obras.

domingo, 24 de mayo de 2015

EN EL ESPÍRITU SANTO ALCANZAMOS EL PERDÓN

(Jn 20,19-23)


¿A dónde iríamos por nosotros mismos? ¿Qué haríamos sin el poder del Espíritu Santo? Sin lugar a dudas, el Señor, que nos conoce a fondo, nos tenía reservado ese momento en el que recibiríamos el Espíritu Santo. Porque sin Él nada podemos hacer.

Por medio de sus apóstoles, Jesús confiere el poder del Espíritu de Dios para que transmitan y proclamen el Evangelio a todos los hombres. Seremos nosotros ahora, que, por el Bautismo, hemos sido configurados como sacerdotes, profetas y reyes, los que en el Espíritu demos fe y testimonio del Evangelio y la Palabra del Señor.

En el Espíritu Santo son perdonados nuestros pecados. «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

No podemos perdonarnos nosotros mismos. Recibimos el perdón de quien tiene poder para perdonar. Y ese no es otro sino Jesús. Es Él quien lo ha conferido a sus discípulos, y estos lo dan en su Nombre. El perdón se pide, se pide a Otro. Y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es el fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos llena con el baño de misericordia y de gracia que fluye sin cesar del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado (de la Homilía de S.S. Francisco, 19 de febrero de 2014).

Experimentamos en el perdón una paz y unas renovadas fuerzas que nos da ánimos para transmitir y contagiar a los que abran sus corazones a la acción del Espíritu. Porque es en el Espíritu Santo donde encontramos ese tesoro que todos buscamos: la felicidad eterna.

Las cosas del mundo terminan por esclavizarnos y ser una carga demasiada pesada en nuestra vida. Sus consecuencias son envidia, ambición, poder, riqueza, soberbia...etc, que nos llenan de infelicidad y tristeza. Es la experiencia que observamos en este mundo en el que vivimos. Todas las historias están salpicadas de enfrentamientos y luchas a muerte.

Gracias Señor por darnos tu Espíritu, para que, abiertos a su Gracia, podamos encontrar la sabiduría, la fortaleza y la paz necesaria para llevarte a ti en nuestro corazón y darlos a todos los hombres. Amén.


sábado, 23 de mayo de 2015

DESPOJARME DE MIS PLANES

Jn 21, 20-25


Queremos y confesamos seguir a Jesús, pero, quizás sin darnos cuenta, seguimos nuestras propias ideas y planes. Por nuestra propia naturaleza nos cuesta seguir los planes de otros, y también los de Jesús. Nos resistimos a sus señales, signos o indicaciones, y optamos por los nuestros.

Realmente nos cuesta despojarnos de nuestros egos, y, liberados, seguir los de Jesús. Pedro, al parecer, no estaba muy de acuerdo con que fuera Juan detrás de él y de Jesús, pero, interpelado Jesús, le responde que a él no le corresponde decidir. Pedro tenía sus planes, pero los que importa son los planes de Jesús.

Igual nos ocurre a nosotros. Interpelamos a Jesús y ponemos trabas a sus proyectos. Incluso los rechazamos. Le seguimos cuando nos interesa y cuando los vientos nos son favorables, pero no ocurre así cuando la dirección del viento cambia y sopla en dirección opuesta. No nos da lo mismo, ponemos nuestra condición e interrumpimos nuestro camino y nos paramos. 

Entonces tomamos un atajo que nos parezca  más acorde con nuestros planes y rechazamos los de Jesús. Ponemos nuestras condiciones y establecemos un plan que sea compatible con el nuestro. En otras palabras, encendemos una vela a Dios y otra al diablo, o algo parecido. Es esa la cuestión. Debemos priorizar y poner a Jesús en el centro de nuestra vida y por encima de todos y todo.

Jesús como fundamento y camino de nuestra vida, sin miramientos ni influencias, envidias, o retos que vengan de otros lugares o personas. Él es la Referencia, el Modelo, la Palabra, el Norte que debe impregnar mi vida de criterios, de verdad, de justicia y, sobre todo, de amor.

Nos descubrimos egoístas, pecadores y suficientes. El Señor es el Mesías, el Hijo de Dios Verdadero. Redentor y Salvador bajado del Cielo para salvarnos de la esclavitud del pecado. ¿Cómo no seguirlo? Es Él quien nos llevará por la senda de la Verdad y de la Vida, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

viernes, 22 de mayo de 2015

NO HAY OTRA MANERA DE DECIRLE AL SEÑOR QUE LE AMAS SINO AMANDO AL PRÓJIMO

(Jn 21,15-19)


Puedes hablar el idioma que quieras, pero Jesús sólo entendera un idioma: El Amor. Fuera del Amor nada tiene valor, porque lo que no se haga con Amor se hace por egoísmo e interés. El Amor es la prueba del compromiso solidario y del interés por el bien común. 

Donde no existe amor aparecen las rencillas, las envidias, los enfrentamientos, la mentira y el deseo de venganza. Se hace insoportable la vida y viene el caos. Es en ese lugar donde se mueve a sus anchas el Maligno y donde despliega su poder para confundirnos y enfrentarnos. Y si permanecemos solos, sin la asistencia del Espíritu, nuestras posibilidades de amar son nulas, y en cambio las de perdernos, todas. 

Pedro tuvo la sabiduría del arrepentimiento. Abrió su corazón a la Gracia de Jesús y sostuvo su mirada en el Señor. Lloró amargamente su pecado, pero creyó en la Misericordia de Dios y permaneció pacientemente en su Palabra. Pero, ¿qué significamos con permanecer? ¿Qué realmente queremos expresar cuando decimos permanecer en el Señor? Permanecer quiere decir servir, porque la Voluntad de Jesús se hace servicio, y entrega su vida por darse y servir a todos los hombres.

Es esa la Voluntad del Padre, y Jesús ha venido para cumplir la Voluntad del Padre, que no es otra sino servir a los hombres por amor para salvarlos de las garras del pecado. Pero se nos hace difícil entenderlo, porque en nuestra cabeza no entra nada que sea entregado gratis. Nuestro mundo es un mundo de intereses y rentabilidades. Vales por lo que tengas y puedas conseguir. El amor se compra, y a todo se le pone un precio.

Olvidamos que el egoísmo e interés rompe la esencia del amor, porque amar significa darse sin pedir nada a cambio. Y eso está escrito dentro de las entrañas del hombre. Quieras o no quieras, te sentirás mejor y en paz cuando tu amor es desinteresado y gratuito. Ese es el amor que te gustaría recibir y, también, dar. 

Y cuando experimentas que has sido vencido por el egoísmo y el interés, te sientes mal. Sabes y prefieres que ese amor dado gratuito es lo que te gustaría y lo que te hace feliz. Supongo que eso fue lo que experimentó Pedro y otros muchos hombres arrepentidos. Vale la pena levantarse y tender la mano al Espíritu Santo para dejarnos levantar y amar por Jesús.