sábado, 13 de junio de 2015

EL LUGAR DE JESÚS

(Lc 2,41-51)


Aprovechando las circunstancias de la fiesta y el gentío, Jesús se pierde de la custodia de sus padres y permanece en el templo. Allí, durante tres días, mientras lo buscan, escucha y hace preguntas a los maestros. Todos los que le escuchan están asombrados por sus respuestas.

Jesús, aun siendo adolescente, llama la atención. Su autoridad y firmeza sorprende. Sin embargo, sus padres al descubrirle se quedan atónitos, y su madre le dice: Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. La respuesta de Jesús descubre su futura misión: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?

Jesús sabe para qué ha venido a este mundo, y cerca del ecuador del comienzo de su misión hace una incursión de lo que está llamado a hacer aproximadamente dieciocho años más tarde. Jesús sabe dónde está su lugar y cuál es su misión. Ahora, ¿sabemos nosotros cuál es nuestra misión? ¿Y el lugar? ¿Sabemos dónde tenemos que estar?

Lo primero es descubrir qué tenemos una misión, y lo segundo es tratar, auxiliados en y por el Espíritu Santo, de vivir y ponerla en práctica. Porque de nada sirve saber lo que tenemos o debemos hacer, si no lo tomamos en serio y lo llevamos a la vida de cada día. Estamos, por nuestro Bautismo, comprometidos a proclamar el Evangelio con nuestra vida según la Palabra de Dios. 

Hemos sido configurados en él como sacerdote, profetas y reyes, y hemos recibido el Espíritu Santo para, fortalecidos en su Espíritu, recibamos la capacidad de ser sal y luz que sale y alumbre esa porción de mundo donde cada uno de nosotros le ha tocado vivir.

Pidamos al Espíritu Santo la Gracia de dejarnos invadir por su luz y sabiduría, para derramarnos por su acción en la proclamación, de vida y palabra, del Evangelio. Amén.

viernes, 12 de junio de 2015

CREER EN ÉL Y DEJARNOS SALVAR

(Jn 19,31-37)


La muerte de Jesús está certificada. Una muerte de Cruz que los soldados comprobaron y, por eso, no le quebraron las piernas cumpliendo así la profesía: Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’.

Es evidente que Jesús murió, y eso da sentido y significado a su Resurrección. Si Dios Padre ha Resucitado a su Hijo, lo mismo hará con cada uno de nosotros, porque esa ha sido la misión por la que ha enviado a su Hijo a este mundo: salvarnos de la muerte del pecado.

Jesús nos lo revela y nos lo ha prometido en muchas ocasiones: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día (Jn 6 ,54);  "En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros" (Jn 14, 2). Y muchas más...

No seguimos a un cualquiera, ni a un profeta, ni a un líder religioso... Seguimos al Señor de la Vida y de la muerte. Seguimos al Creador del mundo, de todo lo visible e invisible. Seguimos a su Hijo Jesús, único Mediador de la Gracia de salvación que nos libera y nos salva, y que con su muerte nos ha rescatado para gloria de Dios limpiándonos de todo pecado.

De la misma forma, nosotros, tendremos que abandonar este mundo, por medio de la muerte, pero, de igual forma, resucitaremos en Él para gozar eternamente junto a la Gloria del Padre. Esa es nuestra esperanza y lo que nos sostiene, y el fundamento de nuestra fe. 

Jesús ha Resucitado y en Él nosotros también. La muerte ha sido vencida y ya no tiene poder sobre nosotros porque hemos sido liberados y rescatados por los méritos de Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre. Amen´

jueves, 11 de junio de 2015

EL REINO DE LOS CIELOS ESTÁ CERCA

(Mt 10,7-13)

No es cosa de broma, el Reino de los Cielos está cerca, porque la vida está salvada y llamada a la eternidad. Es posible que tengamos que pasar penalidades y sufrimientos, pero serán superados porque la muerte es la puerta que nos abre el camino al Reino.

El Reino lo retrasan todos aquellos que lo quieren construir por sus propios medios. Aplican sus idean, pero ignoran que su humanidad está tocada por el pecado y es frágil y débil. Son egoístas y se procuran su propio bienestar por encima de los demás. Y así nace la pobreza, la esclavitud, la miseria y la guerra.

El mundo es un constante enfrentamientos entre pobres y ricos; entre izquierdas y derechas; entre mal llamados demócratas liberales y dictadores revestidos de falso comunismo. Todos quieren ser los que manden, y todos miran por sus derechos y bienestar sin importarle mucho lo que sufran otros. Por eso está el mundo como esta; por eso hay pobreza, sed, hambre, y muerte; por eso hay injusticias, persecuciones, privación de libertad religiosa; por eso hay fundamentalismos, imposiciones, dictaduras...etc.

El Reino está en aquellos que proclaman la Verdad, la Justicia, la Paz; el Reino está en aquellos que lo dan todo sin pedir nada a cuenta ; el Reino está en los que, sin condiciones, lo dan todo gratuitamente. El Reino está en los que aman y se esfuerzan en construir un mundo en la verdad, justicia y paz, y en la medida que lo hacen lo están viviendo. Ese es el secreto de que se pueda perseverar y continuar la misión.

Porque se vive en paz a pesar de los problemas y las dificultades de la misión. Porque se experimenta que no estamos solos y que vamos asistido por el Espíritu Santo en la esperanza de que al final se establecerá el Reino de Dios, pues tenemos la promesa del Señor de que vendrá al final de los tiempos a establecer su Reino.

miércoles, 10 de junio de 2015

JESÚS ES LA PLENITUD DE LA REVELACIÓN

(Mt 5,17-19)


El plan de Dios se revela por los profetas. Moisés recibe el encargo de liberar y transmitir la Ley de Dios. Él conduce al pueblo, liberado de Egipto, al desierto hasta alcanzar la tierra prometida. La Ley se transmite por la escritura y a ella se somete el pueblo de Dios.

Jesús es la plenitud de la Ley. Nada se quita, sino se perfecciona. El Espíritu de Dios alumbra y trae una nueva Ley: El Amor. Todo queda encerrado en el Amor. El amor a Dios sobre todas las cosas, y el amor al prójimo tal cual nos lo enseña Jesús. En ambas actitudes queda contenida toda la Ley y los profetas, y también perfeccionada.

Todo queda dirigido y perfeccionado en el amor. Porque si amas no harás daño, ni cometerás injusticias, ni engañarás a tu hermano, ni robarás o matarás. Y, por el contrario, actuarás de forma positiva respetando, colaborando, solidarizándote, compartiendo, ayudando y siendo paciente. Tendrás paciencia y tratarás de ser comprensivo, humilde y generoso. 

El gran paso que se había dado con "el ojo por ojo y diente por diente", limitando el deseo de venganza, es perfeccionado por Jesús con el amor sin limites y a los enemigos. En el amor,que Jesús vive y pone en práctica, todo se cumple y perfecciona. No manda sólo la Ley, sino que es el Espíritu arrastrado por el amor quien regula y lleva a cabo su cumplimiento. De tal forma que, la ley está para servir al hombre y serle útil para su bien y dignidad.

Así, no está hecho el hombre para servir a la ley los sábados, sino que es el sábado quien está al servicio del hombre junto a la ley. Jesús es la plenitud, la referencia y el principio y fin de toda ley, porque en Él todo se cumple y se da para la salvación del hombre. Está pues la ley para servir al hombre, y no al revés. Y es este Reino de Dios lo que Jesús viene a instaurar y revelar. No quita nada, sino que invita al cumplimiento pero desde el amor.

Así, es necesario e importante curar al hombre en sábado, a pesar de que el cumplimiento de la ley lo prohiba, que dejarlo enfermar y sufrir en defensa de la ley. Porque es el hombre, criatura de Dios, lo más importante, y para lo que Jesús, el Hijo de Dios, ha bajado desde el Cielo, para salvarlo. La ley queda por detrás y en función de su provecho y salvación.

martes, 9 de junio de 2015

EL VIRUS DEL CONTAGIO

(Mt 5,13-16)


Se nos avisa y previene contra el contagio, porque de tratarse de un virus maligno podemos quedar infectados y amenazados de muerte. El contagio es peligroso, pero también puede ser beneficioso y necesario. Cuando es beneficioso conviene infectarse de ese virus que nos invade de bondad, de verdad, de justicia, de paz y de amor.

La Verdad que Jesús nos proclama, es la Verdad que el mundo quiere y desea. Es la Verdad que todo hombre busca, y la Justicia a la que todo hombre aspira. Y esa Verdad, Jesús nos la ha enseñado para que nosotros también la contagiemos y la demos. Por y para eso nos ha enviado la Luz del Espíritu Santo. Tenemos el compromiso de transmitirla y llenar el mundo del perfume de esa Verdad.

Advertimos enseguida cuando una comida está sosa. Nos damos cuenta que no se le ha puesto sal, y se le ha echado poca. Gustarla demanda rociarla con la sal que necesita. Ni más, pero tampoco menos, porque en un caso quedaría desalada, y en otro demasiado. El buen gusto necesita la medida suficiente. Y en ese sentido, nos vale el ejemplo, Jesús nos compara con la sal de la tierra. Debemos trabajar y esforzarnos para tener el mismo efecto que la sal, y salar de Evangelio todos los rincones por donde pasamos y vivimos.

De la misma forma, Jesús nos habla de la luz. Si la luz de nuestra vida no emerge y se queda debajo de la mesa, sus posibilidades de alumbrar serán pocas. Necesita ponerse encima de la mesa y en el lugar más apropiado para que su reflejo ilumine y llegue lo más lejos posible. La luz está para iluminar, y si no lo hace su misión y sentido queda inutilizado. Tenemos que ser también luz, luces con patas que iluminen todos los rincones por donde pasan.

De no ser sal ni luz, nuestra vida no transparenta ni refleja la vida y las enseñanzas de Jesús. Porque ser sal y luz no es sino vivir en la Palabra del Señor. Vivir, que exige oración y Eucaristía, pero sobre todo amor. Amor que se nota en las relaciones con los demás, en el trato, respeto, atención, verdad, justicia, generosidad, comprensión, humildad, servicio... 

Todas esas actitudes serán puñados de sales y luces que salarán e iluminarán la vida de todos aquellos que entren en tu vida. Bendice Señor todos los actos de mi vida, de tal forma que todos aquellos que se acerquen a mí noten tu presencia y no la mía.

lunes, 8 de junio de 2015

¿DÓNDE BUSCAMOS LA FELICIDAD?

(Mt 5,1-12)


No hay duda que el hombre busca la felicidad. Todos sus movimientos están dirigidos en esa dirección. La felicidad está escrita en su corazón, y dejaría de ser hombre si no la buscase. Jesús, que nos conoce muy bien, nos propone un plan de felicidad. Un plan que va en camino diferente al que se propone el hombre.

Porque mientras el hombre busca la felicidad en las cosas de este mundo, Jesús le propone buscarla renunciando a este mundo y entregándose a servir a los que lo pasan mal y sufren. Es decir, a los pobres, marginados y excluidos. Por eso, viendo el gentío que le rodeaba y esperaba que hablara, subió a la montaña, se sentó y empezó a enseñarles. 

Conocemos ese sermón como el sermón de la montaña o Bienaventuranzas. Son máximas que nos señalan el camino a tomar para descubrir la verdadera felicidad. Sin lugar a dudas que nos sorprende, porque da la sensación que tenemos que sufrir para ser bienaventurados. Al parecer seremos bienaventurados si lloramos, si padecemos hambre y sed de justicia, si somos misericordiosos, si trabajamos por la paz, si somos perseguidos, injuriados, insultados y padecemos toda clase de mal. 

En el fondo todo se reduce a amar, y ahí está el secreto, porque cuando amas nunca puedes ser infeliz, a pesar de los sufrimientos y males que padezcan. Todos tenemos experiencia de eso. Los padres y madres saben mucho de renuncias, de esfuerzos y sacrificios por y para que sus hijos sean felices y tenga lo suficiente para vivir holgadamente. Y no le señalan un camino de rosa, sino de esfuerzos, renuncias y trabajos con los que prepararse para la vida que les espera.

¿Cómo nuestro Padre del Cielo no nos va a indicar el verdadero camino por el cual debemos conducirnos para alcanzar esa felicidad que anhelamos y perseguimos. Porque la felicidad no se esconde por el camino fácil y cómodo, sino por el del sacrificio, la renuncia, el esfuerzo y trabajo hacia los demás. En el desprendimiento y la generosidad, aunque nos parezca que perdamos, ganamos.

La vida se gana por amor. Amor que se da y que se entrega gratuitamente y sin condiciones, pues de no ser así no sería amor. Y la felicidad no nace del tener, poder y poseer, sino del verdadero amor que no necesita nada sino simplemente amar.

domingo, 7 de junio de 2015

JESÚS SE NOS DA EN ESPÍRITU BAJO LAS ESPECIE DE PAN Y VINO

(Mc 14,12-16.22-26)


La liberación de la esclavitu consiste en la victoriosa salida de Egipto. El pueblo judio es liberado de la esclavitud a la que está sometido en Egipto, y esta liberación es festejada para conmemorar la historia de la salvación. 

Ahora, es Cristo quien nos libera de la esclavitud del pecado. Un pecado que nos somete y nos esclaviza. Un pecado que enfrenta a los hombres hambrientos de poder, de riquezas, de prestigios. Un pecado que sacia el orgullo y la soberbia del hombre suficiente que rechaza los mandatos de Dios y aspira a igualarse a Él. Un pecado que desata envidias, luchas, odios y venganza que genera pobreza y muerte.

Nuestro Señor se hace víctima propiciatoria en la Eucaristía. Víctima inmolada cuyo Cuerpo y Sangre es ofrecido para la redención de todos los hombres. La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del Cuerpo Inmolado de Cristo y de su Sangre derramada por todos nosotros. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es el alimento que nos sostiene y que nos fortalece para vivir la vivencia del amor. En la parábola del samaritano se nos descubre la actitud del creyente. No es lo primero el precepto o cumplimiento, sino el amor. El amor al Padre y el amor a los hombres. Ambos van unidos, de forma que no amas a Dios si no amas al hombre. Y no puedes amar al hombre si no estás injertado y unido al amor de Dios.

Jesús se parte para repartirse. Cada Eucaristía es la fracción del pan a la que están invitados todos los hombres. El Pan que alimenta y que se hace comida para todos los hombres. Comida de amor y de fraternidad. Porque la fiesta del Corpus es fundamentalmente la fiesta de la Caridad. Un Cuerpo de Cristo que nos reparte salvación y nos invita a hacer nosotros lo mismo. 

De tal forma que solo nos identificamos con el Señor en la medida que nos identificamos con cada hombre y le amamos repartiendo con ellos todo lo recibido del Padre que nos une y que nos hace hermanos.