miércoles, 18 de mayo de 2016

TODO LO REALIZADO EN EL NOMBRE DEL SEÑOR ES BUENO

(Mc 9,38-40)


No puede ser de otra manera, porque la esencia del Señor es la Bondad y el Amor. Y nada que se haga invocando su nombre puede ser malo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros».

A veces cometemos el error de ver a los que no van con nosotros como los malos de la película, o lo de los equivocados porque están en otros grupos. Sin darnos cuenta pensamos que somos los mejores y los que realmente vamos con el Señor. Y cometemos el error de invitar a los demás, aun sabiendo que militan en otro grupo o se esfuerzan en vivir la fe, a nuestro grupo. Porque, nos parece, que nuestro grupo es el que vale y el bueno.

Y hablo desde mi propia experiencia, porque, quizás llevado por mi celo apostólico, he invitado y hasta saciado de invitaciones y razones a otros, que ya viven su fe, para que vivan y conozcan lo de mi grupo. Y no digo que eso esté mal, sino que, quizás, le abrumamos y le molestamos con tanto machaqueo y presión. Afortunadamente, la experiencia es un grado, hoy experimento que no soy yo sino la Gracia de Dios la que convierte y que quienes viven la cercanía de Dios hay que dejarles que sean ellos mismos, en el Espíritu Santo, quienes elijan las circunstancias, el cómo y lugar donde quieren vivir con y en el Señor.

Vivamos en la paz y el sosiego de trabajar juntos y de abrirnos a la Gracia que el Espíritu Santo derrama, no sólo en nosotros, sino también en los demás que se abren a su Gracia. Pues, como dice Jesús "el que no está contra nosotros, está por nosotros".

Y eso es lo verdaderamente importante. No nos ofusquemos en hacer todos lo mismo, ni tampoco hablar de lo mismo o de la misma forma. Cada cual lo hará según lo mueva el Espíritu Santo. Lo único importante es que hables de una forma o manera, lo que digas sea que Jesús, el Hijo de Dios, es Dios y Hombre Verdadero.

martes, 17 de mayo de 2016

POSIBLEMENTE MIRAMOS MÁS HACIA OTRAS COSAS QUE A LO QUE NOS DICE EL SEÑOR

(Mc 9,30-37)

No se puede explicar de otra manera la distracción que prestamos a las cosas del Espíritu Santo. Ni nos damos cuenta de lo poco que le antendemos y escuchamos. Las cosas del mundo nos atrae más por nuestra condición humana:  los viajes, el ocio, la diversión, los apetitos, el confort, el deporte, la playa, el juego...etc. Y también nuestra propia gloria, prestigio y poder.

En eso andaban distraído los apóstoles mientras Jesús les explicaba que le iba a suceder: El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará». Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. 

Estaban más preocupados por sus cosas. ¿Y no nos ocurre a nosotros igual? Vamos a misa; escuchamos la Palabra de Dios y la leemos tratando de reflexionarla, pero, en realidad, ¿ocupa esa Palabra el centro de nuestra vida? Difícilmente y consciente de mi debilidades tengo que confesar avergonzado que quizás sea así. Las cosas del mundo tienen su peso. Y eso me descubre esclavo y encadenado a mi humanidad pecadora.

Mientras, Jesús nos llama y habla cada día en el Espíritu Santo, y nosotros seguimos obsesionados por las cosas del mundo, que nos preocupan incluso más que nuestra propia salvación. Eso de la muerte y Resurrección de Jesús parece algo lejano y fuera de nuestro alcance. Ni se nos ocurre reflexionar sobre ello, y menos preguntarle a Jesús para que nos lo explique.

Nos cuesta mucho salir de nuestra propia contemplación y olvidarnos de nosotros mismos, porque ese el primer paso para darte en amor a los demás. Y Jesús nos echa un capote aclarándonoslo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

Como puedes apreciar, ¡¡clarito!! No sobra nada y nada exige esfuerzo para entenderlo. Se trata de amar, y amar es eso, servir y ser el último en ser servido, porque mientras te entregas a los demás. Luego, a ti te atenderá y servirá el Señor, nuestro Padre Dios que está en el Cielo y nos ama con locura.

A los señores gobernantes, a los señores dirigentes del mundo y de las naciones:  "No se afanen en buscar, y menos idear, métodos, estrategias, políticas y proyectos para arreglar los problemas del mundo. Se trata simplemente de amar. Sigan los consejos de Jesús y el mundo quedará sin problemas.

lunes, 16 de mayo de 2016

NECESITAMOS ORAR

(Mc 9,14-29)


La fe no es tener poder para hace prodigios y cosas sobrenaturales. La fe no es algo que se puede adquirir y poseer. La fe es un don de Dios que lo recibes en la medida que, unido a Él, vives injertado en su Corazón y dócil a la acción del Espíritu Santo. Y Él, el Espíritu sopla donde y como quiere.

No, simplemente por la fe, se te permite hacer prodigios y milagros. Sólo, por y en la oración, el poder del Señor hace, según su Voluntad, lo que conviene y es necesario. Y eso sólo lo puede Él. Nosotros, en su Nombre, pedimos para que, por su Gracia, nuestras necesidades y problemas tengan una feliz solución, pero sólo Él sabe realmente qué necesitamos y qué nos conviene. Por eso todo está en sus Manos.

Nuestra confianza y nuestro permanecer escondido, por y con Cristo Jesús, en Dios, activa el impulso del Espíritu Santo que hace presente su acción y su poder. Y en esta relación, íntima y plena de oración, nace y se desarrolla en constante aumento nuestra fe. Sólo en, con y por el Señor, en íntima relación con su Palabra y su Vida, nuestra fe aumenta y se hace plena hasta constatarse y verificarse en la acción del Espíritu Santo.

Y es, entonces, cuando esta fe generada en la confianza íntima con el Señor mueve montañas y expulsa espíritus malignos. La fe es un don de Dios que nace en la oración de súplica, que la pide y que se abre a su Palabra, porque cree que el Señor le puede salvar. No sólo de una muerta física y ahora, sino la salvación verdadera y eterna que deseamos.

¡Oh, Señor, te pedimos para que nuestra fe no se quede sólo en nuestras palabras, sino que, por tu Gracia, te suplicamos, para que se haga vida en nosotros y crezca hasta el punto de que, por tu Poder, podamos  vencer al poder del Maligno!

domingo, 15 de mayo de 2016

EL ORIGEN DE LA IGLESIA


(Jn 20,19-23)

No tenían nada, sino miedo e indecisiones y temor. ¿Qué se puede esperar de una gente así? ¿Y a dónde pueden llegar con ese pánico y desconocimiento de todo? Tendría que se como pronosticó Gamaliel  (Hech 5, 38-39.) cuando dijo: Por tanto, en este caso os digo: no tengáis nada que ver con estos hombres y dejadlos en paz, porque si este plan o acción es de los hombres, perecerá; pero si es de Dios, no podréis destruirlos; no sea que os halléis luchando contra Dios. 

Y el tiempo lo ha dejado bien claro. Esto es cosa del Espíritu Santo, prometido por Jesús, el Hijo de Dios, según promesa de su Padre. Y nadie, ni los poderes del infierno prevalecerán contra ella, la Iglesia. Porque a la Iglesia la auxilia, la dirige y la asiste la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo.

Lo mismo experimentamos nosotros cuando nos sobrepone el miedo, las dudas, las indecisiones y el temor. Lo mismo sucede en la Iglesia cuando las tempestades y las tentaciones nos atacan e invaden y parece que la Nave se hunde. Pero, no pasa nada, porque el Espíritu de Dios está con nosotros. Y así, la Iglesia, nuestra Madre la Iglesia, dirigida por Pedro, hoy su sucesor el Papa Francisco, continúa el rumbo que el Espíritu Santo le marca, unidos en la misma Fe y en un mismo Señor, nuestro Señor Jesús, el Hijo de Dios Vivo.

Hoy, en el Espíritu Santo nos experimentamos lleno de todo para darlo a todos. Cada cual tiene sus carismas, sus talentos, y así funciona la Iglesia y todos los grupos dentro de la Iglesia. Derramando cada uno los talentos recibidos gratuitamente y generosamente. Y cuando nos sentimos invadidos por el Espíritu no nos podemos callar. Se nota y se proclama con entusiasmo y alegría al mundo entero unidos como una sola voz al Papa que nos preside.

Y cuando es el Espíritu quien nos une y nos dirige, todas las lenguas se entienden y se complementan. Cuando es el Espíritu de Dios quien toma las riendas del Barco de nuestro corazón, desaparecen las disputas, los protagonismos, las rivalidades, los liderazgo, el odio, la competitividad, y nace el servicio, la generosidad, la disponibilidad y el amor.

Pidamos, pues, la Gracia al Espíritu Santo de, invadidos por Él. dejarnos guiar dócilmente por su Amor.

sábado, 14 de mayo de 2016

EL ESPÍRITU SANTO PREPARA LA IGLESIA

(Jn 15,9-17)

«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Era uno de nuestro grupo y compartía el mismo ministerio. En el libro de los Salmos está escrito: "Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella", y también: "Que su cargo lo ocupe otro. " Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión» (Hech. 1, 15-17. 20-26).

 Y la Iglesia empezó su andadura hasta nuestros días, siempre fieles a la promesa del Señor: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Jn 15, 9-17). 

Hay un signo de identidad muy claro, y quien no se identifique con ese signo va por camino erróneo y de forma muy clara se descarta de seguir a Jesús. Ya puede hacer grandes sacrificios; ya puede tener grandes espacios de oración; ya puede ser muy piadoso y elocuente en sus palabras y, ya puede conocer de arriba a abajo la vida del Señor que, si no es capaz de amar como Jesús de nada le vale todo lo demás. Lo que si parece ilógico que, quien haga todo eso, no se llene de la Gracia del Espíritu Santo y derrame amor.

Porque el amor es el distintivo del creyente y seguidor de Jesús. Hoy, su Palabra, lo deja más que claro: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. (Jn 15, 9-17)

Somos amigos de Jesús si realmente hacemos y vivimos lo que el nos manda. Y eso no consiste en estar simplemente a su lado, sino en penetrar y morar en su Corazón. Es decir, sentir, vibrar y, conociéndole, vivir en su Palabra experimentándola y cumpliéndola. Eso fue lo que ocurrió con el hermano mayor del pródigo (Lc 15, 11-32). Estaba en la Casa del Padre, pero no sintonizaba con el Corazón del Padre.

No sólo están lejos del Padre aquellos que, en pecado, viven sin arrepentimiento alejados del Padre, sino también los que juntos al Padre, y con muchos golpes de pecho, no entran en su Corazón.. El Evangelio de hoy habla muy claro y nos interpela a todos, empezando por este que escribe. Nuestra oración de hoy estará cargada de esa petición y ruego. De confesarnos humildes pecadores y amigos de Jesús, conocedores de su Palabra, porque nos la ha dado a conocer, y porque nos ha elegido. Pero no para cruzarnos de brazo, sino para dar frutos: Frutos que duren.

Danos, Padre, la confianza para que nuestras peticiones, pedidas en el Nombre de Jesús, tu Hijo, sean atendidas y, por tu Gracia, vivamos como tu Hijo, nuestro Señor Jesús, nos ha enseñado y testimoniado.

viernes, 13 de mayo de 2016

EL PRIMADO DE PEDRO

(Jn 21,15-19)


Esa insistencia y exigiéndole más amor que los demás debe suponer una elección de jerarquía y de primado. Pedro fue el elegido para timonear la Barca de la Iglesia que Jesús iba a fundar. Esa triple confesión, extrapolándola a su triple negación, parece una oportunidad para afirmarse en su arrepentimiento y seguimiento al Señor.

Pedro, y hoy su directo sucesor el Papa Francisco, es el encargado de abrir rutas de navegación de la Iglesia instituida por nuestro Señor Jesucristo. Seguir a Jesús, esa última exigencia del Evangelio de hoy, implica asumir y vivir el estilo de vida del Maestro, nuestro Señor. Y Pedro, ahora en el Papa Francisco, es el elegido para señalarnos ese camino que nos ayude a vivir el estilo de vida de Jesús.

Pedro, y ahora el Papa Francisco, es la cabeza de la Iglesia jerárquica, cuerpo que sigue los pasos de la Cabeza principal, nuestro Señor Jesús, que nos guía y salva. Y que en el Pedro nos arropamos y unimos para caminar como uno sólo, igual que el Padre y el Hijo son uno.

Esa triple confesión de Pedro nos recuerda nuestra triple confesión en la iniciación cristiana: el Bautismo, la confirmación y la Eucaristía. A lo largo de nuestra vida, primero por el poder de nuestros padres, nos sometemos y afirmamos en la Iglesia abriéndonos al Espíritu Santo y recibiendo el sacramento del Bautismo; luego, más tarde, nos preparamos para recibirle en Cuerpo y Alma, bajo las especies de pan y vino. Alimento espiritual que nos conforta y no alimenta, Primera Comunidón, y, finalmente, Confirmación, nos afirmamos en nuestra fe confesando nuestro decidido propósito de seguirle en el Espíritu Santo.

Son tres respuestas y confesiones de amor a las llamadas del Señor a pertenecer a su Iglesia; a alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, y a confesarnos sus seguidores en la Palabra y en la Vida. Pidamos al Señor que esa triple confesión de Pedro, y unidos a nuestro Papa Francisco, nos sirvan para también nosotros, a pesar de nuestras negaciones y pecados, sigamos también sus pasos.

jueves, 12 de mayo de 2016

LA ESPERANZA Y CONFIANZA DE QUE JESÚS REZA AL PADRE POR MÍ

(Jn 17,20-26)

No hay mayor esperanza y tesoro que el saber que Jesús, nuestro Señor, reza al Padre por todos nosotros y por aquellos que, por nuestras humildes y sencillas palabras impulsadas y dirigidas por el Espíritu Santo, creen también en Él. Y no son conjeturas ni deducciones o supocisiones mías sino que es Palabra de Dios: En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 

Y eso supone que todos, si queremos seguirle, tendremos que unirnos y amarnos para intentar latir y sentir al unísono su mismo Espíritu. Todo encaja con el mandato del mandamiento nuevo: Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros (Jn 13,34).

Pero ese seguimiento es asumido y querido desde la libertad que el Padre nos ha dado. Un seguimiento desde el convencimiento que es lo mejor, lo que buscamos y deseamos. Porque nada supone mayor tesoro que el vivir en plenitud de gozo eternamente. 

Y eso significa vivir junto al Padre y su Hijo, Jesús. Por eso, desde ahí, saber que el Hijo, nuestro Señor, reza al Padre para que nos mantengamos unidos, es el mayor testimonio de amor y de esperanza que nos da fuerza y la misma gloria reciba por Él: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Y esa es nuestra meta y nuestro objetivo, el amarnos hasta esta unidos como el Padre y el Hijo lo están. Y para eso tenemos y contamos con la acción del Espíritu Santo.

Gracias, Señor, porque estás en nosotros y continuas dándonos a conocer el Nombre del Padre, para que el amor con que el Padre te ha amado esté en nosotros.