miércoles, 24 de julio de 2019

¿ACOJO LA PALABRA EN MI CORAZÓN?

Resultado de imagen de Mt 13,1-9
Mt 13,1-9
En muchos momentos de mi vida me pregunto, ¿tengo mi corazón preparado y lo suficientemente abonado para acoger la Palabra de Dios? Es la pregunta que me interpela en cada momento de mi vida. Me digo que cada día, cada instante es una buena ocasión y una nueva oportunidad para acoger esa siembra de la Palabra de Dios que el Labrador ha sembrado, valga la redundancia, en mi corazón.

Y acogerla es estar disponible y abierto a la escucha atenta de lo que la Palabra me enseña y me trasmite para luego tratarla de vivenciarla en mi vida. Preparar mi corazón significa estar abiertos a recibir la Palabra, reflexionarla, meditarla e injertarla en el Espíritu Santo esforzándome en dejarme llevar para hacerla vida en mi vida. Se presentan muchas dificultades y obstáculos que amenazan con dejar mi tierra baldía, infértil y estéril para el cultivo de la Palabra de Dios.

Muchos peligros acechan mi corazón impidiéndole escuchar esa Palabra de Dios y, por supuesto, dar frutos. Los afanes de la vida, las piedras y fracasos del camino, las seducciones del éxito, las ambiciones de poder y riqueza van llenando mi tierra de abrojos y pedriscos que impiden dar buenos frutos. Dejar mi corazón a merced de esas corrientes mundanas es dejar mi corazón a merced de los temporales y ventiscas que le impiden acoger la Palabra y dar los frutos que de ella se derivan.

Mi reflexión me ayuda, poniéndome en la presencia del Señor, a la lucha de cada día por impedir que mi corazón quede a la intemperie y a merced de todos esos temporales y tropiezos que lo endurezcan y le impidan escuchar la Palabra de Dios, acogerla y cultivarla dentro de mí para dar buenos frutos. 

martes, 23 de julio de 2019

PERMANECER PARA DAR FRUTOS

Resultado de imagen de Jn 15, 1-8
Los frutos son el resultado de la perseverancia y de los cuidados de cada día. El fruto necesita tiempo y un tiempo donde se le vaya dando el tratamiento adecuado y los cuidados necesarios. Sólo de esa manera el fruto verá la luz. De la misma manera, nuestra fe será el resultado de perseverar en el Señor y confiar el Él. Tendremos fe en la medida que, pidiéndola al Señor, permanezcamos en su presencia y perseveremos con paciencia que nos la dé. Porque la fe es un don de Dios y el la da cuando quiera.

Nada podemos objetar ni decir al respecto. El Señor es el dueño de todo lo creado tanto visible como invisible y dispondrá de ello como quiera. Sin embargo, sabemos y esperamos de su Bondad, de su Amor y de su Misericordia. Jesús, el Hijo de Dios enviado a este mundo nos lo ha anunciado y enseñado así. Nos habla de un Padre Dios Infinitamente bueno y misericordioso y eso nos llena de esperanza, alegría y gozo.

Por eso, en la medida que permanezcamos unidos al Señor nuestros frutos saldrán a la luz. No cabe duda que sin Él no daremos frutos, porque, los frutos nacidos de nuestro esfuerzo son frutos cultivados con el estiércol y el abono de nuestros pecados y nuestra mala tierra. Serán frutos de mala calidad y en mal estado pues nacen contaminados con y por el pecado. Necesitamos, pues, estar injertados en el Señor para dar frutos buenos.

Permanecer en el Señor significa vivir en fidelidad a Él siendo fieles a sus enseñanzas y en el esfuerzo de encarnar en nuestra vida la vivencia de su Palabra. Significa empezar de cero cada día, porque, cada día es un nuevo esfuerzo y una nueva oportunidad para probarnos en el Señor siendo fieles a su Voluntad. Por eso, en cada instante de nuestra vida debemos esforzarnos en hacer bien, desde la Palabra de Dios, todas nuestras obras porque ellas son un hermoso regalo y una nueva oportunidad para demostrarle nuestra obediencia, fidelidad y amor.

lunes, 22 de julio de 2019

JESÚS HA RESUCITADO

Resultado de imagen de Jn 20,1-2.11-18
Jn 20,1-2.11-18
La muerte siempre trae dolor. Es una despedida que no tiene tiempo conocido. Por la fe, los cristianos esperamos encontrarnos de nuevo o, al menos, resucitar, pero eso no nos evita el dolor de dejar de vernos mientras caminamos por esta vida. Sin embargo, la fe de que la muerte no tiene la última palabra y que la vida saldrá victoriosa nos llena de esperanza y de alegría. Una alegría que nos fortalece y nos da la serenidad y la paz necesaria para continuar el camino hacia la Casa del Padre.

No sabemos cómo será porque no nos cabe en nuestra cabeza. Por eso necesitamos la fe y, sobre todo, en Alguien en que se pueda creer. Jesús cumple todos esos requisitos. En Él se han cumplido todas las profecías a lo largo de la historia de la Salvación y, la principal, ¡ha Resucitado! Hay muchos testigos que, antes y después, han dado la vida por Él y que declaran, los apóstoles, haberle visto durante esos cincuentas días posteriores en los que se les aparece varias veces.De cualquier manera lo verdaderamente importante es que confiamos en Él y que nos prepara una mansión en la Casa del Padre - Jn 14, 1-3 - y allí seremos eternamente felices. 

María Magdalena había conocido a Jesús y había sido considerada y tratada con dignidad. Una mujer que, a pesar de la condición de mujer, sin derechos en aquella época, era despreciada y marginada en la sociedad de su tiempo. En Jesús había encontrado todo lo contrario y había sido defendida ante el desprecio de los demás. ¿Cómo no iba a sentirse mal y acudir a visitar su sepulcro? ¿Cómo no iba a llevarle flores y a llorarle ante su tumba? ¿No hacemos lo mismo nosotros con nuestros seres queridos?

Lo que María no esperaba era que el sepulcro tenía la losa quitada. Asustada echó a correr y lo anunció a Pedro y Juan. Más tarde, llorando esa misteriosa desaparición, se encuentra con Jesús y a pesar de que no le conoce y confunde con el hortelano, Jesús se le descubre y le dice que vaya y le anuncie a sus hermanos. También hoy nos lo dice a nosotros, sin embargo, primero tendremos que preguntarnos si creemos en su Resurrección y que en Él resucitaremos nosotros también. Porque, lo que no se cree no se puede anunciar.

domingo, 21 de julio de 2019

UN ESPACIO DE ENCUENTRO CADA DÍA

Resultado de imagen de Lc 10,38-42
Lc 10,38-42
El motor, la vida, la fuerza y todo lo que te da energía, esperanza y fortaleza para vivir cada día en la presencia de Dios es su Palabra. Por tanto, encontrar un espacio diario para escuchar su Palabra es vital en el camino de nuestra vida. Sin su Palabra nuestras fuerzas se debilitarán y terminaremos en las manos del demonio. La escucha atenta y comprometida nos dará fuerza para servir mejor al prójimo y priorizar la asistencia a las personas, pero necesitamos esa fortaleza que nos da la Palabra de Dios.

Muchas veces priorizamos el trabajo y otras ocupaciones. En un principio nos pueden parecer importantes, y, posiblemente, lo sean, pero no lo más importante. La escucha de la Palabra de Dios es el fundamento y el motor de nuestra vida cristiana y de nuestro seguimiento al Señor. Sin ella nos perdemos y equivocamos el camino. Urge conocer al Señor, su Palabra y el Plan de Salvación que ha venido a anunciarnos, porque sin conocerlo no podremos encontrarnos con Él.

Es la opción que escogió María y que su hermana Marta le reprochó. Sin embargo, sin quitarle la debida importancia del servicio que realizaba Marta, Jesús le indicó que la escucha de su Palabra, que María había elegido, es vital para nuestra vida y para, incluso, darle sentido a nuestro servicio a los demás, para cargarnos de razones de amor para realizar todo el bien que podamos hacer para los demás. Porque, sin las fuerzas de la Palabra y del Espíritu de Dios caeremos en las garras del príncipe del mundo que nos apartará de Dios y nos llenará de trabajo que esconden egoísmos, intereses y conveniencias.

Sin el don de la gratuidad todo nuestro ser y obrar se convierte en basura. Y es que cuando buscas y persigues algo a la hora de servir, has dejado de abrirte a la Gracia y Misericordia del Señor, pues ya tienes tu premio en ese servicio que haces por interés. Lo que hemos recibido gratis, tenemos que darlo gratis , nos dice el Señor -Mt 10, 8.-.

sábado, 20 de julio de 2019

TODA PROFECÍA SE CUMPLE EN JESUS

Resultado de imagen de Mt 12,14-21
A lo largo del Plan de salvación de Dios observamos que todas las profecías van cumpliéndose en Jesús. Él es el Hijo de Dios y el Mesías anunciado que dará a conocer el mensaje de Salvación con el anuncio de la Buena Noticia. Él nos revelará el verdadero Rostro de Dios, porque, es Él precisamente, valga la redundancia, el verdadero Rostro de Dios.

Sin embargo, el anuncio de esa Buena Noticia no es bien recibida por el pueblo elegido y, los fariseos, le buscan para eliminarlo. El anuncio de un Dios misericordioso, que pone en jaque a la ley que ellos ponían en primer lugar, empieza a molestarle. Jesús, que sospecha para que le buscan se marcha y se retira de aquel lugar y, como es lógico, la gente le sigue. Él los atiende y les curas de sus dolencias advirtiéndoles que no le descubran para que así se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza».

Ahora, el interrogante que nos suscita este Evangelio y que nos interpela, nos lleva a preguntarnos: ¿También le seguimos nosotros quizás buscando algún interés de salud o de otros problemas? ¿O le seguimos por lo que supone encontrar en Él la Vida Eterna que está implícita en nuestros corazones?  Esa es la cuestión que tanto el hombre como la mujer de todos los tiempos se plantean. 

Jesús ha venido para eso, para mostrarnos el camino, porque, Él, es precisamente el Camino, la Verdad y la Vida. Y en Él se va realizando ese plan de Salvación que Dios ha pensado desde la Eternidad para cada uno de nosotros. Sin embargo, la tarea no se ha acabado y, por eso, el Señor cuenta con cada uno de nosotros de forma libre y voluntaria. En nuestro bautismo hemos recibido el compromiso de nuestra misión y hemos sido configurados como sacerdotes, profetas y reyes para alabar, anunciar y servir según la Palabra y el Plan de amor que Dios nos revela a través de su Hijo Jesús.

Cada día comenzamos un nuevo reto y una nueva lucha. Una batalla ya ganada de antemano, porque, el Señor ha vencido al mal y, en Él, tenemos garantizada la victoria.

viernes, 19 de julio de 2019

LA MISERICORDIA ESTÁ POR ENCIMA DE LA LEY

Resultado de imagen de Mt 12,1-8
Mt 12,1-8
Sin darnos cuenta vivimos sujetos a las leyes e incluso a las costumbres y tradiciones. Y lo hacemos hasta el punto de hacerlas criterio de nuestra vida a las cuales nos sometemos y supeditamos todo nuestro ser y obrar. Los judíos, por ejemplo, imponían el descanso del sábado anteponiéndolo a la misericordia con el prójimo. 

Esa controversia nos lleva a preguntarnos: ¿Está la ley antes que la urgente necesidad al prójimo? ¿Se puede postergar la asistencia urgente a una persona por el descanso del sábado?  ¿Qué piensas tú a este respecto? Porque, esa cuestión nos puede llevar a más consecuencias dependiendo de cómo lo valoremos. ¿Podía el buen samaritano dejar a aquella persona herida, por el hecho de ser sábado, a su suerte y no asistirla? ¿Cúal sería según tú la actitud correcta?

Supongo que estarás pensando lo mismo que yo. La Misericordia, dependiendo de su necesidad y urgencia, es lo primero. Y eso, aparte de que lo sentimos y experimentamos en nuestros corazones, es lo que también nos ha dejado claro el Señor: Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.

Porque, la misericordia es la máxima expresión del amor. Estamos salvados y llamados a la Vida Eterna por la Misericordia de nuestro Padre Dios, y no porque lo merezcamos, sino por pura gratuidad y misericordia de Dios. No merecemos nada, y menos el perdón y la salvación eterna, pero, por la Misericordia de Dios, misterio indescifrable para nosotros, alcanzamos el perdón de nuestros pecados y el regalo inmerecido de la Vida Eterna.

jueves, 18 de julio de 2019

QUIERO, SEÑOR, ACEPTARME TAL CUAL TÚ ME HAS CREADO Y DESCANSAR EN TI

Resultado de imagen de Mt 11,28-30
Me voy dando cuenta, Señor, y por eso te doy las gracias, que no son mis esfuerzos ni mis empeños los que me transforman ni me dan la paz, sino, simplemente, tu Gracia. Y en eso estoy, en estos momentos de Gracia y lucidez recibida por el Espíritu Santo, después de seguirte tanto tiempo en actitud de colaborar contigo cuando en realidad eres Tú quien haces todo. Perdona, Señor, mi gran disparate, porque lo que me toca a mí es seguirte y dejarme modelar por tus Manos.

Seguirte, Señor, y ponerme en tus Manos. Hoy me lo recuerdas y me lo dices claramente con tu Palabra: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Gracias, Señor, por encender mi corazón y abrirme los ojos para ver que sólo Tú eres mi descanso, mi alivio y mi paz. Llevo mucho tiempo buscándote, Señor, pero, quizás en lugares equivocados. Sin darme cuenta he puesto mi paz en mis obras cuando la realidad es que sólo está en Ti. Me lo has advertido muchas veces: buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas Mt 6,33. y, erre que erre no me enteraba.

Sí, Señor, primero Tú y siempre Tú, pues todo lo demás son sólo apariencias y mentiras. Nadie da la vida por mí como lo haces Tú cada día, y de forma real y presente en cada Eucaristía. Te me entregas, Señor, y te conviertes en mi alimento, mi descanso y mi paz. Gracias de nuevo, Señor, por esa luz con la que me has iluminado para que deje de buscarte en las obras y pueda encontrarte en mí corazón. Porque, lo demás, Señor, confío que correrá de tu cuenta.