martes, 12 de noviembre de 2019

¿ACASO MIS ACTOS SON MERITORIOS?

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¿De qué puedo presumir y dónde están mis méritos? ¿He sido capaz de dar vida o de hacer algo productivo por mis propias fuerzas? Y en caso afirmativo, ¿de dónde me han venido las fuerzas? Podría dejar muchos interrogantes abiertos y sin firmes respuestas hasta cansarme o derivar en que todo lo que soy me ha sido dado gratuitamente por el Creador.

Sin embargo, da la sensación que dependiendo de lo que consiga y me vaya en la vida merezco un premio, o soy una persona válida y de gran mérito. Nuestro mundo parece que esa forma de ver las cosas las tiene asumidas y adquiridas. Se estima en gran valía el trabajo y las habilidades de muchas personas, y, por el contrario, se desvalora, según los resultados, a otras. Criterios humanos que, por su propia naturaleza humana son imperfectos y erróneos. 

Recuerdo que en mis tiempos la propina era algo habitual y muy frecuente. En los restaurantes, cines y otros lugares se dejaba siempre una propina. Desde ese tiempo yo pensaba que eso estaba de más, ¿acaso el empleado de turno no cumplía con su deber?  La pregunta brota de forma espontánea como un grito o reclamo ¿Por qué entonces tener que pagar un añadido? 

El Evangelio de hoy nos responde a esos interrogantes del que todavía quedan vestigios en nuestro mundo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

De antemano estamos ya pagados y todo, empezando por la vida, nos ha sido dado gratuitamente, de modo que hacemos, si verdaderamente lo hacemos, y siguiendo la Voluntad de Dios, lo que realmente debemos hacer sin más recompensa ni premio.

lunes, 11 de noviembre de 2019

¿ME TOMO EL PULSO DE MI FE?

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Lc 17,1-6
Normalmente todos pensamos que nuestra fe no es muy firme. Todos nos acusamos de tener poca fe, o, en su defecto, una fe débil, pero, ¿en realidad me tomo el pulso de mi fe? Porque, la medida de nuestra fe se descubre en situaciones límites. Y no me refiero a situaciones que son de vida o muerte, sino que quiero significar con límites a ese punto donde tenemos que dar nuestra opinión y soltar nuestra reprimenda y miramos para otro lado.

En mi opinión la Iglesia no debe permanecer callada en tiempos de elecciones. No debe permanecer impávida y en silencio sin orientar y clarificar la postura católica. Debe animar a participar y a depositar el voto siguiendo los criterios de la verdad y la justicia primando la defensa de los más necesitados y excluidos. Es verdad que no debe señalar tanto a favor como en contra a ningún partido ni colectivo político, pero sí orientar el sentido de nuestra participación según los criterios evangélicos. 

El Obispo José Ignacio Munilla ha hecho una reflexión que nos puede servir de orientación - ver aquí -, pero que echo de menos no haya más y proliferen en la Iglesia en estos momentos. Creo que no es inclinarse por ningún partido, eso corresponde a cada persona, pero si creo que la Iglesia tiene el deber de orientar y formar a los católicos y creyentes comprometidos. Y la prueba que no hay ninguna intención política es que esta reflexión sale publicada el día después de los resultados electorales.

Y es que el Evangelio de hoy nos llama a cuidarnos de no provocar escándalo y de reprender a aquellos que los puedan provocar y realizar. Porque, podemos permitir el escándalo, la manipulación y perversión cuando permanecemos en silencio y omitimos y ocultamos la debida orientación y formación a los fieles dejándolos, sobre todo a los más indefensos a merced de los que intencionadamente buscan sus intereses. Permitimos el escándalo, y eso nos hace cómplice, cuando no reprendemos ni alzamos la voz contra los que escandalizan a los más pequeños e inocentes.

domingo, 10 de noviembre de 2019

OTRO MUNDO, OTRA VIDA

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Lc 20,27-38
Imaginamos un mundo parecido al que vivimos en este momento. Un mundo con similares características y formas de vid. Un mundo formado por familias y reglas o constituciones, pero nada de eso es lo que nos espera. Nuestra capacidad no da para eso ni para más. Nos equivocamos plenamente y no llegamos a entender nada. Nuestra capacidad es limitada y la grandeza de Dios, nuestro Padre Dios, no nos cabe en nuestra pequeña cabeza.

Y es que así tiene que ser, porque, si así no fuera no sería Dios. Un Dios que quepa en mi mente y lo pueda alcanzar y contener mi inteligencia dejaría de ser Dios inmediatamente. Por lo tanto, más que imaginarme un mundo siguiendo los razonamientos humanos de mi cabeza, será más conveniente confiar y descansar en la Palabra de Dios y creer lo que hoy nos dice en el Evangelio:  «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».

Por lo tanto, dispongámonos a esperar un mundo nuevo y otra vida nueva. Una mansión que Jesús, el Hijo de Dios, ha ido a prepararnos - Jn 14, 2 -  y que vendrá a buscarnos, a los que de Él se fían y cumplen su Voluntad, para llevarlos con Él a la Casa del Padre.

sábado, 9 de noviembre de 2019

TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

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El templo es el lugar donde acudimos a rezar y a hablar con Dios. Es un lugar de silencio, de respeto al otro que está orando y de recogimiento sereno y reflexivo. Es el lugar común donde los cristianos, al igual que los judíos en la sinagoga, se reunen para orar y celebrar el banquete Eucarístico que nos da la Vida Eterna y nos fortalece para peregrinar por este mundo hacia la Casa del Padre.

Sin embargo, desde tiempos atrás, recuerdo en mi juventud que era un lugar donde se guardaba total silencio y se tenía que decir algo se hacía como mucho sigilo y cuidado tratando de no molestar ni prologar esa comunicación. Hoy ha cambiado y se habla con toda normalidad y sin guardar la debida compostura ni tener presente que molestamos a quienes está en oración. Es algo que debemos tener en cuenta y cuidarlo, y eso depende y pasa por la actitud de cada uno de los que asistimos al templo.

El templo es el lugar donde, ahora, porque en las primeras comunidades se hacía en las casas, eran celebraciones domésticas, pues no habían templos, se celebra el Banquete Eterno, y donde el Señor se hace presente bajo las especies de pan y vino para alimentarnos espiritualmente y darnos esa Vida Eterna que nos ofrece. Sin embargo, el verdadero templo es el Señor, que mora en nosotros y en el Espíritu Santo nos transformamos en templos vivos. Ya nos lo decía San Pablo - 1ª Corintio 3, 36 - somos templos vivos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros.

Jesús sostiene ese templo vivo que somos nosotros en Él y lo ha hecho tal y como lo había prometido: Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

viernes, 8 de noviembre de 2019

¿CÓMO Y PARA QUÉ UTILIZAS TUS TALENTOS?

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Lc 16,1-8
Todos hemos recibido una herencia, empezando por la vida y todo lo que he venido y está viniendo detrás. Hemos nacido en una familia y un lugar - país - sin haberlos elegidos. Y todo lo hemos recibido para utilizarlo en función de los demás, porque, aunque pensemos lo contrario, se nos ha dado gratuitamente y de la misma forma hemos de darlo. Pronto experimentamos que sentimos un gran gozo cuando lo recibido lo ponemos en aras del bien común y al servicio de los demás, sobre todo de los más pobres.

Sin embargo, la pregunta que nos hacemos es: ¿Realmente, lo estamos realizando? ¿O lo dejamos al azar sin molestarme en poner todo nuestro empeño? Esa es la reflexión que el Evangelio de hoy nos pone de manifiesto y nos invita a reflexionar. Porque, quizás en los asuntos de este mundo, sobre todo en el orden material y económico, ponemos en juego y al máximo todas nuestras capacidades intelectuales y físicas por y para solucionar y sacar buen rendimiento para nuestro bien y propio provecho.

Pero, en las cosas de Dios, ¿qué hacemos? ¿Actuamos de la misma manera y con la misma intensidad e interés? Esa es la pregunta que el Evangelio de hoy nos suscita e interpela y sobre la cual queremos y debemos reflexionar dando respuesta a la misma. ¿Hago todo el esfuerzo posible, según mis actitudes y capacidades en poner la Palabra de Dios en el centro de mi vida? ¿Actúo según me indica y señala el camino que Dios me propone?

Ahora, a ti y a mí nos toca reflexionar y sacar conclusiones desde la verdad y la sinceridad más profunda de nuestros corazones. ¿Estás de acuerdo?

jueves, 7 de noviembre de 2019

JESÚS SE PREOCUPA POR MÍ

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Lc 15,1-10
En el Evangelio de hoy, Jesús nos descubre su gran preocupación por mí, no sólo por los que están junto a Él, sino, sobre todo, y de forma muy especial, por aquellos que, atraídos por las luces y espejismos de este mundo, se desorientan y se pierden en el bosque selvático del pecado y de la perdición. Son esos a los que Jesús va a rescatar mientras deja a buen recaudo a los noventa y nueve que permanecen en el redil.

Jesús, a pesar de recibir nuestras murmuraciones y desplantes -  los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos»  - sigue adelante y no hace caso de nuestras criticas y murmuraciones. Su Misión está clara, ha venido para salvarnos de la esclavitud del pecado y rescatarnos para la Gloria de Dios. Y, por encima de todo, está dispuesto a dar su Vida para salvar la nuestra.

Las parábolas que nos expone hoy nos manifiestan su gran preocupación por salvarnos y liberarnos del pecado. Jesús no está indiferente ni pasivo ante nuestro rechazo y actitud de alejarnos de Él. Sabe de nuestra ignorancia y debilidad ante el pecado y nos perdona. Su Misericordia es Infinitamente paciente y espera nuestra respuesta y nuestro despertar aunque sea en momentos de gran peligro para nuestra identidad física. Sabe que nuestra mayor felicidad es vencer la muerte y vivir en gozo y plenitud de felicidad eternamente. Y a eso ha venido, a ofrecernos esa oportunidad.

Y no podía ser de otra manera y así nos lo demuestra expresando en esas dos referidas parábolas, que nos describe, su gran preocupación por cada uno de nosotros. Por nuestra parte debemos reflexionar al respecto y, agradecidos, responder a su gran Misericordia y Amor.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

DEJANDO TODO PARA SEGUIRTE A TI, SEÑOR

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Cuando te propones hacer algo y tienes interés en ello, haces un esfuerzo y te concentras en lo que estás interesado en seguir o conseguir. Seguir a una persona exige un gran esfuerzo y nace de una experiencia o encuentro vivo con él. Implica dejar todo aquello que no te ayuda a seguirle. En consecuencia, seguir a Jesús exige dejarlo todo para poner todas nuestras fuerzas en seguir el ritmo de sus pasos.

No se trata tanto de dejarlo todo cuanto ponerlo todo. Es decir, la cuestión es que todo lo que has recibido gratuitamente debes de administrarlo para el bien de los que realmente lo necesitan. Dicho en otras palabras, se trata de poner a Jesús en el centro de tu vida dirigiendo todo lo que tienes en función de su Palabra y en acuerdo con su Voluntad. El seguimiento, no te desanimes,  se puede hacer de muchas maneras y formas.

Mientras unos lo hacen desde la óptica de su trabajo, familia o desempeño social en su círculo o ambiente, otros consagran sus vidas en darle culto y anunciar su Buena Noticia por todas partes del mundo. Cada cual desde sus circunstancias, vocaciones o llamadas singulares recibidas que el Espíritu va soplando en lo más profundo del corazón humano.

La esencia del seguimiento es poner a Jesús en el centro de tu corazón y todo lo que tienes, desde tus talentos hasta tus bienes, ponerlos por amor a Él al servicio de los más necesitados. Y es obvio que enfrentarte a ese esfuerzo sólo es garantizar tu propio fracaso. Nuestra victoria está garantizada desde nuestra disponibilidad a caminar agarrados a Jesús.