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jueves, 16 de octubre de 2025

¡AY DE USTEDES, MAESTROS DE LA LEY!

     Llegó con cara de pocos amigos. Santiago se dio cuenta de que estaba de mal humor y se limitó a servirle su café habitual sin comentario alguno.
     —Buenos días, Jorge. Su café.

   Ni levantó la cabeza. Los labios inmóviles, la mirada perdida. Estaba enfadado, a punto de estallar.

    Manuel, que llevaba ya un rato en su lugar de costumbre, observó aquella escena inusual. Jorge no parecía el mismo. Algo grave le debía ocurrir.
Pasados unos minutos, al ver que Jorge se cubría el rostro con los brazos, casi al borde del llanto, se acercó despacio y esperó a que levantara la cabeza.
    —¿Qué te ocurre? Sabes que aquí estamos para ayudarte.

   Jorge cerró los ojos y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Durante unos segundos, el silencio fue denso, casi doloroso.
    —Estoy desesperado —dijo al fin—. No entiendo la ley. Son incapaces de perdonar el más mínimo fallo. No tienen en cuenta la buena intención con que uno actúa, y al menor descuido… te cae la ley encima.
    —Desahógate, Jorge, y ten esperanza —respondió Manuel—. Todo se supera. Confía.
    —Reconozco que me equivoqué, pero lo hice con buena intención.
    —¿De qué hablas?
    —Facilité un préstamo a una persona que lo necesitaba con urgencia.
    —Eso no parece un delito.
  —No… pero lo hice saltándome ciertos protocolos. Sentí compasión: esa persona iba a perder su casa. Confié en su honradez. Corrí el riesgo.
    —Y ahora te ha caído la ley encima…
    —Exacto. No entienden que hay momentos en que romper una norma es un acto de amor.

    Jorge escondió el rostro entre sus brazos.
    —¡Estoy desesperado! —gritó.
  —No es nada nuevo —dijo Manuel—. Siempre hay quienes se escudan en la ley para justificar sus propios egoísmos. Jesús los retrata bien en el Evangelio:
  “¡Ay de ustedes, maestros de la ley, que se han apoderado de la llave de la ciencia! Ustedes no han entrado y a los que intentaban entrar se lo han impedido.” (Lc 11, 52)
Jorge respiró hondo.
    —Bueno… eso no me soluciona nada, pero al menos me consuela.
  —Nunca pierdas la esperanza. Las buenas obras, tarde o temprano, encuentran su recompensa.
 
    Los guardianes de la ley viven encadenados a preceptos que los encierran en su propio miedo. Entre Jesús, puro don, libertad y creatividad generadora de vida, y ellos, se abre un abismo: dos actitudes que siguen presentes también hoy dentro de la Iglesia.

martes, 10 de marzo de 2020

MAESTROS Y CATEDRÁTICOS

Resultado de imagen de Mt 23,1-12
Mt 23,1-12
En muchos momentos de nuestra vida nos consideramos maestro y catedráticos. Nos consideramos ejemplos para los demás aunque, aparentemente, escondamos nuestra vanidad tras una falsa imagen de humildad. Todos somos pecadores, lo confesamos, pero, nos resulta difícil descubrir nuestros pecados y hasta encontrarlos, porque, aunque los confesamos no los vemos. Y, sin darnos cuenta, nos creemos limpios hasta considerarnos maestros y catedráticos.

La Palabra de Dios actualiza cada instante de nuestra vida interpelando nuestras acciones y descubriendo nuestras incoherencias a la Luz del Evangelio. Hoy, como ayer, las autoridades religiosas de la época proclaman una doctrina que, empezando por ellos mismos, no cumplen y descargan en los demás. Sobre todo, empezando por los más débiles y pobres.

Jesús nos advierte en el Evangelio de hoy que cumplamos lo que nos dicen, pero, no hagamos lo que ellos hacen. Veamos: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí"».

No miremos para otro lado, porque entre esos que señala el Señor podemos estar también nosotros. Tratemos de demostrar con nuestras obras y coherencia de fe que salimos de ese grupo incoherente y de malos testimonios. Todo queda muy claro y todos lo comprendemos. Indudablemente, quien quiera oír que oiga.

domingo, 5 de noviembre de 2017

APARIENCIAS. DICEN Y NO HACEN

Mt 23,1-12
No es una figura del ayer, sino de siempre. Las hay también hoy, y quizás muy cerca de cada uno de nosotros. Están en todas partes y hasta dentro de la misma Iglesia. Sí, son los maestros de la Ley, los que saben mucho y los que buscan el honor y la gloria con sus obras. Incluso, los filántropos, que se distinguen por su amor a sus semejantes y por sus obras en bien de la comunidad.

Suena muy bien, pero si todo eso se hace por amor a uno mismo, buscando su gloria y honor; buscando ser ensalzado y distinguido, su premio ya está recibido. No esperes nada más. Será bueno oírles y hacer lo que dicen, pero no hacer ni imitar lo que hacen. Porque hablan de una cosa, pero sus vidas reflejan otras. Todo su pensamiento está buscando destacar, ser distinguido, reverenciado y aclamado.

Señalan caminos que ellos no recorren, ni siquiera intenta recorrer. Pero, eso sí, mandan a que otros lo recorran. Ellos sólo procuran ser vistos para ser halagados. Cuidan los detalles y buscan toda oportunidad para escalar puestos distinguidos y ser llamados maestros y honorables. Están recibiendo sus premios y cuando la verdad emerja recibirán el castigo a sus mentiras y falsedades.

Nuestra referencia es el Señor. No hagan casa a otro que no sea el Señor. Y el Señor es nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo, que se entregó voluntariamente por nosotros. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y guía nuestros pasos a través de nuestra madre santa Iglesia, que es servidora y compañera, poniéndose al servicio de todos los hombres, de manera especial de los más pobres.

Ese es el signo que dejó nuestro Señor Jesús el día que fue entregado y en la última cena con sus amigos. Se postró ante ellos lavándoles los pies, y les dejó claro que quien no lo hacía no sería su amigo, como ocurrió con Pedro. Por lo tanto, la humildad y el servicio es la marca, en términos coloquiales de nuestro tiempo, con la que distinguimos a los auténticos cristianos seguidores del Señor. Porque, El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.