viernes, 1 de abril de 2016

SIN ALIENTO

(Jn 21,1-14)

Queremos que se nos aparezca el Señor, o queremos que nos haga una señal o ver un signo que nos indique lo que debemos hacer, pero, ¿estamos preparados para eso? Hoy vemos en el Evangelio como Jesús se les aparece a los discípulos por tercera vez y estos quedan desconcertados, inseguros de que sea Él. Temen, incluso, preguntarles.

Me pregunto, ¿cómo nos quedaríamos nosotros ante una aparición del Señor? ¿Sabríamos responder? A veces hemos experimentado una desazón enorme cuando hemos sentido su cercanía, o hemos intuido que nos ha sacado de un apuro o cualquier otra experiencia. 

No es la primera vez que Jesús se les aparece, y no le reconocen. Juan sospecha cuando observa el resultado de la pesca y Pedro, impetuoso, no duda ni un instante en acercarse al Señor. Pero no se atreve a decirle nada. Quizás, a ti y a mí nos ha ocurrido alguna vez algo parecido. Intuimos que el Señor está delante de nosotros, pero no le vemos claramente. Experimentamos que nos acompaña y nos habla, pero quizás no llegamos a oírle o escucharle.  El ruido de nuestra vida, el resultado de nuestro trabajo o las emociones del momento nos distraen y nos sumergen en otras intenciones.

Posiblemente, el Señor, prepare unas brasas y tenga un pez para nosotros, y nos invite también a que nosotros pongamos algunos peces de nuestro trabajo. En el Sagrario está permanentemente esperando ese momento. ¿Tenemos tiempo para Él, y para comer con Él? 

Sería bueno dialogar con Jesús y mostrarle los peces de nuestra vida, lo que hemos pescado en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros grupos de amigos o parroquias. Sería bueno estar atento a las invitaciones del Señor, y pedirle que nos abra los oídos, los ojos y el corazón, para que cuando Él esté por los alrededores de nuestras playas no dejémosle de advertirlo y acercarnos para comer con Él.

jueves, 31 de marzo de 2016

JESÚS INSISTE CON SUS APARICIONES PARA PREPARARLOS

(Lc 24,35-48)

Ya sabían que Jesús había resucitado. Todavía, quizás, no eran muy conscientes. Tenían dudas y, a pesar de contar sus experiencias y encuentros con Jesús, la alegría, emoción y entusiasmo les desconcertaba. Estaban exultantes y no sabían cómo reaccionar. ¿No nos ocurre a nosotros algo parecido?

Nos llegan noticias de Jesús a través de su Palabra. En cada Eucaristía experimentamos encuentros con Jesús, pero unas veces porque estamos distraídos, y otras, confundidos y tentados por el mundo, se nos nubla la vista, permanecemos perplejos y temerosos. Y no reaccionamos a las llamadas del Señor.

Ellos experimentaron ese desconcierto: Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: « ¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: « ¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

¿Cuántas veces experimentamos que Dios nos llama y nos habla y no escuchamos? Quizás aquel día que asistimos por compromiso a aquella catequesis de Bautismo; o aquel otro día que fuimos, por acompañar en aquella misa funeral a un familiar o amigo; o en la primera comunión del niño de la casa o de alguna familia amiga. Sí, son muchas veces que el Espíritu Santo se ha valido de esas u otras invitaciones para hacerse presente en tu vida y quizás tú no les has hecho caso.

¿Y cuántas veces Jesús, por medio de su Iglesia te ha explicado todo lo que está escrito en la Ley de Moisés,  en los Profetas y los Salmos acerca de Él? ¿Y que todo eso se tenía que cumplir, tal y como se ha cumplido? Sin embargo, nosotros seguimos indiferentes o exigiendo pruebas y pruebas que nos hagan comprender lo incomprensible. Tomás, uno de los apóstoles experimentó eso, pero pronto se rindió al toque que el Señor le dio una semana más tarde.

Quizás la pregunta que nos conviene hacernos y meditar es: ¿Estamos nosotros también dejándonos preparar por las señales y signos que el Señor nos está dando?

No pensemos que Tomás tenía más ventaja que nosotros, porque nosotros tenemos la Palabra del Señor y lo tenemos presente cada día en el Sagrario, y le podemos tocar con nuestras manos y corazón en cada Eucaristía. Pongámonos en sus Manos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

NOSOTROS ESPERABAMOS QUE SERÍA ÉL EL QUE IBA A LIBRAR A ISRAEL

(Lc 24,13-35)


Igual nos está ocurriendo a nosotros. Esperamos que sea Él el que nos arregle la vida; el que nos resuelva todos nuestros problemas; el que nos saque de todos nuestros apuros y obstáculos y el que nos dé todo lo que necesitamos, pero experimentamos que la vida, nuestra vida sigue igual y se nos complica y se nos hace cruz.

Quizás esperamos un dios guerrero, libertador y triunfante según nuestra forma de pensar y según los criterios de este mundo. Quizás pensamos en un dios hecho a nuestra medida y a nuestros intereses y que se amolde a nuestros gustos. Pero la Voluntad de Dios es otra, y otra la forma que ha pensado de salvarnos y redimirnos del pecado.

Y es Jesús quien nos explica y nos descubre como es su Padre y como ha pensado salvarnos. Está escrito todo lo que Él tiene que padecer. Desde Moisés, pasando por todos los profetas, las Escrituras nos dan cuenta de todo el camino de salvación; de todo el suplicio de la Pasión y Muerte del Señor, pero también de su Resurrección. Todo se ha cumplido en Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y cada profecía es una piedra más de su auténtica Verdad. Él es la Resurrección y la Vida. 

Quizás nos suceda a nosotros algo parecido a los de Emaús muchas veces en el camino de nuestra vida. Nos desanimamos porque nuestro camino se nubla, porque la oscuridad nos impacienta y porque en muchos momentos perdemos las huellas de los pasos de Jesús. Como aquellos discípulos experimentamos que nosotros esperábamos que sucediera otra cosa y, sin darnos cuenta, tratamos de imponer nuestra voluntad y nuestros pensamientos.

Y es que nuestra libertad; nuestra solidaridad; nuestra justicia; nuestra verdad y nuestra manera de amar son muy diferente a las de Jesús. Y no entendemos nada. Tengamos la paciencia de dejarnos acompañar por Él, y de que nos hable y nos explique todo el Misterio de la locura de Amor del Padre por salvarnos, y esperemos con paciencia que nos parta el pan y nos abra los ojos y encienda nuestro corazón. Entonces, como los de Emaús, veremos claro.

martes, 29 de marzo de 2016

JESÚS EMPIEZA A REUNIR EL REBAÑO

(Jn 20,11-18)


La Resurrección no está completa sin las apariciones. Los discípulos habían quedado desconcertados y confundidos. Nadie entendía nada. Las mujeres, quizás llevadas por esa intuición de que faltaba algo, se acercan al sepulcro para poner flores o para acompañar el Cuerpo de Jesús. Lo cierto es que el Evangelio nos dice que lloraba. Y ese llanto esconde sed y deseos de ver a Jesús, de que su Muerte no podía quedar así. Ese llanto contiene esperanza y súplica.

Y Jesús, consciente de que necesitaban verle, vivir la esperanza real de saberlo resucitado, se deja ver. Y se le manifiesta a María a llamarla por su nombre: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’».

Jesús empieza a ser el nexo de unión entre todos los que creen en Él. Y continúa ahora, hoy mismo, uniéndonos por la fe en Él. Y, a pesar de las distancias, las horas y el desconocimiento físico y cultural, Jesús, en su Resurrección, nos une, nos hermana y nos fortalece en nuestro diario compartir virtual.

Sabemos que vive, que está entre nosotros y que nos prepara esa Fuente de Agua Viva que nos quitará la sed para siempre. Para siempre se acabarán nuestras dudas; para siempre se acabarán nuestros sufrimientos y tristezas; para siempre se acabaran nuestras angustias y nuestra sed de buscar, porque en Él está esa Agua Viva que salta hasta la Vida Eterna.

Son Palabras que el mismo nos ha dicho a través de su diálogo con la samaritana. Pidámole esa Agua Viva que tiene para que nos quite esa sed que nos tienta, que nos somete, que nos hace muchas veces pecar, que nos inoportuna y que nos cansa dejándonos siempre insatisfecho. Queremos, Señor, que nos des esa Agua tuya, limpia y pura, que nos quita la sed para Siempre.

lunes, 28 de marzo de 2016

¿NO OCURRE AHORA, EN NUESTRO TIEMPO, LO MISMO?

(Mt 28,8-15)

Todavía sigue ocurriendo lo mismo. Ahora la versión es diferente, pues ya ha pasado mucho tiempo, unos mil novecientos ochenta y tres años aproximadamente, es decir, cuando Jesús tenía unos treinta y tres años. Y, dicen ahora, que todo eso es un cuento y se lo han inventado. Lo de llevarse el cuerpo ya no se sostiene, porque hubiese aparecido. Con los medios de aquellos tiempos no hubiesen podido ir muy lejos para esconder el Cuerpo de Jesús.

Resulta que se han encontrado restos y fósiles de aquella época y de otras más remotas, ¿y no se encuentra restos del Cuerpo de Jesús? No hay otra manera de justificarse sino alegando que son cuentos y mirar para otro lado. Creo que Jesús, con buen criterio, no se aparece a extraños e incrédulos. Se aparece a los amigos, a los que han creído en Él. Incluso a aquellos que han tenido dudas, duros de mollera y hombres de poca fe, pero que le buscaban y experimentaban sed dentro en lo más profundo de su ser.

Jesús se muestra, para ayudarte, para fortalecerte y animarte en el camino cuando tú le abres tu corazón y le pides que sacie tu sed de amor. Porque el hombre y la mujer han sido creados para amar. Por eso, a aquellos discípulos hambrientos y deseosos de encontrarle y de su Resurrección, Jesús se les muestra y les anima y llena de gozo. Son las mujeres las primeras que experimentan ese deseo y aspiración de sed, de resurrección. Y el Señor les complace su curiosidad y su sed de amor.

Por eso, por nuestro compromiso de Bautismo y por la Gracia del Espíritu Santo que nos ha revelado la Resurrección de Jesús, estamos llamados y comprometidos a dar testimonio de su Resurrección. Por la respuesta de los apóstoles y discípulos, nosotros hemos recibido esa revelación y se nos ha transmitido la fe, y en correspondencia y por amor, estamos también nosotros comprometido a transmitirla.

Sí, queremos responder, Señor, pero también sabemos de nuestra pobreza, nuestra debilidad y nuestros pecados, y, es por eso, por lo que te pedimos tu Gracia para, asistido por tu Espíritu podamos dar testimonio de tu Palabra con nuestras pobres obras y vida.

domingo, 27 de marzo de 2016

SIEMPRE ELIGES, SEÑOR, LA PARTE MÁS DÉBIL

(Jn 20,1-9)


Se repite a lo largo de la historia de la salvación. El Señor elige a los más débiles para realizar su misión. Y es que con los más débiles realiza la misión salvadora de forma más real y auténtica. Porque nadie espera que con lo que menos vale y tiene poder se puede llevar a cabo una misión muy important. La más importante, la de la Salvación del hombre.

Son las mujeres las elegidas para dar la primera noticia de la Resurrección: El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». La mujer, considerada como algo sin crédito y sin capacidad de testimonio. La mujer de aquella época, considerada como un objeto sin valor y sin ningún derecho. La que no tiene palabra ni voto y a la que no se le puede valorar ni creer. Y, para Jesús son las elegidas para dar la noticia de su Resurrección.

No entendían nada, ni sabían que Jesús iba a resucitar. Lo de construir el templo en tres días no les había dicho nada, ni se habían enterado. Avisados por María Magdalena, Pedro entró y vio  las vendas en el suelo y el sudario que le envolvía la cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en otro lugar. Luego, el otro el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. 

Fue, entonces, cuando se les iluminó la mente y empezaron a entender. Y es ahora cuando nosotros también entendemos que la Muerte de Jesús está incompleta si no hay una Resurrección. Porque la Resurrección explica todo su Amor, su Vida y, sobre todo, su Pasión. 

Y da sentido a ese impulso que late en lo más profundo de nuestro corazón de aspirar a la Vida. A una Vida plena, gozosa y eterna que nos da esperanza de vivir y de abrazar el camino de cruz que tendremos que recorrer para llegar a ella.

sábado, 26 de marzo de 2016

HOY ESTAMOS DE LUTO



Hoy vivimos en la esperanza de la Resurrección. Jesús, después de todo lo que nos ha enseñado; después de todo lo que nos ha dicho y amado, hasta el punto de dar su Vida por nosotros, no puede haber desaparecido  para siempre. Quizás deje pasar tres días para darnos tiempo de prepararnos y meditar todo lo que nos ha dicho. Porque en ello está contenido la Resurrección.

En el tiempo que estuvo con nosotros nos llenó el corazón de esperanza. Descubrimos que nuestra meta y objetivo tiene sentido, porque aspiramos a la felicidad y, precisamente, Jesús nos habla de esa felicidad. Nos descubre la locura de Amor de su Padre, y nos revela que, su Padre, nos espera para que, invitados por amor, vivamos en su Casa esa felicidad a la que aspiramos.

Pero, ¡lo asombroso!, es que nos invita, no para unos días o temporada, sino que nos invita para Siempre. Eternamente. Otra de nuestras máximas aspiraciones. Y en esa esperanza vivimos estos días de luto. No un luto triste, resignado y amargo, sino un luto vivo, expectante y esperanzado.

Por eso, unidos a la Madre, María, y el discípulo amado y todos los que en esa esperanza se sostiene nuestra vida, permanecemos a la espera de que el Señor nos responda y nos levante nuestra esperanza haciéndola realidad. En silencio permanecemos en oración meditando sus Palabras.