jueves, 10 de agosto de 2017

MORIR PARA DAR FRUTOS

(Jn 12,24-26)
La semilla que no muere no da frutos. Dar frutos exige morir, para transformarte en vida y savia para alimentar esos frutos que otros necesitan. Morir es amar. O dicho de otra manera, el amor es la capacidad de entregarte y darte, hasta el extremo de poner y perder tu vida por salvar la del otro. Todos comprendemos que eso es así, y es en la familia donde experimentamos a lo que están dispuestos nuestros padres por salvarnos la vida.

En este contexto podemos entender y explicar nuestros sufrimientos, y también los de otros. Esta vida es un camino de cruz, y eso debe tener un significado claro, porque, de no tenerlo, las dudas y las tribulaciones nos harán perder el rumbo y el camino de nuestra meta. Debe estar claro, porque de esa manera estaremos en disponibilidad de aceptar y soportar los avatares de la vida. No sólo en la nuestra, sino también en la de los demás.

Es de sentido común que nunca entenderemos el sufrimiento, y que nadie quiere sufrir. Jesús, el Señor, no ha venido para hacernos sufrir, sino todo lo contrario. Para salvarnos, pero, antes tendremos que darle sentido a ese sufrimiento, causados por nuestros propios pecados. Él también, sin ninguna culpa, los sufrió, y los aceptó para merecer nosotros nuestra salvación y Misericordia de Dio. Por su Pasión y Muerte estamos salvados, y lo descubre y lo canta la Gloria de su Resurrección.

De la misma forma, el Padre, por la Gracia y méritos del Hijo, nos resucitará a nosotros también. Pero, antes hay que morir como la semilla para dar frutos. Eso frutos que se desprenden de nuestra entrega, de nuestros sacrificios, de nuestros esfuerzos, de nuestra misericordia, de nuestro soportar las inclemencias de aquellos que no entienden de amor, sino de egoísmos, y destruyen, explotan, esclavizan y matan para, equivocadamente, conservar sus vidas y, erróneamente, perderlas.

miércoles, 9 de agosto de 2017

PREPARADOS PARA LA HORA

Mt 25, 1-13
El momento final no se sabe. Sabemos, eso sí, al menos lo creemos, que Jesús vendrá, pero, el día y la hora no lo sabemos. De la misma forma, tampoco sabemos el día ni la hora de nuestra muerte. Todo nos es desconocido, por lo tanto, sólo queda el estar preparado. Y es de eso de lo que nos habla el Evangelio de hoy, del día y de la hora y de estar preparado.

Jesús nos lo expone de forma magistral, comparándonos el Reino de los Cielos con la parábola de las diez doncellas. Queda meridianamente claro que hay que estar preparados, porque de no estarlo nos puede ocurrir lo de aquellas doncellas despistadas que se quedaron fuera por no llevar las alcuzas bien llenas de aceite para proveer a sus lámparas.

¿Nos puede ocurrir a nosotros lo mismo? Dependerá de tus cuidados, de tu perseverancia, de tu vigilia, de tu seguimiento y cercanía al Señor. Sabes que si no estás injertado en el Señor, el Maligno está al acecho para distraerte y hacer que te despiste o te olvides de tus obligaciones y obediencias. Porque, esa es nuestra tendencia, separarnos de los consejos y cuidados de nuestros padres. 

Cuando pequeños somos obedientes y creyentes de nuestros padres. Sabemos que quieren nuestro bien y nos lo procuran, pero, en cuanto no hacemos mayores, nuestro corazón se endurece y empiezan las dudas. Entonces nos fiamos a nosotros mismos y nos equivocamos. Porque, nuestra naturaleza humana es débil y pecadora, y pronto es víctima de sus propias debilidades y pecados.

Estemos siempre dispuestos y preparados, para, cuando llegue el novio tener nuestras lámparas bien dispuestas y encendidas.

martes, 8 de agosto de 2017

NUESTRA HUMANIDAD ES DÉBIL Y PECADORA

(Mt 14,22-36)
Nos vemos retratados en los apóstoles. Preguntarnos, ¿cómo es posible que aquellos hombres, los apóstoles, que estuvieron con Jesús tres años y presenciaron bastantes milagros y signos prodigiosos, entre ellos éste de Pedro sobre las aguas, pudieran dudar de Él más tarde? Porque, después de su muerte, regresaban a Emaús, Cleofás y su compañero. Tomás se mostró incrédulo y todos, a excepción de su Madre, algunas mujeres y Juan, permanecieron al pie de la Cruz.

Somos hombres con denominador común, pecadores, débiles y tentados por la desconfianza. Y, a pesar de tantos milagros y prodigios que ha hecho el Señor, nos resistimos a creer y confiar en Él. Corozaín y Betsaida, dos pueblos donde el Señor tuvo mucha presencia y proclamó su Palabra, con hechos y milagros, no le respondieron. Tampoco debe extrañarnos que ahora, en este momento de nuestra historia, esté pasando lo mismo.

Y aquellos apóstoles no se diferencia de nosotros, al menos respecto a la fe, en nada. Les cuesta creer, y eso que han visto muchas acciones prodigiosas del Señor. También a nosotros nos cuesta creer. Es, entonces, cuando entendemos que eso de que venga un resucitado a confirmarnos nuestra resurrección, tampoco resultaría. La fe no es una cosa espontánea, ni repentina, ni producto o resultado de un impacto o impresión grande. La fe es un proceso y camino, lento, despacio, profundo, sereno, que va gestándose y experimentándose en el día a día de tu relación y vivencia con el Señor.

Es un encuentro con Aquel que te va demostrando su Amor, y su Verdad. Es una experiencia con Alguien que te ama sin condiciones, que no te exige, sino te propone y que va dándote aquello que tú realmente quieres encontrar. La fe es el Tabor donde tú prescindes de todo, porque te encuentras tan bien que sólo anhelas y deseas estar con Jesús. Su presencia te colma de felicidad y gozo eterno.

Y es esa fe la que debe servirnos para levantarnos, una y mil veces, y cada vez que nos veamos hundiéndonos en las aguas pantanosas y bravas de este mundo.

lunes, 7 de agosto de 2017

ÉL NOS VE Y ESTÁ ENTRE NOSOTROS

(Mt 14,13-21)
No estamos muy seguros y fiamos nuestras acciones a nuestra razón y prudencia. No está mal, es lógico y de sentido común. Para algo se nos ha dado la cabeza y también el sentido de la prudencia. Y cuando tenemos un problema delante de nosotros, lo pasamos por nuestra razón y discernimos al respecto. Era lógico, pues, que los discípulos se plantearan mandar a la gente, congregada ante Jesús, a las aldeas más próximas en busca de alimentos. Ante tal situación no podían hacer otra cosa.

Sin embargo, Jesús rompe nuestra lógica y nos desafía a solucionar, nosotros, esos problemas que nos salen al paso: Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 

¿Es que, a pesar de pensar y creer en su presencia, no terminamos de creernos que Jesús está presente entre nosotros y le importa nuestros problemas? Es bueno y necesario ser prudente, porque no tendría sentido creernos que el Señor es una caja mágica para solucionar nuestros problemas, pero, cuando los problemas son ineludibles y necesitan solución, que quizás no está a nuestro alcance, pensemos y creamos que el Señor está presente y actúa, si se lo pedimos con fe.

Supongo, así al menos quiero pensarlo, que Jesús quiere advertirno que con Él podemos superar muchos problemas a los que no le vemos salida, y, para los cuales nos vemos impotente de solucionar. Él es nuestro alimento y nuestra esperanza, y con Él podemos saciar el hambre y la sed de todos aquellos que buscan una esperanza de gozo, de felicidad y vida eterna. Es ese el verdadero alimento que importa y que nos alimenta eternamente.

domingo, 6 de agosto de 2017

UN TABOR NECESARIO

(Mt 17,1-9)
El camino se hace largo y duro. No puedes perder de vista que nos lleva a la cruz, pues es el mismo que el de nuestro Señor Jesús. Teniendo esto claro resistiremos y soportaremos mejor las tempestades, los vientos huracanados y las noches oscuras donde la niebla desdibuja nuestro horizonte. Pero, hace falta una parada e inyección de ánimo. Hace falta una luz fuerte e incandescente que nos alumbre y nos llene de esperanza. Hace falta un Tabor.

Y así lo entendió nuestro Señor. Seguramente vio a sus discípulos cansados, despistados e ignorantes. Por varias veces que les había hablado de su muerte y resurrección, ellos no se habían percatado ni enterado de nada. Era necesario un adelanto, un Tabor para que espabilaran y se dieran cuenta. Y así sucedió.

En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». 

Un primer detalle que podemos observar es lo bien que se está con el Señor. Lo bien que lo pasaremos junto al Señor. Sólo leer lo que dice Pedro nos revela y descubre eso que percibimos. Nos olvidamos de nuestra propia presencia y hasta del tiempo, ante la majestuosidad y divinidad de nuestro Señor Jesús, significada con los personajes, Moisés - la Ley - y Elías - los profetas -. Es decir, el Antiguo Testamento y el Nuevo que representa el Señor. Realmente es el Mesías, que resucitará tras su muerte.

Y una segunda observación nos descubre esa voz que se oye, en la que el Padre nos presenta a su único y verdadero Hijo, el amado y predilecto, en el que se complace. Y nos manda escuchadle. Es decir, hacer su Voluntad, contemplar su Persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirle.

sábado, 5 de agosto de 2017

RAZONES PARA JUSTIFICARNOS

(Mt 14,1-12)
El auto engaño está presente en nosotros a lo largo de toda nuestra existencia. Cuando la realidad no se ajusta a mis planes, la distorsionamos y la acondicionamos de acuerdo con nuestras razones, ideas y proyectos. De esa manera, enterado Herodes de la fama de Jesús, argumentaba lo siguiente: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». 

Y así trataba de justificar los rumores que se oían sobre las actuaciones de Jesús. Pero eso, ocurrido ya hace mucho tiempo, debe servirnos para interpelarnos hoy y preguntarnos también nosotros sobre lo que opinamos y decimos de Jesús. Porque, de la misma manera, Él está entre nosotros.

¿Acaso, para mí es también Jesús alguien resucitado, como Juan el Bautista, y por eso los poderes actúan en Él? ¿O es alguien inventado, todavía peor, o abstracto, en quien, en el mejor de los casos, creemos, pero nada más? ¿Esa creencia no nos mueve a nada, ni tampoco nos cuestiona nuestra vida? 

Esa supuesta y débil fe, pegada con alfileres no afecta para nada a mis propias ideas y vida. Y no lo hace si realmente me quedo instalado, pasivo y quieto, justificando mis razones y dejándome auto engañado ante la auténtica realidad de mi vida.

Quizás, estemos más en la honda de Herodías, la mujer de Filipo, hermano de Herodes, con la que vivía el rey, y a quien, Juan el Bautista, denunciaba y advertía que no le era lícito convivir maritalmente. Y por esta razón, Herodías deseaba quitárselo del medio. Si este hecho, acontecido hace siglos, no nos sirve sino como historia, sería fatal para nosotros. Porque, debe ser espejo donde mirarnos e interpelarnos y ver que puede esta ocurriendo también en nosotros.

Porque, podemos preguntarnos: ¿Queremos también nosotros quitarnos a Jesús del medio en muchas ocasiones, alegando y justificando razones que distorsionan nuestra auténtica realidad auto engañándonos? Quizás tenemos muchos vicios y apetencias que no queremos dejar y anteponemos a nuestra relación con Dios. Sería bueno no obviarlas ni descartarlas, sino saber que, por nuestra debilidad, están ahí. Son piedras y obstáculos que se levantan entre nosotros y Jesús. Noches oscuras y tinieblas, porque, sabiéndolo podemos, por la Gracia de Dios, vencerlas.

viernes, 4 de agosto de 2017

A TI QUE TE CONOZCO, ¿QUÉ ME VAS A DECIR?

(Mt 13,54-58)
La experiencia nos lo aclara y demuestra palpablemente. Hablarle a los tuyos y proclamarle el Reino de Dios es tiempo perdido en la mayoría de las veces. Claro que hay excepciones, pero lo más frecuente es que tu testimonio y tu palabra no surtan el efecto deseado. Tendrán siempre más presente tus fallos, errores y pecados, que tu palabra y tu testimonio.

Y no hablamos de opiniones o pareceres, sino de realidades. Se hace dificilísimo transmitir la fe dentro de la familia o en tus círculos de amigos o trabajo. Cuanto más te conocen, más mirarán tus defectos o fallos que tú palabra y testimonio. Y, como pecadores que somos, siempre tendrán la posibilidad de descubrir tu  propia debilidad y encontrar justificaciones a su resistencia.

Es lo que le sucedió a Jesús: « ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?».

Valoramos más lo de afuera que lo de dentro. Basta que seas de la casa para que salgan los por qué y pongas todas las dificultades posibles. Más, si eres de afuera, tu tolerancia y permisividad está más abierta a la acogida. Por eso, Jesús dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Lamentablemente, ésta es la realidad. Así sucede y frecuentemente la proclamación a los más cercanos debe hacerse indirectamente y no de forma directa. Es decir, será siempre más eficaz que sean otros, los de afuera, que proclamen a los de dentro, porque los de dentro posiblemente serán rechazados.