martes, 27 de agosto de 2019

¿TENGO LIMPIO MI CORAZÓN?

Imagen relacionada
La pregunta que todos tenemos en nuestros labios subyace en nuestra conciencia y despierta nuestro corazón. Realmente, ¿tengo limpio mi corazón? Cada día se libra una batalla dentro de mí en el esfuerzo constante por mantener limpio mi corazón. Y lo hago en la medida que me esfuerzo en vivir en la verdad, en la justicia y la misericordia. Es la lucha de cada día y la coherencia que me exige mi fe.

Porque, no basta cumplir con los ritos y las prácticas de piedad, sino que, paralelamente, mi vida interior, y principalmente en mi corazón, donde se cuecen todas las batallas, debe ir en sintonía con la vivida en el exterior. De ser de otra forma lo que transmito son puras apariencias que en lugar de dejar un buen testimonio escandalizan y alejan de Xto. Jesús.

Es pues de vital importancia sostener el equilibrio exterior e interior. Es decir, vivir sin mentiras y sin doble vida. Vivir sin apariencias, sino en la autenticidad de transmitir lo que realmente eres y crees. Si bien, eso no significa que no te reconozcas pecador y aceptes tus pecados cada día. Precisamente, tal y como dijo el Papa Francisco refiriéndose a la fidelidad y tratándola de definirla: "la fidelidad es la debilidad bien acompañada". Es decir, reconocerme débil, pecador y necesitado de ir bien acompañado.

No por cualquiera sino por alguien que pueda orientarme y acompañarme espiritualmente por el buen camino que no es otro que aquel que conduce a un encuentro con el Señor. No cabe ninguna duda que ir de la Mano del Espíritu Santo es lo más indicado, pero también necesitamos recibir buenos consejos de alguien que aquí abajo nos pueda ayudar y orientar.

Vivamos, día a día, en el esfuerzo de sostenernos limpio tanto interiormente como exteriormente transmitiendo una fe coherente y auténtica injertados en el Espíritu Santo y apoyados en la comunidad y el asesoramiento espiritual.

lunes, 26 de agosto de 2019

TU EJEMPLO PUEDE MATAR

Resultado de imagen de Mt 23,13-22
Mt 23,13-22
No sólo depende de la capacidad de tu amor sino que también tendrás que responder de tu buen o mal testimonio ante los demás. Porque, tu buen o mal ejemplo puede influir en acercar o alejar a otros de Dios. Son esos momentos los que te descubren tu verdadera fe porque, en ellos, experimentas tu fidelidad. Una fidelidad que es el resultado de reconocerte débil y necesitado de compañía espiritual que te auxilie y te asesore espiritualmente. De eso, me atrevo a decir, deben ser consciente los sacerdotes y también los obispos en cuanto orientar a sus sacerdotes en sus diócesis.

Y es que la cosa es muy seria, porque, no sólo está en juego tu salvación sino también la de aquellos que guardan una relación contigo y necesitan ser informados, evangelizados y orientados por el camino que lleva al encuentro con el Señor. Esa es la cuestión y nuestra responsabilidad. No se trata de hacer proselitismo sino de proponer un camino aceptado desde la libertad.

El Evangelio de hoy nos descubre el enfado de Jesús a este respecto sobre todo con aquellos que dan mal ejemplo y testimonio para otros desorientándolos y apartándolos de la cercanía con Jesús. Por eso, Él les dice estas duras palabras:«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: ‘Si uno jura por el Santuario, eso no es nada; mas si jura por el oro del Santuario, queda obligado!’ ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro, o el Santuario que hace sagrado el oro? Y también: ‘Si uno jura por el altar, eso no es nada; mas si jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado’. ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda, o el altar que hace sagrada la ofrenda? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el Santuario, jura por él y por Aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que está sentado en él». 

La cosa no está para broma ni para tomárselo de forma irresponsable e indiferente. Y desafortunadamente suele ocurrir así. Por todo ello, conviene reflexionar con seriedad y responsabilidad.

sábado, 24 de agosto de 2019

UNA INVITACIÓN A LA SALVACIÓN

Resultado de imagen de Lc 13,22-30
Has sido creado no para luego morir sino para vivir eternamente. Esa es la apuesta por la Vida para la que Dios te ha pensado e invitado. Una Vida Plena y Eterna junto al Padre. Ahora, para ello tendrás que aceptar, no sólo la invitación al Banquete sino también llevar el traje apropiado. Es decir, el plan de Dios que te ha propuesto en su Hijo Jesucristo. Un plan, no sólo proclamado por Él con su Palabra, sino vivido y testimoniado con su Vida entregada a una muerte de cruz.

Jesús, el Hijo encarnado en Naturaleza humana, es el Camino, la Verdad y la Vida, y, Él en los tres años de su Vida pública compartida entre nosotros, nos ha dejado claramente señalado el camino que su Padre Dios nos ha propuesto, no sólo para aceptarlo, sino también para salvarnos para toda la Eternidad. Ese camino es estrecho, nos lo dice claramente, y muy difícil y nos exigirá sacrificio y lucha cada instante de nuestra vida. Seguirle exigirá renuncia, dolor y esfuerzo constante y cargar con nuestra propia cruz.

No se trata de sufrir sino de aceptar el dolor como prueba y demostración de nuestro amor y fe. El camino y recorrido de nuestra vida es la oportunidad para, no sólo afirmar nuestra fe, sino para demostrarla doblegando, por la libertad que se nos ha dado, nuestras posiciones y pecados entregándonos a la Voluntad de nuestro Padre Dios y, por su Gracia,  viviendo según y en su Palabra.

¿Y TÚ, ACEPTAS LA INVITACIÓN A CONOCER A JESÚS?

Resultado de imagen de Jn 1,45-51
Jn 1,45-51
Con frecuencia solemos poner dificultades a todo lo que nos dicen o nos invitan. Siempre encontramos algún reparo para justificar nuestro rechazo u obstáculo. Hay un cierto instinto de ponernos en guardia y a la defensiva a la primera de cambio. Es como si sintiéramos alergia a las invitaciones, incluso hasta las realizadas por algún buen amigo. La desconfianza está siempre flotando a nuestro derredor.

También es importante el origen de donde nos viene la invitación, pues dependiendo del lugar ponemos o no dificultades, objeciones e impedimentos. Sin embargo, el caso que hoy nos ocupa y nos presenta el Evangelio se desmarca de esa tendencia negativa. El invitado hace caso al amigo y accede a conocer al que se le presenta. Es el caso de Felipe y su amigo Natanael. Éste, aconsejado e invitado por su amigo Felipe  accede a acercarse a Jesús, y su encuentro con Él tiene su impacto y le toca su corazón. Lo que acontece en ese encuentro ya lo saben a través del Evangelio - Jn 1, 45-51 -.

Ahora, la pregunta que debemos interiorizar es: ¿Me dejo yo invitar y correspondo a esa invitación? ¿Me acerco al Señor y le escucho? Porque, posiblemente me suceda a mí como ocurrió con Natanael si estoy abierto y disponible a acercarme y escucharle. En caso contrario no tendré esa oportunidad. Creo que la primera y única conclusión que debo aplicarme es la de mirar para mi interior y observar cual es mi actitud y mi cercanía con el Señor. Natanael ya respondió a esa llamada del Señor, pero, ahora me toca a mí responder. Es mi tiempo y mi hora, y no puedo justificarme postergándola para otro momento. El tren no pasa a cada momento, y este tipo de tren es el más importante de nuestra vida.

La respuesta la tengo yo, pues Dios la ha dejado en mis manos dándome la libertad para elegir, pero, esa opción pasa primero por acercarme al Señor y escucharle. Sólo de esta manera tendré la oportunidad de conocerle y, conociéndole, actuar en consecuencia. El tiempo es oro y cada instante perdido no se vuelve a recuperar.

viernes, 23 de agosto de 2019

UN AMOR AUTÉNTICO ES LO QUE IMPORTA

Resultado de imagen de Mt 22,34-40 por fano
Mt 22,34-40
Tendemos a formulas muchas leyes y para cada situación concreta nos inventamos leyes y maneras de interpretarlas que no significa que sea mala, sino que, quizás no es lo esencial y principal. En este contexto y forma de ver las leyes, los judíos tenían su vida apoyada en la Ley de la Tora, como Ley revelada y con muchos mandamientos con los que a veces dudaban del cual era el principal. Es por lo que también, sin descartar una segunda intención, aquel doctor de la ley quiere arrancar de Jesús una respuesta a esa cuestión planteada.

Y Jesús responde con naturalidad, seguridad y firmeza:  «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».

Debemos dejar claro que nuestra vida está centrada en el Amor, y lo está porque nuestro origen es el Amor y, precisamente de Él venimos. Dios es Amor y Él nos ha creado. Sin embargo, sucede que nosotros hemos manchado ese amor por el pecado y, por la Gracia y Misericordia de nuestro Padre Dios, hemos sido rescatados por los méritos de su Hijo Jesús al entregar voluntariamente su Vida en una muerte de Cruz.

Por el Bautismo, Dios, borra nuestro pecado y volvemos a recuperar nuestra dignidad de hijos recibiendo las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Es, entonces, cuando estamos en la actitud de vivir en el Amor verdadero para poder amar como Jesús nos ha amado y nos ama. Y, no hay otro mejor modo de hacerlo que amar al prójimo, pues sólo así y de esa forma podemos demostrar y demostrarnos que realmente amamos al Señor.

jueves, 22 de agosto de 2019

CON LOS OJOS VENDADOS

Imagen relacionada
Mt 22,1-14
Es fácil constatar que vamos ciegos por el mundo. La realidad se nos muestra clara y nos descubre como el mundo nos somete hasta el punto de dejarnos ciegos y esclavos de sus tentaciones y seducciones. Y es que, a pesar de "erre que erre" no terminamos de darnos cuenta que el mundo nos tiende una trampa hasta el punto de esclavizarnos, someternos y vendarnos los ojos. Porque, da abrirlos todo queda a la vista, pues la felicidad que tanto buscamos no se encuentra en este mundo.

Sí, es verdad. Este mundo es una buena oportunidad y un camino a través del cual podemos encontrar el camino, valga la redundancia, para llegar al Reino de Dios. Un Reino de amor, justicia y paz. Por eso, tomar conciencia de esa oportunidad que presenta nuestra vida en este mundo, es abrir los ojos, quitarnos la venda y descubrir que quien nos invita al Banquete de la Vida Eterna es el Rey, no sólo de este mundo, sino del Universo tanto visible como invisible.

Rechazar o cerrar nuestros ojos a esa realidad es negarnos a nosotros mismos y cambiar nuestra invitación a ser felices plenamente y a la Vida Eterna por un mundo caduco y de muerte. Se hace necesario y urgente abrir los ojos a esa invitación al Banquete Eterno. Una invitación para la que tenemos que estar preparados y bien ataviados con el traje de la Gracia y abierto y disponible a la acción del Espíritu Santo en actitud de dejarme modela según la Voluntad de mi Padre Dios.

miércoles, 21 de agosto de 2019

AMOR MISERICORDIOSO

Resultado de imagen de Mt 20,1-16
Mt 20,1-16
Nuestra justicia es limitada y entiende que no da más sino en la medida que es correspondida. Es decir, diríamos que nuestro amor, porque es humano, está sujeto a dar según recibe. Por eso, es lógico que nuestra justicia quede sujeta a nuestro trabajo y no podamos entender que quienes hayan trabajado sólo una hora puedan recibir el salario correspondiente a una jornada.

Sin lugar a duda, no entra en nuestra cabeza esa forma de justicia ni nuestro pobre intelecto está preparado para poder comprender esa forma extraordinaria de amar hasta el punto de no exigir ninguna contrapartida o condición al respecto. Es una amor sin limite e infinitamente misericordioso. Se descubre que sólo Dios puede amar de esa forma. Por eso, nos es difícil entender como nuestro Padre Dios nos puede amar de esta forma sin merecerlo.

Es imposible para nosotros que, sin merecer nada, se nos ofrezca gratuitamente compartir la Gloria de Dios sin exigir nada a cambio. Porque, lo que se nos está exigiendo es lo que nosotros también queremos. A todos nos gustaría ser el hombre perfecto o la mujer perfecta. Todos nos gusta mirarnos en aquellos que son generosos, dados al bien común, serviciales y hombres y mujeres de bien, que viven en la verdad, justicia y buscan la paz. Tal es así que los distinguimos con honores y los ponemos como ejemplos a imitar. Sean ejemplos de ello los galardonados con diferentes premios y honores como el Nobel de la paz y otros.

Pues bien, nuestro premio es único. Se nos invita a compartir la Gloria con nuestro Padre Dios y Vida Eterna junto a Él. Es lo más grande y lo que todos, conscientes o no, buscamos. Es lo que nos está descubriendo y revelándonos el Señor hoy en el Evangelio. Nos dice que él es Inmensamente bueno y que por su Infinito Amor  quiere regalarnos el salario, por supuesto inmerecido, de la Vida Eterna. ¿Hay algo más grande y deseado?

Es para, si nos paramos y meditamos serenamente, quedarnos perplejos. ¡Qué grande es el Señor! Es indudable que no nos entra en la cabeza por nuestras carencias y limitadas capacidades, pero es realidad su Infinito Amor Misericordioso, porque es lo que me dicen mis perplejos ojos y me lo revela su Palabra y el testimonio de sus apóstoles. Ha entregado su Vida en su Hijo, el Señor, hasta morir en la Cruz por mí, que no lo merezco ni he trabajado lo necesario para ganarme el salario recibido. 

¿Y yo, correspondo a ese Infinito Amor? ¿Trato de amar de esa misma forma? Porque, ese es el camino de perfección, seguir al Señor hasta, por su Gracia, llegar a amar como Él nos ama.