viernes, 12 de mayo de 2023

PERMANECER EN JESÚS ES CONVERTIR TODOS NUESTROS ACTOS EN SERVICIOS DE AMOR.

Está claro que en la medida que vivamos permaneciendo en el Señor estamos dando y sirviendo en el amor. Porque, permanecer en Jesús equivale a dar esos mismos frutos que vienen y proceden de su Amor Misericordioso.

Es evidente que la clave de nuestro amor y servicio está en Jesús. En Él encontramos la fortaleza, la profundidad, el deseo, la humildad, la comprensión, la paciencia y la mansedumbre para poder amar a pesar de los rechazos, las incomprensiones y las ofensas incluso de aquellos que impiden que se les ame, nuestros enemigos.

Jesús conoce tus capacidades y también tus debilidades. Sabe de lo que eres capaz y sabe que le necesitas. Por eso, con esa fuerza de su Amor Misericordioso te invita a permanecer en Él. Sabe que sin Él nada puedes, y menos amar. Porque, la característica del amor no está en amar a los que te aman. Eso lo hacen también los que no están en el Señor e incluso le rechazan.

La característica fundamental del amor está en amar a los enemigos. Esa es la diferencia. Los que no permanecen en el Señor no podrán amar a los que les ofenden y persiguen. Jesús muere perdonando, por tanto amando, a los que le crucifican. Y ahí está nuestro modelo de amor, amar hasta el extremo de entregar la vida si es preciso. Y eso solo se puede llegar a hacer cuando somos capaces de permanecer en el Señor.

Permanecer en el Señor es convertirnos en sarmientos de su propio Amor. Y eso lo notamos cuando experimentamos que estamos dispuesto a compartir el amor que recibimos del Señor con los demás. Porque, si no amamos al que está a nuestro lado y al de más allá, como puedo amar al Señor. Se interrumpe ese hilo de amor que nos relaciona y conecta con el Señor cuando cortamos nuestra relación de amor con los demás. Si Cristo murió en la Cruz amando a todos – incluidos los que que le crucificaron – también nosotros tenemos, si queremos amar al Señor, hacer lo mismo. Pensar de otra manera y querer omitir el amor al que nos amarga la vida, es equivocarnos. Otra cosa es que nos cuidemos de ser imbuidos por el ambiente y por las malas intenciones que tratan de apartarnos del camino y de la permanencia en el Señor. En y con Él siempre fortalecidos para enfrentarnos al mundo.

jueves, 11 de mayo de 2023

PERMANECER EN EL AMOR DEL SEÑOR

Todo está dicho, “permanecer en el Señor”. Y es que cuando se permanece en el Señor se esta cumpliendo los mandamientos, pues, sin amor no puedes permanecer en el Señor. Y cuando amas cumples, pues todos los mandamientos están contenidos en ese Amor Misericordioso con el que nos ama el Señor.

Es evidente que cuando la relación está fundamentada en el conocimiento de sabernos salvados eternamente la vida debe llenarse instintivamente de alegría y de paz. Quienes se saben salvados manifiestan paz y alegría. ¿O acaso no es un gozo saberse hijo de Dios y llamado a vivir eternamente?

Por tanto, cuando la relación con el Señor está fundada en normas y cumplimientos todo puede derrumbarse como si anduviéramos por arenas movedizas. La norma se endiosa y los cumplimientos se cuentan y se limitan hasta la razón y se excluye la misericordia. Se pierde la humildad, la paciencia, la comprensión y se adora al cumplimiento. Y como si de un ídolo de barro se tratara a la menor dificultad o malos tiempos todo se derrumba irremediablemente.

Nuestra verdadera relación con Jesús nos lleva a vivir en los mandamientos, porque el amor los contiene todos. Experimentas, por la acción del Espíritu Santo que te acompaña y asiste, que amar a Jesús te implica y te dirige a amar al prójimo. Y cuando amas al prójimo, le respetas, no le engañas ni le robas, ni le envidias, cuidas y honras a tus padres, respetas la vida, el compromiso matrimonial, la familia…etc.

Sabes y lo vives con verdadera intención amar al prójimo – y el prójimo son todos – para que de esa manera tu amor con Jesús llegue a Él. Porque si no es así nos engañamos a nosotros mismos. Jesús nos lo dice claramente y se pone de ejemplo dándonos testimonio al permanecer en el amor del Padre. De la misma manera nosotros tenemos que exigirnos permanecer en el amor de Jesús.

Y permanecer significa eso, ponerlo en el centro de nuestra vida hasta el punto de que permanezcamos en Él como Él en el Padre. De tal manera que vivamos injertados en el Señor, como decía Pablo, que ya no seamos nosotros sino Cristo que vive en cada uno de nosotros.

miércoles, 10 de mayo de 2023

DAREMOS FRUTOS EN LA MEDIDA QUE ESTEMOS INJERTADOS EN JESÚS.

Lo dice claramente Jesús: (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy… Termina tú de leerlo, es de gran importancia.

De ahí podemos deducir y darnos cuenta de la importancia de permanecer en el Señor. ¿Y cómo?, puede ser la pregunta que inmediatamente suscita nuestro corazón. La respuesta viene a descubrirnos la necesidad vital de los Sacramentos. Precisamente en la Eucaristía, la reconciliación (confesión) fortalecidos en la oración y en la comunidad parroquial o grupos.

Digamos que es el campo para el cultivo de nuestra perseverancia y crecimiento en la fe que concluirá con dar frutos. Esos frutos que, por la Gracia del Espíritu Santo, dará nuestro injerto en el Señor. Su presencia será el abono, el agua y la vida para que nosotros, humildes sarmientos, injertados en Él demos esos frutos de vida eterna. Tengamos siempre eso presente en nuestra vida. Nuestro camino tiene que ir unido al Señor para que como el sarmiento se une a la vid, podamos dar verdaderos y buenos frutos de amor.

martes, 9 de mayo de 2023

NUESTRA ESPERANZA NO ESTÁ EN EL MUNDO, SE APOYA EN EL SEÑOR, UNA PAZ ETERNA.

Cuando hablamos de paz hablamos de eternidad. No entenderíamos una paz limitada, caduca y temporal. ¿Por qué?, simplemente porque sería una paz intranquila, pendiente de que se acabe y que se interrumpa. ¿Cómo se podría vivir en paz temiendo que de hoy para mañana vuelva la intranquilidad, la enfermedad, la confrontación o la guerra?

Es evidente y de sentido común que la paz exige condición de eternidad. Y es esa la Paz de la que habla nuestro Señor Jesús. Una paz que, aunque camina por el desierto de este mundo, carga con esperanza los avatares, adversidades, sufrimientos y enfermedades esperanzados en saber que todo terminará en esa paz eterna que en Jesús encontramos y nos es prometida.

Y es en ese sentido lo que nos dice Jesús: (Jn 14,27-31a): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais… Lo demás lo dejo para que lo leas tú, querido y hermano lector en la fe. Realmente vale la pena leerlo si te preocupa y deseas la paz, bien universal de la humanidad.

¿No te has parado a pensar que el mundo se soporta porque hay paz? Es verdad que una paz mundana. Es decir, por etapas, por rachas, a rato y con dificultades. Una paz que se manifiesta también en la vida personal e íntima de cada ser humano. Una paz que se presenta en la familia, trabajo, ambiente social…etc., pero que de la misma forma se quiebra y se rompe en cualquier momento amenazada siempre por el príncipe de este mundo. Una paz que no tiene nada que ver con la y de la que nos habla el Señor.

Porque la Paz que nos regala Jesús es una Paz que se esconde en la cruz de cada día. Es una paz que nace precisamente de esa cruz que nos aguijonea el corazón pero que al mismo tiempo lo llena de esperanza y de amor misericordioso. Es la paz que, tras pasar el desierto de este mundo, se descubre gozosa, feliz y eterna.

lunes, 8 de mayo de 2023

UN AMOR VISIBLE EN LA COHERENCIA DE VIDA

No basta con decir te amo, sino que esa palabra de amar tiene que corresponderse con las obras de tu vida. El amor expresado en palabra no se hace visible y solo se puede ver en las obras de cada día. Por tanto amar no es algo abstracto que se puede expresar en palabras. El amor se concreta en los actos e instantes de cada día.

Jesús lo deja muy claro en el Evangelio de hoy lunes: (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».  Es decir, que quien dice que le ama pero luego no guarda los mandamientos está mintiendo. O dicho de otra forma: Puedes decir lo que quieras, pero luego si no cumples lo dicho en obras que se vean, estas mintiendo.

Así de sencillo y claro. No se trata de simplemente hablar y decir, sino que la palabra tiene que ir acompañada de la buena intención de convertirse en obra. De lo contrario el testimonio sería opuesto a la palabra y en lugar de acercar aleja. Y en este misterioso proceso entra la acción del Espíritu Santo.

Espíritu Santo que hemos recibido todos los bautizados en el instante que hemos sido bautizados pero que, no sabemos por qué razón, en unos actúa y en otros queda al margen. Posiblemente dependerá de nuestra disposición a abrirnos a su acción, de nuestra actitud a creer en la Palabra del Señor y al misterio de la fe. Lo que sí es cierto es que unos ante el mismo estímulo responden y otros no.

A la edad de 16 años experimenté esa experiencia. Ya lo he comentado en otras ocasiones. Éramos veinte o treinta jóvenes los que recibimos la misma palabra y creo que fui uno o el único al que tocó el corazón.  ¿Por qué sucede eso? La pregunta sigue vigente. Y también la responsabilidad de responder a esa supuesta gracia poniéndola al servicio de los demás con el fin de que se abran a la acción del Espíritu Santo.

domingo, 7 de mayo de 2023

UNA PAZ DENTRO DEL AJETREO DE LA VIDA

Posiblemente en muchos momentos podemos perder la calma. El ajetreo de la vida nos estresa y nos agobia pero, permaneciendo en el Señor, siempre tendremos paz y, sobre todo, confianza. La paz no se esconde en el apartarnos de los problemas y ajetreo de la vida. La paz, la verdadera paz, está en saber que el Señor está presente en nuestra vida e injertado en Él nada turba nuestra paz y paciencia.

No estamos equivocados ni confundidos. El camino es ese tras las huellas de Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y nos llena plenamente de una vida abundante, gozosa y eterna. Esa es nuestra meta, la verdadera meta que ya empezamos a vivir con esperanza y gozo desde ahora, desde nuestro caminar diario de donde extraemos la fortaleza necesaria para superarnos cada día.

Y todo eso lo vivimos sabiendo que Jesús camina con nosotros. No creemos en un Dios lejano, abstracto y configurado según nuestra imaginación. Hablamos y creemos en un Dios cercano, manifestado a través de su Hijo y anunciado por su Palabra. Un Dios que se hace carne y se nos va manifestando en las obras de Jesús, el Hijo que nos enseña y nos muestra el Amor Misericordioso de su Padre.

Y avanzamos conscientes de que Él actúa en nosotros. De modo que todas nuestras obras sabemos que nacen de Él y están apoyadas en la acción de su Espíritu que actúa en nosotros. Eso nos da confianza, nos fortalece y nos sostiene en la humildad de sabernos asistidos y auxiliados por el Espíritu Santo. De modo que la paz, a pesar del ajetreo, dureza e inquietud del camino se mantiene firme en nosotros.

sábado, 6 de mayo de 2023

QUIEN ME CONOCE, CONOCE TAMBIÉN A MI PADRE

Nos lo dice tan claro que nos cuesta creerlo. Sé que hay mucha gente, incluso creyentes, que creen en un Dios abstracto, producto de su fe y su imaginación. Un Dios con el que ellos solos se entienden y nada quieren saber de los demás. Ellos se forman su propio código y sus propias reglas según entiendan la vida. ¿No es eso absurdo y disparatado? ¿No descubre un egoísmo e individualismo que nada tiene que ver con el amor?

La realidad es que aunque nos parezca mentira eso sucede. Me he llevado algunas sorpresas en ese sentido y hablo con conocimiento de causa. Pero, en descargo de eso diré que eso ha existido siempre. Jesús fue rechazado por muchos en su paso por este mundo. Y no porque no nos lo dijera tan claro que no deja lugar a duda: (Jn 14,7-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras» …

Dios ha creído conveniente encarnarse en Naturaleza Humana y bajar a este mundo. Sin dejar de ser Dios, despojado de todo privilegio, se hizo Hombre, nuestro Señor Jesús, para cerca de ellos mostrarle el Amo Misericordioso del Padre y rescatarles con su Pasión y Muerte, de la esclavitud del pecado.

Podremos pensar lo que queramos pero Jesús lo ha dejado bastante claro: Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. La cuestión es tener fe y creer en su Palabra. Razones, testimonios y obras ha hecho para que su Palabra tenga crédito.