lunes, 26 de septiembre de 2016

COMPARACIONES Y PRIVILEGIOS

(Lc 9,46-50)

Todos buscamos los mejores puestos. Quien dice que no, posiblemente miente, pues es una inclinación que está genéticamente impregnada en nuestra sangre. Y para desapegarla necesitamos la Gracia, pues solos estamos vencidos. Pero, nos ocurre también que, a pesar de buscar lo mejor, también protestamos porque lo que tenemos en relación con otros. ¡Y Dios me libre que me pase algo malo! Protestamos y nos creemos con derecho.

La primera lectura de la Eucaristía de hoy nos refleja muy claro estas actitudes nuestras. El ejemplo de Job es una advertencia a no actuar así y confiar en la Misericordia, Generosidad y Amor de Dios.

Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:
Desnudo salí del vientre de mi madre
y desnudo volveré a él.
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó;
bendito sea el nombre del Señor.
A pesar de todo, Job no protestó contra Dios.

La reflexión es clara: ¿Es esa nuestra actitud ante las adversidades de la vida? ¿Buscamos los últimos puestos con la intención de servir y no lucirnos? ¿Proponemos el Mensaje y damos testimonio de él sin más intenciones? ¿Nos abrimos al amor venga de dónde venga?

Pidamos al Espíritu de Dios que nos dé la sabiduría y la serenidad de, como el santo Job, ver con paciencia y confianza la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

IGUALDAD Y DESIGUALDADES

(Lc 16,19-31)
Nos ocurre que nos quejamos de tanta miseria. Incluso envidamos a aquellos que son ricos o que han heredado riquezas de sus padres. Nos parece injusto y nos quejamos de esta vida de desigualdades. Mientras unos sufren, otros lo pasan en abundancia y en banquetes y fiestas. No parece eso justo. ¿Dónde está Dios?

La parábola que hoy nos cuenta el Evangelio deja las cosas en su sitio. Las desigualdades tienden a igualarse. Llegará el momento que todos serán igualados y aquellos que han recibido sus bienes, si no los han aprovechado, se quedaran sin nada. Es la historia del rico epulón, hombre dedicado a banquetearse y regalarse fiestas y diversiones. Hombre dedicado a pasarlo bien.

Y no por eso hombre malo. No hace daño, ni mata ni roba. Es más, invita y lo pasa bien en banquetes y fiestas. Pero pasa del pobre Lázaro, tumbado a su puerta y carente de todo. Ansiaba comerse las migajas de pan que se caían de la mesa. Nadie le tenía en cuenta y aquel hombre rico pasaba de él. Ese fue su pecado, la omisión. Y la reflexión que nos interesa a nosotros discernir y rumiar.

También nosotros tenemos omisiones. No se trata de no hacer ni de incumplir, sino de hacer el bien sobre todo en aquel que lo necesita. Se trata de repartir, compartir los bienes que tenemos. No sólo de dinero, sino de tiempo, de disponibilidad, de cualidades, de muchas cosas que podemos hacer y aliviar la vida de los que carecen de todo.

Ser discípulo de Jesús no es simplemente ser un hombre bueno en el sentido negativo, es decir, no matar, no robar, no mentir, no hacer daño a nadie, sino que también hay un sentido positivo: hacer y compartir tu bien con los que no tienen; dar de lo que tienes a aquellos que lo necesitan, que muchas veces puede ser un consejo, un acompañar, un servir o solucionar algún problema. 

Ese fue el pecado de aquel hombre rico, pasar de los demás. Pidamos que estemos siempre dispuestos a solidarizarnos con los más necesitados y pobres.

sábado, 24 de septiembre de 2016

LA PASIÓN DE JESÚS

(Lc 9,43b-45)

Jesús, admirado por sus milagros y palabras no puede ser maniatado ni condenado. Los discípulos eufóricos con Jesús no entienden que le pueda pasar algo, y menos lo que les dice: «Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».  

Ni se les pasa por la cabeza que pueda ocurrir eso. No llegan a entender que a Jesús, un hombre que hace el bien y obra milagros, le puedan mal tratar y condenar. Incluso, les da miedo preguntarle, pues no quieren enfrentarse con la realidad. Se sienten tan bien con Jesús y no pueden entender que a una persona como Él le pueda ocurrir algo semejante como condenarle. 

Pero, Jesús no les engaña y les dice la verdad, pues Él es precisamente el Camino, la Verdad y la Vida. Y les quiere meter en la cabeza lo que le va a pasar: "Meteos bien esto en la cabeza".  ¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No va esta pregunta  también para nosotros? ¿Entendemos la Pasión y Muerte de Jesús? ¿Y entendemos que también nosotros tenemos que añadir a su Pasión la nuestra, para que alcance, por sus méritos, no por los nuestros, valor eterno?

¿Y cuál es mi pasión? ¿Y cuál es mi cruz? Supongo que aquella que no queremos aceptar, la de cada día y la que rechazamos cuando nuestros planes son otros. La que cargamos con nuestras vanidades y egoísmos, adornándolas con nuestras comodidades, pasiones y ambiciones. Se hace difícil entender a Jesús y también compartir su manera de entregarse a la muerte. Pero Él tiene Palabra de Vida Eterna y la ha vencido Resucitando.

Contamos con ventaja. Los apóstoles no la entendían, pero tampoco podían imaginar nada. Nosotros sí, quizás no lo entendamos, pero sabemos, por los apóstoles y la Iglesia que Jesús ha Resucitado.

viernes, 23 de septiembre de 2016

LO DE CREER, HAY MUCHOS



Son muchos los que dicen creer. El hecho de mantener las tradiciones e ir a misa supone que en el fondo de cada persona subyace la fe. Quizás una fe adormecida, más muerta que viva, pero fe. Porque de no ser así difícilmente la gente se acercaría a la Iglesia ni tampoco bautizarían a sus hijos. Y, hoy, en la actualidad hay muchos bautizos que yo confirmo, porque doy catequesis a los padres y padrinos. Y sólo en mi parroquia hay una media entre diez y quince bautismos mensuales.

Ahora, la cuestión es preguntarnos por esa fe. Es la pregunta que hace Jesús a sus apóstoles en el Evangelio de hoy: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Y podemos aproximarnos a la respuesta. La mayoría diría que cree en un Dios, pero no tanto en los curas o en la Iglesia. Muchos no sabrían distinguir entre curas e Iglesia. Muchos menos hablarían de Jesucristo, porque ni lo conocen. Habrán oído algo, pero nada más.

Pero, aparte de todas esas opiniones y expresiones de una fe débil, enferma o diluida, ¿tú que piensas? Esa es la pregunta que nos dice Jesús. Tú, que me conoces y me sigues, ¿qué dices de Mí? Sabemos por el Evangelio la respuesta de Pedro, pero también sabemos que fue inspirado por el Espíritu, pues muy seguro no parecía estar cuando poco después le negó tres veces seguidas. Eso dejar ver nuestra debilidad y nuestras dudas humanas. La fe es un don de Dios.

Porque no tenemos capacidad para poder entender el Misterio de Dios, pero en Jesús, su Hijo, podemos verle, escuchar su Palabra y alimentarnos de su Espíritu. Los apóstoles le vieron y compartieron con Él un tiempo, hasta su Muerte en la Cruz. Y nos han dejado su Vida, Obras y su Palabra. Y, por ellos, creemos en el Señor y depositamos en Él toda nuestra confianza y fe. 

Le pedimos que nos la aumente, nos la afirme y nos dé la fortaleza de su Gracia, para que, viviéndola podamos llevarla también nosotros a todos los lugares en los que nos movemos y vivimos.

jueves, 22 de septiembre de 2016

LA PRESENCIA DE JESÚS SE HACÍA NOTAR

(Lc 9,7-9)

No pasaba desapercibido Jesús. Su presencia armaba líos, discusiones y tensión. Para unos era un profeta; para otros era la solución a sus males; otros se maravillaban de sus Palabras y promesas, pero otros se preguntaban qué hacer para quitarlo del medio, porque les estropeaba sus planes. De cualquier forma, Jesús no pasaba indiferente y su presencia se hacía notar.

Herodes no era menos. Estaba inquieto, curioso e interesado en saber de ese Jesús. Y le buscaba para conocerle. Sin embargo, su búsqueda no era una búsqueda seria, profunda y trascendente, sino una simple curiosidad por descubrir de donde venía tanto alboroto y tanta fama. De querer presenciar esos milagros que de Él se decía.

 Y cuando le ve se decepciona ante la imagen de sencillez, humildad y ternura que ve en Jesús, y la respuesta de silencio que recibe ante sus preguntas y curiosidades. Jesús no advierte en él ningún interés sincero y verdadero, más lo delata como un corrupto y depravado. Había sido él quien mandó a decapitar a su primo Juan el Bautista, y Jesús no le acusa.

¿Qué nos ocurre a nosotros? También nos decepciona Jesús. Ahora no podemos verle en carne y hueso, pero le tenemos más cerca y a cualquier momento y hora. Está entre nosotros cuando nos reunimos en su nombre y en todas aquellas personas que sufren y están necesitadas. Está en el Sagrario, donde podemos ir a verle y adorarle. Sólo, quizás, nos falta la fe.

Aprovechemos estos momentos para pedírsela y abrirnos a ella, porque este mundo, suficiente y prepotente se niega a verle. Creyéndose sabios están ciegos y víctimas de sus propios errores.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

DESCUBRE TU ENFERMEDAD Y PODRÁS SER CURADO

(Mt 9,9-13)

Cuando haces mal, ¿qué sensación te queda después? Seguro que alegre y regocijado no. Puedes ser que trates de aparentar, pero en lo más profundo de tu corazón hay dolor y arrepentimiento. Porque no te gustaría que, otro más fuerte que tú, te lo hiciera a ti. El mal no deja buenas huellas de gozo y alegría, y nadie, por lo menos en principio, quiere hacerlo. Otra cosa es que nuestra condición de pecador nos haga caer en él.

La experiencia nos ayuda a comprender nuestras equivocaciones y también nuestros pecados. Sin estar enfermo no valoramos el valor del médico. Después de experimentarnos curados damos importancia a aquel que nos ha curado. El médico es importante. Sus conocimientos y esfuerzo nos ayudan a estar saludables. Pero, si nos consideramos saludables no necesitamos del médico, ni tampoco le damos importancia. Claro, que cuando llegue la enfermedad nos acordaremos de él.

Nos suele pasar eso con respecto a Jesús. El Señor no quiere sacrificios ni heroicidades. Con Él se basta. El Señor es Misericordioso, y gracias a su Misericordia estamos vivos y sostenidos en la esperanza de Vivir Eternamente en plenitud. Por lo tanto, Jesús, nuestro Señor, viene a curar a los enfermos, porque reparte perdón y misericordia. Y sólo los que se consideran enfermos experimentan la necesidad de aceptarla y pedirla.

Mateo, considerado un publicano y pecador no gozaba de buena fama. Erudito formado en economía realizaba el oficio de recaudador y no era bien visto. Sin embargo, Jesús se fija en él y le llama. Y lo sorprendente es que Mateo le sigue. Y no sólo le sigue sino que se convierte, es decir, cambia de vida y de actitudes. Mateo se deja curar por Jesús abriéndole su corazón sucio para que Él lo transforme en un corazón limpio.

La pregunta viene sola: ¿Y nosotros, tú y yo, nos dejamos curar nuestro corazón, contaminado por el mundo, poniéndolo en Manos de Jesús, que viene a perdonarnos misericordiosamente? 

martes, 20 de septiembre de 2016

JESÚS SE HACE HOMBRE PORQUE LA VIRGEN ACCEDE A LA VOLUNTAD DEL PADRE

(Lc 8,19-21)

Bien sabe Jesús que su Madre es la primera que cumple la Voluntad de su Padre, y lo sabe porque su presencia allí es gracia al Sí de su Madre al anuncio del Ángel  san Gabriel enviado por su Padre. Por eso no tiene ningún reparo decir: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».

Porque lo que nos une y hermana es la fe, y la fe supone escuchar la Palabra de Dios y llevarla a la vida. Por eso, la respuesta de Jesús tiene todo el sentido del mundo y la alabanza a su Madre, en lugar de parecer lo contrario, porque es ella la primera cumple esa Palabra.

Ahora, importa preguntarnos, ¿y nosotros? ¿Cumplimos esa Palabra de Dios que también, se supone, escuchamos? Porque esa es la cuestión y la consecuencia de nuestra fe. Porque no nos vale decir ni escribir, tal y como yo hago, que creemos si luego no, al menos nos esforzamos, en hacer esa Palabra vida en mi vida.

Y oír supone acercarnos a la Palabra, porque no se escucha lo que no se tiene cerca. Y eso nos compromete a reflexionarla, porque escuchar no es simplemente estar en silencio, sino el esfuerzo de entenderla, o pedir luz para eso, y también el esfuerzo de rumiarla y reflexionarla. Y también compartirla con todos los demás, porqué en ese compartir está la riqueza y toda la Luz que el Señor, en medio de todos, nos alumbra y nos ilumina.

De ahí la necesidad de esforzarnos en nuestros propios comentarios y compartir. O simplemente orar y pedir luz, porque quizás tu luz puede alumbrar el camino a otro.