domingo, 10 de junio de 2018

CON Y EN JESÚS TODO SE SUPERA

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Cuando se quiere buscar alguna disculpa o razón que justifique nuestra defensa o arrogancia siempre se encuentra. Aquella gente, los letrados no aceptaban que un judío cualquiera les pudiera poner en entredicho su poder y su mando absoluto en la religión de su pueblo. Ellos eran los amos y los que tenían la verdad y el poder absoluto. No se les podía discutir.

Sin embargo, el pueblo le seguía hasta el punto de aglomerarse junto a Él que no les dejaban comer. Los letrados impulsados por su envidia y viendo que Jesús les quitaba la clientela y la autoridad, por expresarlo de alguna manera, le acusan de expulsar espíritu inmundo en nombre del demonio. Enorme disparate que no guarda coherencia ni se sostiene por sí mismo. 

La respuesta de Jesús es la correcta: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin.

Es de sentido común que nadie puede hacerse la guerra a sí mismo, pues el mismo se destruiría. Pero, deja sentada otra cosa muy importante. No puedes entrar en casa del fuerte y saquear su ajuar si antes no le atas. Porque, de no hacerlo él te lo impediría. Con eso el Señor deja sentada su autoridad y su poder sobre el demonio. En y con Él vencemos los poderes del mal y quedamos libres para hacer el bien.

Porque, todo aquel que se cierre a la verdad y al bien y a la acción del Espíritu Santo impide que sea iluminado y perdonado. El perdón que Dios te da necesita una condición que sólo tú le puedes dar. Se trata del arrepentimiento. Para ser perdonado, no importa el pecado que sea, necesitas reconocerlo y arrepentirte, y conseguirás la Misericordia de Dios.

sábado, 9 de junio de 2018

DOLOR DE CORAZÓN

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(Lc 2,41-51
Uno empieza a darse cuenta del sufrimiento y del dolor cuando adquiere el rol de padre o de madre, y empieza a comprender a sus propios padres. Sobre todo a la madre, la que por su papel de gestora de la vida en su propio vientre está más cerca vitalmente de las emociones, sensibilidades y ternura del hijo. Desde esa perspectiva comprendemos el dolor de María y José.

Pero también, comprendemos la ternura y compasión de una madre que, por el hecho de ofrecer y donar su vientre para la vida intrauteria, experimenta más sensibilidad, más ternura, más compasión más interacción con el hijo y, por supuesto, experimenta también más el sufrimiento y el dolor. Hoy, día del Corazón Inmaculado de María, queremos centrarnos en ella, la Madre, ejemplo de fidelidad y obediencia a la Voluntad de Dios.

María, como sufriente, profetizado ya desde la presentación del Niño Jesús en el Templo por el anciano Simeón. ¿Podemos entender como recibió María esa respuesta que hoy nos relata el Evangelio?  «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». ¿Podemos entender su dolor? Recibir una respuesta así puede resultar desconcertante y hasta sorprendente. Y, por supuesto, sin entender nada al respecto. 

Es doloroso cuando al mismo tiempo se percibe que está próximo la hora de que el Hijo empieza a distanciarse y a dar señales de gestos que no llegas a comprender. Asumir estas circunstancias hace sufrir al corazón y cargarlo de esos interrogantes te hace costoso y difícil sostenerte en la fidelidad y confianza. Sin embargo, María persevera y camina junto a su Hijo. Ella, elegida por Dios para ser la Madre, persevera fiel a su Voluntad y sufre en silencio el mismo silencio de Dios.

Miremos a María con esa mirada de tratar de imitarla y de buena intención, para esforzarnos en seguir su ejemplo y de, también nosotros, interrogarnos respecto a la misión que nos toca a nosotros cumplir.

viernes, 8 de junio de 2018

TODO SE CUMPLE

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Jn 19,31-37
Todo estaba profetizado y todo se cumplió como se había dicho. Jesús estaba muerto y decidieron no quebrarles las piernas. Así lo narra el Evangelio de hoy: En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino...

Es de suma importancia dejar sentado y comprobado que Jesús murió, porque, para resucitar se necesita antes morir. La muerte se llena de esperanza y de gloria para el creyente, porque es la puerta y la llave para entrar en la Gloria y en la Eternidad junto al Padre. Así lo creemos los que tratamos de seguir al Señor confiados plenamente en su Palabra. Dios, que ha mantenido la promesa de resucitar a su Hijo, mantendrá también la segunda promesa: nos resucitará también a nosotros y nos elevará a su propia diestra. Pero pone una condición mínima: creer en Él y dejarnos salvar por Él. Dios no impone a nadie su amor en detrimento de la humana libertad. [ComentarioP. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)].

Hoy celebramos la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, ese corazón que atravesado por una lanza desprendió sangre y agua. Sangre que borra nuestros pecados y nos redime, y agua que los purifica y nos limpia en el bautismo. Y a Él no confiamos poniéndonos en su Manos.

jueves, 7 de junio de 2018

EL VALOR DE LOS HOLOCAUSTOS Y SACRIFICIOS

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Mc 12,28-34
Con frecuencia confundimos lo fundamental con lo accidental y le damos más importancia o más valor a lo que es consecuencia que a la esencia y sello del ser creyente. Porque, nada de los actos religiosos que hagamos tienen valor si realmente no son consecuencia del amor. De un amor que emana del único y verdadero Amor que es Dios. 

Porque, para darnos de manera total e íntegra necesitamos la fuerza del Amor Absoluto que nos alimenta y nos capacita con su Espíritu y Gracia para amar como Él nos ama. Nada de lo que hagamos en favor de los otros será valioso si no está bañado de ese amor generoso, gratuito que busca el bien desinteresado del otro. Esa es la realidad de nuestra vida y lo que observamos a nuestro alrededor.

Solemos decir que nadie da nada gratis y así parece suceder en la vida de cada día. Nos sorprendemos cuando observamos que alguien se da desinteresadamente y gratuitamente y pensamos que esa persona debe ser creyente y consecuente con su fe. Porque, una cosas son las prácticas y la liturgia, y otra muy distinta es la aplicación de tu fe en la realidad de tu vida de cada día. No, por el hecho de practicar y orar das testimonio de tu fe, sino cuando esa fe aterriza en la vida y se hace amor con obras. Es entonces cuando realmente el testimonio y el ejemplo se contagia y se hace verdad.

Sucede que nuestra vida va muy por debajo de lo que nos gustaría, y que no hacemos lo que pensamos que deberíamos hacer. Nos confesamos pecadores y no nos debemos desanimar porque comprobemos que eso sea verdad y se haga realidad. No damos el nivel y a muy pesar nuestro no contagiamos nuestra fe. El Señor, a pesar de que lo ve y lo sabe, sigue confiando en nosotros y mantiene sus brazos abiertos a nuestra conversión y espera pacientemente a que nos dispongamos a mejorar. 

Claro, necesitamos mucha oración, mucho acercamiento y confianza en que Él nos transforme y, también, a dejarnos nosotros transformar. Necesitamos abrirnos a su Gracia y a dejar al Espíritu Santo entrar en nuestro corazón y movernos. Necesitamos, como los niños, dejarnos guiar por nuestro Padre del Cielo y, conociéndole, amarlo más para también amar al prójimo.

miércoles, 6 de junio de 2018

LO ABSURDO DE NUESTRA INTELIGENCIA

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Mc 12,18-27

El hombre razona y deduce sus consecuencias, pero lo hace desde su pequeñez y mentalidad humana. Porque, el hombre es una criatura y no ve más que lo que tiene delante, y muchas veces ni eso llega a ver. Por lo tanto, no comprende ni alcanza a comprender los planes que Dios tiene después de la Resurrección. El mundo será diferente, inexplicable e incomprendido para nosotros.

No será un mundo pensado como camino de salvación para el hombre. Para eso ya tenemos este, un mundo de familias, de matrimonios, de leviratos, herencias, segundas nupcias y todas las relaciones sociales y de convivencia por las que el hombre se ha desviado y corrompido. No, será un mundo diferente, sólo pensado por Dios e ininteligible para el hombre de hoy. Nunca podremos comprenderlo hasta que estemos en él y en la presencia de Dios.

Como tampoco comprendemos la resurrección, problema de aquellos saduceos que, acercándose a Jesús, le habían planteado ese problema exponiéndole un caso extraño y complicado, fantasioso mejor, pero que Jesús resolvió con la autoridad de siempre: En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero...

Aspiramos a un mundo mejor. Un mundo donde la vida sea eterna y plena de felicidad. Un mundo donde no haya sufrimiento ni carencia de ningún tipo. Un mundo del que nos ha hablado Jesús, el Hijo de Dios, y al que Él ha regresado a prepararnos una mansión para llevarnos con El -Jn 14, 1-3-. 

Tenemos un Dios eterno, un Dios de vivos, un Dios que ha existido siempre y que, como Dios que es, está fuera de nuestra comprensión, pero que en Él depositamos nuestra fe y nuestra esperanza, porque su impronta y su imagen está sellada dentro de nuestro corazón.

martes, 5 de junio de 2018

JUSTICIA ES DAR A CADA UNO LO SUYO

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Mc 12,13-17
En cada discusión se dirime un acto de justicia, de verdad o de mentira. Todos apuestan por tener la verdad aunque saben que sólo la puede tener uno. Y muchos, escondiendo su mentira quieren hacerla ver como verdad. Unos argumentas sus razones, y otros lo hacen con las suyas. Pero, lo que se desea y de verdad importa es cada cual lo haga desde la sinceridad, buena intención y la verdad.

Porque, siendo así, se encuentra pronto el acuerdo. Cuando se busca la verdad, no mi verdad, siempre se llega al acuerdo, a un punto común donde se establece la unidad y la paz. Aparte quedan las diferencias que nos separan, pero que la verdad termina por unir. El caso evangélico que hoy nos ocupa lo resuelve Jesús, el Señor, de forma admirable con una sabiduría fuera de lo común y propia de su autoridad. 

Aquellos fariseos y herodianos pretendían confundir a Jesús y enfrentarlo con el César. Era una estrategia que les daba fundadas esperanzas en ponerlo en un aprieto imposible de evitar y llevarlo al enfrentamiento con el César. Se las prometían muy felices y así lo llevaron a cabo. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?».

Podemos observar que la pregunta estaba muy bien pensada y dibujaba una encerrona difícil de desenrollar. Más, Jesús, una vez más, dándose cuenta de sus malas intenciones resuelve la cuestión con una sabiduría extraordinaría que no podían imaginarse: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de Él.

También nosotros tenemos una moneda grabada en nuestros corazones, impronta de la imagen de Dios y a la que debemos corresponder con todos nuestros tributos y cualidades por encima de todo, pues, gratuitamente las hemos recibido de Él y a Él corresponden. Y, lo mejor, con ella podemos alcanzar la felicidad eterna que anhelamos. Miremos en nuestras propias vidas que hacemos con ellas.

lunes, 4 de junio de 2018

SEÑORES Y GOBERNADORES

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Mc 12,1-12
Suele ocurrir y muchos se comportan como si así fuera. Da la impresión, que lo mismo que aquellos sacerdotes, escribas y ancianos llegaron a creerse dueños absolutos, a los que había que servir y reverenciar dócilmente, sucede también hoy con algunos de nuestros jefes eclesiásticos. En algunas circunstancias suele parecer que quien manda es el sacerdote o el obispo, y el pueblo a obedecer. Cuando la realidad y lo que debe ser es que quienes sirvan sean los obispos y sacerdotes.

Que quede claro que no digo que esto suceda, sino que en algunos momentos pueda parecer, sin descartar que haya algún caso que así sea. De cualquier forma, en tiempos de Jesús sucedió así. Aquellos sacerdotes, escribas y ancianos llegaron a creerse dueños y señores de la religión. Ellos se acostumbraron a mandar y a ser obedecidos sin rechistar, y a poner las leyes que muchas veces iban en su propio beneficio. Estaban muy bien instalados y no admitían que se les discutiera lo que ellos pensaban sobre la ley judía. Ni siquiera Dios.

Por eso, Jesús, que se les enfrentó desnudando sus egoísmos e hipocresía, les molestaba y trataron de apartarlo del medio. Precisamente, la parábola que hoy expone Jesús les descubre como aquellos viñadores que se apoderaron de la Viña que le fue alquilada y no respondieron a sus deberes como inquilinos. Incluso mataron al hijo para quedarse como herederos. También puede retratarnos a muchos de nosotros que, junto a los sacerdotes y obispos que formamos la Iglesia, podemos desviarnos de nuestra verdadera misión, que no es otra que la de servir y no ser servido. Tal y como nos revela nuestro Señor Jesucristo.

Nuestro verdadero poder es el servicio. Ya lo dijo en alguna ocasión nuestro Papa Francisco. La auténtica autoridad con la que Jesús predicó su buena Noticia fue con el servicio y con las obras. No hay mejor ejemplo que descubrir que a cada palabra corresponde una acción que la materializa en la verdad de lo proclamado. Sí, realmente se nos ha dado una Viña en arrendamiento para, cultivada y bien administrada, sirva para saciar la sed y el hambre de la Verdad que nos salva y nos lleva al verdadero Señor de la Vida y la Eternidad.