martes, 25 de octubre de 2016

TODOS DESEAMOS AMAR, PERO BIEN AMAR

(Lc 13,18-21)

La palabra amar lleva implicito hacer el bien, pues no ama quien busca su propio bien. Eso no es amar sino valerse de la apariencia del amor para conseguir beneficio en provecho propio. Está claro, el amos sólo se entiende desde el ofrecimiento gratuito y desinteresado por buscar el bien del otro. Así nos lo transmitió Jesús con su Vida y Obras.

El amor tiende a crecer, porque el bien atrae y es querido por todos. Pero, el amor, necesita tiempo, paciencia, fortaleza y esperanza. Diríamos que está sembrado y apoyado en la tierra que se abona con la paciencia de cada día, virtud apoyada a su vez en la confianza y fe en el Señor.  Diríamos que también el amor necesita de la fortaleza de encajar y superar los contratiempos y los embates de las incomprensiones, las pasiones y egoísmos.

 Pero, sobre todo, la esperanza de quien nos ha amado hasta el punto de enseñarnos con su Vida y Obra a saber esperar, con paciencia y fortaleza, la respuesta del hombre al amor. Incluso dándose hasta el extremo de entregar su Vida por cada uno de nosotros. Sobre esta confianza y fe apoyamos nuestra pobre y humilde paciencia, fortaleza y esperanza.

Esperanza de, a pesar de no verlos, surjan los frutos de ese amor que sólo la verdad puede construir y aflorar, hasta el punto de que todos los hombres descansen bajo su cobijo y protección. El Reino de Dios emergerá del trabajo constante, paciente y esperanzado de todos aquellos que, apoyados en el Espíritu Santo, por la Gracia de Dios, abonen la tierra de este mundo, de donde surgirá los frutos que darán paso a los valores del Reino.

lunes, 24 de octubre de 2016

EL INTERROGANTE DEL SÁBADO

(Lc 13,10-17)
No avanzamos, ante el sentido común obviamos la realidad y el bien y segumos empecinados en cerrarnos a la verdad y el bien de las personas. Incluso, anteponemos las necesidades de los animales antes que las personas. No nos hace falta irnos muy lejos, sobre todo a los españoles, para constatar que eso mismo está pasando en nuestro país. Los ojos cerrados ante la realidad y lo problemas de la nación y erre que erre empecinados en no querer ver el bien de los ciudadanos.

Igual ocurrió con aquel jefe de la sinagoga. No se inmutó ni se sorprendió por el milagro que habían presenciados sus ojos. No quiso aceptar ese prodigio y maravilla de poder que, curando a aquella anciana, ponía a las personas por encima de la ley sabática. ¿No nos ocurre hoy igual? 

En la actualidad no es el problema de las personas ni del propio sábado, sino del trabajo. Se impone el trabajo por encima de las personas, y como si de un dios se tratara se le rinde culto y pleitesía a toda hora y todos los días. Incluso los domingos. La consigna es, el trabajo es lo primero. En cierta ocasión, cuando trabajaba en Banca, oí decir a un director que el Banco era lo primero que había que atender, casi por encima de todo, porque era el que nos daba de comer.

Observamos que no hay mucha diferencia con el tiempo que vivió Jesús. Por aquel entonces era la ley, pero ahora es el consumo y la riqueza. Se trabaja y se vive para el trabajo. Se ha quitado a Dios de nuestro tiempo y se le ha sustituido por el trabajo.

 ¿Y que sucede? Que más temprano que tarde seremos herramientas inútiles y nos tiraran al cuarto de los desechos. Primero fue el aborto y más tarde será la eutanasia. Seremos considerados mientras seamos útiles, pero solamente ese poco tiempo. Nuestra dignidad como persona se olvida y se excluye. Y nuestros derechos están y se ponen por debajo del trabajo y consumo. Hoy ya no es el sábado. Se ha cambiado del dios ley al dios consumo y riqueza.

Pidamos abrirnos a la acción del Espíritu, que busca el bien de las personas, sus derechos y sus espacios de reflexión y de sus búsquedas de sus propios destinos. Y de despojarnos de las mediaciones que nos anulan, nos esclavizan y nos cierran a la acción del Espíritu Santo.

domingo, 23 de octubre de 2016

AVERGONZADO Y HUMILLADO EN TU PRESENCIA, SEÑOR

(Lc 18,9-14)
No es para menos cuando pienso que ha sido de mi vida. Hay momentos en los que paso vergüenza cuando pasan por mi mente los pecados cometidos. No me duele confesarlo, sino el haberlo cometidos. Sé que la Misericordia de Padre Dios me perdona. Sé que estoy perdonado, pero me duelo de haber desobedecido la Voluntad de Dios. Y me duelo y arrepiento avergonzado.

Lejos de desesperarme o de angustiarme, me consuela experimentar ese dolor, aunque sea de pecados pasados y ya perdonados. Y digo que me consuela porque ese dolor me sostiene humildemente, y como el publicano del Evangelio de hoy domingo, me siento avergonzado y postrado ante Dios incapaz de mirarle o levantar la cabeza.

¡Cuántos pecados de omisión a cada momento que late mi corazón! ¿Cuántas veces habré dejado de hacer tu Voluntad! Es posible que muchas por ignorancia, pero otras quizás por pereza, por comodidad o falta de compromiso. Sí, Padre nuestro, tengo que pedir perdón y sentirme avergonzado por todos mi pecados egoístas y de omisión. Y sólo tengo una palabra, perdón.

Pero, no basta sólo con eso. Tengo que levantarme y actuar. Actuar dando mi vida en conocerte mejor, en buscar espacios de escucha y silencio para oír lo que me dices, y el esfuerzo de ponerlo en práctica. Pero no dejes que me crea un suficiente, ni un fariseo ni un engreído o capaz, sino un siervo pobre y humilde, capaz de hacer pequeñas cosas en tu nombre y por la acción del Espíritu Santo. 

Eso quiero hoy adquirir como compromiso, descubrir que eres Tú quien actúas en mí y conviertes mi pobreza en riqueza y maravillas para tu Gloria. Y así me postro y me presento ante Ti, Señor. Ten misericordia de tu pobre siervo.

sábado, 22 de octubre de 2016

LA VIRTUD DE LA PACIENCIA

(Lc 13,1-9)

En ocasiones pensamos que las cosas que nos pasan son castigos o consecuencias de nuestro mal actuar. Y la relacionamos como frutos de nuestros pecados. Y, los que escapamos o nos libramos de eso, pensamos que se debe a nuestro bien proceder. Necios somos si concluimos en esa apreciación, porque no somos mejores que los otros, a pesar de que muchos sufran desventuras o tragedias. 

Todos somos de condición pecadora y todos necesitamos la misericordia de Dios para salvarnos. Es ella la que nos sostiene y nos llena de esperanza. No por nuestros méritos, sino por el amor de Dios. A cada cual le será dado la oportunidad del perdón y todo en la medida de lo que ha recibido. En cierta ocasión, Jesús, dijo: "El que no la conoce y hace cosas que merecen azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más" (Lc 12, 28).

No cabe ninguna duda que todos serán juzgados según sus circunstancias y dones recibido. Por eso nadie puede compararse con nadie, y menos aparentar lo que no es. Es el caso de la higuera del Evangelio de hoy. Porque una higuera tiene que dar frutos, pues esa es su misión y ha sido plantada para ello. Algo ocurre si no hay fruto. No se pude ocupar un lugar simplemente con las apariencias y bajo la hipocresía. Porque de ahí no pueden salir frutos.

Sin embargo, las Misericordia de Dios nos salva y nos da la oportunidad de recuperarnos, de levantarnos y de despojarnos de esa actitud de apariencia e hipocresía. La Misericordia y la Infinita Paciencia del Señor. En ellas descansamos y apoyamos nuestra esperanza, que exige un sincero arrepentimiento y una constante y perseverante conversión cada día de nuestra vida. Pidamos esa Gracia y confiemos en recibirla.

viernes, 21 de octubre de 2016

MIRANDO EL PRONOSTICO DEL TIEMPO

(Lc 12,54-59)

Es casi una costumbre mirar el tiempo. Yo mismo lo acostumbro a hacer cada día, y muchas veces a cada hora. A veces estamos expectante por si llueve o por si va a hacer viento. Sin embargo, no acostumbramos a mirar que nos dice la Palabra de Dios cada día. Afortunadamente, y doy gracias a Dios, personalmente me importa más la Palabra de Dios que lo que nos diga el tiempo. Aunque sin dejar, por eso, de tener los pies en la tierra.  El tiempo también es importante porque nos afecta en nuestra manera de vivir.

Cada día medito y reflexiona la Palabra de Dios. De eso son ustedes, queridos compañeros, que me visitan a diario, mis testigos. Una Palabra de Dios que comparto con ustedes y que me consta que muchos de ustedes también guardan y reflexionan cada día. Y es que el verdadero norte de nuestras vidas es la Palabra de Dios. Sin ella el hombre va a la deriva y sin rumbo y su destino es la perdición.

El mundo nos está descubriendo que eso es una realidad. Los hombres y mujeres se confunden y los valores que sostienen la vida se desmoronan. Se pierde el sentido común, de justicia, de verdad, de respeto y los pueblos y ciudades se convierten en selvas donde el peligro, la lucha y el terror está detrás de cada esquina. El hombre no está hecho para vivir de esa manera. El hombre ha sido creado para vivir en paz y gozo pleno.

El Evangelio de hoy nos habla precisamente de eso, de caminar cada día mirando y reflexionando la Palabra de Dios, y de saber valorar y juzgar lo que realmente es justo. ¿Es qué no sabemos si esto está bien o mal? ¿Es qué no sabemos emplear nuestro sentido común? ¿Lo hemos perdido?

Indudablemente, sin la mirada serena, sincera y de buena intención, confiada y reflexionada, desde el Evangelio, la Palabra de Dios, el hombre perderá su vida y su camino. Porque se confundirá y se perderá arrastrado por la ambición y codicia, apoyada en su soberbia, que este mundo le ofrece despertando su egoísmo y sus apetencias en la oscuridad de las tinieblas.

jueves, 20 de octubre de 2016

PONTE EN MARCHA Y PRENDE TU CORAZÓN DEL FUEGO DE AMOR

(Lc 12,49-53)
Esa es la consigna, caminar en la esperanza de que el mundo será mejor con tu aportación y tu pequeño y humilde trabajo. Pero, para eso tienes que arder, tienes que quemarte y quemar también toda esa parte del mundo que se te ha entregado. Quemarla de amor, de ganas de vivir, de deseos de perfección como Jesús nos ha dicho, Mt 5, 46-48.

Jesús tiene deseos de prender el mundo de ese fuego de amor. Arde en deseo de que la caridad habite entre los hombres y surja la inquietud por establecer la concordia y la fraternidad. En ese sentido Jesús nos inquieta y nos pone en movimiento. No trae la paz, sino que busca la guerra que haga surgir del corazón de los hombres el amor. El verdadero amor que ponga paz dentro y fuera de cada hombre, y, por supuesto, en la convivencia y fraternidad de los pueblos.

Esa es la pregunta que nos cuestiona el Evangelio de hoy. ¿Hay paz en nuestro corazón producto del deseo y la inquietud de amar y hacer el bien y que se cumpla la justicia? ¿Tratamos de vivir esa paz que nace del esfuerzo de nuestros corazones? Al menos, experimentándonos pobres, humildes y sin posibilidades de cambiar la trayectoria de este mundo, confiamos en el poder de nuestro Padre y se lo pedimos? ¿Rezamos y trabajamos en la medida de las posibilidades que cada uno tiene para que este mundo viva en la Voluntad de Dios.

Pidamos que nuestros corazones queden prendidos de ese fuego que Jesús prende al mundo y que, no sólo arda dentro de nuestro corazón, sino que también prenda en otros corazones. Confiemos en aquellas palabras con las que Jesús (Lc 18, 1-8), hace días, nos invitaba a hacer nuestras peticiones de forma insistentes y perseverantes.

miércoles, 19 de octubre de 2016

¿LO VES CLARO?

(Lc 12,39-48)
¿Estás atento y preparado? Se te ha dicho claramente en este Evangelio: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».  Y obviarlo es tu responsabilidad.

¿Acaso los que han recibido dones extraordinarios, tanto físicos como intelectuales, han hecho méritos para merecerlos? ¿No los han recibido gratuitamente? Y si es así, ¿no tienen la responsabilidad de compartirlos y ponerlos al servicio del bien común? Es esto lo que se nos dice claramente en el Evangelio de hoy: « ¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor,... le señalará su suerte entre los infieles». 

Tus cualidades te has sido regaladas para administrarlas para el bien de todos y quienes así lo hagan y se esfuercen recibirán la aprobación del Señor, la sabiduría y la fortaleza para saber emplearlas y defenderlas para el bien y provecho de todos. Esos serán los fieles y buenos administradores. Por el contrario, todos aquellos que sean sorprendidos haciendo lo que les viene en gana y para su propio placer y provecho, serán condenados.

Se nos dice muy claro: «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más». 

Todos recibiremos en la medida que también hayamos recibido talentos. La parábola de los talentos nos despeja también las dudas que se nos puedan presentar. Tú tienes una misión y unas cualidades, y es de eso de lo que se te pedirá cuenta. Pero, ¡cuidado!, porque no vale esconderse ni evadirse para no conocer la Voluntad del Señor. Se refiere a aquellos que, por las circunstancias de la vida han vivido en circunstancias adversas, lugares inhóspitos o se les ha ocultado y perseguido impidiéndoles conocerla.

Pidamos fortaleza y sabiduría para que, en el Espíritu Santo, podamos ir viviendo y realizando la Voluntad que el Señor nos ha encomendado en nuestra vida.